Los trece minutos (Los casos de Rivas 3) CAPÍTULO 17El golpe que nadie entendió #2
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CAPÍTULO 17El golpe que nadie entendió #2

—En estas imágenes aparecen varios movimientos de carros y personas durante la descarga. También tenemos el funcionamiento habitual de las puertas de servicio. Hay suficientes fuentes posibles de un golpe metálico como para que ese sonido no pueda atribuirse a una acción determinada.

Molina examinó la secuencia.

—Si conseguimos precisar dónde estaba Marcos cuando lo escuchó, al menos podremos descartar alguna procedencia.

—Quizá —respondió Pilar—. Pero primero tendríais que establecer en cuál de los recorridos ocurrió.

Incluso entonces, la acústica del aparcamiento dificulta localizar sonidos por la dirección en la que parecen escucharse.

Ya habéis comprobado que el cierre de S-2 produce un golpe parecido.

También lo producen el montacargas y los carros cuando cruzan determinadas juntas.

Me acerqué al monitor.

La cámara mostraba a Marcos empujando el carro por el pasillo. En algunos momentos desaparecía detrás de una columna y reaparecía unos segundos después.

—¿Podemos fijar las horas de esos desplazamientos? —pregunté.

—Las imágenes están sincronizadas y permiten situar los recorridos visibles —respondió Molina—. Lo que no podemos hacer es escoger uno de ellos como el momento del ruido si Marcos no lo recuerda. La grabación carece de sonido y no tenemos ninguna señal que nos permita reconocer el golpe.

Pilar apartó las fotografías.

—Entonces esa es la conclusión que corresponde. Si utilizáis el sonido como confirmación de la agresión, estaréis apoyando una hipótesis en una referencia que puede proceder de varias fuentes.

Molina permaneció unos instantes examinando la secuencia.

—Llevaba desde el sábado intentando relacionar la segunda apertura de S-2 con el golpe. Pensaba que podían formar parte del mismo movimiento, pero no tengo cómo demostrarlo. Quiero que esa asociación desaparezca de la reconstrucción provisional hasta que encontremos algo que la sostenga.

—De acuerdo —respondí—. Mantendremos las dos declaraciones por separado y conservaremos las horas verificadas de las cámaras. Si más adelante aparece otro indicio, podremos compararlo sin haber condicionado los testimonios.

Pilar volvió a las imágenes del asiento del copiloto.

—Y mientras vosotros intentáis colocar a alguien entrando y saliendo, aquí tenemos indicios físicos de que ese lugar fue utilizado. Deberíamos conocer quién acompañaba habitualmente a Gabriel, porque necesitaremos muestras de comparación y referencias sobre el uso del vehículo.

—¿Crees que los rastros pueden corresponder a alguien que estuvo allí el jueves? —preguntó Molina.

—Es posible. También pueden proceder de otro día. El hecho de que sean compatibles con una ocupación durante las últimas horas de Gabriel no permite situarla en un momento concreto. Necesitamos comparar los restos y comprobar los movimientos del asiento antes de establecer algo más preciso.

Recogí una de las fotografías.

El asiento aparecía vacío, con la alfombrilla doblada junto a los raíles y varias marcas que hasta entonces habíamos considerado poco significativas.

Durante días habíamos concentrado buena parte del trabajo en averiguar quién podía acercarse al vehículo mientras las cámaras no lo mostraban. Ahora había indicios que justificaban examinar con mayor atención a las personas que Gabriel hubiera podido llevar a su lado.

Seguíamos sin saber quién ocupó aquel asiento ni cuándo.

Marcos esperaba en el pasillo de comisaría cuando regresé para entregarle la copia de su declaración. Carlos Medina estaba hablando por teléfono junto a una ventana y levantó la mano para indicar que terminaría enseguida.

El conductor leyó el documento con detenimiento.

—Aquí pone que escuché un golpe «procedente de la zona de mantenimiento». Yo dije que parecía venir de allí, pero también expliqué que podía haber salido de otro sitio. Me gustaría que lo cambiaran antes de firmar, porque después parece que fui capaz de reconocer de dónde venía.

Cogí la hoja y localicé el párrafo.

La expresión había quedado demasiado rotunda.

—Tiene razón. Lo corregiremos para que conste que la procedencia no pudo determinarse y que la dirección corresponde únicamente a su impresión inicial.

Molina, que acababa de acercarse, leyó el texto y pidió otra copia.

—También quiero que figure que no ha podido relacionar el ruido con ninguno de los dos viajes concretos. Eso afecta a las conclusiones que estábamos examinando y conviene dejarlo suficientemente claro.

Marcos observó cómo corregíamos la declaración.

—¿Significa que ya no tendrán que volver a preguntarme por aquello?

—Puede que necesitemos aclarar algún otro aspecto del reparto —respondí—. Pero este recuerdo quedará recogido con las limitaciones que usted ha explicado. No vamos a pedirle que elija una hora o un lugar solamente porque nosotros estemos investigando esos movimientos.

Marcos leyó la nueva versión.

Después cogió el bolígrafo y firmó.

—Así sí puedo decir que es lo que recuerdo.

Medina había terminado su llamada y lo esperaba junto a la salida. Marcos recogió su chaqueta, guardó la copia y fue a reunirse con él.

Molina se quedó a mi lado mientras los veíamos alejarse por el pasillo.

—Tendré que modificar también la hoja de reconstrucción que preparé el sábado —dijo—. Había colocado el golpe junto a la segunda apertura de S-2 como una posibilidad de trabajo. Ahora prefiero que queden separados.

—Hazlo. Después revisaremos con Pilar los indicios del asiento y los contrastaremos con los ocupantes habituales del coche.

Molina regresó hacia su despacho con las fotografías.

Yo llevé la declaración corregida para incorporarla a las diligencias. Antes de archivarla, comprobé que las dos modificaciones solicitadas por Marcos figuraban en el texto y que había firmado debajo de ellas.