CAPÍTULO 2La última imagen
La última imagen
La tercera vez que vimos a Gabriel Lozano entrar en su coche, Molina apartó la silla de la mesa y se levantó para estirar las piernas.
—Llevamos veinte minutos mirando al mismo hombre hacer exactamente lo mismo. Si lo que esperas es que en la siguiente reproducción aparezca alguien escondido detrás de él, me parece que vamos a necesitar bastante más café.
El técnico que manejaba las grabaciones sonrió sin apartar la vista de la pantalla. Había colocado dos ventanas del programa una junto a otra, aunque todavía estaba intentando encontrar el momento exacto en que las imágenes de ambas cámaras coincidían.
—Lo complicado es que los grabadores no tienen todos la misma hora —explicó—.
Son tres equipos independientes y el sistema tendría que sincronizarlos automáticamente, pero parece que uno lleva unos minutos de diferencia.
Hasta que compruebe cuánto se ha desviado, prefiero que no utilicemos las horas de unas cámaras para completar las de otras.
Molina regresó a su silla.
—Me estás diciendo que tenemos cuarenta y seis cámaras, tres grabadores y que cada uno puede estar viviendo en una hora distinta.
—Dos están prácticamente sincronizados. El tercero es el que está dando problemas. Las imágenes están grabadas, que es lo importante, pero si queremos reconstruir los movimientos con precisión tendremos que corregir la diferencia.
Me acerqué a la pantalla de la izquierda, donde Gabriel acababa de aparecer saliendo del ascensor de oficinas.
—¿Podemos utilizar un acontecimiento que aparezca en las dos grabaciones para comparar los horarios?
—Eso estoy buscando. La furgoneta pasa por dos cámaras y debería servirnos. Cuando termine podremos establecer la correspondencia entre ambos registros, aunque después habrá que comprobar también la hora real de referencia.
El técnico comenzó a trabajar mientras Molina abría el plano del aparcamiento que Alberto nos había entregado unos minutos antes.
La oficina se había quedado más tranquila. La mayoría de los conductores retenidos permanecía en una sala próxima a los ascensores, donde dos agentes estaban recogiendo sus datos. Desde el mostrador llegaba ocasionalmente el sonido del teléfono y la voz cansada del vigilante dando explicaciones.
Habíamos conseguido que la empresa de seguridad facilitara una copia de trabajo de las primeras grabaciones, pero todavía faltaba preparar la extracción completa y documentar los equipos de origen. Aquello llevaría tiempo.
—Quiero comprobar algo —dije—. Cuando Gabriel sale del ascensor, ¿qué cámaras lo muestran hasta llegar al vehículo?
El técnico abrió una tercera ventana.
—La del vestíbulo de ascensores, esta del pasillo principal y la que hemos estado viendo junto a su plaza. Hay una cuarta, pero está orientada hacia la rampa y apenas recoge una esquina de esa zona.
—Ponlas en orden. Empezaremos cuando abandona las oficinas.
Molina dejó el plano sobre la mesa.
—¿Buscamos a alguien que lo siga?
—Quiero saber exactamente qué podemos ver. Luego decidiremos qué significa.
El técnico reprodujo la primera secuencia.
Gabriel apareció en el vestíbulo de ascensores con una carpeta azul bajo el brazo. Se detuvo unos segundos junto a las puertas, miró su teléfono y continuó caminando cuando una de ellas se abrió.
La siguiente cámara lo mostraba saliendo en la planta menos dos.
Su manera de caminar era tranquila, con pasos cortos y regulares. Llevaba la chaqueta desabrochada y sujetaba la carpeta contra el costado izquierdo. Al pasar junto a una máquina expendedora, levantó la cabeza hacia algo que quedaba fuera del encuadre, aunque no modificó su trayectoria.
—Parece que mira a alguien —comentó Molina.
El técnico retrocedió.
—También puede estar mirando el cartel de salida que hay encima de la máquina. Desde aquí es difícil distinguirlo.
—¿Hay otra cámara que recoja esa parte del pasillo? —pregunté.
—La siguiente está más adelante. La orientación deja un tramo sin cobertura directa, pero cuando el señor Lozano entra en su campo de visión ya viene caminando en la misma dirección.
Reprodujimos el recorrido completo.
Gabriel desapareció durante unos segundos entre dos cámaras y reapareció acercándose a su vehículo. La continuidad de sus movimientos parecía razonable, aunque los horarios todavía necesitaban ajustarse.
Molina señaló la pantalla.
—El vigilante tenía razón en una cosa: nadie viene caminando detrás de él. Si alguien lo siguió desde las oficinas, tendría que haberlo hecho con bastante distancia o utilizar otro recorrido.
—¿Cuántas personas salieron por los ascensores durante los diez minutos anteriores?
—Eso tendremos que contarlo. Y después habrá que identificarlas si alguna resulta relevante. Lo que sí podemos hacer ahora es comprobar qué accesos llevan hasta esa planta sin pasar por el mismo vestíbulo.
El técnico abrió el plano digital del edificio.
