CAPÍTULO 13Las personas que mienten
Las personas que mienten
Silvia Martín se detuvo junto a la columna y señaló una franja de suelo situada entre el montacargas y las plazas de aparcamiento.
—Yo le indiqué que dejara la furgoneta por aquí, donde terminaba la línea amarilla. La zona de mercancías estaba ocupada y necesitábamos que pudiera descargar sin bloquear el paso. El conductor maniobró un poco más de lo que esperaba porque tenía que abrir las puertas traseras.
Molina examinó el espacio.
—En su anotación figura que Rafael Cifuentes autorizó el estacionamiento lateral. Queremos distinguir esa autorización de la decisión de utilizar este lugar concreto. ¿Fue él quien le dijo que enviara la furgoneta junto a esta columna?
—Me dijo que resolviera la descarga utilizando el espacio de servicio. Le expliqué que había otro vehículo ocupando la zona habitual y que el conductor llevaba varios minutos esperando. Rafael respondió que buscara una ubicación donde pudiera trabajar sin impedir el tráfico. El lugar lo elegí yo.
Habíamos citado a Silvia a primera hora del miércoles.
El día anterior, Alberto había declarado que informó a Rafael de la existencia de aquella autorización antes de que se preparara el resumen del viernes.
También reconoció que las excepciones de estacionamiento se toleraban desde hacía años y que él mismo había permitido algunas durante sus turnos.
Silvia había preferido explicar sus movimientos en el aparcamiento antes de formalizar la declaración. Aceptamos recorrer con ella la zona, procurando mantener el funcionamiento ordinario de las instalaciones.
—¿Cuándo bajó desde el puesto secundario? —pregunté.
—Después de hablar con el conductor por el interfono y dejar la anotación. El acceso está junto a la escalera de servicio. Bajé directamente porque desde el puesto no podía comprobar si la furgoneta iba a dejar espacio suficiente para los demás vehículos. Cuando llegué, todavía estaba maniobrando.
—¿Recuerda si eran exactamente las veinte cuarenta y cinco? —intervino Molina.
—Esa es la hora que registré al recibir la autorización. Desde que terminé de escribir hasta que llegué aquí pudo pasar algo más de un minuto. Tendrán que comprobarlo con las cámaras. Yo estaba pendiente de que el conductor terminara de colocar el vehículo porque había otro reparto esperando fuera.
Silvia tenía unos treinta años y llevaba una chaqueta de seguridad demasiado amplia sobre el uniforme. Había pedido cambiar su turno para atendernos y consultaba el reloj con frecuencia.
—Alberto nos ha explicado que habló con usted ayer y que estaba preocupada por las consecuencias laborales de esta incidencia —dije—. Puede contarnos lo que ocurrió con sus propias palabras. Después lo contrastaremos con las anotaciones.
—Estoy preocupada porque cada vez que alguien revisa lo sucedido aparece una versión diferente.
El conductor dice que aparcó donde le indicaron, Rafael sostiene que autorizó la descarga sin elegir el lugar y ahora parece que la única persona que decidió algo fui yo.
Llevo dos años trabajando en seguridad, pero mi contrato depende de que renueven el servicio.
Comprenderán que quiera saber qué responsabilidad me corresponde.
Molina señaló el coche de un abonado que acababa de estacionar.
—También tiene que entender que necesitamos averiguar por qué aquella furgoneta terminó ocultando precisamente el vehículo de Gabriel Lozano. Desde donde estamos se aprecia que una columna reduce la visibilidad, pero el espacio era suficientemente amplio para colocarla en distintas posiciones.
Silvia miró hacia el pasillo.
—Yo estaba viendo las puertas de carga y el recorrido que tenía que hacer el repartidor.
La cámara que ustedes utilizan está arriba, bastante más atrás.
Sabía que desde aquí se tapaba parte de las plazas, porque cualquier furgoneta grande lo hace.
Lo que desconocía era que el señor Lozano estuviera sentado dentro de su coche.
—¿Rafael podía saberlo? —pregunté.
—Tendrían que preguntárselo a él. En el control principal hay monitores y puede revisar las cámaras, pero yo no sé cuáles estaba mirando aquella tarde. Mi puesto tiene una pantalla para el acceso de mercancías y otra para la barrera. Desde allí tampoco se ve el interior de los vehículos.
La acompañamos hasta la zona de carga.
—Hay algo que quiero aclarar —añadió Silvia mientras caminábamos—.
Alberto les habrá dicho que Rafael decidía las autorizaciones, y eso es correcto.
Pero Alberto también nos enseñaba cómo resolver las incidencias cuando no encontrábamos al responsable.
Nos decía que utilizáramos el criterio habitual y dejáramos constancia después.
El jueves recibí la autorización directamente de Rafael, pero tampoco estaba haciendo algo distinto de otras ocasiones.
