CAPÍTULO 4Trece minutos
Trece minutos
La última conversación telefónica de Gabriel Lozano había durado cincuenta y cuatro segundos.
Nuria dejó el informe sobre mi mesa poco después de las cinco de la tarde. Molina estaba terminando de ordenar las declaraciones que habíamos recogido durante las últimas horas y se acercó cuando vio la hora señalada en la primera página.
—A las veinte cincuenta y uno y cuarenta y ocho segundos —dijo Nuria—. Es una llamada entrante que termina a las veinte cincuenta y dos y cuarenta y dos. Treinta y un segundos después, el mismo número vuelve a llamar, pero Gabriel ya no contesta.
Cogí el documento.
El vehículo llevaba casi cinco minutos oculto por la furgoneta cuando se produjo aquella comunicación.
—¿Tenemos identificado al interlocutor? —pregunté.
—Julián Ferrer. Su número aparece asociado a una consultora empresarial de Madrid. He localizado una dirección profesional y un teléfono de contacto. También he comprobado que Gabriel tenía guardado ese número en su agenda, así que probablemente se conocían.
Molina examinó el registro.
—Gabriel llevaba diez minutos dentro del coche cuando recibió la llamada. Si habló con Ferrer, tenemos a alguien que puede contarnos cómo se encontraba durante el intervalo que estamos investigando. Conviene localizarlo antes de que termine la jornada.
—Ya he hablado con su secretaria —respondió Nuria—. Está en el despacho y sabe que necesitamos contactar con él. Me ha pedido que le avisemos antes de presentarnos, porque tiene una reunión dentro de media hora.
Miré el reloj.
—Llámalo. Prefiero que venga aquí si puede, pero tampoco quiero que salga de su oficina sin que hayamos conseguido hablar con él.
Nuria salió con el teléfono.
Molina permaneció junto a mi mesa, estudiando las dos comunicaciones.
—Si Gabriel seguía hablando a las ocho y cincuenta y dos, al menos podemos descartar que llevara muerto desde antes de que llegara la furgoneta. Eso cambia bastante las cosas.
—Primero necesitamos saber qué ocurrió durante la llamada. El registro acredita que hubo una comunicación, pero no quién habló ni en qué condiciones.
—Por eso queremos escuchar al señor Ferrer, Sergio. Prometo no redactar todavía la resolución del caso.
Se llevó una copia del informe y regresó a su sitio.
Mientras esperaba, abrí las notas de la entrevista con Beatriz. Su último intercambio de mensajes con Gabriel había sido poco después de las ocho y veinte. Él le había dicho que estaba terminando y que volvería a casa en cuanto pudiera.
Media hora después seguía en el aparcamiento, atendiendo una llamada profesional.
Nuria regresó antes de que terminara de revisar aquellas anotaciones.
—Ferrer puede recibirnos. Dice que estuvo hablando con Gabriel anoche y que esta mañana, cuando se enteró de su muerte, intentó averiguar si debía ponerse en contacto con alguien. Le han dicho que espere hasta que lo llamemos nosotros.
Molina cogió la chaqueta.
—Entonces vamos a quitarle una preocupación.
Julián Ferrer nos recibió en una oficina próxima a la calle Velázquez.
Era un hombre de unos cincuenta años, de cabello canoso y maneras cuidadas. Sobre su mesa había varias carpetas abiertas, aunque al entrar nosotros las reunió y las apartó hacia un extremo.
—Llevo toda la mañana pensando en aquella llamada —dijo después de ofrecernos asiento—.
Gabriel y yo teníamos pendiente un trabajo y quise confirmar una cuestión antes de marcharme del despacho.
Hablamos menos de un minuto. Hoy aparece muerto y ustedes me dicen que fui una de las últimas personas con las que habló.
—Necesitamos que nos cuente la conversación con el mayor detalle posible —respondí—. También nos interesa saber por qué decidió llamarlo a esa hora y qué relación profesional mantenían.
Ferrer se sentó frente a nosotros.
—Mi empresa presta servicios de revisión contable y asesoramiento financiero.
Gabriel había contactado conmigo unos días antes porque quería que examináramos determinadas operaciones de sus sociedades.
Ayer terminamos de acordar cómo íbamos a organizar el trabajo.
Debíamos comenzar esta mañana, aunque evidentemente todo ha quedado suspendido.
Molina abrió el cuaderno.
—¿Se trataba de una revisión habitual o Gabriel había descubierto algo que le preocupaba? Su esposa nos ha explicado que llevaba semanas trabajando más de lo normal y que estaba especialmente pendiente de algunos documentos.
Ferrer movió una de las carpetas que acababa de apartar.
—Me gustaría distinguir entre lo que Gabriel me contó y lo que yo puedo afirmar.
Él decía que había encontrado diferencias en varios movimientos de fondos y que quería una opinión independiente.
Todavía estábamos reuniendo documentación.
Mi equipo ni siquiera había comenzado a examinarla, así que sería prematuro hablar de irregularidades confirmadas.
—¿Le dijo quién podía estar detrás de esas diferencias? —pregunté.
