Los trece minutos (Los casos de Rivas 3) CAPÍTULO 14La rutina del jueves
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CAPÍTULO 14La rutina del jueves

La rutina del jueves

En el almacén habían colocado una pizarra junto a la puerta de expediciones. Cada conductor tenía asignadas varias rutas y, debajo de su nombre, figuraban las entregas pendientes con una indicación de la hora prevista.

Molina señaló una de las columnas.

—Ahí vuelve a aparecer el edificio de Gabriel Lozano. Es jueves y tenéis otra entrega programada. ¿Ocurre todas las semanas?

Carlos Medina se acercó con una carpeta de albaranes y examinó la pizarra.

—Casi todas. El cliente tiene un acuerdo de suministro periódico y nosotros organizamos los repartos según los pedidos que van entrando.

Si hay mercancía preparada, se incluye en la ruta del jueves.

Lo que puede cambiar es el conductor y la hora, porque depende del volumen de trabajo y de las entregas anteriores.

Habíamos regresado al almacén para comprobar la documentación de las semanas previas al asesinato. Molina había solicitado los historiales y Medina nos había permitido examinar los registros originales en el programa de distribución.

—Necesitamos algo más preciso —respondí—. Queremos saber si aquella entrega se programó de manera ordinaria o si alguien solicitó modificarla durante el jueves. También nos interesa quién conocía los horarios y si se comunicaban al personal del edificio.

Medina dejó los albaranes sobre un mostrador.

—Puedo enseñarles las órdenes y los cambios que conserva el sistema.

Lo que no puedo hacer es responder por las personas del edificio.

Nosotros enviamos la previsión al contacto que recibe las mercancías y seguridad autoriza después la entrada del vehículo.

Si alguien utiliza esa información para organizar su jornada, es asunto suyo.

Nos condujo a la oficina donde habíamos hablado anteriormente con Marcos. Esta vez había retirado las cajas que ocupaban una de las sillas y mantenía abierto el programa de expediciones.

Molina empezó por las ocho semanas anteriores al asesinato.

En siete de aquellos jueves aparecía una entrega destinada al mismo edificio. La semana restante no había existido pedido. Las mercancías variaban, aunque el destinatario y el procedimiento de recepción coincidían.

—Aquí tenemos horarios bastante diferentes —observó Molina—. Un jueves llegó a las siete y cuarenta, otro después de las ocho y media y en una ocasión casi a las nueve. ¿Era habitual que las entregas se retrasaran tanto?

—La ruta de tarde incluye varios clientes y algunos descargan más deprisa que otros.

Por eso ofrecemos una franja horaria, no una cita exacta.

Marcos ha venido varias veces, pero también hicieron el servicio otros compañeros.

Si buscan a alguien que pudiera garantizar la llegada de una furgoneta a las ocho y cuarenta y siete, nuestros registros no les van a servir.

Medina lo dijo con cierta satisfacción, como si lleváramos días acusando a su empresa de organizar el asesinato.

—Buscamos precisamente eso —respondí—. Distinguir lo que podía anticiparse de lo que dependía de las circunstancias de aquella tarde.

El encargado abrió la orden del jueves del asesinato.

La solicitud figuraba incorporada a la ruta desde el miércoles anterior, cuando se cerró la previsión de reparto.

Había sido generada a partir de un pedido ordinario del cliente y conservaba la misma referencia durante todo el proceso.

Los movimientos posteriores correspondían a la asignación del conductor y a las actualizaciones del servicio.

—Aquí está la orden original —explicó Medina—.

Los seis paquetes se prepararon el miércoles y quedaron asociados a la ruta de tarde.

Al día siguiente, el sistema asignó el reparto a Marcos junto con otros servicios.

Nadie pidió que modificáramos el destino ni que añadiéramos una entrega extraordinaria.

La hora prevista se fue ajustando por los retrasos acumulados, como sucede en muchas jornadas.

Molina comparó la información con las copias que habíamos recibido la semana anterior.

—Entonces el registro de las veinte cuarenta y nueve que aparecía como finalización responde al funcionamiento de la aplicación, no a una instrucción de la empresa para adelantar el cierre.

—Marcos confirmó el servicio antes de completar todos los movimientos porque sabía que tendría problemas de conexión al bajar.

Ya les explicó lo ocurrido. Después conseguimos contrastarlo con el albarán firmado a las veinte cincuenta y siete.

Si quieren saber por qué trabajó de esa manera, tendrán que preguntarle al conductor.

Yo puedo decirles que el programa permite dejar un servicio pendiente de sincronización y que el horario registrado no siempre coincide con la entrega física.

Le pedí que nos mostrara los movimientos anteriores.

Había diferencias parecidas en otros repartos realizados en sótanos y almacenes. Algunas se explicaban mediante las notas del conductor y otras aparecían corregidas al recuperar la conexión.

