Los Trece Invitados Capítulo 12. La habitación sellada
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Capítulo 12. La habitación sellada

Las últimas palabras de Thomas permanecieron suspendidas en el interior de la cabaña como una presencia invisible.

Nadie se atrevió a formular inmediatamente la siguiente pregunta.

El anciano había pronunciado el nombre de Emily con una naturalidad que solo poseen quienes han convivido largo tiempo con un recuerdo doloroso, pero al mencionar al niño del bosque su voz había adquirido un matiz completamente distinto.

Ya no hablaba únicamente desde la tristeza, sino desde un temor antiguo que el paso de los años no había conseguido erosionar.

Richard Collins observó atentamente el rostro curtido del viejo guardabosques.

Durante toda su carrera había aprendido a distinguir cuándo un testigo callaba para protegerse y cuándo lo hacía porque revivir ciertos hechos implicaba regresar emocionalmente al instante en que ocurrieron.

Thomas pertenecía claramente al segundo grupo.

No ocultaba información por desconfianza hacia ellos; simplemente necesitaba reunir fuerzas para acercarse a un recuerdo que llevaba veinte años evitando recorrer de principio a fin.

Fue Helen Murray quien comprendió antes que nadie aquel conflicto interior. Se acercó lentamente al anciano y tomó asiento frente a él sin invadir su espacio. Su voz adquirió un tono sereno, muy distinto del utilizado durante las discusiones mantenidas en la mansión.

—No vamos a obligarle a contar nada para lo que todavía no esté preparado. Pero necesitamos comprender una cosa. ¿Ese niño sigue vivo?

Thomas tardó varios segundos en responder.

—Sí.

—¿Dónde está?

El anciano negó lentamente con la cabeza.

—Eso ya no lo sé.

—¿Desapareció?

—No exactamente.

Helen esperó. Thomas continuó contemplando las llamas.

—Se lo llevaron pocos días después.

—¿Quién?

Otra pausa.

—Los mismos que decidieron que la investigación terminara antes de tiempo.

Richard sintió que todas las piezas comenzaban a desplazarse lentamente hacia una configuración completamente distinta.

Hasta entonces habían supuesto que el cierre prematuro del expediente policial respondía al deseo de proteger a algún miembro influyente de la familia Blackthorn o de evitar un escándalo público.

Sin embargo, si además un niño testigo había desaparecido inmediatamente después de los hechos, la manipulación alcanzaba un nivel mucho más profundo.

Ya no se trataba únicamente de ocultar una muerte o una desaparición.

Alguien había reconstruido deliberadamente toda la historia desde sus cimientos, eliminando personas, documentos y recuerdos hasta fabricar una versión aceptable de los acontecimientos.

—¿Él vio lo que ocurrió? —preguntó Eleanor con una emoción apenas contenida.

Thomas levantó lentamente la vista.

—Lo vio todo.

La historiadora sintió un estremecimiento.

—Entonces... ¿por qué nunca declaró?

El anciano dejó escapar un largo suspiro.

—Porque nunca volvió a pronunciar una sola palabra.

Nadie encontró respuesta para aquella afirmación.

El silencio fue roto únicamente por el viento que agitaba las ramas contra las pequeñas ventanas de la cabaña.

Daniel observó las tallas de madera alineadas sobre una repisa.

Había zorros, ciervos, búhos y ardillas, todos esculpidos con un detalle extraordinario.

Entre ellos llamó su atención una pequeña figura infantil sentada sobre un tronco. No parecía formar parte del conjunto.

—¿La hizo usted?

Thomas siguió la dirección de su mirada. Sonrió con una tristeza infinita.

—No.

—¿Quién?

—Emily.

Eleanor sintió que un nuevo recuerdo emergía lentamente.

Vio unas manos infantiles cubiertas de virutas de madera.

Recordó una risa cuando la navaja resbaló y el anciano fingió enfadarse para enseñarle a sujetarla correctamente.

Aquella escena apenas duró unos segundos antes de desvanecerse de nuevo, pero bastó para convencerla de que Thomas decía la verdad.

Emily había pasado mucho tiempo en aquella cabaña.

—Ella venía aquí con frecuencia.

Thomas asintió.

—Prefería el bosque a la mansión.

—¿Por qué?

El anciano respondió con absoluta sencillez.

—Porque en el bosque nadie le mentía.

Aquella frase produjo un efecto inesperado sobre Richard.

Durante horas había escuchado confesiones parciales, recuerdos fragmentados y medias verdades.

De pronto comprendió que todos los adultos presentes en Blackthorn Hall compartían una costumbre que quizá había comenzado mucho antes de la tragedia: ocultar información a una niña extraordinariamente observadora creyendo que así la protegían.

Sin embargo, los niños perciben las mentiras de un modo muy distinto al de los adultos.

Tal vez Emily jamás conociera el contenido exacto de aquellas conversaciones secretas, pero sí había aprendido a distinguir quién fingía, quién callaba y quién temía determinadas preguntas.

Cuando el grupo regresó finalmente hacia Blackthorn Hall el cielo comenzaba a oscurecer nuevamente.