—Mencionó problemas de supervisión y algunas autorizaciones que quería comprobar personalmente. Era una conversación preliminar. Lo encontré bastante decidido a revisar las cuentas, pero también preocupado por las consecuencias que aquello pudiera tener dentro de la empresa.
Esperé a que continuara.
Ferrer consultó su teléfono.
—Lo llamé a las ocho y cincuenta y uno porque necesitaba confirmar quién nos entregaría la documentación al día siguiente.
Gabriel respondió enseguida. Le pregunté si seguíamos adelante y me dijo que sí, que quería que empezáramos cuanto antes.
Después añadió que debía dejarme porque estaba ocupado.
—¿Le pareció que estuviera conduciendo? —preguntó Molina.
—Desde luego, no lo recuerdo hablando como alguien que estuviera al volante. Su voz se escuchaba bastante clara y tampoco oí tráfico. Pero no podría asegurarles dónde estaba. Lo que sí recuerdo es que parecía distraído. Tuve que repetirle una pregunta porque tardó en contestar.
Me incliné ligeramente hacia delante.
—¿Por qué terminó la llamada?
Ferrer dejó el teléfono sobre la mesa.
—Eso es precisamente lo que llevo intentando recordar desde esta mañana.
Estábamos hablando de la documentación y escuché un ruido, como si hubiera golpeado algo cerca del teléfono.
Gabriel dijo unas palabras que no entendí bien y la comunicación se cortó.
Pensé que había colgado porque tenía otra cosa que atender.
—¿Recuerda si estaba hablando con usted cuando pronunció esas palabras?
—No sabría decirlo. Su voz sonaba más apartada, pero pudo mover el teléfono mientras buscaba algo. Después intenté llamarlo otra vez y ya no respondió. Como me había dicho que estaba ocupado, lo dejé estar.
Molina le pidió que reprodujera cuanto pudiera recordar del ruido.
Ferrer lo intentó, aunque terminó reconociendo que había pasado demasiado tiempo desde una conversación a la que entonces no había dado importancia.
—Si me están preguntando si escuché una pelea, tendría que decirles que no puedo afirmar eso. Recuerdo un ruido y una interrupción. Ayer pensé que Gabriel había terminado la llamada de manera brusca, algo que tampoco era tan extraño en él.
—¿Conocía bien a Gabriel? —pregunté.
—Habíamos trabajado juntos en algunas operaciones a lo largo de los años.
Era exigente y tenía tendencia a cambiar de opinión cuando creía que alguien no había entendido sus instrucciones.
Sin embargo, esta revisión parecía preocuparle más de lo habitual.
Quería empezar cuanto antes y me insistió en que tratáramos directamente con él cualquier cuestión importante.
Le pedí que conservara los correos y la documentación relativa al encargo, y acordamos formalizar su declaración.
Cuando salimos del despacho, Molina se detuvo junto al coche.
—Ahora tenemos algo más concreto. Gabriel atendió una llamada mientras la furgoneta ocultaba el vehículo, habló con un consultor y cortó la conversación de forma inesperada. Yo empezaría a considerar seriamente que ocurrió algo durante esos segundos.
—Yo también. Pero Ferrer no oyó ninguna amenaza y tampoco puede identificar el ruido. La llamada pudo terminar por muchas razones.
—De acuerdo, aunque esta vez tenemos un momento sobre el que trabajar. Hasta ahora todo nuestro intervalo era una zona sin imágenes. Ahora sabemos que Gabriel estaba hablando con alguien dentro de ella.
Abrí la puerta del coche.
—Y sabemos que había encargado una revisión de las cuentas. Quiero que esa información figure en las diligencias y que localicemos la documentación que debía entregar esta mañana.
Molina se sentó al volante.
—Entonces el viaje ha servido para dos cosas. Ya empezaba a preocuparme que hubiéramos dedicado tres capítulos a un aparcamiento.
Regresamos al edificio de oficinas antes de las siete.
Habíamos concertado una visita con el responsable técnico de las cámaras para comprobar los horarios pendientes de sincronización. A nuestra llegada, Alberto Roldán estaba atendiendo a un proveedor junto al mostrador.
El técnico se llamaba Manuel Navas. Nos reconoció enseguida y nos llevó hasta la misma mesa donde habíamos pasado parte de la noche anterior.
—He terminado de comparar los grabadores —dijo mientras abría el programa—.
El desfase de dos minutos y siete segundos era estable en los tramos que hemos comprobado.
También hemos contrastado los horarios con los registros del control de accesos y una referencia de tiempo externa.
Ya podemos establecer una secuencia común con bastante más seguridad.
Molina dejó su carpeta sobre la mesa.
—Eso significa que podemos empezar a comparar los movimientos del pasillo de mantenimiento con los de la furgoneta sin que uno de los relojes nos engañe.
—Precisamente quería enseñarles algo de esa cámara —respondió Navas—.
Ayer revisamos la zona principal, pero hoy he preparado las secuencias de los accesos secundarios.
Hay un movimiento que aparece después de las nueve según el reloj de uno de los grabadores.
Al corregir el desfase, queda situado antes.