CAPÍTULO 12El hombre de seguridad
El hombre de seguridad
Rafael Cifuentes estaba discutiendo con un transportista cuando llegamos al aparcamiento.
—Si descarga aquí, dentro de diez minutos tendremos tres vehículos esperando y ninguno podrá maniobrar. La zona de mercancías está al fondo, señalizada desde la entrada. Llevo toda la mañana explicándolo y todavía hay conductores que prefieren detenerse donde les resulta más cómodo.
El hombre, que llevaba un chaleco naranja y sostenía un albarán doblado, señaló el espacio que tenía delante.
—He seguido las indicaciones del vigilante. Me ha dicho que esperara porque están terminando de retirar unas cajas. Si quiere que dé otra vuelta al edificio, dígamelo ahora, pero después tendrá que explicarle a mi empresa por qué llevo media hora parado.
Rafael nos vio acercarnos y pidió a uno de los empleados de seguridad que acompañara al conductor.
Habían instalado dos señales móviles junto al acceso de mercancías y pintado una línea amarilla en el suelo. En nuestra última visita no estaban allí.
—Estamos reorganizando las descargas —explicó Rafael—. Después de lo ocurrido, la propiedad quiere evitar que los vehículos se detengan fuera de las zonas previstas. Como comprenderán, cualquier incidencia termina convirtiéndose en un problema para mi departamento.
Molina examinó una de las señales.
—Parece una medida razonable, aunque habría resultado más útil que el sistema funcionara correctamente antes del asesinato. Precisamente queremos aclarar quién decidió dónde debía detenerse la furgoneta de Marcos Leal.
—Eso consta en el libro de incidencias. La zona habitual estaba ocupada y se autorizó una descarga excepcional. Ya les facilitamos esa información.
—También nos han entregado un informe suyo —respondí—. Hay una diferencia entre lo que dice ese documento y lo que declaró el conductor. Preferiría comprobarla aquí, antes de volver a pedirle explicaciones por escrito.
Rafael dejó de mirar las señales.
—Si existe alguna diferencia, seguramente se debe a la manera de redactar el resumen.
Durante aquella semana tuvimos que preparar información para la Policía, la propiedad y nuestra empresa.
Cada uno pedía cosas distintas y a veces utilizamos documentos internos que no están pensados para describir todos los detalles de una incidencia.
—Entonces será sencillo aclararlo.
Lo acompañamos hasta el control de seguridad.
Alberto Roldán estaba organizando el cambio de turno cuando entramos. Tenía sobre el mostrador una caja con partes de incidencias y un cuaderno abierto por la última página.
Rafael se adelantó.
—Los inspectores quieren revisar de nuevo lo del reparto. Voy a buscar la documentación y, mientras tanto, puedes terminar el relevo.
Alberto dejó de escribir.
—Si se refieren a lo del jueves, he preparado una copia de las anotaciones originales. Me pidieron que identificara quién atendió el interfono y quién autorizó el estacionamiento, así que he estado revisando los partes del puesto secundario.
Rafael dirigió la vista hacia la caja.
—Quedamos en que esa documentación se centralizaba en mi departamento.
—Quedamos en que tenía que localizarla. Los inspectores preguntaron por una autorización concreta y yo estaba de servicio aquella tarde. Prefiero que la información salga completa a tener que explicar otra vez por qué falta una parte.
Me acerqué al mostrador.
—Vamos a examinar lo que ha encontrado, Alberto. Después decidiremos qué necesitamos incorporar.
Sacó una hoja de un cuaderno de relevo, protegida dentro de una funda transparente.
La anotación correspondía al jueves del asesinato y estaba fechada a las 20:44. Un vigilante del puesto secundario había registrado la llegada de una furgoneta de reparto y la ocupación temporal de la zona destinada a mercancías.
Debajo aparecía una segunda anotación, a las 20:45:
Autorizado estacionamiento lateral durante descarga. Indicación R. Cifuentes. Avisado conductor por interfono.
La nota estaba firmada con unas iniciales.
—¿Quién la escribió? —preguntó Molina.
—Silvia Martín, la vigilante que estaba cubriendo el acceso de servicio. He comprobado el cuadrante y hablé con ella ayer. Dice que recibió instrucciones de Rafael para enviar la furgoneta a la zona próxima al montacargas. Después bajó y le indicó al conductor dónde podía detenerse.
Rafael extendió la mano hacia la hoja.
—Necesito ver eso, porque estamos mezclando una instrucción de funcionamiento con una decisión personal. Yo autoricé que se resolviera la descarga, pero el lugar exacto debía determinarlo el personal que estaba abajo.
Molina abrió nuestra copia del informe elaborado por seguridad el viernes posterior al asesinato.
—Aquí figura otra cosa. Según este documento, el conductor ocupó una zona no habilitada y el servicio de vigilancia se limitó a comprobar que su vehículo no impedía la circulación. Se presenta como una decisión del transportista.
