Los trece minutos (Los casos de Rivas 3) CAPÍTULO 6Gabriel Lozano
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CAPÍTULO 6Gabriel Lozano

Gabriel Lozano

La secretaria de Gabriel Lozano nos pidió que esperáramos antes de entrar en el despacho.

—El señor Gomis está reunido con la directora financiera y prefieren que hablemos todos juntos.

Desde el viernes hemos tenido que atender a empleados, abogados, clientes y familiares.

Hay personas que todavía llaman preguntando cuándo volverá don Gabriel, aunque su muerte haya salido en todos los periódicos.

Se llamaba Laura Vélez y llevaba siete años trabajando en la empresa. Tenía unos cuarenta años, el cabello recogido y una forma de hablar que se volvía más rápida cada vez que sonaba el teléfono de recepción.

Habíamos llegado poco después de las nueve del martes. Durante el fin de semana, varios agentes habían recogido declaraciones preliminares y asegurado documentación facilitada por la empresa. Quedaba pendiente hablar detenidamente con quienes habían trabajado más cerca de Gabriel.

—¿Quién está tomando las decisiones desde su muerte? —preguntó Molina.

Laura señaló una puerta de cristal al fondo del pasillo.

—El señor Gomis se está ocupando de las operaciones comerciales y doña Inés de los asuntos financieros.

El problema es que hay decisiones para las que necesitan ponerse de acuerdo, y eso está resultando complicado.

Gabriel siempre tenía la última palabra, incluso cuando había otras personas responsables de un departamento.

Antes de que pudiéramos preguntarle algo más, la puerta se abrió.

Pablo Gomis salió hablando por teléfono. Tendría unos cincuenta años, era alto y llevaba un traje gris oscuro que parecía recién estrenado. Al vernos, terminó la conversación y guardó el móvil.

—Inspectores. Les agradezco que hayan venido, aunque espero que podamos resolver sus preguntas sin paralizar otra mañana de trabajo. Ya hemos entregado documentación y puesto a nuestros empleados a disposición de ustedes. Esta situación está empezando a afectar seriamente a la empresa.

Molina le mostró su identificación.

—Precisamente queremos hablar de eso, entre otras cosas. Nos interesa conocer las últimas decisiones de Gabriel Lozano y los problemas que pudieran existir con sus socios. También tendremos que identificar a las personas que estuvieron trabajando con él el jueves.

Gomis abrió la puerta y nos hizo pasar.

—Podemos dedicarles el tiempo que necesiten, siempre que entendamos que hay operaciones pendientes y compromisos con terceros. Gabriel tenía una manera muy personal de dirigir la empresa, pero ahora somos los demás quienes tenemos que mantenerla funcionando.

En el despacho nos esperaba una mujer de unos cuarenta y cinco años, vestida con un pantalón oscuro y una blusa blanca. Había organizado varias carpetas sobre la mesa y tenía delante un ordenador portátil.

Se levantó cuando entramos.

—Inés Calderón, directora financiera. Me han explicado que necesitan información sobre la actividad de Gabriel durante sus últimos días. He preparado una relación de las sociedades y de las personas que tenían capacidad para autorizar determinadas operaciones.

Su tono era cordial, aunque advertí que había dejado una carpeta cerrada junto al ordenador y mantenía una mano sobre ella.

Nos sentamos frente a los dos.

—Sabemos que Gabriel había encargado a Julián Ferrer una revisión independiente de determinadas cuentas —empecé—. Hemos hablado con él y nos ha explicado que el trabajo debía comenzar el viernes. Queremos saber qué circunstancias llevaron a Gabriel a tomar esa decisión.

Gomis se inclinó hacia delante.

—Gabriel llevaba meses convencido de que había que revisar personalmente todo lo que hacíamos.

Esa desconfianza acabó convirtiendo cualquier decisión en una discusión.

Lo de Ferrer fue otra iniciativa suya. Yo habría preferido que utilizáramos nuestros procedimientos habituales antes de introducir a una empresa externa en operaciones que contienen información confidencial.

Inés abrió la carpeta.

—La revisión estaba acordada y el departamento financiero había comenzado a preparar la documentación.

Gabriel tenía derecho a encargarla, naturalmente.

Otra cosa es que sus instrucciones cambiaran casi a diario y que eso complicara el trabajo.

El miércoles nos pidió unos estados contables; el jueves añadió operaciones anteriores y después decidió que los originales debían quedar disponibles para el equipo de Ferrer.

—¿Qué operaciones le preocupaban? —pregunté.

Inés consultó una hoja.

—Varias sociedades del grupo habían realizado movimientos de fondos relacionados con adquisiciones inmobiliarias.

Algunas cantidades estaban pendientes de conciliación documental.

Puede haber diferencias entre una fecha contable y la fecha efectiva de una operación sin que exista ninguna irregularidad.

Mi responsabilidad era facilitar las explicaciones correspondientes.

Gomis movió la cabeza.