Había tres plantas subterráneas, dos núcleos de ascensores y varias escaleras. La parte destinada a aparcamiento comunicaba con una zona de instalaciones mediante puertas de acceso restringido.
Observé el recorrido marcado desde los ascensores hasta la plaza de Gabriel.
—La puerta de mantenimiento que vimos abajo, ¿tiene cámara propia?
—Hay una cámara que recoge parte del pasillo al que se accede desde esa zona —respondió el técnico—. El problema es que está orientada hacia la circulación general. La hoja de la puerta queda junto al borde de la imagen y la columna tapa una parte.
Molina acercó el plano.
—Entonces habrá que bajar y comprobarlo físicamente. Desde un dibujo parece que esa cámara debería ver el acceso, pero una columna de medio metro puede convertirlo en otra cosa.
—Mañana con luz y medidas —dije—. Antes quiero terminar aquí.
El técnico volvió a las grabaciones y encontró una coincidencia entre dos cámaras que mostraban a la furgoneta blanca circulando por la rampa.
La diferencia horaria era de dos minutos y siete segundos.
La anotó en una hoja y nos explicó qué grabador llevaba el desfase, dejando pendiente la comprobación con una referencia de tiempo fiable.
—Al menos ya sabemos cómo relacionar estas dos imágenes —dijo—. La duración de los trece minutos está medida en la misma grabación y eso no cambia. Lo que tendremos que corregir son las horas cuando comparemos cámaras de equipos distintos.
—Bien —respondió Molina—. Porque si mañana descubrimos que cada cámara lleva su propio calendario, voy a pedir que investigue el asesinato el fabricante.
El técnico soltó una risa breve.
Yo seguía examinando el plano.
La cámara principal cubría la circulación del aparcamiento y buena parte de la plaza de Gabriel, aunque uno de los vehículos estacionados junto a ella dificultaba ver el lateral derecho.
—Pon otra vez el momento en que llega al coche, pero esta vez deja la imagen a tamaño completo.
El técnico obedeció.
Gabriel apareció caminando desde el fondo, se detuvo junto a la puerta del conductor y permaneció unos instantes con la cabeza inclinada hacia el teléfono.
Después abrió la puerta y entró.
La cámara mostraba con claridad la parte superior de la carrocería y el lateral izquierdo, pero el lado del copiloto quedaba parcialmente oculto por un todoterreno gris estacionado en la plaza contigua.
—¿Ese coche pertenece a algún empleado? —pregunté.
Alberto, que acababa de entrar con una carpeta de documentos, se acercó a la pantalla.
—Es de un abonado. Lo deja aquí casi todos los días. La plaza está asignada a su empresa, igual que la del señor Lozano. Si quieren, puedo buscarles los datos.
—Los necesitaremos, y también las horas de entrada y salida de ese vehículo durante el día de hoy.
El vigilante abrió la carpeta que llevaba.
—Precisamente venía a traerles los registros de matrículas. He conseguido sacar los movimientos de las últimas veinticuatro horas, aunque todavía tengo que comprobar algunos porque los accesos manuales no siempre quedan asociados correctamente a una matrícula.
Molina cogió las hojas.
—Déjalas aquí. Y cuando tengas lo de las barreras manuales, avísanos. Quiero saber qué vehículos seguían dentro después de las ocho y media, incluidos los de los abonados que normalmente salen antes.
Alberto miró hacia el mostrador.
—También necesito que decidamos qué hacemos con los coches retenidos. Hay gente que lleva esperando más de una hora y estamos empezando a tener problemas con los turnos del personal. Puedo mantener las barreras cerradas, pero tendremos que organizar las salidas de alguna manera.
Molina consultó al agente que estaba coordinando las identificaciones.
Acordaron mantener aisladas las zonas necesarias para la inspección, completar la identificación de las personas presentes y permitir progresivamente las salidas que fueran autorizándose, dejando constancia de los vehículos y sus ocupantes.
Alberto parecía dispuesto a discutir varios detalles del procedimiento, pero terminó aceptando cuando Molina le explicó cómo organizarían las comprobaciones.
—Así al menos podré decirles algo concreto —respondió—. Lo que más les molesta es que nadie les explique cuánto va a durar esto.
Regresó al mostrador con el agente.
El técnico había dejado congelada la imagen de Gabriel junto a su coche.
Me incliné para observar mejor la parte derecha de la carrocería.
—¿Puedes ampliar esta zona?
La imagen perdió definición al aumentar de tamaño. La columna, el todoterreno gris y una franja oscura entre ambos ocupaban casi toda la pantalla.
—Podemos ampliar los píxeles que tenemos —advirtió el técnico—, pero eso no va a mostrar detalles que la cámara no captó. Esta grabación tiene una resolución limitada y aquí estamos bastante lejos del objetivo.
Volvimos al encuadre original.
Molina llevaba un rato observándome.
—¿Qué estás intentando comprobar exactamente?
Señalé la plaza.
—Cuando Gabriel aparece caminando hacia el coche podemos decir que llega sin nadie a su lado. Pero quiero distinguir eso de afirmar que estaba solo en toda esta parte del aparcamiento. Hay zonas que la cámara no muestra bien.