CAPÍTULO 9La puerta de servicio
La puerta de servicio
Rafael Cifuentes había preparado una relación de las tarjetas autorizadas para acceder a las zonas de mantenimiento, pero cuando Nuria le pidió el archivo original del sistema, dejó de mostrarse tan dispuesto a colaborar.
—Esa información pertenece a la empresa que gestiona los accesos —explicó—. Yo puedo consultar los movimientos y preparar informes, pero prefiero que cualquier extracción se haga con un técnico presente. Si después falta algún registro o aparece una diferencia, necesito saber de dónde ha salido.
Estábamos en el cuarto de control del edificio, poco después de las nueve del viernes. Alberto Roldán había abierto la instalación y permanecía junto a la puerta, mientras Molina comprobaba las anotaciones de la visita anterior.
Nuria colocó su ordenador sobre una mesa libre.
—La empresa ya ha facilitado la exportación y hemos documentado su procedencia. Lo que necesitamos ahora es contrastarla con la instalación, comprobar la configuración del lector y aclarar por qué el listado que nos entregaron inicialmente contiene menos movimientos que el archivo completo.
Rafael dirigió la vista hacia Alberto.
—El listado del viernes lo preparasteis vosotros.
—Con el programa que utilizamos en recepción —respondió el vigilante—. Me pidieron los accesos de mantenimiento y saqué los que aparecían asociados al personal de instalaciones. Lo que ocurra con las tarjetas auxiliares depende de la configuración que tengas en tu departamento.
Rafael se volvió hacia nosotros.
—Precisamente por eso quería estar presente. Las tarjetas auxiliares funcionan de otra manera y pueden aparecer agrupadas. Si alguien ha utilizado una para realizar trabajos ordinarios, no conviene interpretar el movimiento como si correspondiera a un empleado concreto.
—Entonces nos ayudará a comprenderlo —dije—. Llevamos varios días esperando la documentación completa. Ahora que la tenemos, quiero distinguir lo que registra el sistema de lo que ustedes anotaron manualmente.
Nuria abrió dos archivos y los colocó uno junto a otro.
El primero contenía la relación que seguridad nos había facilitado durante las horas posteriores al asesinato. El segundo procedía del controlador de accesos y recogía las autorizaciones, las aperturas efectivas y algunas incidencias técnicas.
La diferencia resultó visible enseguida.
—Aquí aparecen movimientos de una tarjeta auxiliar que faltan en el primer listado —indicó Nuria—. La credencial figura como AUX-04 y se utilizó dos veces el jueves por la noche, en la puerta S-2 de la planta menos dos.
Rafael se acercó a la pantalla.
—Esa tarjeta se presta al personal autorizado cuando necesita entrar en las dependencias de instalaciones. También puede utilizarse en algunas puertas de servicio. Tendréis que comprobar a quién se entregó.
—Eso queremos hacer —respondió Molina—. ¿Quién se encarga de registrar los préstamos?
—Mi departamento.
Molina esperó a que continuara.
—El problema es que algunas entregas se hacen durante los cambios de turno —añadió Rafael—. Hay personal de contratas que necesita pasar de una zona a otra y, si yo estoy reunido o fuera del edificio, el vigilante puede facilitar una tarjeta después de comprobar la autorización correspondiente.
Alberto se apartó de la puerta.
—Nosotros dejamos constancia cuando nos entregan una solicitud. Lo que no puedo hacer es inventarme quién se ha llevado una tarjeta si el responsable de instalaciones ha autorizado que otra persona la recoja directamente.
Rafael cerró la carpeta que tenía en la mano.
—Alberto, hemos trabajado así durante años y nunca habíamos tenido un problema.
—Hasta ahora —respondió el vigilante.
Preferí dejar aquella discusión para después.
—Vamos a comprobar primero los movimientos. Nuria, ¿qué horas aparecen?
Giró el ordenador hacia nosotros.
La primera autorización se había producido a las 20:35:18. Dos segundos después, el sistema registraba la apertura de la puerta.
La segunda figuraba a las 20:55:36, seguida también de una apertura efectiva.
Consulté la cronología que llevaba conmigo.
Gabriel había llegado a su vehículo a las 20:41. La furgoneta comenzó a ocultarlo a las 20:47 y permaneció allí hasta las 21:00.
Las dos aperturas de la tarjeta auxiliar quedaban a ambos lados de su llegada al aparcamiento.
—¿Podemos dar por buenas esas horas? —pregunté.
Nuria señaló los datos del controlador.
—El sistema de accesos utiliza una referencia horaria distinta de la del grabador que tenía el desfase de dos minutos y siete segundos.
Hemos comprobado su reloj con los registros de las barreras y con la referencia utilizada para sincronizar las cámaras.
