Los trece minutos (Los casos de Rivas 3) CAPÍTULO 10Inés Calderón
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CAPÍTULO 10Inés Calderón

Inés Calderón

Inés Calderón estaba hablando por teléfono cuando entré en la sala de espera de comisaría.

—Entonces que lo firme Pablo, si está tan convencido de que puede hacerlo. Yo he dejado por escrito qué autorizaciones siguen vigentes y cuáles necesitan una decisión de los socios. Raquel lleva tres días recibiendo instrucciones contradictorias y bastante tiene con sacar adelante su trabajo.

Escuchó la respuesta mientras buscaba algo en el bolso.

—Porque Raquel es auxiliar administrativa, no directora financiera. Si alguien quiere discutir el procedimiento, puede hacerlo conmigo cuando vuelva.

Terminó la conversación, guardó el teléfono y se levantó al reconocerme.

Habíamos acordado tomarle declaración el lunes por la mañana.

Era la tercera vez que hablábamos con ella desde el asesinato, aunque las anteriores habían sido conversaciones preliminares.

Esta vez necesitábamos fijar sus movimientos durante el jueves y conocer con precisión qué relación había mantenido con Gabriel en sus últimas horas.

—Disculpe, inspector. La empresa está funcionando de una manera bastante peculiar desde que murió Gabriel. Todo el mundo parece tener autoridad para dar instrucciones, pero cuando alguien pregunta quién asume la responsabilidad, empiezan las dificultades.

—¿Incluido Pablo Gomis?

—Especialmente Pablo. Lleva años creyendo que conseguir un acuerdo comercial significa que después podemos resolver cualquier problema contable. Ahora tiene motivos para estar preocupado, aunque eso tampoco le concede derecho a organizar el trabajo de mi departamento.

La conduje hasta una sala donde Molina había preparado la documentación.

Inés llevaba un traje gris oscuro, una carpeta de cartón gastada por los bordes y unas gafas que utilizaba únicamente para leer. Se sentó después de apartar la silla unos centímetros, dejando espacio suficiente para colocar sus papeles.

—Me han explicado que quieren ampliar mi declaración.

Espero que podamos terminar antes de mediodía porque tengo una reunión con los representantes de dos sociedades del grupo.

Les he pedido que no adopten decisiones sobre las cuentas hasta que sepamos quién puede autorizarlas, y me gustaría estar presente cuando lo discutamos.

—Hoy necesitamos hablar principalmente de usted —respondí—. De sus últimos encuentros con Gabriel y de lo que hizo antes de abandonar el edificio el jueves.

Inés dejó las gafas sobre la carpeta.

—Entiendo que tengan que preguntarlo. También agradecería que no se diera por hecho que todos los que discutimos con Gabriel aquella semana teníamos algún interés en perjudicarlo. Si toman declaración a las personas que trabajaban directamente con él, encontrarán bastantes discusiones.

Molina puso en marcha la grabación después de explicarle el procedimiento y recoger sus datos.

—Empecemos por su relación profesional con Gabriel —dijo—. Lleva nueve años en la empresa. ¿Siempre fue directora financiera?

—Entré como responsable de control de gestión. La compañía era más pequeña y Gabriel seguía personalmente casi todas las operaciones. Fui asumiendo responsabilidades a medida que crecimos. Hace cinco años me nombró directora financiera, aunque nunca dejó de revisar determinadas decisiones.

—¿Tenía confianza en usted? —pregunté.

Inés tardó un momento en responder.

—Confiaba en mi trabajo. En Gabriel, eso podía significar que te dejaba resolver un problema complicado y después te llamaba cuatro veces para preguntarte por qué todavía no estaba terminado.

Era exigente y podía ser bastante injusto, pero también reconocía cuando alguien había hecho bien las cosas.

Durante mucho tiempo conseguimos trabajar de esa manera.

—¿Qué cambió?

—Empezó a revisar personalmente expedientes que llevaba años delegando.

Pedía documentación, la recibía y al día siguiente quería otra presentación distinta.

Si encontraba una cifra que no recordaba, convocaba una reunión para explicársela.

Hubo semanas en las que dediqué más tiempo a preparar información para Gabriel que a dirigir el departamento.

Su respuesta tenía el cansancio concreto de alguien acostumbrado a discutir procedimientos. Quise saber si aquella desconfianza se había convertido en algo personal.

—¿Llegó a pensar que sospechaba de usted?

—Llegué a preguntárselo. Le dije que, si consideraba que estaba haciendo mal mi trabajo, prefería que me lo explicara directamente.

Me respondió que quería comprobar determinadas operaciones y que todavía no estaba en condiciones de sacar conclusiones.

Aquello me molestó, porque llevaba nueve años respondiendo por decisiones que muchas veces ni siquiera eran mías.

—¿Discutieron por eso el jueves?

Inés abrió su carpeta y sacó una hoja con varias anotaciones.

—Discutimos por los documentos que había solicitado para Ferrer y por la forma en que quería prepararlos.

