Los trece minutos (Los casos de Rivas 3) CAPÍTULO 8Una entrega ordinaria
27%

CAPÍTULO 8Una entrega ordinaria

Una entrega ordinaria

Marcos Leal estaba discutiendo con su encargado cuando llegamos al almacén.

—Si quieres descontarme las horas, hazlo, pero el jueves estaba trabajando y lo sabes. Me mandaste al edificio cuando ya íbamos con retraso y ahora resulta que también tengo que responder por haber aparcado donde me dijeron.

El encargado nos vio entrar y dejó sobre el mostrador una hoja de reparto. Era un hombre corpulento, de unos cincuenta años, que llevaba un chaleco reflectante sobre la camisa.

—Ustedes serán los policías. Soy Carlos Medina, responsable de distribución. Les agradecería que intentaran terminar pronto porque tenemos tres rutas pendientes y Marcos lleva una semana con la cabeza en otra parte.

Le mostré la identificación.

—Necesitamos comprobar algunos movimientos del reparto del jueves. Hemos hablado con su empresa y tenemos la documentación que nos facilitaron, pero hay diferencias entre determinadas horas. Queremos aclararlas con el conductor y, si es posible, reproducir después su recorrido en el aparcamiento.

—Las horas salen del programa —respondió Medina—. Cada entrega queda registrada cuando el conductor confirma que ha terminado. Si Marcos hizo algo distinto de lo que aparece, tendrá que explicarlo él.

Marcos se apartó del mostrador. Tendría unos treinta y cinco años, llevaba unas botas de trabajo muy gastadas y tenía una pequeña herida junto a la uña del pulgar. Había dejado una chaqueta sobre una silla y sostenía un dispositivo de reparto con la pantalla agrietada.

—Ya expliqué lo que pasó a los agentes que vinieron el viernes. Hice la entrega, volví a la furgoneta y salí. Si necesitan que les enseñe los paquetes que llevaba, aquí tienen el parte y la orden del cliente. Lo que me preocupa es que mi jefe piense que he hecho algo raro.

Medina abrió la boca para intervenir, pero le pedí que nos dejara hablar con su empleado.

Nos condujeron hasta una pequeña oficina situada al fondo del almacén, donde se escuchaba el ruido intermitente de los carros atravesando el suelo de hormigón.

Molina colocó sobre la mesa una copia del registro de reparto.

—Aquí consta que la entrega se completó a las veinte cuarenta y nueve. Sin embargo, las imágenes muestran que siguió descargando material varios minutos después. Necesitamos saber qué significa exactamente esa hora y por qué la operación aparece terminada cuando todavía estaba trabajando.

Marcos examinó la hoja y señaló una casilla.

—Eso lo marqué antes de terminar. El edificio tiene mala cobertura en la planta menos dos y algunas veces el programa se queda intentando enviar los datos. Cuando llegué, comprobé que estaban los seis bultos, marqué la entrega y guardé el aparato. Después hice el trabajo de verdad.

—¿Suele hacerlo así? —pregunté.

—Cuando veo que voy a perder la conexión, sí.

Lo correcto es confirmar al entregar, pero si te falla la aplicación te quedas esperando a que vuelva la cobertura y luego aparecen entregas pendientes que ya has hecho.

Mi encargado puede mirar dónde he estado, cuánto he tardado y cuántos servicios llevo.

Un retraso pequeño te cambia toda la ruta.

Molina apoyó la hoja sobre la mesa.

—Entiendo el problema, pero el registro dice que a las ocho y cuarenta y nueve ya había entregado seis paquetes. Si utilizamos esa hora para reconstruir lo que ocurrió en el aparcamiento, estaríamos dando por terminado un trabajo que usted seguía haciendo. ¿Quién recibió realmente el material?

—Una empleada de mantenimiento de las oficinas. Eva, creo que se llama. Me firmó la hoja cuando dejé el último bulto junto al montacargas. Pueden preguntárselo; tiene que conservar el justificante.

Sacó del bolsillo una cartera de plástico y buscó entre varias hojas dobladas.

Encontró una copia con una firma y una anotación manuscrita.

—Esta es. Lo apuntó ella porque había problemas para acceder al almacén donde tenían que dejar las cajas. Yo le dije que, si necesitaba moverlas más adentro, tendría que hacerlo alguien del edificio. Llevaba ya bastante retraso.

La firma aparecía junto a las 20:57.

Molina la comparó con el registro digital.

—Ocho minutos de diferencia. Esto tendremos que contrastarlo con la persona que recibió el material, pero al menos nos explica por qué los documentos cuentan historias distintas.

