CAPÍTULO 2La última imagen #2
—Entiendo lo que dices, aunque tampoco podemos empezar a colocar personas imaginarias detrás de cada columna. Si alguien estaba allí, necesitamos alguna razón para buscarlo, aparte de que pudiera esconderse.
—Por eso vamos a revisar los accesos. Lo que no quiero es que el informe diga que las imágenes descartan una presencia que nunca habríamos podido ver.
Molina tomó el bolígrafo y corrigió una anotación.
El técnico nos mostró la siguiente secuencia.
Tras entrar Gabriel en el vehículo, durante varios minutos se produjeron movimientos normales en el aparcamiento. Dos coches circularon por el pasillo y otro pasó lentamente en dirección a la salida.
La cámara estaba suficientemente alejada para que el interior de la berlina apareciera como una superficie oscura detrás del parabrisas.
—¿Podemos saber si utiliza el teléfono? —preguntó Molina.
—Desde esta distancia sería difícil distinguir el movimiento de las manos. Podemos comprobar si se ilumina alguna parte de la pantalla, pero los reflejos cambian mucho cuando pasa otro vehículo y no me atrevería a interpretarlo.
—Entonces habrá que solicitar las comunicaciones del teléfono por el procedimiento correspondiente —dije—. También quiero saber si tenía alguna reunión prevista después de salir de la oficina.
Molina anotó ambas gestiones.
—De eso podemos ocuparnos mañana con la empresa. Esta noche lo urgente es cerrar lo que podamos sobre sus movimientos y conservar las grabaciones antes de que nadie empiece a manipular archivos para hacernos un favor.
El técnico asintió.
—Voy a preparar la exportación completa. El sistema conserva los originales en los grabadores, pero conviene realizar la copia cuanto antes y documentar las horas de cada equipo. Así podréis trabajar sin depender de que os abra yo la oficina a cualquier hora.
La furgoneta apareció de nuevo en pantalla.
Avanzó despacio, maniobró entre dos columnas y terminó estacionada frente a la plaza de Gabriel. Desde aquella perspectiva, la parte trasera tapaba casi todo el vehículo negro.
El técnico cambió a otra cámara.
La furgoneta seguía siendo visible, aunque ahora aparecía de costado. Pudimos observar cómo el conductor descendía y se dirigía hacia la zona posterior. Abrió las puertas de carga, desapareció detrás de ellas y regresó al cabo de unos instantes transportando varios paquetes.
—¿Puede verse el coche de Gabriel desde esa cámara? —preguntó Molina.
—Solo una parte del pasillo. La columna está entre el objetivo y las plazas, así que el ángulo tampoco nos sirve para observar el interior del coche.
Revisamos otros dos encuadres.
Uno mostraba la entrada del aparcamiento. El segundo cubría la circulación próxima a los ascensores, aunque su campo de visión terminaba antes de alcanzar la plaza.
La instalación parecía diseñada para controlar vehículos entrando y saliendo, más que para observar lo que sucedía dentro de cada coche estacionado.
Molina apoyó los antebrazos sobre la mesa.
—Tenemos varias cámaras funcionando, una furgoneta haciendo una entrega aparentemente normal y un hombre que entra en su coche y después aparece herido.
Si el agresor aprovechó esos trece minutos, tendría que haber encontrado una manera de llegar a la plaza sin quedar registrado en las zonas de circulación.
Necesitamos comprobarlo antes de decidir que fue así.
—Y saber qué ocurrió realmente durante ese intervalo —añadí—. La hora de la muerte todavía está pendiente de precisarse. Lo que vemos en la grabación establece un cambio en la posición de la puerta del conductor, pero por sí solo no nos dice cuándo recibió la herida.
El técnico dejó de manejar el ratón.
—Hay otra cosa que deberían tener en cuenta. La imagen que estamos viendo es la de una cámara fija. Cuando la furgoneta tapa el coche, esa zona permanece oculta hasta que se marcha. El sistema sigue grabando normalmente, pero desde ese objetivo no se obtiene información sobre lo que está detrás.
—¿Y las demás cámaras?
—Habrá que revisar cada recorrido. Pueden mostrar a una persona que entre o salga por determinados puntos, pero la plaza en sí queda mal cubierta desde varios ángulos. Podría dibujarles el campo de visión de cada una para que lo comprueben abajo.
—Hazlo —respondí—. Será más útil que seguir ampliando una imagen que no tiene suficiente resolución.
Eran casi las once y media cuando terminamos la primera revisión.
Molina se había quitado la chaqueta y tenía delante varias hojas con matrículas, horarios y referencias a cámaras. El técnico seguía trabajando en la extracción de los archivos, mientras Alberto coordinaba con los agentes la salida de los primeros conductores autorizados.
Me levanté para acercarme a la ventana que daba al vestíbulo.
Un hombre discutía con una empleada de seguridad porque había tenido que cancelar un viaje. Más allá, una mujer hablaba por teléfono junto a la máquina de café. Dos agentes comprobaban documentos antes de permitir que un conductor saliera hacia los ascensores.
