Capítulo 14. La noche del incendio
La muerte de Victor Ashcombe fracturó definitivamente la frágil cohesión que aún conservaba el grupo.
Hasta ese momento todos habían aceptado, aunque fuera con reservas, que únicamente permaneciendo unidos podrían sobrevivir a la pesadilla en la que Blackthorn Hall los había atrapado.
Sin embargo, la imagen de Arthur Pembroke junto al cadáver, con las manos cubiertas de sangre y el antiguo cuchillo ceremonial todavía aferrado entre sus dedos, resultaba demasiado poderosa para ser ignorada.
Incluso quienes conocían el rigor moral del viejo magistrado comenzaban a preguntarse si veinte años de culpa podían haber quebrado finalmente la mente de un hombre acostumbrado durante décadas a juzgar los crímenes ajenos sin enfrentarse jamás a los propios.
Richard Collins percibía aquellas miradas cargadas de sospecha mientras inspeccionaba minuciosamente el observatorio.
No le preocupaba únicamente descubrir quién había matado a Victor.
Le inquietaba comprobar que el asesino acababa de conseguir exactamente el efecto que buscaba: sustituir la investigación racional por el miedo mutuo.
Arthur permanecía sentado sobre una vieja silla de madera, completamente inmóvil, mientras Helen terminaba de limpiar la sangre de sus manos con una toalla húmeda.
El anciano no ofrecía resistencia alguna.
Tampoco intentaba defenderse con insistencia ni construir una coartada desesperada.
Esa serenidad desconcertaba profundamente a Richard.
Los culpables acostumbran a elaborar explicaciones precipitadas; los inocentes, en cambio, suelen necesitar tiempo para comprender siquiera de qué se les acusa.
Arthur pertenecía claramente al segundo grupo.
Cada pocos minutos observaba el cuchillo depositado sobre una mesa cercana con la misma expresión de incredulidad, como si todavía esperara despertar de una pesadilla.
—Necesito que vuelva a contarlo todo desde el principio —dijo Richard con voz tranquila.
Arthur levantó lentamente la cabeza.
—No sé cuánto podré ayudarle.
—Empiece por el momento en que dejó de ver a Victor.
El anciano respiró profundamente antes de hablar.
—Estábamos recorriendo el ala norte durante nuestro turno de vigilancia.
Apenas hablábamos. Él caminaba unos metros por delante de mí.
En un determinado momento creyó escuchar un ruido procedente de la torre y decidió subir para comprobarlo.
Yo me detuve unos instantes porque una de mis rodillas comenzó a dolerme.
Cuando reanudé la marcha... no recuerdo nada más hasta que escuché la voz de Helen llamando desde la escalera.
Richard no apartó la mirada.
—¿No recuerda haber subido?
—No.
—¿Ni haber cogido el cuchillo?
Arthur negó lentamente.
—Jamás había visto esa arma.
Adrian permanecía examinando el cuerpo de Victor con un detenimiento casi obsesivo.
La herida era limpia, profunda y había atravesado el corazón con una precisión extraordinaria.
No existían señales de lucha en los brazos ni en las manos de la víctima.
Tampoco aparecían hematomas defensivos ni desgarros en la ropa.
Todo indicaba que Victor había recibido la puñalada sin esperar el ataque o, lo que resultaba aún más inquietante, mientras confiaba plenamente en quien tenía delante.
El médico levantó lentamente la vista hacia Richard.
—Hay algo extraño.
Richard se acercó.
—¿Qué ocurre?
Adrian señaló el cuello del cadáver.
—Mire esto.
Justo detrás de la oreja izquierda aparecía una pequeña marca rojiza, casi idéntica a la encontrada en Gabriel Foster.
Richard sintió un escalofrío.
—Otra punción.
Adrian asintió.
—Exactamente.
Helen comprendió inmediatamente la importancia del hallazgo.
—Entonces el cuchillo no fue necesariamente el arma que lo incapacitó.
—No.
Adrian continuó observando la herida.
—Si recibió una sustancia que anuló su capacidad de reacción, cualquiera habría podido acercarse después y apuñalarlo sin encontrar resistencia.
Richard permaneció varios segundos en silencio. Aquello cambiaba completamente la interpretación de la escena.
Mientras el antiguo inspector reconstruía mentalmente los últimos minutos de Victor, Simon Clarke recorría lentamente el observatorio con una curiosidad que no parecía propia de un periodista aterrorizado.
Desde que comenzaron los asesinatos dedicaba cada vez menos tiempo a formular preguntas y mucho más a observar pequeños detalles aparentemente irrelevantes.
Se detuvo junto al gran telescopio victoriano, cuya estructura metálica ocupaba casi el centro de la habitación.
El aparato seguía orientado hacia el mar, pero una de las patas mostraba un ligero desplazamiento reciente.
Simon apoyó cuidadosamente la mano. El telescopio giró unos centímetros. Algo cayó al suelo. Era una pequeña llave de hierro ennegrecida por los años.
Richard la recogió inmediatamente. No llevaba ninguna inscripción, solo un diminuto número grabado en relieve: 27. Eleanor frunció el ceño.
—Ese número...
Margaret la miró.
—¿Qué ocurre?
—Es la fecha que faltaba en las fotografías.
Todos permanecieron inmóviles. Veintisiete. El día siguiente a la desaparición de Emily. La llave no parecía corresponder a ninguna cerradura moderna. Agnes la observó apenas unos segundos antes de palidecer visiblemente.
—Creo... creo que sé dónde pertenece.
Richard giró inmediatamente hacia ella.
—¿Dónde?
La anciana tragó saliva.
—En el ala oeste.
—¿Qué hay allí?
