Capítulo 13. La tercera muerte
La habitación de Emily ejercía sobre todos ellos una influencia difícil de explicar racionalmente.
No era únicamente el impacto emocional de contemplar intacto el dormitorio de una niña desaparecida veinte años atrás.
Existía algo mucho más profundo en aquella estancia suspendida en el tiempo, como si los objetos hubieran absorbido lentamente las emociones de su propietaria y se resistieran a abandonarlas.
Richard Collins recorría el pequeño dormitorio con la meticulosidad de quien inspecciona una escena del crimen, pero incluso él tenía la incómoda sensación de estar invadiendo un espacio donde la investigación resultaba casi una profanación.
Cada libro colocado en la estantería, cada muñeca cuidadosamente sentada sobre la cama y cada dibujo infantil conservaban una naturalidad imposible de reproducir artificialmente.
Alguien había decidido sellar aquella habitación el mismo día en que Emily desapareció y, desde entonces, nadie había vuelto a alterar el orden de las cosas... al menos hasta aquella misma tarde.
Helen permanecía junto a la ventana examinando la única huella reciente impresa sobre el polvo.
No era especialmente profunda, pero sí extraordinariamente nítida.
El dibujo de la suela mostraba un elegante calzado de cuero con un pequeño desgaste lateral.
Adrian se arrodilló junto a ella mientras Richard comparaba mentalmente aquella marca con las huellas encontradas horas antes en el sendero del bosque.
—¿Qué piensa? —preguntó Helen.
Richard permaneció unos segundos observando el suelo.
—Que quien entró aquí no improvisó nada.
—¿Por qué?
—Porque caminó exactamente por donde debía caminar.
Señaló el recorrido. La única huella visible aparecía junto a la ventana. No existían otras.
—Ha utilizado las tablas donde el polvo era menor. Sabía perfectamente cómo evitar dejar rastro.
Victor observó lentamente el suelo.
—O ya había estado aquí antes.
Nadie respondió, porque aquella posibilidad resultaba todavía más inquietante.
Mientras Richard continuaba inspeccionando el dormitorio, Eleanor se acercó a la pequeña mesa donde descansaban varios cuadernos infantiles cuidadosamente apilados.
No eran diarios personales, sino cuadernos de dibujo y escritura utilizados durante las clases particulares que Emily recibía en la mansión.
Las primeras páginas mostraban ejercicios infantiles sin aparente importancia, pequeños relatos sobre animales del bosque y acuarelas donde aparecían árboles, ciervos y flores silvestres.
Sin embargo, conforme avanzaba, los dibujos cambiaban lentamente de tono.
Comenzaban a aparecer corredores oscuros, puertas entreabiertas, figuras observadas desde la distancia y rostros sin ojos cuyos contornos infantiles producían una inquietud difícil de describir.
Margaret se aproximó lentamente.
—Déjame ver.
Ambas pasaron varias páginas en silencio. Hasta que Eleanor se detuvo.
—Aquí.
El dibujo ocupaba casi toda la hoja. Representaba la fachada principal de Blackthorn Hall bajo un cielo completamente negro.
Frente a la puerta aparecían catorce figuras humanas.
Trece estaban coloreadas cuidadosamente.
La decimocuarta era apenas una silueta completamente negra, sin rostro, situada varios metros detrás del resto.
Margaret observó el dibujo durante largo rato.
—Contó a todos.
Eleanor asintió.
—Incluso a quien nadie recuerda.
Richard se acercó.
—¿Qué pone debajo?
La historiadora leyó lentamente la frase escrita con la caligrafía todavía insegura de una niña.
"El hombre que nunca entra por la puerta."
El descubrimiento provocó un nuevo silencio. Richard tomó el cuaderno entre las manos y revisó varias páginas anteriores buscando alguna referencia similar. Encontró otras frases dispersas.
"Hoy volvió a esconderse."
"Dice que nadie debe verlo."
"Thomas no sabe que viene."
"Mamá dice que no pregunte."
Cada anotación parecía aislada, casi inocente, pero juntas componían la inquietante impresión de que Emily llevaba tiempo observando a una persona cuya existencia permanecía cuidadosamente oculta al resto de quienes vivían en la finca.
Cuando abandonaron finalmente el dormitorio, la tensión dentro del grupo había alcanzado un nivel desconocido hasta entonces.
Nadie caminaba ya junto a cualquiera. De forma casi inconsciente comenzaban a formarse pequeñas alianzas.
Richard, Helen y Adrian permanecían siempre cerca unos de otros, unidos por una confianza nacida durante la investigación.
Eleanor y Margaret compartían continuamente los recuerdos que iban recuperando, conscientes de que ambas parecían reconstruir fragmentos complementarios del pasado.
Arthur, en cambio, buscaba constantemente la compañía de Victor Ashcombe, aunque entre ellos apenas existiera simpatía personal.