La correspondencia está documentada y la diferencia que encontramos en aquel grabador ya está aplicada a las imágenes que proceden de él.
—De acuerdo. Quiero ver cómo se utiliza esa tarjeta y qué registra exactamente cada operación.
Rafael miró hacia la puerta.
—Podemos comprobarlo abajo. Tengo una tarjeta de prueba que permitirá realizar el mismo procedimiento sin alterar los registros correspondientes al jueves.
En la planta menos dos seguía habiendo movimiento de vehículos, aunque las plazas próximas a la puerta de mantenimiento estaban libres.
Rafael nos condujo hasta el acceso gris que habíamos examinado durante la primera inspección. Junto al marco había un lector rectangular y una pequeña luz que cambiaba de color cuando se aproximaba una tarjeta válida.
Alberto permaneció a unos pasos, cerca de la columna.
—Esta puerta comunica el aparcamiento con un pasillo de servicio —explicó Rafael—. Desde allí se puede llegar a las dependencias técnicas y a una escalera que comunica con otras plantas. El personal de mantenimiento la utiliza para evitar atravesar las zonas de oficinas con carros y herramientas.
—Eso ya lo conocemos —intervino Molina—. Lo que necesitamos saber es quién podía abrirla y desde qué lado.
Rafael pasó la tarjeta por el lector.
La luz cambió a verde y se escuchó el mecanismo de desbloqueo.
Empujó la puerta y nos hizo pasar.
El pasillo era estrecho, con paredes pintadas de blanco y varias conducciones protegidas por canaletas metálicas. A pocos metros había una bifurcación: una rama continuaba hacia los cuartos de instalaciones y otra conducía a los ascensores de servicio.
Nuria examinó el segundo lector, situado en la cara interior.
—¿Ambos están conectados al mismo controlador?
—Sí. Se instalaron cuando reformaron las dependencias. Permiten que el personal autorizado utilice el acceso en ambos sentidos, aunque también existe un mecanismo de evacuación que libera la salida sin necesidad de presentar una tarjeta.
—Vamos a comprobar cómo aparece cada lectura en el registro —dijo Nuria.
Rafael utilizó la tarjeta desde el interior y abrió de nuevo la puerta. Después regresamos al cuarto de control para comparar ambas operaciones.
El programa mostraba dos autorizaciones correspondientes a la tarjeta de prueba, asociadas a la misma puerta y al mismo controlador.
En aquella instalación, el informe histórico disponible identificaba la credencial utilizada y la puerta desbloqueada, pero no distinguía cuál de los dos lectores había provocado cada operación.
Nuria revisó la configuración antes de cerrar la comprobación.
—Entonces las dos aperturas del jueves confirman que alguien utilizó AUX-04 y abrió esta puerta —dijo—. Pero el registro que conservamos no permite determinar desde qué lado lo hizo.
Rafael se apoyó en el borde de la mesa.
—Eso es lo que intento explicarles. Una tarjeta de servicio puede pasar por varias manos y los registros no identifican a la persona que la lleva.
Molina señaló la pantalla.
—Precisamente por eso es importante el libro de préstamos. Usted acaba de decirnos que su departamento se encarga de controlar esas tarjetas. Necesitamos saber a quién le correspondía AUX-04 aquel jueves.
Rafael abrió un armario situado junto a la mesa.
En su interior había varias carpetas de mantenimiento, un pequeño cajetín metálico y una libreta utilizada para anotar la entrega de material.
Nos mostró las páginas correspondientes a aquella semana.
La tarjeta AUX-04 figuraba entre las disponibles al comienzo del jueves. También aparecía en una comprobación realizada a primera hora del viernes.
Entre ambas anotaciones había préstamos de otras credenciales, pero ninguna identificación de la persona que había utilizado AUX-04.
—Aquí falta el registro de entrega —dije.
—Alguien debió de retirarla y devolverla sin anotarlo. Los vigilantes tienen acceso al cajetín cuando existe una autorización, y también hay personal de instalaciones que puede recoger material durante la jornada. Tendré que comprobar quién estuvo de servicio.
Alberto se acercó a la mesa.
—El cajetín está en tu departamento, Rafael. A nosotros nos pueden pedir que entreguemos una tarjeta, pero necesitamos que nos indiques a quién se ha autorizado. Si las recogéis directamente, yo no tengo forma de saberlo.
Rafael abrió la libreta por otra página.
—Estoy diciendo que hubo un fallo de control, Alberto. Podemos discutir quién cometió el error, pero eso no cambiará lo que aparece aquí.
—Para nosotros sí cambia —respondí—. Una tarjeta que abre una puerta próxima al lugar del asesinato fue utilizada dos veces durante un intervalo relevante y nadie puede identificar a su portador. Usted es responsable del sistema y tendremos que dejar constancia de esa irregularidad.
