Los trece minutos (Los casos de Rivas 3) CAPÍTULO 3La herida #2
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CAPÍTULO 3La herida #2

—Mi hermana se marcha esta tarde y está recogiendo sus cosas —explicó al darse cuenta de que las habíamos visto—. Lleva aquí desde anoche. Entren, por favor.

Nos condujo hasta el salón.

La vivienda era amplia, con muebles de madera clara y varias fotografías familiares sobre una estantería. Reconocí a Gabriel en una de ellas, más joven, sentado en una terraza junto a Beatriz y dos niños que tendrían entonces unos diez o doce años.

Beatriz siguió mi mirada.

—Nuestros hijos. Esa foto es de hace bastante tiempo. Ahora viven fuera de Madrid y han salido esta mañana para venir. Prefería hablar con ustedes antes de que llegaran.

Nos sentamos frente a ella.

—Sé que tendrán muchas preguntas —continuó—, pero necesito que me expliquen qué ocurrió.

La policía que vino anoche fue muy correcta, aunque apenas pudo decirme que habían encontrado a Gabriel en su coche.

Esta mañana he leído varias noticias que hablan de un asesinato empresarial y de problemas económicos.

Me gustaría saber si alguna de esas cosas está confirmada o si simplemente están escribiendo lo primero que se les ocurre.

—Podemos confirmarle que Gabriel murió como consecuencia de una agresión con arma blanca —respondí—.

Estamos investigando quién la cometió y las circunstancias.

Sobre los posibles motivos todavía estamos reuniendo información, así que preferiría no darle una explicación que después pudiera resultar equivocada.

Beatriz miró hacia una de las fotografías.

—Gabriel llevaba semanas diciendo que necesitaba poner orden en algunas cosas.

Era una expresión suya cuando algo del trabajo le molestaba, aunque últimamente la utilizaba incluso durante la cena.

Nunca me contó exactamente qué estaba pasando.

Si ustedes creen que eso puede tener relación, tendrán que hablar con la gente de la empresa.

—¿Había cambiado su comportamiento? —preguntó Molina—. Me refiero a sus horarios, sus relaciones o la manera de organizarse. A veces las personas que trabajan con alguien perciben problemas distintos de los que se ven en casa.

Beatriz se tomó un momento antes de contestar.

—Llevábamos veinticuatro años casados. Sé cuándo Gabriel estaba cansado y cuándo tenía algo que le preocupaba.

Durante los últimos meses empezó a llevarse documentos a casa, cosa que antes evitaba.

Los revisaba incluso cuando habíamos quedado para cenar juntos, y si le preguntaba qué ocurría, decía que estaba resolviendo unos asuntos internos.

Acabamos discutiendo varias veces porque siempre parecía encontrar un motivo para volver al despacho.

—¿Ayer también tuvo que quedarse trabajando? —pregunté.

—Me dijo que saldría algo más tarde. Habíamos quedado en cenar y a las ocho y veinte le escribí para preguntarle si seguía en la oficina.

Contestó que estaba terminando y que llegaría en cuanto pudiera.

Cuando vi que pasaban las nueve pensé que habría vuelto a surgirle algún problema, aunque ya empezaba a estar harta de que cambiara nuestros planes.

Se levantó para buscar el teléfono, que había dejado sobre una mesa auxiliar, y nos mostró la conversación.

El último mensaje de Gabriel era breve. Confirmaba que estaba acabando y que volvería a casa.

Anoté la hora.

—¿Sabe con quién estuvo trabajando durante la tarde?

—Si lo supiera se lo diría. Gabriel compartía pocas cosas de su empresa conmigo porque siempre decía que prefería dejar el trabajo fuera de casa.

Últimamente ni siquiera conseguía cumplir esa promesa.

Puede que alguno de sus empleados sepa qué tenía pendiente, pero también les advierto que Gabriel era un hombre difícil.

