Los trece minutos (Los casos de Rivas 3) CAPÍTULO 1El motor apagado
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Los trece minutos (Los casos de Rivas 3)

Los trece minutos (Los casos de Rivas 3)

Por Aitor Belmonte

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CAPÍTULO 1El motor apagado

El motor apagado

El vigilante del aparcamiento estaba más preocupado por los coches que no podían salir que por el hombre al que habían encontrado muerto en la planta menos dos.

No se lo reproché. Llevaba casi una hora escuchando las quejas de varios conductores, tenía dos teléfonos sonando sobre el mostrador y acababa de descubrir que una instalación con cuarenta y seis cámaras de seguridad podía convertirse en un problema considerable cuando llegaba la Policía.

—Les he explicado que no podemos abrir todavía, pero hay un señor que dice que tiene un vuelo a las once y una mujer que amenaza con denunciarnos si no le entregamos el coche. Yo no sé qué quieren que haga.

Molina, que había llegado diez minutos antes que yo, señaló la pantalla donde aparecían los vehículos retenidos junto a la salida.

—De momento, que no entregue ninguno sin que lo autoricemos. Estamos comprobando los movimientos y necesitamos identificar a quienes estaban dentro cuando encontraron el cadáver. Después podremos ir dejando salir a la gente.

El vigilante volvió a mirar el teléfono.

—¿Y cuánto van a tardar?

—Si consigue que dejen de llamarle cada treinta segundos para preguntarlo, probablemente menos.

Me acerqué al mostrador mientras Molina terminaba de hablar con él. En la pared había seis monitores que mostraban distintas zonas del edificio: las barreras de entrada, dos pasillos de circulación, los ascensores y varias plazas distribuidas entre las plantas.

—¿Dónde está el coche? —pregunté.

El vigilante señaló una de las pantallas.

—En la menos dos, al fondo. Lo han dejado donde estaba porque los policías me han dicho que no toque nada. Desde aquí no se ve muy bien, pero hay una cámara más cerca.

—¿Quién lo ha encontrado?

—Yo.

Se llamaba Alberto Roldán, tenía cincuenta y tres años y llevaba seis trabajando como responsable del turno de tarde.

Me explicó que uno de los empleados de limpieza había visto un vehículo con la puerta del conductor ligeramente abierta y había avisado a seguridad porque el coche llevaba demasiado tiempo ocupando una zona reservada.

—Bajé pensando que alguien se habría dejado una puerta abierta —continuó—. Hay gente que aparca, recoge sus cosas y sale tan deprisa que ni comprueba si ha cerrado. Cuando llegué vi al señor dentro. Pensé que estaba dormido, pero tenía la camisa manchada de sangre.

—¿Abrió usted la puerta?

—Estaba abierta un poco. La empujé para ver si respiraba, pero no llegué a tocarlo. Llamé al 112 desde allí mismo.

—¿Conocía al propietario?

—De verlo entrar y salir. Gabriel Lozano. Tiene oficinas en el edificio. Bueno, las tiene su empresa.

Molina consultó sus notas.

—Cincuenta y seis años, domicilio en Madrid. Los sanitarios confirmaron el fallecimiento a las nueve y dieciocho. Tenemos a un equipo de Científica abajo y el forense está con el cuerpo.

Miré el reloj. Eran las diez y siete.

—Vamos a verlo.

El ascensor tardó más de lo habitual porque uno de los agentes había bloqueado temporalmente su funcionamiento en la planta inferior. Mientras esperábamos, Molina me observó la cartera que llevaba bajo el brazo.

—¿Sigues con lo de Alicante?

Había pasado buena parte de la mañana preparando la documentación que debía remitirse para revisar las discrepancias detectadas en el expediente de Irene Valdés.

La certificación registral, la identificación del supuesto propietario y la documentación mercantil de Alborán Patrimonial formaban parte de un informe que ya había seguido el conducto correspondiente.

No esperaba una respuesta inmediata. Había solicitado que se examinaran hechos concretos, no que alguien aceptara doce años de dudas porque yo llevara demasiado tiempo conviviendo con ellas.

—He presentado el informe esta mañana —respondí—. Ahora tendrán que valorar lo que hay y decidir qué comprobaciones corresponden.

—¿Y tú vas a conseguir no llamar mañana para preguntar cómo va?

—Puedo intentarlo.

—Eso no es una respuesta especialmente tranquilizadora.

El ascensor llegó antes de que pudiera contestarle.

La planta menos dos olía a hormigón húmedo y a los gases que dejaban los vehículos al circular. Varias plazas estaban delimitadas por cinta policial y un agente uniformado permanecía junto a la rampa de acceso, desviando a quienes todavía intentaban atravesar aquella zona.

El coche estaba aparcado junto a una columna, aproximadamente a veinte metros de los ascensores.

Era una berlina negra de gama alta, limpia y sin daños visibles. La puerta del conductor permanecía abierta y dos técnicos trabajaban alrededor mientras Pilar fotografiaba el interior desde el lado del copiloto.

Al vernos, levantó la cámara.

—Antes de que preguntéis, todavía estamos empezando. Y antes de que Sergio se acerque a mirar debajo de los asientos, tampoco he terminado las fotografías.

—Buenas noches, Pilar —dije.

—Para algunos lo eran hasta hace una hora.

Molina se colocó a su lado.

—¿Tenemos algo que no sea una advertencia?