Medina se levantó para atender a un empleado que reclamaba autorización para modificar una ruta. Cuando regresó, encontró a Molina examinando los siete justificantes.

—Hay algo que quiero aclarar —dijo—. Desde que empezó esta investigación, Marcos cree que vamos a despedirlo.

Su hija ha visto imágenes de una furgoneta como la suya en televisión y el hombre está convencido de que cualquier error de su trabajo puede acabar convirtiéndose en una acusación.

Si tienen razones para investigar su conducta, háganlo, pero preferiría que dejaran de presentar cada incidencia de reparto como si fuera una maniobra deliberada.

—Nuestra intención es comprobar los hechos —respondí—. Y precisamente por eso estamos examinando entregas anteriores. Cuando terminemos podremos distinguir los errores habituales de cualquier actuación excepcional.

Medina cerró la carpeta.

—Entonces espero que también comprueben las instrucciones que recibían los conductores en aquel edificio.

Algunos días seguridad les hacía esperar y otros les indicaba dónde podían descargar.

Si las normas cambiaban según la persona que estuviera de turno, tampoco pueden esperar que todos los albaranes reflejen las mismas circunstancias.

La administración del edificio conservaba las comunicaciones de las empresas de transporte y los partes de incidencias que seguridad había remitido durante los meses anteriores.

Molina había pedido copias completas y esa mañana nos facilitaron una relación de autorizaciones de descarga, junto con varias fotografías tomadas para documentar quejas de los abonados.

Extendimos los documentos en una sala de reuniones.

Las entregas de los jueves se repetían con frecuencia, aunque el punto utilizado para descargar variaba según la ocupación de la zona de mercancías.

En cinco de las siete fechas examinadas, la furgoneta había utilizado el espacio habitual. En otra se había autorizado una parada junto a una pared lateral, próxima a la rampa. El jueves del asesinato aparecía registrada la autorización que Silvia Martín nos había explicado.

—Aquí está la diferencia —dijo Molina—. El reparto era previsible, pero estacionarse delante del coche de Gabriel no formaba parte de la rutina.

Si alguien quería aprovechar una furgoneta para ocultar la plaza, necesitaba saber que esa tarde la zona de carga estaría ocupada o encontrar la manera de conseguir que descargaran en otro sitio.

—Y todavía tenemos que averiguar si alguien podía anticipar esa ocupación —respondí—. Silvia explicó que eligió el lugar cuando el conductor llegó. Su versión encaja con las comunicaciones que hemos revisado, pero ahora podemos comprobar cómo se resolvieron otras incidencias semejantes.

Molina separó una fotografía de las demás.

Correspondía a un jueves anterior. Una furgoneta estaba detenida junto a la rampa y el conductor descargaba varias cajas. La imagen había sido tomada por un abonado que se quejaba de las dificultades para circular.

—Gabriel presentó varias reclamaciones por situaciones como esta —observó Molina—. Así que conocía el problema. Rafael también sabía que las descargas podían realizarse fuera de la zona habitual y que algunas posiciones reducían la visibilidad de las cámaras.

—También lo sabían los vigilantes y los conductores que habían trabajado aquí otras veces. Conocer una práctica no demuestra haber preparado lo sucedido el jueves.

Molina volvió a colocar las fotografías.

—Te concedo eso, pero quiero comprobar algo más.

Las autorizaciones se resolvían cuando llegaba el reparto, mientras que los pedidos se comunicaban antes.

Si alguien esperaba una entrega, podía contar con que habría movimiento de mercancías durante aquella franja.

Quizá no necesitaba controlar el lugar exacto desde el principio.

Examiné las hojas.

—Podía prever una entrega, pero todavía no sabemos si podía utilizarla para ocultar una agresión. Vamos a comprobar quién recibía la previsión y si el personal de las oficinas tenía acceso a ella. Después decidiremos qué importancia tiene.

Molina señaló el expediente de reclamaciones.

—También quiero conocer qué consecuencias tuvieron las quejas de Gabriel. Si estaba presionando para cambiar los procedimientos, Rafael tenía un problema profesional bastante más serio de lo que reconoció.

Acepté que se encargara de esa línea.

Por primera vez desde que habíamos empezado a examinar la furgoneta, podíamos separar documentalmente dos circunstancias: la llegada de mercancías era habitual y conocida; la posición que había ocultado el coche respondía a una decisión adoptada aquella tarde.

Eso modificaba nuestra forma de investigar la posible preparación del asesinato. Necesitábamos averiguar quién conocía los procedimientos y qué decisiones podía influir, en lugar de tratar la presencia de la furgoneta como un acontecimiento necesariamente organizado para matar a Gabriel.

Al regresar a comisaría encontré en mi mesa una comunicación de la unidad que estaba revisando la documentación del caso de Irene Valdés.