Gabriel pretendía que entregáramos los originales, los justificantes de las transferencias y las distintas versiones de algunas conciliaciones.

Yo estaba de acuerdo con facilitar la documentación, pero necesitaba organizarla.

Si retiras de un departamento todos sus expedientes de trabajo sin dejar constancia de dónde están, después resulta imposible atender las operaciones ordinarias.

—¿Cuándo fue aquella conversación?

—A última hora de la tarde. Nos habíamos visto antes por otros asuntos y volví a hablar con él cuando estábamos preparando el material para la revisión. Debió de ser alrededor de las siete y media, aunque prefiero comprobarlo con mi agenda antes de darle una hora exacta.

Molina consultó sus notas.

—¿Cómo terminó?

—Le dije que podía disponer de la documentación, pero que necesitábamos conservar copias de trabajo y una relación de los originales entregados.

Gabriel respondió que quería decidir personalmente qué recibía Ferrer.

Acabamos discutiendo porque consideré que estaba cuestionando el funcionamiento de todo el departamento.

Me pidió que dejara los documentos preparados y seguimos cada uno con nuestro trabajo.

—¿Volvió a verlo después? —pregunté.

—Recuerdo haber hablado con él desde mi despacho sobre una relación de justificantes, pero no volví a mantener otra reunión. Yo estaba terminando unos asuntos pendientes y quería marcharme. Había sido una semana desagradable y tenía pocas ganas de continuar allí.

—¿A qué hora se fue?

—Salí de las oficinas poco después de las ocho. Diría que entre las ocho y diez y las ocho y veinte. Había solicitado un coche para regresar a casa y esperaba que pudiera recogerme cerca del edificio. Si necesitan comprobarlo, he traído la reserva.

Sacó una hoja impresa y la dejó sobre la mesa.

Correspondía a una solicitud realizada mediante una aplicación de transporte. Figuraban su nombre, el punto de recogida próximo al edificio y una reserva para las 20:25.

Molina examinó el documento.

—Aquí consta que realizó una reserva, pero no aparece ningún dato que confirme que el servicio llegara a completarse. ¿Conserva la factura o algún justificante posterior?

—He imprimido el correo que encontré porque es el que indica la hora y el lugar. La aplicación también guarda información de los servicios, aunque tendría que consultarla. Si necesitan más datos, pueden pedírmelos y se los facilitaré.

—¿Recuerda cuánto tardó el vehículo en llegar? —pregunté.

—Aquella noche estaba pendiente del teléfono porque habían seguido llamándome del trabajo.

Recuerdo que había solicitado el transporte y que quería salir cuanto antes.

Sobre la espera concreta tendría que mirar mis mensajes.

Han pasado varios días y no quiero darles una cifra que después resulte equivocada.

Dejé el justificante a un lado.

—¿Por qué no utilizó el aparcamiento? ¿Había venido sin coche?

—Habitualmente conduzco, pero aquel jueves tenía previsto acudir por la mañana a una reunión en el centro y preferí moverme en transporte público. Al terminar la jornada pedí que me recogieran. En Madrid resulta bastante más sencillo que buscar aparcamiento cada vez que tienes que desplazarte.

Molina intervino.

—¿Bajó en algún momento a las plantas subterráneas durante aquella tarde?

Inés lo miró por encima de las gafas.

—Las oficinas utilizan dependencias del edificio y hay documentación que se guarda en distintos lugares, pero mis reuniones del jueves fueron en nuestra planta. Si me están preguntando por el aparcamiento, ya les he explicado que aquella tarde no tenía mi vehículo allí.

La respuesta se había desplazado desde sus movimientos hacia el coche que utilizaba habitualmente.

—Le preguntamos si bajó a alguna planta subterránea, independientemente de dónde estuviera su automóvil —precisé.

—Tendría que revisar todos mis desplazamientos para asegurarlo.

Sé que estuve en administración, en mi despacho y varias veces con Gabriel.

Recuerdo haber ido a buscar documentación a una sala de archivo de nuestra planta.

Mi jornada fue bastante larga y no llevo un registro personal de cada vez que salgo de una habitación.

Anoté su explicación. Habíamos preguntado por una zona concreta y seguíamos sin obtener una respuesta definitiva.

Durante una pausa le ofrecimos agua. Inés prefirió levantarse para estirar las piernas y se quedó mirando un cuadro de fotografías antiguas de Madrid que había junto a la ventana.

—Mi padre trabajó treinta años llevando las cuentas de una empresa de suministros —comentó cuando regresamos a la mesa—. Cuando empecé a estudiar Económicas me decía que cualquier persona podía aprender a sumar, pero que lo difícil era conseguir que los demás te dejaran comprobar sus números.

—¿Le hizo caso? —preguntó Molina.

—En algunas cosas. En otras, afortunadamente, bastante poco. Él se conformaba con que le pagaran a final de mes y lo dejaran tranquilo. Yo quería dirigir un departamento y tomar decisiones. Durante años pensé que, si trabajaba lo suficiente, terminarían respetando mi criterio.