Los trece minutos (Los casos de Rivas 3) CAPÍTULO 5Lo que muestran las cámaras
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CAPÍTULO 5Lo que muestran las cámaras

Lo que muestran las cámaras

Cuando llegué a casa, Claudia estaba viendo en el teléfono una noticia sobre Gabriel Lozano y Elena intentaba convencer a Daniel de que un trabajo escolar podía entregarse sin añadirle una última página.

—La profesora ha dicho que podemos poner dibujos —protestaba Daniel desde la mesa del comedor—. Si el lunes lo llevo sin terminar, va a pensar que lo he hecho deprisa.

—Llevas toda la tarde con los planetas y todavía tienes el fin de semana para terminarlo. Saturno puede conservar sus anillos sin que tú tengas que dibujar cada uno esta noche —respondió Elena, mientras recogía varios recortes de papel que habían acabado en el suelo.

Dejé la cartera junto a la entrada y me acerqué a ver el trabajo. Daniel había colocado los planetas sobre una cartulina azul, con sus nombres escritos debajo y varias explicaciones que parecían copiadas de un libro de ciencias.

—A mí me gusta —dije—. Aunque tengo una duda: ¿por qué Marte es casi tan grande como Júpiter?

—Porque me salió así. Si quieres ayudar, puedes recortar los anillos de Saturno en vez de buscar defectos.

Elena me entregó unas tijeras antes de que pudiera responder.

—Perfecto. Has llegado justo a tiempo para hacerte cargo de la parte que falta. Yo voy a terminar un escrito que tengo pendiente y después cenamos.

Se marchó hacia el despacho con una carpeta bajo el brazo.

Me senté junto a Daniel y empecé a recortar una tira de cartulina. Claudia levantó la vista del teléfono.

—Papá, están hablando otra vez del empresario que encontraron muerto en un aparcamiento. Dicen que había cámaras de seguridad por todas partes, pero que todavía no han detenido a nadie. ¿Cómo puede pasar eso?

La noticia mostraba una fotografía de Gabriel tomada durante algún acto empresarial. Debajo aparecía un titular que relacionaba su muerte con posibles conflictos económicos.

—Porque una investigación necesita algo más que grabaciones —respondí, mientras intentaba que el recorte no se rompiera—. Las cámaras pueden mostrar determinados movimientos, pero después hay que averiguar qué ocurrió y quién participó. A veces se tarda en reunir pruebas suficientes.

Claudia dejó el móvil sobre la mesa.

—Eso ya me lo imagino. Lo que quiero entender es cómo podéis confiar en las imágenes si solo enseñan una parte de lo que ocurre.

En clase hemos hablado de un vídeo que circuló por internet y casi todos estaban convencidos de saber quién había empezado una discusión.

Después apareció otro fragmento grabado antes y resultó que faltaba bastante información.

Daniel levantó la cabeza.

—Si vas a hablar de vídeos, espera a que termine esto. Necesito la mesa entera para colocar los planetas.

—Puedes mover la Tierra diez centímetros y sobrevivirá —respondió su hermana, apartando con cuidado una de las cartulinas.

Me quedé mirando a Claudia. Hasta hacía relativamente poco, sus preguntas sobre mi trabajo tenían que ver con las persecuciones, los interrogatorios o la posibilidad de encontrar una huella que resolviera un crimen.

Aquella noche parecía más interesada en lo que podía ocurrir cuando alguien interpretaba mal una prueba.

—Depende de qué quieras demostrar con la imagen —contesté—.

Una grabación puede acreditar que una persona pasó por un lugar a una hora determinada.

Si lo que quieres saber es por qué estaba allí, necesitarás otras cosas.

También importa comprobar que el vídeo está completo y que la hora que aparece corresponde con la real.

—Entonces, si la gente ve a alguien cerca de un asesinato y empieza a decir que es culpable, puede estar equivocándose, aunque la grabación sea auténtica.

—Puede equivocarse, y las consecuencias para esa persona pueden ser graves. Por eso nosotros tenemos que justificar nuestras conclusiones con pruebas que puedan comprobarse. Una sospecha sirve para decidir qué investigar; no debería bastar para señalar públicamente a alguien.

Claudia recuperó el teléfono.

—En los comentarios de esta noticia hay gente acusando al vigilante del aparcamiento. Otros dicen que la mujer del empresario seguramente sabía algo. Ni siquiera se ponen de acuerdo, pero todos escriben como si hubieran estado allí.

Le pedí que me enseñara la pantalla. Había decenas de mensajes bajo la publicación, algunos escritos con una seguridad que resultaba difícil de justificar a partir del escaso contenido de la noticia.

—Yo evitaría sacar conclusiones de esos comentarios. Quien está investigando tendrá que comprobar las cosas por otros medios.