Habían recuperado una copia de las actuaciones originales realizadas en la vivienda de Alicante durante 2014 y adjuntaban dos documentos que no figuraban en el resumen que yo había utilizado al preparar mi informe.

El primero era una hoja de identificación cumplimentada durante una visita policial. En ella constaba el nombre del hombre que había facilitado el acceso al inmueble, identificado como representante de Alborán Patrimonial.

El segundo era un resumen incorporado posteriormente a las diligencias. Allí, aquel mismo hombre aparecía descrito como propietario de la vivienda.

Comparé ambas fechas.

La hoja original precedía al resumen y contenía una referencia expresa a su condición de representante. La palabra propietario aparecía en el documento posterior, sin una certificación registral adjunta que explicara el cambio.

Había revisado suficientes veces aquella parte del expediente para reconocer la importancia de la diferencia.

La titularidad histórica de Alborán Patrimonial estaba acreditada, y sabíamos que el hombre mencionado había adquirido personalmente la vivienda meses después, en febrero de 2015. Lo que ahora teníamos era una referencia documental anterior que distinguía correctamente su función.

Molina entró mientras examinaba las copias.

—¿Te han contestado de Alicante?

Le entregué la comunicación.

La leyó junto a mi mesa y regresó a la primera hoja.

—Aquí lo identifican como representante de la sociedad. Después, en el resumen, figura como propietario. Al menos sabemos que la descripción incorrecta no estaba en el primer documento que han localizado.

—Eso es lo que podemos afirmar. Quiero comprobar quién redactó el resumen, qué documentación tenía delante y si recibió alguna información adicional. Si se limitó a interpretar mal la primera hoja, debería poder explicarse. Si utilizó otra fuente, necesitamos conocerla.

Molina volvió a mirar la fecha.

—Lo importante es que la diferencia ya aparece dentro de las propias actuaciones.

Hasta ahora tenías una certificación registral posterior que contradecía el expediente.

Ahora puedes mostrar dos documentos del mismo procedimiento que describen de forma diferente la relación de ese hombre con la casa.

—Y sabemos cuál es anterior. Todavía falta determinar si se produjo un error administrativo o si alguien decidió modificar aquella identificación por alguna razón.

Molina dejó los papeles sobre la mesa.

—Pediría que localizaran la documentación utilizada para redactar el resumen y que comprobasen si el funcionario que lo preparó dejó alguna anotación. Puede que haya una explicación sencilla, pero conviene buscarla donde se originó la diferencia.

Le indiqué que estaba de acuerdo.

Preparamos una respuesta por el mismo conducto oficial, solicitando que se completara el cotejo y se documentara el origen de aquella identificación.

Cuando Molina regresó a su despacho, separé las copias de Alicante del expediente de Gabriel.

Durante varios días había intentado avanzar en dos investigaciones que todavía no compartían ningún elemento demostrado.

Aquella mañana, los registros del reparto habían permitido comprobar una rutina relacionada con un asesinato reciente.

Los documentos de Alicante mostraban dónde había cambiado una información importante doce años atrás.

Volví a mirar la hoja original.

El hombre había sido identificado correctamente como representante de Alborán Patrimonial. Quedaba por saber por qué alguien lo había convertido después en propietario.

Guardé la comunicación y consulté el reloj. Tenía tiempo para terminar las diligencias pendientes antes de salir a recoger a Daniel.

Molina estaba hablando con Nuria cuando pasé por su despacho. Le expliqué qué documentación había quedado preparada y qué comprobaciones podían continuar sin mí.

—Encárgate tú de lo que llegue de seguridad esta tarde. Mañana revisaremos juntos las autorizaciones anteriores y la información que consiga la administración.

Molina apartó un documento.

—Perfecto. Además, hoy tenemos trabajo suficiente para repartirlo. Vete a recoger al niño, que bastante llevas prometiendo que vas a organizarte.

Recogí la chaqueta y salí de comisaría.

Cuando llegué al centro donde Daniel terminaba su actividad, todavía faltaban unos minutos. Me quedé junto a la entrada hasta que apareció con la mochila colgada de un hombro.

—¿Has venido tú otra vez? —preguntó al verme—. Pensaba que hoy vendría mamá.

—Hoy me tocaba a mí. ¿Qué tal ha ido?

—Bien. Pero antes de irnos tenemos que comprar pegamento porque se me ha terminado. Claudia dice que puedo usar el suyo, aunque después se enfada cuando no lo cierro bien.

Empezó a contarme para qué necesitaba el pegamento mientras caminábamos hacia el coche. Le pregunté si podía esperar al día siguiente, pero insistió en que prefería terminar el trabajo aquella tarde.

Había una papelería abierta al otro lado de la calle.

Cruzamos juntos.