CAPÍTULO 1El motor apagado #2
—Eso dice el responsable de seguridad. También la del otro extremo. Ninguna incidencia registrada durante la tarde.
—Entonces tenemos imágenes del coche.
—Tenemos imágenes de la zona —corrigió Molina—. Que se vea todo lo que necesitamos es otra cosa.
Tenía razón.
Una cámara colocada en el techo podía mostrar perfectamente un vehículo y no registrar qué ocurría en su interior. Dependía de la orientación, de la distancia, de la iluminación y de los obstáculos que se interpusieran.
Miré las columnas, los coches estacionados y la puerta de mantenimiento.
Un aparcamiento vigilado no era necesariamente un aparcamiento sin lugares donde esconderse.
Uno de los agentes se acercó desde la rampa.
—Inspector, el responsable de seguridad tiene preparadas las grabaciones de esta tarde. Pregunta si quieren subir para revisarlas o prefieren que bajemos el equipo.
Molina me miró.
—Yo subiría. Aquí abajo vamos a terminar estorbando y todavía hay trabajo para rato.
Asentí, pero antes de marcharnos me acerqué otra vez al coche, manteniendo la distancia que Pilar había señalado.
Gabriel continuaba inclinado sobre el asiento.
Me fijé en el puño izquierdo de su camisa, parcialmente oculto bajo la manga de la chaqueta. No parecía desgarrado y llevaba un reloj de esfera oscura. La mano derecha descansaba cerca de la consola, con los dedos ligeramente flexionados.
Sobre el salpicadero no había manchas visibles desde donde yo me encontraba.
Pensé en la carpeta, las llaves y el teléfono.
Había llegado hasta aquel aparcamiento después de una jornada de trabajo. Se había sentado en su vehículo. Probablemente había tenido tiempo de dejar algunas cosas a su lado.
En algún momento, otra persona se había acercado lo suficiente para herirlo.
Todavía no sabíamos cuándo ni cómo.
—Sergio —llamó Molina—. ¿Subimos?
Me reuní con él junto al ascensor.
—Quiero las grabaciones de todas las entradas, de las salidas y de las zonas de acceso peatonal. También los registros de tarjetas y la relación de vehículos que han entrado y salido desde primera hora de la tarde.
—Ya he pedido casi todo eso. Lo que todavía no tengo es la capacidad de multiplicar a los agentes para revisarlo esta noche.
—Empezaremos por las horas anteriores a su llegada.
Molina pulsó el botón del ascensor.
—Primero vamos a ver lo que han conseguido sacar. Después podremos decidir dónde concentrarnos. Con cuarenta y seis cámaras, si empezamos a buscar sin saber qué buscamos, mañana seguiremos sentados delante de una pantalla.
Las puertas se abrieron.
Subimos hasta la planta de acceso y regresamos a la pequeña oficina de seguridad. Alberto Roldán había conseguido que uno de los teléfonos dejara de sonar, aunque seguía atendiendo a dos conductores que exigían explicaciones sobre la demora.
Nos condujo hasta una mesa situada detrás del mostrador, donde un técnico había abierto el programa de grabaciones.
—Les he preparado lo del señor Lozano —dijo—. Desde que salió de los ascensores hasta que el vigilante encontró el coche. Hay distintas cámaras, así que tendremos que ir cambiando.
En la pantalla apareció una imagen del aparcamiento.
Una esquina del pasillo, dos columnas, varias plazas ocupadas y un vehículo negro que reconocí enseguida.
El técnico avanzó hasta las 20:41.
Gabriel Lozano apareció caminando desde la derecha. Llevaba una carpeta bajo el brazo y parecía consultar algo en su teléfono.
Se acercó al coche.
Durante unos segundos quedó parcialmente oculto por la carrocería de otro vehículo. Después lo vimos junto a la puerta del conductor.
La abrió y entró.
—¿Hay alguien más? —pregunté.
El técnico retrocedió unos segundos.
—No se aprecia a nadie siguiéndolo. Tenemos otra cámara donde se le ve salir de los ascensores. También va solo.
Gabriel cerró la puerta.
El coche permaneció inmóvil.
Molina apoyó una mano en el respaldo de la silla.
—¿Y después?
—Después sigue aquí. No arranca ni sale de la plaza. La cámara está grabando todo el tiempo, pero hay momentos en los que no puede verse completo porque pasan otros vehículos.
El técnico adelantó la imagen.
Apareció un turismo que cruzó el pasillo y desapareció por la izquierda. Más tarde pasó otro. Ninguno se detuvo junto al coche de Gabriel.
Después, una furgoneta blanca entró lentamente en el encuadre.
Su conductor realizó una maniobra, avanzó unos metros, retrocedió y terminó estacionando cerca de la columna.
La caja trasera ocupó una buena parte de la pantalla.
El coche negro dejó de verse casi por completo.
—¿Qué está haciendo? —preguntó Molina.
—Una entrega. Tenemos una zona de carga para los locales y oficinas, pero cuando está ocupada a veces utilizan este espacio. Se supone que deben avisar a seguridad.
El técnico detuvo la grabación.
—Aquí tenemos que comprobar lo que ocurrió con esa furgoneta. No se ve el coche durante un rato.
Molina se inclinó hacia la pantalla.
—¿Cuánto tiempo?
El hombre consultó los indicadores de la grabación y movió el cursor hasta el momento en que la furgoneta abandonaba finalmente la zona.
La imagen volvió a mostrar el vehículo de Gabriel.
—Desde las ocho y cuarenta y siete hasta las nueve —respondió—. Trece minutos.
Me acerqué un poco más. La puerta del conductor aparecía ahora ligeramente abierta.
El técnico señaló la imagen.
—Eso es lo que vio el empleado de limpieza cuando pasó después. Antes de que se marchara la furgoneta, desde esta cámara no se podía distinguir.
Molina tomó nota de las horas.
—Necesitamos todas las imágenes que cubran ese intervalo, también las de los accesos y la puerta de mantenimiento. Si alguien aprovechó que estaba estacionada ahí, tendría que haber llegado y marcharse por alguna parte.
El técnico comenzó a buscar los archivos correspondientes.
Yo seguí mirando el vehículo detenido en la pantalla.
En las primeras imágenes, Gabriel había entrado y cerrado la puerta. Después la furgoneta había ocultado la plaza durante trece minutos. Cuando volvió a quedar visible, la puerta ya estaba abierta.
Eso era lo que teníamos.
No una grabación del asesinato, ni la imagen de un desconocido huyendo, ni una prueba de que la furgoneta hubiera participado en nada.
Solo una parte de lo sucedido que todavía no podíamos ver.
Me senté junto al técnico y le pedí que regresara al principio de la secuencia. Quería comprobar todos los movimientos anteriores, incluidos aquellos que todavía parecían no tener importancia.
La noche acababa de empezar.