—Un muerto con una herida en el pecho, bastante sangre dentro del vehículo y ninguna señal evidente de que alguien haya intentado sacar el cuerpo. Si queréis más, tendréis que dejar que terminemos.

Me acerqué hasta el límite de la zona de trabajo.

Gabriel Lozano estaba sentado al volante, con el cuerpo inclinado hacia la derecha y la cabeza apoyada cerca del respaldo. Llevaba un traje azul oscuro, camisa blanca y una corbata aflojada. La sangre había empapado parte de la tela a la altura del pecho y descendía hacia el asiento.

El cinturón de seguridad estaba recogido.

Sobre la consola central había un teléfono móvil, unas llaves y un pequeño paquete de pañuelos. En el suelo, junto a los pedales, descansaba una carpeta de color azul que parecía haberse deslizado desde algún lugar más alto.

No vi ningún arma.

El médico forense estaba examinando el cuerpo desde la puerta abierta. Esperé a que terminara antes de preguntarle.

—¿Qué puedes decirme?

Se incorporó despacio.

—Que tiene una lesión penetrante en la zona torácica y que ha perdido una cantidad importante de sangre. Por el aspecto podría corresponder a un arma blanca, pero quiero examinarlo mejor antes de precisar nada. No veo, de momento, otras lesiones importantes.

—¿Pudo defenderse?

—Eso todavía no puedo responderlo. Las manos no presentan heridas evidentes desde esta posición, pero falta examinarlas con detalle. Tampoco confundáis la ausencia de lesiones defensivas con que no hubiera intentado protegerse.

Molina señaló el interior del coche.

—¿Y la hora de la muerte? Sabemos cuándo lo han encontrado, pero nos interesa cuánto tiempo llevaba aquí.

—Podría daros una estimación muy amplia y conseguir que después paséis dos días intentando hacerla encajar con las cámaras. Prefiero esperar a tener más elementos. Lo que sí puedo decir es que no parece una muerte de hace muchas horas.

El forense regresó junto al cuerpo y Pilar aprovechó para cambiar de posición.

Me aparté unos pasos y examiné el vehículo desde fuera.

No había cristales rotos ni señales de daños en las puertas. El espejo retrovisor estaba orientado hacia el asiento del conductor y el reposabrazos central permanecía cerrado.

El coche parecía preparado para marcharse.

Sin embargo, el motor estaba apagado.

—¿Dónde están las llaves? —pregunté.

Pilar señaló la consola.

—Ahí. Las hemos fotografiado, pero todavía no las hemos recogido. También hay un teléfono y documentación. No podemos decirte si falta algo hasta que sepamos qué llevaba normalmente.

Me quedé mirando el asiento del copiloto.

Estaba bastante más retrasado que el del conductor. La alfombrilla presentaba una pequeña doblez cerca de la parte posterior y el cinturón colgaba correctamente junto al marco de la puerta.

Nada de aquello demostraba nada.

Las personas colocaban los asientos como les resultaba cómodo y Gabriel podía haber llevado a cualquier acompañante durante los últimos días.

Aun así, pregunté:

—¿Sabemos si llegó solo?

Molina consultó el teléfono.

—Según seguridad, sí. La cámara lo muestra bajando del ascensor de oficinas y caminando hacia aquí con una carpeta. No han visto a nadie acompañándolo.

—¿Habéis revisado todas las grabaciones?

—Las primeras. Tenemos a un agente trabajando con el responsable del sistema para extraerlas completas. Hay varias cámaras y algunas zonas se solapan. Hasta que no lo ordenemos todo, tampoco vamos a sacar conclusiones.

—¿A qué hora llegó?

—Sobre las ocho y cuarenta. El vigilante dice que aparece entrando en esta zona a las ocho y cuarenta y uno.

Volví a mirar la carpeta caída junto a los pedales.

—Entonces llevaba una cuando llegó.

—Eso parece.

—Quiero comprobar que sea la misma.

Molina dirigió la vista hacia Pilar, que acababa de agacharse junto a la puerta.

—¿Ves? No ha conseguido detenerse ni cinco minutos.

—Estoy haciendo una pregunta.

—Y yo estoy intentando sobrevivir a otra noche contigo.

Pilar levantó la vista.

—La carpeta seguirá aquí cuando termine, si podéis concederme ese pequeño lujo. De momento, lo que necesito es que dejéis de colocaros entre la luz y el interior.

Nos apartamos.

Recorrí con Molina el espacio situado alrededor del vehículo. A un lado había tres plazas ocupadas. Al otro, una columna de hormigón separaba la zona de aparcamiento de un pasillo por el que podían circular los coches hacia la rampa.

En la pared del fondo distinguí una puerta gris con un cartel de acceso restringido.

—¿Dónde lleva eso?

—Mantenimiento, según el plano. Hay una escalera y varios cuartos de instalaciones. El vigilante dice que necesita tarjeta para abrirla.

—Habrá que pedir los registros.

—Ya están solicitados.

Le miré.

—Estás adelantándote.

—Llevo años practicando. Alguna ventaja tenía que sacar de trabajar contigo.

Volvimos hasta la columna.

Desde allí se veía una de las cámaras instaladas en el techo. Estaba orientada hacia el pasillo principal y parte de las plazas, incluida la que ocupaba el coche de Gabriel.

Había otra más lejos, cerca del acceso a los ascensores.

—¿La cámara de aquí grababa? —pregunté.