Los trece minutos (Los casos de Rivas 3) CAPÍTULO 7El último acuerdo
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CAPÍTULO 7El último acuerdo

El último acuerdo

Pablo Gomis llegó a comisaría el miércoles a las diez de la mañana, acompañado de una abogada que llevaba una carpeta de documentos y parecía conocer mejor que él el motivo de la visita.

Molina había dedicado parte de la tarde anterior a comprobar la documentación que habíamos recogido en las oficinas de Gabriel Lozano.

Entre aquellos papeles figuraba el contrato de una adquisición inmobiliaria que llevaba varios meses negociándose y cuya firma estaba prevista para el viernes siguiente al asesinato.

La operación comprometía bastante más dinero del que Gomis había reconocido durante nuestra primera conversación.

—Antes de que empecemos —dijo la abogada cuando nos sentamos—, mi cliente quiere dejar claro que comparece voluntariamente para colaborar con la investigación. Entendemos que desean ampliar algunos aspectos de su actividad profesional y de sus movimientos durante la noche del jueves.

—Efectivamente —respondí—. Hemos revisado documentación que afecta a la operación suspendida por Gabriel y también necesitamos completar la reconstrucción de aquella tarde. Les explicaremos las cuestiones que queremos aclarar y recogeremos sus respuestas.

La letrada se presentó como Marta Aguirre. Tendría unos cuarenta años y hablaba con una serenidad que contrastaba con la impaciencia de Gomis, que había colocado el teléfono boca abajo sobre la mesa y consultado dos veces el reloj desde que entró.

—Supongo que habrán comprobado que lo que les conté es cierto —intervino él—.

Gabriel detuvo una adquisición importante cuando estábamos a punto de firmar.

Ahora tenemos que negociar con los vendedores para evitar perder el dinero adelantado.

Eso explica nuestras discusiones, aunque desde luego preferiría no tener que hablar de ellas en estas circunstancias.

Molina abrió una carpeta.

—Vamos a empezar precisamente por el dinero.

La sociedad compradora había entregado trescientos sesenta mil euros en concepto de arras.

Además, usted figura como avalista personal de una línea de financiación de hasta ciento ochenta mil euros que se utilizó parcialmente para preparar la operación.

¿Puede explicarnos por qué asumió ese riesgo?

Gomis dirigió una mirada a su abogada antes de responder.

—Porque llevaba dos años trabajando en la adquisición y confiaba en que saliera adelante. Habíamos conseguido un precio favorable y existían inversores interesados. Gabriel conocía el acuerdo, aunque después decidió que las mismas operaciones que habíamos aprobado necesitaban revisarse otra vez.

—Su garantía personal no desaparecía porque Gabriel suspendiera la firma —observé.

—Por supuesto que no. Si la sociedad incumple las obligaciones de devolución de la financiación, el banco puede exigirme que responda dentro de los límites del aval.

Precisamente por eso necesitaba una solución.

Había comprometido dinero y mi patrimonio, inspector.

Lo que no esperaba era que Gabriel paralizara todo cuando apenas quedaban unas horas para la operación.

Marta Aguirre intervino.

—Conviene precisar que el riesgo asumido por mi cliente no equivale automáticamente a una pérdida.

El contrato de compraventa contempla determinadas condiciones y existen vías para reclamar o negociar la devolución de las cantidades entregadas.

La suspensión acordada por el señor Lozano complicó la situación, pero todavía se está determinando su alcance económico.

Molina consultó otra hoja.

—Los documentos también muestran que Gabriel quería modificar las facultades de autorización de determinadas operaciones.

Había encargado preparar una propuesta para que algunas decisiones dejaran de depender de un único responsable comercial.

Usted habría perdido capacidad para cerrar acuerdos sin una segunda aprobación.

—Gabriel llevaba tiempo reorganizando la empresa —respondió Gomis—.

En unas ocasiones quería delegar porque decía que estaba cansado de revisar cada contrato; en otras, pretendía decidir hasta qué gastos de viaje podían aprobarse.

Esa propuesta era parte de su última etapa de desconfianza.

Personalmente me parecía un error, pero habría tenido que discutirla con él y con los demás socios.

—¿Llegaron a discutirla el jueves? —pregunté.

—Hablamos de varias cosas. La operación inmobiliaria ocupó casi toda la conversación porque había que resolverla antes del viernes.

Gabriel insistía en revisar los justificantes y yo intentaba explicarle que una demora podía costarnos cientos de miles de euros.

Terminamos bastante enfadados, algo que también les dije ayer.

—¿Cómo terminó aquella reunión?

Gomis se acomodó en la silla.

—Le propuse que mantuviéramos la firma condicionada a determinadas comprobaciones.

Si había documentos pendientes, podíamos exigir que se aportaran antes de ejecutar los pagos definitivos.

Gabriel decía que prefería suspender las autorizaciones y asumir las consecuencias.