Molina la miró.
—¿Está diciendo que se habían permitido estacionamientos parecidos anteriormente?
—Estoy diciendo que había días en los que llegaban tres repartidores a la vez y teníamos que encontrarles sitio.
Algunas veces esperaban, otras descargaban en un lateral.
Si quieren saber con qué frecuencia ocurría, necesitarán revisar más partes, porque yo no puedo recordar cada vehículo que entró durante los últimos meses.
Habíamos obtenido una distinción importante.
Silvia asumía haber elegido el lugar concreto, Rafael había autorizado resolver la descarga fuera de la zona habitual y Alberto conocía aquel procedimiento.
La omisión posterior del responsable de seguridad seguía pendiente de explicación, pero la decisión del jueves dejaba de ser necesariamente excepcional.
Antes de marcharnos, Silvia aceptó formalizar su declaración y entregar la relación de turnos que conservaba.
—Quiero añadir algo —dijo cuando llegamos a los ascensores—.
Después del asesinato, Rafael nos reunió y pidió que cualquier información relacionada con el jueves pasara primero por su departamento.
Lo entendí porque estaban preparando los informes.
Pero cuando Alberto me preguntó ayer por la anotación, me di cuenta de que cada uno estaba intentando explicar lo que había hecho sin mencionar demasiado lo de los demás.
—¿Alguien le ha pedido que cambie su versión?
—Directamente, nadie. Y preferiría que siguiera siendo así.
Molina y yo salimos del edificio cerca del mediodía. Había empezado a llover y tuvimos que detenernos bajo la marquesina mientras un repartidor intentaba proteger varias cajas con una lona.
—Rafael lleva una semana intentando que parezca que las decisiones se tomaban solas —comentó Molina—. Primero la tarjeta auxiliar, después el informe de la furgoneta. Siempre existe algún procedimiento que nadie recuerda haber aplicado.
—Pero Silvia acaba de explicarnos que ella eligió el lugar. Rafael autorizó resolver la descarga y después omitió esa intervención. Son hechos distintos. Si los mezclamos, acabaremos atribuyéndole una decisión que no está demostrado que tomara.
—Precisamente porque distingue tan bien sus responsabilidades me interesa comprobarlo. Tiene un conflicto con Gabriel, conocía los ángulos de las cámaras y permitió que la furgoneta se colocara donde impedía ver el coche. Son bastantes coincidencias.
—Y seguimos sin saber quién utilizó AUX-04. Quiero comprobar si ese tipo de estacionamientos era habitual antes de convertirlo en una maniobra preparada para el asesinato.
Molina abrió el coche.
—También deberíamos preguntarnos cuánto tiempo puede aguantar una investigación tratando todas las contradicciones como si fueran errores inocentes.
Gomis nos habla de sus movimientos sin aclarar quién conducía su vehículo; Inés recuerda perfectamente las decisiones financieras, pero deja imprecisa su salida del edificio.
Hay personas que saben más de lo que han contado.
Me senté junto a él.
—Eso es probable. Lo que me interesa es averiguar qué intentan ocultar.
Marcos registró una entrega como terminada mientras todavía estaba descargando, pero hemos comprobado que utilizó la aplicación antes de completar el trabajo.
La hora era incorrecta y su explicación puede ser cierta.
Rafael redactó un informe que favorecía su posición profesional.
Necesitamos saber si detrás de alguna de las otras contradicciones hay algo relacionado directamente con la muerte de Gabriel.
Molina encendió el motor.
—Entonces voy a pedir los partes de varios jueves anteriores y a comprobar quién autorizó cada estacionamiento. Si esa furgoneta fue enviada a la misma zona otras veces, tendremos una comparación útil. También quiero revisar las quejas que Gabriel presentó a la administración.
—De acuerdo. Yo seguiré con las comprobaciones bancarias y las declaraciones pendientes. Cuando tengamos documentos suficientes, volveremos a hablar con quienes hayan cambiado su versión.
La lluvia empezó a golpear con más fuerza el parabrisas y Molina esperó a que pasara una fila de coches antes de incorporarse a la circulación.
Llegué a casa poco después de las siete.
Daniel estaba terminando de cenar en la cocina mientras Elena hablaba por teléfono desde el despacho. Claudia tenía varios papeles extendidos sobre la mesa y estaba repasando un horario con un bolígrafo rojo.
—¿Qué estás organizando? —pregunté, después de dejar las llaves.
—Los ensayos de teatro. Me han dado una plaza en el grupo del instituto y empezamos mañana. La profesora quiere preparar una representación para final de trimestre, así que tendremos dos tardes de ensayo cada semana.
—¿Desde cuándo te interesa el teatro?
Claudia levantó la vista.
—Desde hace bastante. El año pasado fui con Marta a una actividad y me gustó. Ahora han quedado plazas porque algunos alumnos se han marchado. Se lo conté a mamá el domingo.
