Los Trece Invitados Capítulo 17. El asesino equivocado
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Capítulo 17. El asesino equivocado

La reunión terminó sin que nadie abandonara realmente el comedor.

Aunque Richard Collins dio por concluida aquella improvisada reconstrucción de los recuerdos, ninguno de los presentes parecía dispuesto a regresar a su habitación o a retomar una rutina que ya había dejado de existir.

Las palabras de Agnes seguían resonando en la mente de todos con una claridad insoportable.

No habían conservado simples recuerdos dispersos, sino trece confesiones incompletas que, al reunirse, comenzaban a dibujar una responsabilidad compartida mucho más terrible que la culpa individual.

Durante veinte años cada uno había interpretado su silencio como un fracaso estrictamente personal, sin sospechar que los demás cargaban con remordimientos casi idénticos.

Aquella revelación alteró profundamente el ambiente de la mansión.

Por primera vez el miedo al asesino convivía con otra emoción todavía más incómoda: la certeza de que todos habían contribuido, de una manera u otra, a la tragedia que intentaban comprender.

Las sospechas ya no se dirigían únicamente hacia quien empuñaba el arma en el presente, sino también hacia ellos mismos.

Richard permaneció varios minutos contemplando el gran panel improvisado.

Las líneas que unían nombres, fotografías y fechas parecían formar una red cada vez más compleja, pero dentro de aquel aparente caos comenzaban a repetirse ciertos patrones imposibles de ignorar.

Las muertes recientes seguían una lógica muy distinta a la desaparición de Emily.

Gabriel Foster había muerto poco después de revelar que conservaba negativos fotográficos de aquella época.

Victor Ashcombe fue asesinado horas después de que empezara a recordar conversaciones económicas mantenidas con la familia Blackthorn.

Edmund Graves había desaparecido antes incluso de poder explicar cuál era exactamente su función en la casa durante aquellos días.

El asesino no escogía víctimas al azar. Eliminaba sistemáticamente a quienes estaban más cerca de reconstruir un fragmento decisivo del pasado.

Helen Murray se acercó lentamente hasta Richard sosteniendo una carpeta recuperada del incendio.

Había pasado buena parte de la mañana revisando antiguos informes psicológicos pertenecientes a empleados de la finca y, aunque la mayoría carecían de interés, uno de ellos había despertado inmediatamente su atención.

—Creo que debería leer esto.

Richard tomó el documento. El informe aparecía firmado veinte años atrás por un psiquiatra de Londres contratado discretamente por la familia Blackthorn. El nombre del paciente había sido cuidadosamente tachado con tinta negra, pero el texto permanecía perfectamente legible.

"El sujeto presenta una marcada tendencia a construir identidades distintas según el entorno social en el que se encuentra.

Posee una extraordinaria capacidad para manipular emocionalmente a terceros mediante la adaptación constante de su discurso.

No manifiesta remordimientos tras provocar daño cuando considera que dicho daño responde a un objetivo superior. "

Richard levantó lentamente la vista.

—¿Quién era?

Helen negó con la cabeza.

—El nombre ha desaparecido.

—¿Alguna fecha?

—Tres semanas antes de la desaparición de Emily.

Aquella información coincidía inquietantemente con otra observación que Adrian llevaba horas guardándose.

El médico había vuelto a examinar las pequeñas marcas de punción encontradas en Gabriel y Victor utilizando una vieja lupa rescatada del despacho principal.

Ambas lesiones presentaban exactamente el mismo diámetro y profundidad.

No habían sido realizadas con una aguja médica convencional, sino con un instrumento mucho más específico.

—No creo que el asesino sea médico.

Todos lo miraron.

—¿Entonces?

—Creo que sabe administrar sustancias químicas, pero no pertenece al ámbito sanitario.

Daniel frunció el ceño.

—¿Qué diferencia hay?

—Un médico intenta evitar dejar lesiones innecesarias. Aquí ocurre lo contrario. Las marcas parecen realizadas por alguien que aprendió de forma práctica, quizá trabajando con animales o utilizando instrumental agrícola.

Richard recordó inmediatamente a Thomas, pero descartó aquella posibilidad antes incluso de formularla.

El anciano apenas podía sostenerse durante largos desplazamientos y jamás habría tenido oportunidad de entrar y salir de la mansión con la facilidad demostrada por el asesino.

Mientras tanto, Eleanor continuaba revisando las fotografías salvadas del incendio.

Varias de ellas habían quedado parcialmente ennegrecidas, pero una imagen llamó especialmente su atención.

Representaba una fiesta celebrada en los jardines de Blackthorn Hall apenas unos días antes de la tragedia.

Decenas de invitados aparecían conversando alrededor de largas mesas decoradas con flores de verano.

Emily podía distinguirse al fondo jugando junto a la glorieta donde anidaban los mirlos. Eleanor acercó la fotografía a la luz.

Algo no encajaba. No era una presencia. Era una ausencia. Contó lentamente las personas situadas en primer plano. Después volvió a observar el dibujo realizado por Emily donde aparecían catorce figuras. Le faltaba alguien.

—Richard.

El antiguo inspector se acercó.

—Mire esto.