Rafael leyó el párrafo.
—Ese es el resumen que preparamos para la propiedad. Se redactó con la información disponible entonces.
—La anotación de Silvia es del jueves a las 20:45 —respondí—. Su informe es del viernes por la mañana. Cuando lo redactó, la autorización ya estaba registrada. ¿Por qué dejó fuera su intervención?
Rafael devolvió el papel a Alberto.
—Porque lo que autorizamos fue una descarga excepcional, no que una furgoneta tapara deliberadamente la visión de un vehículo. Si ahora escribimos que yo decidí dónde debía aparcar, parecerá que me coloqué detrás del conductor para indicarle la maniobra. Y eso no ocurrió.
—Marcos Leal declaró que recibió instrucciones por el interfono y que una vigilante le señaló el lugar —dijo Molina—. Su versión coincide con el cuaderno. La discrepancia está en el resumen que usted firmó después.
Un vehículo hizo sonar el claxon junto a la barrera. Alberto pidió a un compañero que atendiera la entrada y regresó al mostrador.
—El viernes le expliqué que teníamos una autorización registrada —dijo, mirando a Rafael—. Me pediste que te dejara preparar el informe porque querías responder personalmente a la propiedad. Después recibimos una copia donde parecía que el conductor había aparcado por su cuenta.
—Porque estaba intentando explicar una situación complicada sin convertir una incidencia corriente en una falta grave.
—A mí me preguntaron por qué los vigilantes permitíamos estacionar donde nos daba la gana. Y llevo más de una semana dando explicaciones por una decisión que tomaste tú.
Rafael se quitó las gafas y las guardó en el bolsillo de la camisa.
—Alberto, tú sabes perfectamente cómo funcionaba aquel aparcamiento.
Cuando se acumulaban las entregas, encontrábamos un lugar que permitiera descargar sin bloquear el tráfico.
Gabriel Lozano había presentado varias quejas, pero tampoco quería que los proveedores dejaran de prestar servicio a sus oficinas.
Nos exigían resolver dos problemas incompatibles y después discutían cualquier solución.
—¿Qué quejas había presentado Gabriel? —pregunté.
Rafael me miró como si acabara de recordar que seguíamos allí.
—Había protestado por los vehículos de mercancías que utilizaban plazas de abonados y por algunas maniobras junto a las columnas.
Quería que se aplicara el reglamento estrictamente, aunque en el edificio entran proveedores durante toda la jornada.
Le expliqué que necesitábamos coordinar las descargas con las empresas y que no podía dejar a un conductor esperando indefinidamente porque otro estuviera utilizando la zona.
—¿Conserva esas comunicaciones?
—Están en el expediente de incidencias de la propiedad. Si necesitan una copia, podemos pedir que se la faciliten.
—Las solicitaremos directamente a la administración del edificio —respondí—. Y también el informe original que usted remitió el viernes, con la documentación utilizada para prepararlo.
Rafael se quedó observando el cuaderno que Alberto tenía abierto.
—Espero que entiendan que el asesinato ha convertido cualquier problema de funcionamiento en una sospecha.
Lo que hice aquella noche fue permitir que un trabajador descargara seis paquetes.
No sabía que Gabriel estaba dentro de su coche, ni podía prever que una furgoneta iba a impedir ver lo que ocurría detrás.
—Eso tendremos que contrastarlo con las imágenes y los horarios —respondí—. Por ahora sabemos que la orden salió de su departamento y que el informe posterior omitió su intervención.
Bajamos a la planta menos dos con Alberto.
La zona de mercancías estaba libre. Desde allí se veía el acceso al montacargas y, más allá, la columna junto a la que Marcos había estacionado su furgoneta.
—Quiero enseñaros algo que aparece en las cámaras —dijo Alberto—.
El jueves la zona de carga estaba ocupada cuando llegó Marcos, y las imágenes muestran que el vehículo seguía allí después de que comenzara la descarga.
Desde esta cámara, sin embargo, resulta difícil distinguir qué ocurría junto a su plataforma posterior.
Sacó una copia de la secuencia fotográfica preparada por seguridad.
En las imágenes se distinguía parte del camión que ocupaba el muelle. La cámara mostraba su carrocería desde un ángulo lateral, pero la columna y las instalaciones de carga impedían comprobar qué sucedía junto a la plataforma. A las 20:49 el vehículo continuaba allí.
—Entonces Marcos seguía sin poder utilizar el muelle mientras descargaba junto a la columna —observó Molina—. ¿Quién decidió que estacionara en aquella zona y por qué no se resolvió antes la ocupación del espacio reservado?
—Silvia autorizó la descarga alternativa porque el muelle estaba ocupado —respondió Alberto—.
En aquel momento nadie sabía cuánto iba a prolongarse la incidencia.
