CAPÍTULO 3La herida
La herida
La primera fotografía que me enseñó Pilar a la mañana siguiente correspondía a una zona del coche que había tenido delante varias veces sin prestarle demasiada atención.
Era el tirador interior de la puerta del conductor.
Sobre el plástico negro había una pequeña mancha de sangre, extendida hacia el borde inferior como si alguien hubiera intentado accionar el mecanismo con los dedos manchados.
—La encontramos anoche, durante la inspección de la puerta —explicó Pilar—. Está documentada antes de que termináramos de examinar el vehículo. He pedido que la comparen con las muestras de Gabriel, aunque el resultado tardará.
Molina acercó la fotografía.
—El vigilante dijo que empujó la puerta cuando encontró el cuerpo. ¿Pudo dejar esa marca al hacerlo?
—Según su primera declaración, la empujó desde fuera y evitó tocar al conductor.
Los sanitarios también intervinieron después, así que hemos solicitado que detallen qué superficies manipularon.
Lo interesante es la posición de la mancha.
Está en la cara interior del tirador, donde pondrías los dedos para abrir desde dentro.
Nos encontrábamos en una dependencia de Policía Científica, junto al espacio donde habían trasladado el vehículo para continuar su examen. Pilar había distribuido varias fotografías sobre una mesa y mantenía otras abiertas en el ordenador.
—¿Crees que Gabriel intentó salir? —pregunté.
—Es una posibilidad bastante razonable. Si estaba herido y todavía conservaba capacidad de movimiento, pudo intentar abrir la puerta para pedir ayuda.
Pero primero necesitamos saber a quién pertenece la sangre y comprobar si encontramos alguna huella aprovechable.
También podría haber otras explicaciones.
Molina observó la imagen durante unos segundos.
—Si fue él quien abrió, la puerta entreabierta tendría poco que ver con el recorrido del asesino. Llevamos desde anoche tratando esa puerta como si alguien la hubiera dejado así al marcharse.
—Exactamente —respondió Pilar—. Por eso os he llamado. A veces una fotografía sirve más para quitar una explicación de la mesa que para poner otra.
Cogió una segunda imagen.
Esta mostraba el asiento del conductor desde una posición más elevada.
La sangre se había acumulado en el lateral derecho del respaldo y había descendido por la unión con la banqueta.
En otras fotografías aparecían manchas en la consola central y pequeñas salpicaduras sobre el revestimiento próximo.
—La distribución es compatible con que Gabriel recibiera la herida estando sentado aquí —continuó—.
Hay sangre en zonas difíciles de explicar si alguien lo hubiera trasladado después desde otro lugar.
Hemos examinado también la ropa y los anclajes del asiento.
De momento, todo apunta a que la agresión se produjo dentro del coche.
—¿Y las señales de lucha? —preguntó Molina.
—El interior estaba bastante ordenado cuando llegamos.
Encontramos la carpeta en el suelo, pero eso puede ocurrir por un movimiento brusco, por la caída del propio objeto o por varias circunstancias más.
Tampoco hay desperfectos importantes en las puertas ni en el salpicadero.
La ausencia de destrozos, sin embargo, no nos dice cuánto pudo resistirse Gabriel.
Me detuve ante la fotografía de la consola.
Había pasado la noche anterior buscando una manera de que alguien llegara hasta el vehículo. Ahora teníamos que comprender qué había ocurrido cuando estuvo lo suficientemente cerca para herirlo.
—¿La autopsia? —pregunté.
—He hablado con el forense esta mañana. Está terminando las comprobaciones y os dará un avance cuando pueda, pero ya ha confirmado que la herida penetró en el tórax y afectó a estructuras internas importantes. La pérdida de sangre fue considerable.
Pilar colocó otra fotografía junto a las anteriores.
En el revestimiento interior, cerca del lado del copiloto, había una marca estrecha que parecía un pequeño roce sobre la superficie.
—Esto tampoco me gusta —dijo.
Molina se inclinó para verla mejor.
—Parece una raya. En cualquier coche con unos años encontrarás unas cuantas, especialmente si el dueño lleva carpetas, llaves o bolsas sobre los asientos.
—Por eso he comprobado primero el resto del revestimiento.
Hay otras marcas de uso, pero esta tiene una forma distinta y junto a ella hemos localizado un pequeño resto adherido.
Lo hemos recogido para analizarlo. Puede terminar siendo algo tan corriente como el roce de una pieza metálica que Gabriel llevara encima.
—¿Y por qué nos la enseñas? —pregunté.
Pilar apoyó las manos sobre la mesa.
—Porque la zona está próxima a la consola y conviene averiguar si guarda relación con los movimientos que se produjeron durante la agresión.
La marca estaba ahí cuando examinamos el coche; ahora tenemos que determinar qué pudo causarla.
Prefiero que conozcáis su existencia antes de que empecéis a construir una reconstrucción que después resulte incompatible con los indicios.