—Ya sé que estás investigándolo tú, papá. Precisamente por eso te pregunto qué haces cuando una grabación parece demostrar algo y luego descubres que faltaba una parte.

Dejé las tijeras sobre la mesa.

—Volver a examinarla, buscar otras fuentes y aceptar que quizá la primera interpretación era equivocada. También ocurre con las declaraciones de los testigos. Dos personas pueden recordar el mismo momento de forma diferente sin que ninguna esté mintiendo.

Claudia permaneció un instante mirando el teléfono antes de apagar la pantalla.

—Pues a mí me parece que el problema empieza antes, cuando alguien decide compartir la imagen sin pensar en las personas que salen. El profesor nos ha pedido que busquemos ejemplos para un trabajo y estoy encontrando comentarios bastante desagradables.

Elena apareció en la puerta del despacho.

—Claudia, para ese trabajo puedes utilizar un ejemplo que no implique a una familia que acaba de perder a alguien. Y Sergio, espero que estéis hablando de cómo interpretar imágenes en general, porque bastante tenemos con que todo el mundo quiera convertir las investigaciones en un entretenimiento.

—Precisamente estábamos hablando de eso —respondió Claudia—. Papá me ha explicado por qué una grabación no siempre sirve para demostrar lo que la gente cree. Tampoco le he pedido que me cuente quién ha matado a nadie.

Elena me miró buscando confirmación.

—Ha preguntado por el uso de las imágenes y por lo que dicen los comentarios —aclaré—. Sobre la investigación no hemos hablado de nada que no sea público.

—Me alegro. Y ahora os agradecería que terminaseis los planetas, porque Daniel lleva media hora diciendo que solo le quedan cinco minutos.

Mi hijo examinó el recorte que acababa de dejar sobre la cartulina.

—Todavía me falta pegar Saturno. Además, papá lo ha recortado demasiado pequeño y voy a tener que hacerle los anillos otra vez.

Claudia empezó a reírse mientras yo comprobaba que, efectivamente, había recortado una parte que debía haber conservado.

Cenamos algo después de las diez.

Daniel consiguió terminar su trabajo antes de acostarse, aunque decidió que necesitaba guardar una fotografía por si la cartulina se estropeaba de camino al colegio. Claudia se marchó a su habitación con el teléfono y un cuaderno donde había empezado a organizar las ideas para su exposición.

Cuando los niños se retiraron, Elena volvió a sentarse frente al ordenador del despacho.

Recogí la mesa y llevé dos vasos de agua hasta allí.

—¿Tienes mucho pendiente?

—Estoy preparando una reunión del lunes.

Represento a una trabajadora a la que le han cambiado las condiciones de trabajo después de reincorporarse de una baja, y la empresa insiste en que todo responde a una reorganización del departamento.

Me gustaría llegar con las fechas y los documentos perfectamente ordenados porque su versión ha cambiado dos veces.

Coloqué el vaso junto al teclado.

—¿Crees que llegaréis a un acuerdo?

—Todavía hay margen, pero depende de que estén dispuestos a discutir lo que ha ocurrido, no solamente a repetir que tienen derecho a reorganizarse.

La trabajadora necesita una solución que pueda mantener, y eso exige hablar de su horario y de sus obligaciones familiares, aunque a la empresa le resulte más cómodo tratarlo como una cuestión de productividad.

Elena guardó el documento y se volvió hacia mí.

—Por cierto, el lunes tengo esa reunión a última hora y necesito que recojas a Daniel. Si después hay que pasar por la farmacia, también tendrás que hacerlo tú. Yo llegaré bastante tarde.

Había previsto visitar de nuevo el aparcamiento con Molina para comprobar los movimientos del personal de mantenimiento. Pensé en las gestiones pendientes, en las entrevistas que todavía necesitábamos y en los documentos de Gabriel que debíamos examinar.

—Puedo organizarme para terminar antes. Hablaré con Molina por la mañana y repartiremos el trabajo.

—Prefiero que lo organices de verdad —respondió Elena—. El mes pasado acabé cambiando una cita porque tuviste que quedarte en comisaría. Entiendo que aparecen imprevistos, Sergio, pero esta vez necesito poder contar con que vas a estar allí.

Cogí el móvil y abrí el calendario.

—Lo voy a bloquear ahora. Y si surge algo que no pueda atender, tendrá que encargarse Molina o quien esté de servicio. El lunes recojo a Daniel.

Elena esperó a que terminara de escribir.

—Eso me sirve más que decirme que lo intentarás. Últimamente tenemos que organizar cada semana como si viviéramos en dos ciudades distintas.

Dejé el teléfono sobre la mesa.