Lo habitual era buscar otro espacio cuando una entrega se retrasaba, aunque después hubiera que justificar por qué habíamos permitido utilizarlo.
Examiné la fotografía siguiente. El camión continuaba detenido en el muelle y la furgoneta de Marcos permanecía junto a la columna, ocultando parte de la plaza de Gabriel.
—¿Gabriel había presentado sus quejas precisamente por este tipo de decisiones?
—Por varias. Hubo una discusión bastante seria con Rafael unas semanas antes de que muriera.
Gabriel quería que se sancionara a una empresa de reparto porque uno de sus conductores había bloqueado la salida de una plaza.
Rafael le explicó que la administración debía tramitar cualquier penalización y que seguridad no podía imponerla por su cuenta.
—¿Estuvo usted presente?
—Escuché una parte. Fue en el control, delante de otros empleados.
Gabriel dijo que estaba cansado de pagar por un servicio que después parecía funcionar según la conveniencia de cada conductor.
Rafael respondió que, si quería aplicar el reglamento sin excepciones, tendría que asumir también los retrasos y las quejas de las empresas.
Molina observó el pasillo por donde habíamos reconstruido la entrega.
—Una discusión así podía afectar al contrato de seguridad.
—Claro que podía. Gabriel era uno de los propietarios con más influencia en el edificio.
Cuando hablaba de cambiar procedimientos, la administración prestaba atención.
Rafael llevaba años aquí y conocía a todo el mundo; supongo que le molestaba que alguien que apenas bajaba al aparcamiento pretendiera explicarle cómo organizarlo.
La puerta de mantenimiento quedaba parcialmente oculta desde nuestra posición.
Habíamos comprobado sus dos aperturas mediante AUX-04 y seguíamos sin identificar a la persona que utilizó la tarjeta. Aquella mañana, en cambio, habíamos podido reconstruir quién tomó una decisión distinta y por qué su intervención desapareció del informe posterior.
—¿Silvia estaría dispuesta a explicar lo que hizo? —pregunté.
—Cuando hablé con ella, me dijo que no tenía ningún inconveniente. Le preocupa que terminen responsabilizándola por haber seguido una instrucción. Es joven, lleva poco tiempo en la empresa y está convencida de que va a perder el trabajo por algo que ocurrió mientras cumplía su turno.
—Quiero escucharla por separado —respondí—. También comprobaremos el registro del interfono y la secuencia de cámaras. Su anotación es importante, pero prefiero que nos explique cómo recibió la orden y qué instrucciones transmitió exactamente.
Alberto guardó las fotografías.
—Le diré que puede hablar directamente con ustedes. Creo que le vendrá bien saber que no tiene que pedirle permiso a Rafael para explicar lo que hizo.
Regresamos al control cuando el turno de mañana estaba a punto de terminar.
Rafael seguía allí, acompañado por una empleada de la administración del edificio. Habían reunido los libros de incidencias y estaban comprobando cuáles debían permanecer bajo custodia hasta que termináramos las diligencias.
Le expliqué que necesitábamos preservar los originales, obtener copias completas y documentar las diferencias entre el parte del jueves y el informe elaborado el viernes.
—Podemos hacerlo —respondió la administradora—. Los libros pertenecen al servicio y deben conservarse. Facilitaré las copias necesarias y dejaré constancia de quién accede a ellos mientras se realizan las comprobaciones.
Rafael intervino.
—Quiero que figure también que el estacionamiento excepcional era una práctica conocida por la propiedad. Sería injusto presentar una decisión de funcionamiento como si la hubiera tomado al margen de todo procedimiento.
—Podrá aportar las comunicaciones que considere relevantes —respondí—. Lo que necesitamos ahora es que cada documento refleje lo que ocurrió, con independencia de que después existan responsabilidades profesionales.
Alberto, que había permanecido junto a la entrada, se acercó con su cuaderno.
—Quisiera añadir una declaración sobre lo que hablamos el viernes, cuando se preparó el informe. Hasta ahora me he limitado a explicar lo que figura en los partes, pero quiero que conste también qué documentación entregué y qué instrucciones recibí.
Rafael lo miró.
—Podríamos aclararlo primero entre nosotros. No hace falta convertir cada desacuerdo en un procedimiento contra la empresa.
Alberto dejó el cuaderno delante de mí.
—Llevamos una semana aclarándolo entre nosotros. Prefiero hacerlo ahora con los inspectores, porque después cada uno recuerda la conversación de una manera distinta.
Le indiqué dónde podíamos sentarnos para recoger su manifestación.
Rafael permaneció junto al mostrador mientras Alberto reunía sus anotaciones. La administradora continuó clasificando los libros y pidió a un empleado que cerrara el armario donde debían conservarse.
Alberto se sentó frente a mí, abrió el cuaderno por la página del viernes y empezó a explicar cómo se había preparado el informe.