Le respondí que estaba perjudicando a personas que habían confiado en nosotros, y entonces me pidió que dejáramos la conversación para otro momento.

Levanté la vista de mis notas.

—¿Gabriel había descubierto algo concreto que justificara esa decisión?

—Eso es lo que me gustaría saber. Llevaba semanas hablando de diferencias contables, pero cuando le pedía que me mostrara los documentos, decía que primero quería revisarlos. Espero que la auditoría termine aclarando las cosas, porque a veces parecía sospechar de todos.

Había una diferencia entre lo que Gomis decía y lo que necesitábamos averiguar.

Su enfrentamiento con Gabriel resultaba evidente, pero el perjuicio económico podía ser real y afectar a otras personas.

Seguía faltando determinar si las irregularidades que había detectado el empresario comprometían directamente a su socio.

Molina pasó a otra página.

—Queremos reconstruir ahora sus movimientos del jueves. Después de la discusión con Gabriel, ¿dónde estuvo?

—Regresé a mi despacho. Tenía varias llamadas pendientes, hablé con un asesor y preparé unos documentos que necesitábamos para negociar con el banco. Me fui cuando terminé.

—¿A qué hora aproximadamente? —pregunté.

—Poco antes de las ocho. Recuerdo que ya estaba bastante cansado y que apenas quedaba gente en nuestra planta.

—¿Salió directamente del edificio?

—Sí. Bajé al aparcamiento y me marché a casa. Había tenido un día complicado y necesitaba terminar de hablar del asunto con mi mujer, porque las consecuencias económicas también podían afectarla.

Molina dejó el bolígrafo sobre la mesa.

—Tenemos un registro de salida de su vehículo a las veinte cincuenta y seis. La información procede del sistema de barreras y hemos comprobado la tarjeta utilizada y las imágenes de ese acceso. Su coche seguía en el aparcamiento bastante después de las ocho.

Gomis miró el documento que Molina había colocado delante de él.

Durante unos segundos examinó la matrícula y la hora sin decir nada.

—Entonces me marché más tarde de lo que recordaba. Estuve haciendo varias llamadas y puede que se me hiciera tarde. Han pasado unos días y desde luego no estaba pendiente del reloj.

—Ayer fue usted bastante preciso al hablar de otras horas —señaló Molina—. Y hoy acaba de explicarnos que salió directamente hacia casa después de terminar en el despacho. Necesitamos saber por qué permaneció en el edificio hasta casi las nueve.

La abogada intervino antes de que Gomis respondiera.

—Mi cliente ha ofrecido una estimación de sus movimientos y acaba de conocer un registro que permite precisarla.

Entiendo que quieran aclarar la diferencia, pero también debe tener oportunidad de consultar su agenda y sus comunicaciones.

Podemos aportar esa información si contribuye a establecer lo ocurrido.

Me dirigí a Gomis.

—Precisamente le estamos dando la oportunidad de explicarlo. El jueves Gabriel recibió una agresión mientras permanecía dentro de su coche. Usted estuvo en el mismo aparcamiento durante una parte del intervalo que investigamos. Comprenderá que necesitamos conocer qué hizo allí.

Gomis apartó el documento.

—Estuve sentado en mi coche haciendo llamadas.

Había intentado hablar con el responsable de nuestra financiación y finalmente conseguí que me atendiera.

Me explicó que, si la operación quedaba paralizada, tendríamos que revisar las condiciones del crédito.

La conversación fue desagradable y preferí mantenerla fuera de la oficina.

—¿Por qué no nos lo explicó ayer? —pregunté.

—Porque me avergüenza reconocer que llevaba semanas intentando mantener una operación que podía comprometer mi patrimonio.

En la empresa todos sabían que yo había defendido la adquisición, pero pocos conocían hasta dónde había llegado para financiarla.

Gabriel tampoco estaba al corriente de todas las conversaciones que mantenía con el banco.

Marta Aguirre colocó una mano sobre la carpeta.

—Podemos facilitar los datos necesarios para comprobar esa llamada. Mi cliente quiere colaborar, pero también proteger información financiera que afecta a terceros y que carece de relación directa con el fallecimiento del señor Lozano.

Molina volvió a consultar sus notas.

—¿Permaneció en el coche durante toda la conversación?

—Durante buena parte de ella. Había bajado con la intención de marcharme, pero el banco me devolvió la llamada cuando estaba ya dentro. Me quedé donde estaba para hablar con tranquilidad. Después salí del aparcamiento y fui a casa.

—¿Vio a Gabriel en algún momento?

—Mientras estaba en el aparcamiento, no. Mi plaza está en otra zona de la planta. Bajé por los ascensores, me dirigí directamente al coche y apenas me crucé con nadie.

La explicación encajaba con algunos movimientos que habíamos comprobado, aunque seguía siendo necesario contrastarla.

—¿Escuchó algo extraño mientras hablaba? —pregunté.