Marcos guardó el resto de los papeles.

—Lo que quiero es que quede claro que estaba haciendo mi trabajo.

Desde que murió ese hombre, cada vez que entro en una cafetería y ponen las noticias, parece que hablan de mi furgoneta.

Mi hija me preguntó el otro día por qué salía una igual en la televisión.

Tiene ocho años y ya se ha enterado de que la Policía está investigando.

Se quedó mirando la copia que había sobre la mesa.

—Le dije que había estado trabajando cerca de donde ocurrió algo malo. Es lo único que sé explicarle.

Regresamos con él al aparcamiento poco antes del mediodía.

Marcos había aceptado acompañarnos con una condición: necesitaba que su encargado supiera a qué hora terminaríamos las comprobaciones, porque tenía previsto cubrir una ruta por la tarde. Molina se había ocupado de hablar con Medina antes de salir del almacén.

Alberto Roldán nos esperaba junto a los ascensores. Habíamos pedido autorización para utilizar durante unos minutos el recorrido de reparto sin interrumpir el funcionamiento normal del garaje.

La plaza de Gabriel permanecía vacía. Las marcas de la inspección habían desaparecido del suelo y alrededor había vehículos estacionados.

Marcos nos señaló la zona donde había colocado la furgoneta.

—Aquella tarde estaba ocupado el espacio de carga y me dijeron que dejara el vehículo aquí mientras descargaba. Tuve que maniobrar dos veces porque la columna me quedaba demasiado cerca de la parte trasera.

—¿Quién le indicó dónde aparcar? —pregunté.

—Hablé por el interfono de acceso con seguridad. Después, cuando bajé, uno de los vigilantes me hizo una señal desde el pasillo. Yo ya había estado otras veces en este edificio y sabía por dónde tenía que llevar los paquetes.

Alberto consultó sus notas.

—En el libro de incidencias consta una autorización para descargar fuera de la zona habitual.

La plaza destinada a mercancías estaba ocupada por un vehículo que todavía no había terminado su servicio.

Tendremos que identificar quién atendió el interfono, porque yo estaba en el puesto de control de la entrada principal.

Le pedí que conserváramos también aquella anotación.

Marcos recorrió con nosotros el camino hasta los ascensores de servicio.

Llevábamos un carro vacío de los que utilizaba el personal del edificio. Sus ruedas producían un traqueteo irregular al cruzar las juntas del suelo.

—Hice dos viajes —explicó—. Primero llevé cuatro paquetes y después regresé a por los otros dos. Eva me esperaba cerca del montacargas y me ayudó a colocarlos en un lateral. Lo que más tiempo nos llevó fue encontrar sitio para dejarlos sin bloquear el paso.

—¿Puede recordar cuándo escuchó el golpe que mencionó en su primera declaración? —preguntó Molina.

Marcos se detuvo junto a la columna.

—Fue cuando regresaba hacia la furgoneta después de uno de los viajes.

Sonó algo bastante fuerte, como una puerta metálica que se cierra de golpe.

Me giré, pero estaba trabajando y seguí andando.

Había gente entrando y saliendo de las instalaciones y pensé que alguien habría golpeado un carro o una puerta.

—¿De qué dirección venía?

Marcos observó el pasillo.

—Desde esta zona, aproximadamente. Podría haber venido de mantenimiento o de algún coche. Aquí abajo los sonidos rebotan bastante. Cuando estás descargando, escuchas golpes continuamente, y a veces uno que parece cercano viene de la otra punta.

Molina se situó cerca de la puerta gris que ya habíamos examinado durante la primera inspección.

—¿Pudo ser esa puerta?

—Podría. Pero tampoco puedo decir que la reconociera. Recuerdo el ruido porque ahora me lo han preguntado varias veces; el jueves pensé que alguien había dejado caer una herramienta.

Nos acercamos al acceso restringido.

La puerta tenía un mecanismo de cierre automático. Alberto abrió con una tarjeta autorizada para mostrarnos su funcionamiento y la dejó cerrarse sin empujarla.

Se produjo un golpe metálico que resonó en el pasillo.

Marcos levantó la cabeza.

—Se parece bastante. Aunque la puerta del montacargas también hace ruido y los carros golpean cuando pasan por las juntas. Me gustaría poder decirles que fue exactamente ese sonido, pero estaría inventándomelo.

—Eso también nos sirve —respondí—. Preferimos saber qué recuerda realmente a convertir una impresión en una certeza.

Seguimos el recorrido hasta el punto donde había estacionado la furgoneta.

