CAPÍTULO 6Gabriel Lozano #2
Había apartado dos teléfonos del mostrador para dejar sitio a una bandeja de documentos. Cuando le explicamos qué necesitábamos, comenzó a buscar en el correo corporativo.
—El jueves Gabriel me pidió que imprimiera unas instrucciones para varios departamentos. Quería que todos recibieran exactamente el mismo texto porque estaba cansado de que después discutieran lo que había dicho. Se lo preparé a media tarde y se marchó con una copia.
—¿Conserva el mensaje original? —pregunté.
—Sí. También los destinatarios. Puedo enseñárselo, aunque para entregarles una copia tendré que confirmar la autorización que acaba de dar doña Inés.
Mientras llamaba al departamento correspondiente, apareció una notificación del programa de mensajería interna de la empresa. Laura la apartó sin abrirla y regresó al correo del jueves.
—Gabriel también utilizaba esa aplicación para algunas conversaciones de trabajo —comentó—. Las reuniones importantes seguían pasando por mi agenda, pero los asuntos que quería tratar directamente con determinados responsables solía resolverlos por ahí.
La instrucción estaba fechada a las 17:36.
Gabriel había ordenado suspender temporalmente determinadas disposiciones de fondos relacionadas con una adquisición inmobiliaria, hasta que se revisaran las autorizaciones y los justificantes asociados.
Entre los destinatarios figuraban Pablo Gomis e Inés Calderón.
—¿Recuerda cómo reaccionó Gomis? —preguntó Molina.
Laura dejó las manos sobre el teclado.
—Vino a buscar a Gabriel poco después. Hablaron dentro del despacho y se les oía desde recepción, aunque la puerta estaba cerrada.
Después el señor Gomis salió bastante enfadado y me preguntó si aquella instrucción se había distribuido ya.
Le dije que sí, porque era verdad. Me pidió que comprobara si Gabriel había enviado también una copia a los asesores externos.
—¿Por qué quería saberlo? —pregunté.
—Supongo que le preocupaba que la operación quedara paralizada, aunque eso tendrían que preguntárselo a él. Yo comprobé los destinatarios y se los indiqué. Después me pidió que no reenviara nada más sin consultarle.
Molina levantó la vista.
—¿Y usted qué hizo?
—Le expliqué que el correo ya estaba enviado y que cualquier modificación tendría que hacerla Gabriel. A mí me pagan por organizar sus documentos y atender su agenda, pero llevo suficiente tiempo aquí como para saber que no debo cambiar una instrucción firmada porque alguien esté disgustado.
Había hablado con firmeza, aunque al terminar pareció darse cuenta de que estaba criticando abiertamente a uno de sus superiores.
—Imagino que eso también deberían preguntárselo a él —añadió.
—Lo haremos —respondí—. ¿Gabriel le comentó por qué quería que la revisión se realizara fuera de la empresa?
Laura miró hacia el despacho que había pertenecido a su jefe.
—Me dijo que necesitaba que alguien examinara las cifras sin estar pendiente de mantener contentos a los socios.
Pensé que se refería a una revisión normal, pero aquel jueves estaba especialmente decidido.
Incluso me pidió que dejara de organizarle reuniones para el viernes por la mañana porque quería dedicar tiempo a los asesores.
—¿Y a última hora de la tarde? —preguntó Molina—. ¿Tenía algún compromiso que explicara por qué bajó al aparcamiento y permaneció allí antes de marcharse?
Laura consultó la agenda.
—En el calendario no figura nada después de las siete. Gabriel también organizaba conversaciones directamente y no siempre me avisaba. Lo único que puedo confirmarles es que salió con una carpeta azul y me dijo que al día siguiente revisaría personalmente unos documentos.
Laura se agachó para abrir una caja de anexos que todavía tenía pendiente de ordenar.
Al cortar el precinto con una cuchilla de oficina, comentó que Inés acostumbraba a utilizar una pequeña navaja plegable para abrir los paquetes de documentación que recibía del almacén.
La guardaba en su despacho, junto al resto del material de trabajo.
Esperamos mientras terminaba de preparar las copias cuya entrega había autorizado la empresa. Anotamos su procedencia y dejamos solicitada la conservación de los mensajes originales y sus registros técnicos.
Al regresar al pasillo, encontramos a Gomis hablando por teléfono junto a la ventana.
Se apartó ligeramente al vernos.
—Llevo tres días intentando explicar que la empresa necesita seguir adelante —decía—. Si el banco retira su apoyo, tendremos un problema que Gabriel ya no va a poder solucionar.
Terminó la conversación cuando nos acercamos.
—Espero que hayan encontrado lo que buscaban.
—Hemos encontrado una instrucción de Gabriel que suspendía las autorizaciones de la operación —respondí—. Querremos hablar con usted detenidamente sobre las consecuencias que tuvo y sobre lo que ocurrió después de recibirla.
Gomis guardó el teléfono.
—Cuando quieran, con mi abogado presente. Pero les aconsejo que no confundan una discrepancia empresarial con un motivo criminal. Si cada socio que se ha enfadado por una decisión acabara acusado de asesinato, Madrid se quedaría sin empresarios.
Molina le tendió una tarjeta con los datos de contacto.
—Nos interesa precisamente conocer las razones de esa discrepancia. Cuanta más documentación podamos contrastar, menos tendremos que depender de interpretaciones.
Gomis cogió la tarjeta sin responder.
En el ascensor, Molina examinó las copias que nos habían entregado.
—Gomis tenía una operación pendiente, una garantía económica comprometida y un socio que decidió detenerlo todo. Además, acabamos de descubrir que intentó intervenir después de que Gabriel distribuyera sus instrucciones. Quiero saber cuánto dinero arriesgaba personalmente.
—Y necesitamos conocer quién podía modificar las autorizaciones. Inés ha sido bastante clara sobre sus funciones, pero todavía tenemos que contrastar su explicación con los documentos.
—Eso se lo dejaré a Nuria. Yo empezaré por el acuerdo con la entidad financiera y por la declaración completa de Gomis. Lleva toda la mañana hablando de lo que perderá la empresa y apenas ha mencionado a Gabriel.
Guardé la copia del correo de las 17:36.
—Prepara esa declaración. Yo hablaré con Ferrer para comprobar qué documentos le habían prometido y cuáles recibió realmente antes de que comenzara la revisión. También quiero que Nuria conserve y contraste las versiones electrónicas de las instrucciones del jueves.
Cuando salimos a la calle, Molina se dirigió hacia nuestro coche mientras yo me detenía a guardar la documentación en la cartera.
Desde la puerta del edificio vi a Laura atendiendo de nuevo el teléfono de recepción.
A pocos metros de ella, detrás del cristal del despacho, Gomis discutía con alguien que sostenía una carpeta abierta.
Inés permanecía sentada frente al ordenador, trabajando sobre unas hojas extendidas por la mesa.
Antes de bajar al aparcamiento, llamé a Nuria y le indiqué qué documentos acabábamos de recibir y qué registros necesitábamos preservar.
La firma prevista para el viernes seguía sin celebrarse. Gabriel había muerto después de ordenar que se detuvieran las autorizaciones, y ahora su socio buscaba la manera de reactivar una operación que él había querido revisar.
Le pedí a Molina que averiguara quién respondería económicamente si aquella compraventa terminaba por fracasar.