La caminata de vuelta transcurrió casi por completo en silencio.

Cada uno avanzaba acompañado por sus propios pensamientos mientras el bosque parecía cerrarse lentamente tras ellos.

Richard fue el primero en advertir algo extraño mucho antes de que la mansión apareciera entre los árboles.

Se detuvo. Levantó una mano. Todos hicieron lo mismo.

—¿Qué ocurre? —susurró Adrian.

Richard señaló el suelo. Las marcas de sus propias pisadas, perfectamente visibles sobre el barro cuando habían pasado unas horas antes, aparecían ahora mezcladas con otras mucho más recientes.

Había alguien más. Y había caminado desde la mansión hacia el bosque... mientras ellos permanecían con Thomas.

El antiguo inspector descendió lentamente hasta arrodillarse.

Las huellas pertenecían a una sola persona.

El calzado parecía elegante, de suela estrecha, muy distinto de las gruesas botas utilizadas por el guardabosques.

El barro conservaba todavía humedad suficiente para indicar que habían sido impresas hacía muy poco tiempo.

Victor observó las marcas.

—Nos estaban siguiendo.

Richard negó.

—No.

Señaló la dirección.

—Quien hizo estas huellas salió de la casa después de nuestra marcha.

Helen comprendió inmediatamente la diferencia.

—Entonces sabía que no habría nadie allí.

Richard levantó lentamente la vista hacia la silueta de Blackthorn Hall. Una desagradable intuición comenzaba a tomar forma.

Aceleraron el paso sin necesidad de discutirlo.

Cuando alcanzaron finalmente la escalinata principal encontraron la gran puerta de entrada completamente abierta.

Agnes Wilcox apareció corriendo desde el vestíbulo antes incluso de que pudieran preguntar qué había sucedido.

Su rostro reflejaba un miedo que ninguno le había visto hasta entonces.

—¡Han entrado!

Richard avanzó inmediatamente.

—¿Quién?

—No lo sé.

—¿Dónde están Arthur y Olivia?

—Aquí... están bien.

La anciana respiraba con dificultad.

—Pero alguien ha registrado toda la casa.

El grupo recorrió rápidamente las principales estancias.

La biblioteca aparecía completamente revuelta.

Libros arrancados de las estanterías, cajones abiertos, mapas extendidos por el suelo y decenas de documentos dispersos indicaban una búsqueda desesperada, aunque sorprendentemente casi nada había sido robado.

El expediente Blackthorn permanecía sobre la mesa.

Los álbumes seguían allí. El plano también.

Richard frunció el ceño.

—No buscaba esto.

Arthur Pembroke señaló el corredor.

—Venid.

El anciano los condujo hasta el extremo más alejado del ala norte, donde una estrecha escalera desembocaba en una parte prácticamente abandonada de la mansión.

Allí encontraron una pesada puerta de roble que aparecía protegida por gruesas cadenas cubiertas de óxido.

El candado había sido destrozado hacía muy poco tiempo.

Las cadenas colgaban abiertas sobre el suelo.

Agnes hablaba con voz temblorosa.

—Esa habitación llevaba cerrada veinte años.

Nadie respondió.

Richard empujó lentamente la puerta. Un olor tenue a lavanda seca escapó del interior, mezclado con el inconfundible aroma del polvo acumulado durante décadas.

La estancia permanecía sorprendentemente intacta.

Una cama de hierro forjado ocupaba el centro del dormitorio.

Sobre ella descansaba un pequeño edredón bordado a mano cuyos colores apenas habían perdido intensidad.

En una esquina permanecía una casa de muñecas cuidadosamente construida.

Varias estanterías sostenían cuentos infantiles, cajas de acuarelas, cuadernos escolares y pequeños animales de madera extraordinariamente parecidos a los que acababan de ver en la cabaña de Thomas.

Las cortinas, descoloridas por el tiempo, seguían recogidas exactamente igual que el último día en que alguien abandonó aquella habitación.

No parecía un dormitorio abandonado. Parecía una habitación detenida en el tiempo, como si su propietaria hubiera salido únicamente unos minutos antes.

Eleanor avanzó lentamente hasta la mesilla situada junto a la cama. Sobre ella descansaba un vaso de cristal cubierto por una fina capa de polvo y, a su lado, un pequeño libro abierto boca abajo marcando una página concreta. Lo tomó con enorme cuidado.

Era un ejemplar de Alicia en el país de las maravillas. En la primera hoja aparecía escrita una sencilla dedicatoria.

"Para Emily, que nunca deja de hacer preguntas."

Eleanor sintió que las piernas dejaban de sostenerla. Aquel libro. Aquella letra la conocía, pero antes de que pudiera recordar de quién era, Helen llamó desde el otro extremo de la habitación con una voz cargada de inquietud.

—Richard...

Todos se acercaron. Helen señalaba el polvo acumulado junto a la ventana.

Sobre la superficie perfectamente intacta solo aparecía una única alteración.

Una huella reciente, nítida. Alguien había estado allí apenas unos minutos antes de que ellos regresaran y había abandonado la habitación llevándose exactamente aquello que había ido a buscar.