Exigía mucho y no soportaba que le discutieran una decisión.

Molina aprovechó para preguntarle por sus relaciones personales.

—¿Había mencionado alguna amenaza o algún enfrentamiento que le preocupara especialmente? Nos interesa conocer tanto sus problemas profesionales como cualquier situación privada que pudiera haberle generado un conflicto.

Beatriz sostuvo el teléfono entre las manos.

—Había personas con las que discutía, desde luego. Gabriel podía resultar insoportable cuando creía que tenía razón. Pero si me están preguntando si pensaba que alguien quería matarlo, la respuesta es que jamás me dijo algo semejante. Y si hubiera sentido miedo de verdad, creo que lo habría notado.

La frase me hizo pensar en el coche detenido durante aquellos minutos.

En las fotografías del aparcamiento, Gabriel parecía un hombre que simplemente había terminado su jornada. Beatriz, en cambio, nos estaba describiendo a alguien que llevaba meses encerrado en preocupaciones que apenas compartía con su familia.

—Una última cosa —dije—. ¿Conservaba documentos de su trabajo en el coche?

Beatriz dejó el teléfono sobre la mesa.

—Era bastante cuidadoso con sus papeles y solía llevarlos entre la oficina y casa. Compró un maletín hace años, aunque últimamente utilizaba carpetas porque decía que tenía demasiadas cosas pendientes para ordenarlas. ¿Han encontrado documentación?

—Sí. Estamos examinándola para determinar si puede ayudarnos a reconstruir sus últimos movimientos.

Me observó durante unos segundos.

—Inspector, me gustaría pedirle algo. Cuando terminen de investigar a Gabriel, espero que mis hijos puedan saber qué le ocurrió realmente.

Llevan toda la mañana recibiendo mensajes de personas que creen conocerlo porque han visto su nombre en las noticias.

Se están enterando de la muerte de su padre a través de comentarios que ni siquiera sabemos si son ciertos.

Guardé el cuaderno.

—Entiendo lo que me pide. Tendremos que reservar algunos datos mientras continúe la investigación, pero procuraremos mantenerla informada de los avances que podamos comunicarle. Si sus hijos desean hablar con nosotros cuando lleguen, también podemos atenderlos.

Beatriz se levantó para acompañarnos.

Al pasar junto a la estantería volví a fijarme en la fotografía familiar.

Gabriel tenía una mano apoyada en el hombro de uno de sus hijos y miraba hacia la persona que estaba haciendo la foto, con una expresión que no se parecía demasiado a la del empresario serio que habíamos visto en las noticias.

Cuando salimos, Molina guardó sus notas en la cartera.

—Al menos ya sabemos que llevaba semanas preocupado por algo relacionado con el trabajo. Habrá que averiguar qué significaba eso de poner orden. Tengo la impresión de que varios empleados van a tener interpretaciones distintas de esa frase.

—Mañana empezaremos por las personas que trataron con él durante sus últimos días. También quiero una relación de los documentos que conservaba en el despacho y de los que llevaba encima cuando murió.

Molina abrió la puerta del coche.

—¿Y la puerta del aparcamiento?

Pensé en la fotografía del tirador manchado de sangre.

—Que Pilar termine los análisis. Si Gabriel intentó abrirla después de recibir la herida, tendremos que tenerlo en cuenta al reconstruir sus últimos movimientos.

Nos incorporamos al tráfico.

La investigación empezaba a tener algo más que un cadáver y una grabación incompleta. Habíamos conocido a una mujer que esperaba a su marido para cenar, a dos hijos que viajaban a Madrid y a un empresario que llevaba semanas preocupado por asuntos que había preferido mantener dentro de su oficina.

Al llegar a comisaría, pedí que prepararan las entrevistas con su entorno profesional. Las fotografías del aparcamiento seguirían sobre mi mesa, pero durante las próximas horas quería concentrarme en las personas que habían compartido con Gabriel sus últimos días.