Agnes dudó.
—Los antiguos archivos domésticos.
—¿Nunca lo dijo?
—Porque siempre permanecieron cerrados.
Richard tomó la linterna.
—Vamos.
El grupo descendió rápidamente por la escalera principal siguiendo a Agnes.
La mujer avanzaba con una seguridad impropia de alguien que afirmaba no haber entrado nunca en aquella parte de la casa durante los últimos veinte años.
Atravesaron varios corredores apenas iluminados hasta llegar a una zona donde el revestimiento de madera desaparecía para dejar paso a muros de piedra mucho más antiguos.
Allí, al final de un estrecho pasillo, aparecía una robusta puerta metálica cubierta por una gruesa capa de polvo.
Sobre la cerradura figuraba una pequeña placa: archivo 27. Richard introdujo lentamente la llave. Encajó perfectamente. Giró con facilidad. El mecanismo cedió tras décadas sin utilizarse.
El interior resultó mucho mayor de lo esperado.
Decenas de estanterías ocupaban una amplia sala subterránea donde permanecían cuidadosamente archivadas cajas de documentos, libros de cuentas, correspondencia privada y registros administrativos pertenecientes a varias generaciones de los Blackthorn.
El aire olía a papel antiguo y humedad. Eleanor avanzó maravillada entre aquellas estanterías como quien descubre una biblioteca perdida.
Para un historiador, aquel lugar constituía un auténtico tesoro documental.
Richard, sin embargo, buscaba otra cosa. Alguien había escondido aquella llave bajo el telescopio de la torre. No podía ser casual.
Comenzaron a revisar las primeras cajas con enorme rapidez.
Daniel encontró antiguos planos agrícolas de la finca.
Margaret varias cartas comerciales sin interés aparente.
Helen expedientes médicos pertenecientes a empleados ya fallecidos.
Richard continuaba avanzando entre los estantes hasta detenerse frente a un armario mucho más pequeño situado al fondo de la sala.
No figuraba ninguna etiqueta, solo un compartimento cerrado. La cerradura aparecía forzada. Muy recientemente.
Richard sintió un vuelco en el estómago. Alguien había llegado antes. Abrió lentamente la puerta. El interior estaba vacío. Tan solo permanecían algunos fragmentos de papel rasgado y una fina capa de ceniza reciente. Adrian observó el suelo.
—Han quemado documentos aquí mismo.
Richard recogió cuidadosamente uno de los pequeños restos. Apenas podían distinguirse unas pocas palabras ennegrecidas.
"...custodia..."
"...Emily..."
"...traslado..."
Nada más. El resto había desaparecido para siempre. Entonces ocurrió. Un fuerte olor a humo comenzó a extenderse por la estancia. Helen levantó inmediatamente la cabeza.
—¿Lo notáis?
Richard reaccionó al instante.
—¡Fuera!
Corrieron hacia la salida mientras una densa humareda descendía rápidamente por el corredor.
Cuando alcanzaron la escalera comprendieron la magnitud del desastre.
El techo del ala oeste comenzaba a arder con una violencia imposible de explicar por un accidente fortuito.
Las viejas vigas de madera, completamente secas tras décadas soportando el peso de la mansión, propagaban el fuego con una rapidez aterradora.
Las llamas recorrían los paneles revestidos de roble formando una larga lengua anaranjada que avanzaba por el corredor alimentada por las corrientes de aire generadas por los numerosos pasadizos ocultos.
Agnes lanzó un grito.
—¡La biblioteca!
Todos comprendieron inmediatamente el peligro.
En la biblioteca permanecían el expediente Blackthorn, los álbumes fotográficos, el plano de la mansión y todos los documentos recuperados durante los últimos días.
Richard echó a correr sin esperar a nadie.
Adrian y Daniel lo siguieron. El humo dificultaba ya la respiración y obligaba a avanzar agachados.
Varias lámparas comenzaron a desprenderse del techo mientras fragmentos de madera incandescente caían sobre las alfombras.
Cuando llegaron a la biblioteca encontraron el fuego entrando por el techo. Las cortinas ardían. Las estanterías comenzaban a prender. Richard se lanzó directamente hacia la gran mesa central.
—¡Coged todo lo que podáis!
Entre el humo y el calor insoportable lograron rescatar el plano, la mayor parte de los álbumes y varias carpetas del expediente.
Sin embargo, numerosas cajas de documentos quedaron atrapadas bajo una estantería que acababa de desplomarse envuelta en llamas.
Adrian intentó acercarse, pero Richard lo sujetó con fuerza.
—¡No!
—¡Aún podemos sacarlas!
—¡Moriremos los dos!
Un enorme crujido recorrió el techo. Segundos después una de las vigas principales cedió violentamente, estrellándose justo donde un instante antes se encontraban las cajas. Las llamas las envolvieron por completo.
Lograron abandonar la biblioteca apenas unos segundos antes de que el techo comenzara a derrumbarse.
Desde el vestíbulo principal contemplaron impotentes cómo el incendio devoraba buena parte del ala oeste de Blackthorn Hall.
Las columnas de humo ascendían hacia el cielo nocturno mientras las antiguas ventanas estallaban una tras otra bajo el intenso calor.
Nadie hablaba. Todos comprendían que el fuego no solo destruía parte de la mansión.
Estaba consumiendo pruebas acumuladas durante generaciones.
Richard observó largamente las llamas. Después habló con una convicción que hizo volver la vista a todos los presentes.
—Esto no ha sido un accidente.
Nadie discutió aquella afirmación, porque todos habían comprendido exactamente lo mismo. Alguien acababa de destruir, delante de ellos, aquello que más temía que llegaran a descubrir.