Rafael guardó silencio mientras Nuria fotografiaba las páginas y anotaba las referencias de los documentos.
—¿La tarjeta continúa en el cajetín? —pregunté.
La buscó entre las credenciales.
Estaba allí.
Nuria comprobó su identificador con el lector de administración y confirmó que correspondía a AUX-04.
Le indiqué a Rafael que aquella tarjeta quedaría apartada de su uso ordinario y que necesitábamos preservar la documentación relacionada con su custodia.
Acordamos formalizar la entrega de la credencial y realizar las comprobaciones necesarias sobre las personas que habían podido acceder al cajetín.
Rafael aceptó, aunque quiso hacer una precisión.
—Llevamos años prestando tarjetas para trabajos autorizados. Gabriel conocía este procedimiento porque algunas reformas de sus oficinas obligaban a utilizar los accesos de servicio. La ausencia de una firma no significa necesariamente que alguien quisiera ocultar nada.
—La explicación de esa ausencia es precisamente lo que vamos a comprobar —respondí.
Antes de marcharnos, volvimos a la planta menos dos.
Molina quería relacionar las aperturas con los movimientos de Rubén Salas, el trabajador de mantenimiento que habíamos identificado en las cámaras.
Su declaración del martes situaba parte de su trabajo en un corredor lateral, adonde había llevado material utilizando un carro. Las imágenes corregidas lo mostraban aproximadamente a las 20:59, pero hasta entonces no habíamos conseguido relacionarlo con ninguna apertura concreta de la puerta S-2.
—Rubén declaró que estuvo trabajando en los cuartos de instalaciones —recordó Molina—. También explicó que utilizó un acceso interior para mover el material. Si la tarjeta AUX-04 se empleó a las 20:55, necesitamos saber si ese movimiento corresponde a su recorrido o al de otra persona.
Examinamos el plano y recorrimos las dos ramas del pasillo.
Desde la puerta S-2 podía llegarse al corredor donde se había visto a Rubén, pero también existía una comunicación interior que permitía acceder a aquella zona desde los ascensores de servicio.
El trabajador había descrito precisamente ese segundo recorrido.
Nuria comprobó las referencias de los accesos interiores que figuraban en la exportación.
—Hay una apertura registrada con la credencial de mantenimiento asignada a Rubén en otra puerta del corredor, poco antes de las nueve. Es compatible con la declaración que prestó, aunque tendremos que contrastar su itinerario completo con las imágenes y la orden de trabajo.
—Así que el carro que vimos no explica por sí solo las dos aperturas de S-2 —dijo Molina.
—Y tampoco las descarta —respondí—. Ahora tenemos un recorrido y unos horarios que podemos contrastar. Habrá que comprobar quién más estaba autorizado a moverse por esta zona.
Regresamos al aparcamiento.
Me detuve junto a la columna desde la que habíamos examinado la plaza de Gabriel durante la noche del asesinato.
La puerta gris quedaba a pocos metros. Desde allí podía distinguirse el pasillo de circulación, aunque el acceso permanecía parcialmente oculto por la propia columna cuando se observaba desde determinados ángulos.
Pensé en las dos anotaciones que acabábamos de obtener.
A las 20:35 alguien había abierto aquella puerta con una tarjeta auxiliar. A las 20:55 la misma credencial había vuelto a utilizarse.
Entre ambos movimientos, Gabriel había llegado al coche y había hablado con Julián Ferrer por teléfono.
—¿Qué hacemos con Rafael? —preguntó Molina.
—Quiero contrastar las personas que podían retirar AUX-04 y las autorizaciones de aquel jueves. Después volveremos a hablar con él sobre lo que falte en el registro. Por ahora tenemos una irregularidad de custodia y dos aperturas documentadas.
Molina dobló el plano y lo guardó.
—También habrá que comprobar si alguno de los empleados sabía que la puerta quedaba fuera del campo principal de las cámaras.
—Empezaremos por quienes utilizaban habitualmente ese recorrido.
Alberto nos esperaba junto a los ascensores. Le entregamos una copia de la relación de documentos cuya conservación debía garantizar seguridad y le explicamos que cualquier utilización posterior de las tarjetas auxiliares tendría que quedar identificada conforme al procedimiento establecido.
Cuando regresamos al cuarto de control, Nuria terminó de incorporar los dos movimientos a la cronología de trabajo. Junto a cada apertura dejó el campo de usuario sin identificar.
Rafael observó cómo guardaba los documentos de custodia y cerró el cajetín, ahora sin la tarjeta AUX-04.
Antes de salir, le pedí que firmara el acta de entrega. La leyó completa, hizo una corrección en el nombre de su departamento y firmó al pie.