—Y mientras tanto teníamos una adquisición pendiente de cerrar. Si se pierde, los socios van a pedir explicaciones a todos, especialmente a quienes estamos intentando evitarlo.

Molina dejó el bolígrafo sobre la mesa.

—Llevamos un rato escuchándolos hablar de procedimientos, pero todavía no sabemos cuál fue la última decisión importante que Gabriel tomó antes de morir. ¿Hubo alguna operación que quisiera detener?

Gomis miró a Inés.

—Había una compraventa en negociación. Gabriel pretendía aplazar la firma a última hora y yo estaba en desacuerdo. Eso ocurre en cualquier empresa con varios socios, inspector. Una discusión sobre una operación no significa que alguien tenga motivos para matar a su compañero.

—Nadie ha afirmado eso —respondió Molina—. Le estoy preguntando qué decisión tomó Gabriel y a quién perjudicaba. Si la discrepancia fue importante, preferimos conocerla por ustedes antes que encontrarla en los correos electrónicos.

Gomis permaneció callado unos segundos.

Inés aprovechó para abrir uno de los documentos.

—Se trataba de la adquisición de un conjunto de inmuebles mediante una sociedad participada. La operación requería varias autorizaciones y Gabriel pidió suspenderlas hasta completar determinadas comprobaciones. La instrucción se comunicó el jueves por la tarde.

—Fue una decisión desproporcionada —intervino Gomis—. Llevábamos meses trabajando en esa adquisición. Había compromisos económicos y personas que dependían de que se formalizara. Gabriel decidió detenerlo todo porque había empezado a desconfiar de las cifras que él mismo había aprobado.

—Entonces la suspensión tuvo consecuencias —dije.

—Desde luego. Y sigue teniéndolas. Hay una cantidad entregada como garantía y determinados costes que tendremos que asumir si incumplimos los plazos. Gabriel conocía esos riesgos.

Inés cerró el documento.

—También conocía la posibilidad de firmar sin haber aclarado algunas cuestiones pendientes. Esa fue la razón que dio para aplazarlo.

Gomis se volvió hacia ella.

—Lo que Gabriel dijo fue que necesitaba unos días. Desde entonces parece que algunos habéis decidido convertir su última instrucción en algo que nadie puede discutir.

—Pablo, mientras esa instrucción siga vigente, tengo que aplicarla —respondió Inés—. Si consideras que corresponde adoptar otra decisión, habrá que establecer quién tiene facultades para hacerlo. No voy a autorizar movimientos extraordinarios porque alguien tenga prisa por cerrar una operación.

La discusión tenía un tono demasiado familiar para ser la primera vez que hablaban de aquello.

Dejé que terminara antes de intervenir.

—¿Cuándo fue la última vez que cada uno habló con Gabriel?

Gomis respondió enseguida.

—El jueves por la tarde. Estuvimos juntos en su despacho y discutimos por la operación. Después regresé al mío. Habíamos quedado en volver a hablar al día siguiente, pero evidentemente eso ya no fue posible.

—¿A qué hora terminó esa conversación?

—Alrededor de las seis. Tendría que mirar mi agenda para precisarlo.

Inés tardó algo más.

—Yo hablé con él varias veces durante la jornada, la última por asuntos relacionados con los documentos que debían prepararse para Ferrer.

También terminamos discutiendo porque Gabriel había cambiado las instrucciones y necesitábamos reorganizar bastante trabajo.

Ya expliqué esas circunstancias cuando hablé con los agentes el viernes.

—Querremos ampliar esa declaración —respondí—. Por ahora nos interesa establecer qué documentación solicitó Gabriel, quién podía consultarla y qué ocurrió con sus instrucciones después de que abandonara las oficinas.

Inés aceptó sin discutir.

Gomis, en cambio, consultó el reloj.

—Tengo una reunión con nuestros asesores dentro de veinte minutos.

Si necesitan revisar documentos internos, preferiría que concretaran cuáles y que nuestra asesoría jurídica comprobara el procedimiento.

Estamos dispuestos a colaborar, pero existen obligaciones de confidencialidad que afectan también a terceros.

—Podemos organizarlo de esa manera —respondí—. Hoy nos llevaremos las copias que autoricen entregar voluntariamente, dejando constancia de su procedencia. Para cualquier documentación adicional seguiremos el procedimiento que corresponda.

Nos levantamos.

Antes de salir, Inés nos entregó una relación de sociedades y responsables.

—He incluido las personas que intervenían en cada fase de autorización. Tengan en cuenta que una firma puede corresponder a la aprobación de una operación y otra distinta a su ejecución. Confundir ambas cosas llevaría a responsabilizar a personas que quizá solo tramitaron una orden.

Molina cogió la documentación.

—Nos vendrá bien para saber a quién preguntar. También necesitaremos las instrucciones que Gabriel dio el jueves y cualquier modificación posterior.

—Laura conserva copia de algunas comunicaciones internas —respondió Inés—. Hablaré con ella para que prepare lo que corresponda.

Gomis abrió la puerta antes de que terminara la frase.

Laura nos esperaba junto a su mesa.