Miré el horario que tenía delante.
Los jueves terminaba a las siete y los martes a las seis y media.
—El problema es que los jueves Elena suele llegar tarde y algunas veces necesitamos que recojas a Daniel cuando nosotros no podemos. Mañana precisamente tengo varias gestiones pendientes.
Claudia dejó el bolígrafo.
—Ya sabía que me ibas a decir eso. Llevo semanas esperando a que salgan las plazas y ahora resulta que tengo que organizar lo que quiero hacer según vuestros horarios. Daniel tiene actividades, tú tienes trabajo y mamá tiene reuniones. Parece que la única que debe estar siempre disponible soy yo.
—Tampoco es exactamente así. Te estamos pidiendo ayuda alguna vez, no que renuncies a tus cosas.
—Es que casi nunca me lo pedís como una posibilidad. Me decís que os vendría bien que lo recogiera y, si contesto que tengo algo, empieza la discusión. Esta mañana mamá me ha dicho que intentaría organizarse, pero yo prefiero saber si puedo apuntarme sin tener que estar justificándolo cada semana.
Daniel había dejado de comer para seguir la conversación.
—A mí puede recogerme papá —intervino—. El lunes vino él y llegamos bien. Además, Claudia siempre me hace esperar porque se queda hablando con sus amigas.
Su hermana lo miró.
—Gracias, Daniel. Era justo la ayuda que necesitaba.
Elena apareció en la puerta del despacho con el teléfono todavía en la mano.
—Termino una llamada y vengo. Sergio, por favor, mira el horario antes de decidir que Claudia tiene que cambiarlo. Hemos hablado de esto y mañana puedo retrasar mi reunión media hora, pero necesito que alguien recoja a Daniel a su hora.
Regresó al despacho.
Claudia empezó a guardar los papeles, aunque dejó el horario delante de mí.
—Puedes venir a ver un ensayo cuando nos dejen asistir —dijo—. Pero preferiría que no aparecieras únicamente para preguntarme quién va a encargarse de mi hermano.
Me quedé examinando la hoja.
—Quiero que puedas ir. Lo que necesito es organizarme también, porque mañana tengo compromisos que todavía no sé si podré cambiar.
—Pues hazlo como hacéis vosotros cuando tenéis algo importante. Hablad entre los dos y decidid quién puede. Si alguna vez necesitáis que os ayude, preguntádmelo, pero no contéis conmigo antes de saber si estoy libre.
Elena volvió a la cocina cuando Daniel terminó su cena. Se sentó frente a mí y examinó los horarios.
—La reunión de mañana es con una clienta que trabaja por turnos y a la que quieren modificar el horario sin tener en cuenta sus obligaciones familiares.
Llevo varios días preparando una propuesta y necesito estar presente.
Si tú puedes recoger a Daniel, perfecto.
Si surge algún problema, buscaremos otra solución entre los adultos.
—Hablaré con Molina por la mañana para repartir las diligencias. Mañana puedo hacerme cargo de recogerlo. Y para el martes, que tengo más complicado salir temprano, veremos una alternativa que no dependa de Claudia.
Elena buscó su agenda.
—Eso es lo que necesitaba saber. Hay días en los que cualquiera puede tener un imprevisto, pero estamos acostumbrándonos a que Claudia sea la solución más sencilla cuando nuestros horarios se complican. Tiene derecho a organizar su tiempo sin estar pendiente de si nosotros llegaremos.
Claudia había regresado para recoger los papeles.
—También me gustaría que vinierais a la representación cuando la preparemos. Ya sé que todavía falta bastante, pero os avisaré en cuanto nos den la fecha.
—Me gustaría verla —respondí—. Y, cuando sepas qué papel tienes, puedes enseñarme el texto si quieres practicar.
—Primero tendrán que repartir los personajes. Lo mismo acabo haciendo de árbol y te quedas dos horas mirando cómo muevo unas ramas.
Daniel se echó a reír.
—Entonces yo también quiero ir. Aunque prefiero que hagas de alguien que hable, porque si solo eres un árbol me voy a aburrir.
Claudia le lanzó el horario doblado, que cayó a su lado.
—Tú preocúpate de terminar la cena y deja que yo decida si quiero ser un árbol.
Elena recogió los platos mientras yo comprobaba la hora a la que terminaba la actividad de Daniel al día siguiente.
Le pedí que me enseñara dónde había guardado el teléfono del centro por si necesitaba avisar de algún retraso. Después dejamos acordado que yo lo recogería el jueves y que el resto de la semana lo organizaríamos sin dar por supuesto que Claudia estaría disponible.
Mi hija volvió a extender su horario sobre la mesa y empezó a copiar las fechas de los ensayos.
Esta vez pude preguntarle qué obra estaban preparando.