—Claudia está creciendo deprisa.

—Lo suficiente para darse cuenta de cuándo contestamos a sus preguntas y cuándo simplemente intentamos terminar una conversación.

Esta noche te ha preguntado algo que le interesaba de verdad.

Me ha gustado que la escucharas, aunque prefiero que busque sus ejemplos para clase lejos de tus expedientes.

Me senté junto a ella.

—A mí también me ha sorprendido lo que preguntaba. Antes quería saber cómo encontrábamos a los culpables. Ahora quiere saber qué hacemos para no equivocarnos.

—Es una pregunta bastante razonable.

Elena recuperó el documento que había estado revisando. Permanecí unos minutos a su lado mientras me explicaba las diferencias entre los horarios que figuraban en las comunicaciones de la empresa y los que realmente había cumplido su clienta.

Al terminar, dejé que siguiera trabajando y fui a comprobar que Daniel hubiera preparado la mochila.

El lunes, poco antes del mediodía, encontré sobre mi mesa una comunicación relacionada con el informe que había presentado sobre Irene Valdés.

Había llegado por el conducto oficial al que habíamos remitido la documentación.

La unidad encargada de las primeras comprobaciones había aceptado examinar la discrepancia entre la titularidad registral de la casa de Alicante y la identificación del hombre que aparecía como propietario en las diligencias originales.

La comunicación autorizaba el cotejo documental y solicitaba recuperar las copias completas de las actuaciones de 2014 que recogían aquella identificación.

Leí el escrito dos veces.

La titularidad histórica de Alborán Patrimonial ya estaba acreditada. Lo que ahora iban a examinar era de dónde había salido la información utilizada entonces y si en las actuaciones originales constaba algún documento que explicara el error.

Busqué la copia de la declaración que había incorporado a mi informe.

El hombre al que los investigadores habían tratado como propietario disponía en 2014 de poderes para representar a la sociedad. Su adquisición personal de la vivienda se había producido meses después, en febrero de 2015.

Aquella diferencia seguía sin explicar por qué el expediente de Irene contenía una identificación incorrecta, aunque ahora existía una comprobación oficial destinada a establecer su origen.

Molina entró mientras terminaba de tomar unas notas.

—He localizado al trabajador del carro. Se llama Rubén Salas y pertenece a una contrata de mantenimiento.

Tenemos confirmación de que estaba asignado al edificio aquella tarde, y he organizado su declaración para mañana.

También vamos a comprobar las órdenes de trabajo porque la empresa utiliza el mismo carro para varios servicios.

Dejó una hoja sobre mi mesa y reparó en los documentos de Alicante.

—¿Te han contestado sobre el informe?

Le entregué la comunicación.

La leyó junto a la ventana, deteniéndose en el párrafo donde se solicitaba recuperar la documentación original.

—Al menos van a comprobar de dónde salió la identificación del propietario. Eso era precisamente lo que querías que se examinara cuando preparaste el informe.

—Sí. Tendremos que facilitarles la certificación y las referencias completas, pero ya han iniciado las comprobaciones por su cuenta.

Molina me devolvió el escrito.

—Entonces convendría dejar que avancen mientras nosotros resolvemos lo de Lozano. Con el trabajador identificado y la auditoría pendiente, tenemos bastante trabajo para esta semana.

Estuve de acuerdo y le pedí que se encargara de la declaración de Rubén Salas mientras yo preparaba las preguntas para los responsables de la empresa de Gabriel.

Antes de continuar, archivé la respuesta de Alicante junto al informe anterior.

Por la tarde salí de comisaría con tiempo suficiente para llegar al colegio.

Daniel apareció entre los últimos niños de su grupo, con la mochila abierta y una hoja enrollada en la mano. Al verme, se detuvo junto a la puerta.

—Pensaba que iba a venir mamá. Me dijo que hoy tenía mucho trabajo, pero tampoco sabía si tú podrías salir.

—Lo habíamos organizado para que viniera yo. ¿Qué llevas ahí?

Desenrolló la hoja y me mostró una fotografía de su cartulina de los planetas, pegada sobre un papel con varias anotaciones de la profesora.

—Nos han dicho que estaba muy bien, aunque Marte sigue siendo demasiado grande. He explicado que fue porque no me cabía de otra manera y la profesora ha dicho que también podía haber hecho Júpiter más grande.

Examiné el dibujo mientras comenzábamos a caminar.

—Me parece una solución que deberíamos haber considerado antes de recortar Saturno dos veces.

Daniel guardó la hoja con cuidado.

—La próxima vez lo hacemos con una regla. Así no tendremos que discutir por los tamaños.

Me dio la mano al llegar al paso de peatones y esperó conmigo a que cambiara el semáforo.