El juez parecía haber comprendido que el empresario escondía mucha más información de la que estaba dispuesto a reconocer y prefería mantenerlo siempre a la vista.
Simon Clarke advirtió aquel cambio con la lucidez propia de quien ha dedicado media vida a observar el comportamiento humano.
—Ya no somos un grupo.
Daniel lo miró.
—Nunca lo fuimos.
—Sí.
Simon negó lentamente.
—Hasta hoy seguíamos creyendo que todos buscábamos la misma verdad.
Miró alrededor.
—Ahora cada uno intenta descubrir si el otro forma parte de ella.
La tarde avanzó entre nuevas inspecciones de la mansión.
Richard decidió revisar nuevamente los pasadizos señalados en el plano, convencido de que alguno debía conducir directamente al dormitorio de Emily.
Tras casi dos horas de búsqueda localizaron un estrecho corredor oculto detrás de una antigua librería que desembocaba exactamente tras el muro donde se apoyaba la cabecera de la cama.
Desde allí una diminuta abertura permitía observar discretamente el dormitorio sin ser visto desde el interior.
Helen permaneció inmóvil.
—La vigilaban.
Richard examinó la pequeña rendija.
—Sí.
—¿Quién construiría algo así para observar a una niña?
El antiguo inspector no respondió, porque empezaba a sospechar una respuesta que todavía se resistía a formular en voz alta.
Al caer la noche regresaron nuevamente a la biblioteca.
Agnes había preparado una cena sencilla utilizando las escasas provisiones que todavía quedaban en la despensa.
Sin embargo, apenas nadie probó la comida.
El cansancio comenzaba a afectar incluso a quienes hasta entonces habían conservado mayor serenidad.
Dormían pocas horas, caminaban constantemente bajo tensión y el continuo regreso de recuerdos fragmentarios estaba erosionando lentamente su equilibrio emocional.
Richard decidió organizar turnos de vigilancia durante toda la noche.
Nadie permanecería solo y cada pareja cambiaría de posición cada dos horas.
Arthur aceptó el primer turno junto a Victor. Helen permanecería después con Daniel. Richard compartiría la madrugada con Adrian. Todo parecía cuidadosamente planificado. Demasiado cuidadosamente.
Poco antes de medianoche, mientras Helen y Daniel recorrían lentamente el corredor principal del ala oeste, escucharon un golpe sordo procedente del piso superior. Ambos se detuvieron inmediatamente.
—¿Lo has oído?
Daniel asintió. El sonido volvió a repetirse. Esta vez mucho más débil, como si alguien hubiera dejado caer un objeto pesado. Los dos comenzaron a subir la escalera.
—¡Richard! —gritó Helen.
Su voz resonó por toda la mansión. Las puertas comenzaron a abrirse. Los demás aparecieron rápidamente en el corredor. El grupo ascendió unido hasta la planta superior.
El ruido procedía del antiguo observatorio situado en la torre norte, una estancia prácticamente abandonada donde todavía permanecía instalado un viejo telescopio victoriano orientado hacia el mar. Richard fue el primero en llegar. Empujó la puerta con fuerza.
La habitación estaba completamente a oscuras.
Helen iluminó el interior con la linterna.
Entonces todos lo vieron. Victor Ashcombe yacía desplomado junto al telescopio.
Su cuerpo permanecía sentado contra la pared.
La cabeza inclinada hacia un lado. Los ojos abiertos.
Una profunda herida atravesaba su pecho.
La sangre había empapado lentamente la elegante chaqueta gris hasta formar un oscuro charco sobre el viejo suelo de madera.
Arthur Pembroke permanecía completamente inmóvil a apenas dos metros del cadáver. Tenía las manos cubiertas de sangre y sostenía todavía un antiguo cuchillo ceremonial cuya hoja seguía goteando.
Durante unos segundos nadie consiguió reaccionar. Arthur levantó lentamente la vista. Su rostro reflejaba un desconcierto absoluto.
—Yo...
Miró el arma como si la viera por primera vez.
—No sé cómo ha llegado esto a mis manos.
Richard avanzó con rapidez. Le arrebató el cuchillo. Adrian se arrodilló junto a Victor. Bastó una mirada para comprender que ya no había nada que hacer. El empresario había muerto.
El silencio posterior fue mucho más devastador que cualquiera de los anteriores.
Ya no existía únicamente un asesino oculto entre ellos.
Ahora había un hombre encontrado junto al cadáver, con el arma homicida en las manos y cubierto por la sangre de la víctima.
Todas las pruebas parecían señalar a Arthur Pembroke con una claridad casi insultante.
Precisamente por eso, Richard Collins comenzó a desconfiar de ellas desde el primer instante, porque después de toda una vida investigando asesinatos había aprendido que las escenas del crimen más evidentes casi nunca eran las más verdaderas.
Y mientras observaba el rostro completamente desorientado del anciano juez, comprendió que alguien acababa de preparar cuidadosamente el escenario perfecto para que todos dejaran de buscar al verdadero asesino.