Aquellas personas llevaban parte de la noche esperando por un asesinato del que probablemente no sabían nada.
Regresé a la mesa y encontré a Molina examinando la primera anotación que había realizado sobre las cámaras.
—Estaba pensando que deberíamos hablar con la empresa a primera hora —dijo—.
Gabriel salió de sus oficinas y bajó directamente al aparcamiento, pero seguimos sin saber por qué permaneció tanto tiempo dentro del coche.
Puede que estuviera esperando una llamada, revisando algún documento o simplemente terminando de trabajar.
Cualquiera de esas posibilidades cambia las preguntas que tendremos que hacer mañana.
—Empezaremos por su agenda y por las personas que lo vieron salir. También quiero que identifiquemos a los abonados de las plazas contiguas. Si alguno utilizó el aparcamiento esa tarde, quizá pueda ayudarnos a completar lo que las cámaras dejan fuera.
Molina reunió los papeles y apartó los que correspondían a la primera secuencia.
—Y tendremos que volver a hablar con el vigilante. El empleado de limpieza vio la puerta abierta antes que él y esa observación merece una declaración completa. Por ahora tenemos la versión de Alberto sobre lo que le contaron.
—De acuerdo. Que localicen al empleado y fijen su recorrido. Después compararemos lo que vio con las imágenes, una vez corregidos los horarios.
Molina cerró la carpeta.
—Vas a necesitar otra mesa.
—Con que esta deje de llenarse de papeles de Alicante, de momento me conformo.
Me miró durante unos segundos antes de contestar.
—Hoy has presentado lo de la casa y esta noche tenemos un empresario muerto en un aparcamiento. Te pediría que intentaras mantener cada asunto en su sitio, pero ya sé que no necesitas que te lo recuerde.
—Son investigaciones distintas. Lo de Alicante seguirá su trámite mientras resolvemos esta.
—Eso quería oír. Aunque preferiría comprobarlo dentro de una semana.
Recogimos las copias que ya podían entregarnos y dejamos al técnico terminando el trabajo.
Antes de salir, volví a mirar la pantalla donde Gabriel aparecía junto a su vehículo.
La última imagen clara del empresario con vida lo mostraba entrando en el coche después de salir de las oficinas. A partir de ese momento, las grabaciones ofrecían movimientos de vehículos, reflejos, obstáculos y zonas que quedaban fuera de la visión de las cámaras.
Molina se detuvo a mi lado.
—En el primer informe habían escrito que llegó solo al vehículo. Lo he corregido con lo que hemos comprobado esta noche: aparece caminando sin acompañante y no se observa que nadie lo siga por ese recorrido. Los demás accesos siguen pendientes.
Leí la anotación.
Era una descripción menos rotunda, pero bastante más precisa.
—Así está bien.
Bajamos al aparcamiento para reunirnos con el agente encargado de mantener acordonada la plaza hasta que Científica terminara sus actuaciones. El vehículo permanecía en el mismo lugar, iluminado ahora por dos focos portátiles que habían colocado junto a las puertas.
Pilar estaba recogiendo parte del material fotográfico.
—¿Habéis conseguido algo útil? —preguntó cuando nos vio llegar.
—Una lista bastante larga de cosas que todavía tenemos que comprobar —respondió Molina—. Si mañana te parece que nos quedamos sin trabajo, te enseñaré la carpeta.
Pilar guardó la cámara.
—Pues empezad por dejarme terminar con el coche. Hay muestras y fotografías pendientes, y cuando pueda examinarse con más detalle quizá tengamos algo que os permita reducir esa lista.
Me acerqué hasta el límite de la zona acordonada.
La puerta del conductor seguía abierta para facilitar el trabajo. Desde aquel lado podía verse la carpeta azul junto a los pedales y parte del asiento del copiloto.
—Quiero que prestéis especial atención a cualquier indicio que permita saber si Gabriel estuvo acompañado —le dije—. Las cámaras muestran cómo llega y entra, pero el interior del vehículo queda fuera de su alcance.
Pilar miró hacia el asiento derecho.
—Eso ya lo tenemos previsto. Cuando terminemos te diré qué encontramos y qué podemos concluir de ello. Son dos cosas que conviene mantener separadas.
Molina sonrió mientras se dirigía hacia el ascensor.
—Ahora entiendo por qué os lleváis tan bien.
Me quedé unos instantes más junto a la cinta, observando el espacio entre la columna y el lateral del vehículo.
Al día siguiente volveríamos allí para comprobar los ángulos de las cámaras y reconstruir los recorridos posibles. También tendríamos que empezar a averiguar qué clase de hombre era Gabriel Lozano y quién podía haber querido matarlo.
Por aquella noche habíamos conseguido establecer algo más modesto: las grabaciones permitían seguir sus movimientos hasta el coche, pero dejaban sin documentar una parte importante de lo sucedido a su alrededor.
Me reuní con Molina en el ascensor y le pedí que, antes de cerrar el informe provisional, adjuntara el plano con las zonas pendientes de comprobar.
Tenía intención de utilizarlo en cuanto regresáramos al aparcamiento.