Allí comprobamos que, cuando Marcos se dirigía al montacargas, perdía de vista durante unos instantes la parte posterior del vehículo y el acceso de mantenimiento. La columna y la propia carrocería creaban un ángulo que cambiaba según el lugar desde el que se observara.

—¿Podía ver la plaza de Gabriel mientras descargaba? —pregunté.

—Desde aquí veía una parte del aparcamiento, pero estaba mirando los paquetes y procurando que el carro no chocara con los coches. Además, la furgoneta me tapaba bastante. Cuando regresaba del montacargas tenía mejor vista hacia el pasillo, aunque la columna seguía estorbando.

Molina recorrió el trayecto con el carro mientras yo observaba desde el lugar donde Marcos recordaba haber escuchado el ruido.

El vehículo gris que había ocupado la plaza contigua a Gabriel el jueves seguía siendo una referencia importante para comprender la falta de visibilidad del lado del copiloto.

Aquella mañana había otro coche estacionado allí, así que utilizamos las fotografías originales para comparar las posiciones.

—¿Vio a alguna persona acercarse al coche negro? —pregunté cuando Marcos regresó.

—Recuerdo a gente caminando por el aparcamiento, pero estaba concentrado en la entrega.

Vi pasar un carro de mantenimiento cerca del pasillo cuando ya estaba terminando.

También recuerdo que salió algún vehículo mientras recogía mis cosas.

Podría reconocer los movimientos generales si me enseñan las grabaciones, pero no me pidan que recuerde las caras de personas a las que apenas miré.

Pensé en Rubén Salas, el trabajador identificado en la grabación corregida de las 20:59. Molina había recogido su declaración el martes por la tarde y sus explicaciones sobre el material transportado coincidían con una orden de mantenimiento y con parte de las imágenes disponibles.

Todavía faltaba relacionar aquellos desplazamientos con los registros completos de las puertas.

—Ese trabajador puede ser alguien con quien ya hemos hablado —le expliqué a Marcos—. Lo comprobaremos utilizando los horarios. Ahora quiero que nos indique exactamente dónde estaba cuando cree que lo vio.

Marcos señaló la zona próxima al corredor lateral.

Le pedí que permaneciera allí mientras Molina recorría el mismo trayecto con el carro.

Desde donde me encontraba, parte del movimiento quedaba oculta tras la columna. Solo cuando Molina apareció de nuevo por el pasillo pude verlo completo.

Marcos observó la prueba con atención.

—Así es como lo recuerdo. Vi el carro cuando ya estaba saliendo de esa zona, pero pudo llevar allí un rato antes de que yo lo viera.

De vuelta en comisaría, Nuria tenía preparada la comparación entre los registros de la entrega y las imágenes del aparcamiento.

La firma de recepción de las 20:57 era compatible con el segundo recorrido de Marcos. También habíamos podido situar sus desplazamientos principales sin recurrir a la hora de cierre anticipado que figuraba en la aplicación.

—El registro digital nos estaba haciendo creer que la entrega había terminado antes de que realmente acabara —explicó Nuria—. He dejado separadas las horas que proceden del sistema de reparto y las que hemos podido contrastar con imágenes o documentación del edificio.

Molina colocó sobre la mesa el plano que habíamos utilizado.

—El conductor recuerda un golpe, pero no puede identificar su origen. Además, su recorrido lo llevaba varias veces fuera del campo de visión de la plaza. Tenemos que comprobar si ese sonido coincide con alguna apertura registrada de la puerta de mantenimiento.

—Los registros completos siguen pendientes de incorporación —respondió Nuria—.

Seguridad nos ha facilitado una primera relación de autorizaciones, pero necesito que entreguen el archivo original del sistema y la información sobre qué tarjetas estaban habilitadas aquella tarde.

También comprobaremos la referencia horaria para relacionarlo con las cámaras.

Marcos había explicado por qué su entrega aparecía terminada antes de tiempo. La contradicción documental tenía una causa concreta y habíamos podido reconstruir su recorrido.

Antes de dar por concluida la jornada, llamé a Alberto y acordé con él la entrega de los registros originales de acceso para la mañana siguiente.

Al colgar, Molina seguía examinando el plano del aparcamiento.

—Mañana quiero repetir este recorrido con Rafael Cifuentes —dijo—. Necesitamos que nos explique quién podía utilizar las tarjetas auxiliares y cómo se controlaban. Después compararemos las aperturas con los movimientos que ya tenemos documentados.

Le confirmé que iríamos juntos y cerré la carpeta de Marcos.

La copia de su justificante de entrega quedó incorporada al expediente con las anotaciones de las horas comprobadas.