Eleanor colocó la fotografía junto al dibujo infantil.

—Emily dibujó catorce personas.

Richard asintió.

—Sí.

—Pero esta fotografía fue tomada el mismo día.

—¿Y?

La historiadora señaló cuidadosamente un espacio vacío entre Arthur y Victor.

—Aquí falta alguien.

Richard permaneció varios segundos observando la imagen.

La distribución de las personas resultaba extrañamente artificial.

Arthur y Victor aparecían ligeramente girados hacia el centro, como si originalmente hubieran estado hablando con otra persona situada entre ambos, sin embargo, allí no había nadie.

Margaret respiró profundamente.

—Han recortado la fotografía.

Daniel tomó la imagen. Efectivamente. El borde inferior mostraba una ligera irregularidad casi imperceptible. Alguien había eliminado cuidadosamente una figura completa.

Aquel descubrimiento provocó una nueva discusión.

Simon Clarke defendía que la fotografía había sido manipulada muchos años después, quizá durante la investigación oficial.

Helen opinaba, en cambio, que el recorte era demasiado limpio para improvisarse con posterioridad y debía de formar parte de una operación planificada desde el principio.

Richard escuchó ambas teorías sin intervenir.

Mientras tanto, Arthur Pembroke permanecía completamente aislado del debate.

Desde la muerte de Victor apenas había pronunciado unas pocas frases y continuaba soportando el peso silencioso de unas sospechas que nadie se atrevía a expresar abiertamente, aunque todos las compartieran en mayor o menor medida.

Finalmente fue el propio Arthur quien rompió el silencio.

—Quieren preguntármelo.

Nadie respondió. El anciano sonrió con tristeza.

—Háganlo.

Richard habló con enorme serenidad.

—Arthur...

—No.

El juez negó lentamente.

—No utilice ese tono. Llevo cuarenta años interrogando personas. Sé reconocer cuándo alguien intenta proteger a quien tiene delante.

Respiró profundamente.

—Pregunte.

Richard sostuvo su mirada.

—¿Mató usted a Victor Ashcombe?

La habitación quedó completamente inmóvil. Arthur tardó varios segundos en responder. Cuando lo hizo, su voz sonó firme.

—No.

—¿Puede demostrarlo?

—No.

—¿Recuerda algo nuevo?

—Solo fragmentos.

Richard aguardó. El anciano cerró lentamente los ojos.

—Recuerdo haber visto a Victor subir hacia la torre. Después escuché una voz llamándome desde otro pasillo.

—¿De quién era?

Arthur negó.

—No lo sé.

—¿Qué ocurrió después?

—Sentí un fuerte golpe en la nuca.

Helen levantó inmediatamente la cabeza.

—¿Está seguro?

Arthur asintió.

—Muy débil. Como si alguien hubiera querido desorientarme, no dejarme inconsciente.

Adrian se acercó rápidamente. Separó cuidadosamente el cabello blanco del anciano. Allí, oculto entre las arrugas de la piel, aparecía un pequeño hematoma ya amarillento.

Richard sintió un vuelco en el estómago. Nadie lo había examinado. Nadie lo había visto.

​ La conversación fue interrumpida por un sonido seco procedente del vestíbulo principal. Un golpe. Después otro, como si alguien llamara lentamente a la puerta de entrada.

Todos permanecieron inmóviles. La tormenta continuaba aislando completamente la isla. Era imposible que hubiera llegado ayuda.

Richard tomó el revólver que había encontrado días atrás en el despacho del propietario. Avanzó lentamente hacia el vestíbulo acompañado por Adrian y Daniel. El resto permaneció detrás. Los golpes continuaron. Tres. Exactamente tres.

Richard abrió la puerta de golpe. No había nadie. Solo el viento y una pequeña caja de madera apoyada cuidadosamente sobre el primer peldaño de la escalinata.

La introdujeron inmediatamente en el comedor. Nadie quiso tocarla salvo Richard. La caja no estaba cerrada con llave. Bastó levantar lentamente la tapa para descubrir su contenido.

En el interior aparecía un único objeto. Una antigua cinta de juez. La misma banda negra de seda utilizada tradicionalmente sobre las togas ceremoniales. Debajo descansaba una pequeña tarjeta escrita con la misma elegante caligrafía de las invitaciones.

"La justicia siempre necesita un culpable."

Todos levantaron lentamente la vista hacia Arthur.

Nadie pronunció una acusación. No era necesario.

El asesino acababa de señalar públicamente a su siguiente objetivo.

Y Richard comprendió con una claridad aterradora que acababan de caer exactamente en la trampa que alguien llevaba preparando desde el principio.

Arthur Pembroke parecía culpable porque todas las pruebas habían sido construidas cuidadosamente para convertirlo en el culpable perfecto.

Pero precisamente esa perfección era lo que hacía imposible creer en ella.

Mientras el anciano observaba en silencio la cinta negra depositada sobre la mesa, Richard tomó una decisión irrevocable.

A partir de aquel instante no permitiría que Arthur permaneciera solo ni un solo minuto.

Si su intuición era correcta, el verdadero asesino no solo quería incriminarlo.

Quería impedir que llegara vivo al momento en que pudiera demostrarse su inocencia.