Molina volvió a mirar el tirador ensangrentado.
—Por una vez voy a hacerte caso y dejaré que los análisis hablen antes que yo. Aunque te advierto que me estás privando de una teoría bastante elaborada sobre cómo alguien salió corriendo del vehículo.
—Eso te permitirá dedicar el tiempo a comprobarla —respondió Pilar—. Siempre es una actividad más útil que contarla.
Dejamos las fotografías sobre la mesa mientras ella nos mostraba la relación de objetos recogidos.
El teléfono, las llaves, la cartera personal y el reloj de Gabriel seguían allí cuando encontraron el cadáver. También habían localizado documentación dentro de la guantera y varios papeles en la carpeta azul.
—¿Se ha llevado alguien algo? —pregunté.
—Eso tendréis que establecerlo hablando con las personas que lo conocían.
Nosotros podemos describir lo que encontramos, pero desconocemos qué llevaba habitualmente.
La cartera contenía tarjetas y dinero en efectivo.
Al menos de entrada, la escena no presenta las características de un robo corriente.
La muerte de Gabriel empezaba a separarse de las primeras impresiones que podían sacarse al mirar el coche.
Alguien había llegado hasta él, lo había herido y se había marchado sin llevarse los objetos de valor que teníamos delante.
Quedaba por averiguar qué había querido conseguir.
El forense nos recibió cerca del mediodía.
Había terminado la parte principal del examen, aunque todavía faltaban análisis complementarios. Nos hizo pasar a su despacho y colocó sobre la mesa varias notas.
—La causa de la muerte es una hemorragia masiva provocada por una herida de arma blanca que afectó a un vaso sanguíneo importante dentro del tórax.
La lesión era grave y podía causar el fallecimiento en un periodo relativamente corto, pero la capacidad de movimiento y el tiempo de supervivencia dependen de factores que no podemos reconstruir únicamente a partir de la autopsia.
—¿Pudo abrir la puerta después de recibir la herida? —pregunté.
—Es posible. Una lesión de estas características puede permitir ciertos movimientos durante un tiempo, aunque también puede producir una pérdida rápida de capacidad.
Tendremos que valorar esa posibilidad junto con la posición del cuerpo, las manchas de sangre y los demás indicios que está examinando Científica.
Molina abrió su cuaderno.
—Estamos intentando establecer un intervalo bastante concreto. Hay un periodo durante el cual una furgoneta oculta la visión del coche. Nos interesa saber si la herida puede fecharse con suficiente precisión para situarla ahí.
El forense retiró las gafas y las dejó sobre el informe.
—Puedo ayudaros a excluir determinadas circunstancias si aparecen datos incompatibles con ellas, pero sería poco serio fijar una hora de agresión con una precisión de minutos basándome exclusivamente en el cadáver.
La confirmación del fallecimiento a las nueve y dieciocho tampoco significa que muriera en ese instante.
Para reconstruir lo ocurrido vais a necesitar apoyaros en otras fuentes.
—¿Encontraste lesiones defensivas? —pregunté.
—He examinado las manos y los antebrazos.
No presentan las heridas típicas que a veces se producen al intentar sujetar un arma blanca, pero eso no permite afirmar que permaneciera inmóvil.
Una agresión rápida, la sorpresa o la posición del cuerpo pueden limitar la reacción de una persona.
Hay también pequeñas lesiones que tendremos que valorar, aunque por ahora no modifican la conclusión principal.
Molina cerró el cuaderno.
—Entonces sabemos cómo murió, pero seguimos sin saber cuánto tiempo tuvo para reaccionar.
—Tenéis una causa médica de muerte y una serie de datos físicos —respondió el forense—. Mi trabajo consiste en que esos datos sean fiables. La historia completa tendréis que reconstruirla vosotros.
Al salir, Molina se quedó junto a la máquina de café del pasillo.
—Tenemos un hombre apuñalado dentro de su coche, posiblemente intentando abrir la puerta después, y todavía estamos discutiendo por dónde pudo llegar quien lo mató.
Propongo que empecemos a averiguar por qué alguien quería hacerlo.
Me preocupa que terminemos con un plano perfecto del aparcamiento y ninguna idea sobre la vida del muerto.
—Ya tenemos localizada a su esposa. Nos recibirá esta tarde. También he pedido que comprobemos las personas con las que trabajaba y sus compromisos de ayer.
Molina sacó un café de la máquina y lo probó.
—Pues vamos a necesitar hablar con gente que conozca algo más interesante de Gabriel Lozano que la matrícula de su coche.
Beatriz Arroyo abrió la puerta de su casa sin preguntarnos quiénes éramos.
Nos había visto desde una ventana del salón mientras cruzábamos el pequeño jardín delantero. Llevaba un jersey gris y unos pantalones oscuros, y tenía el cabello recogido de cualquier manera.
En el recibidor había dos maletas abiertas.