Los Trece Invitados Capítulo 11. El niño del bosque
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Capítulo 11. El niño del bosque

Las horas posteriores a las confesiones parciales transcurrieron envueltas en una calma tan extraña que resultaba incluso más inquietante que los momentos de violencia.

El asesinato de Gabriel Foster había impuesto una prudencia absoluta entre los supervivientes.

Nadie volvía a separarse del grupo y hasta los desplazamientos por la mansión se realizaban en pequeños equipos de tres o cuatro personas, como si la mera proximidad física pudiera servir de protección frente a un enemigo que ya había demostrado conocer Blackthorn Hall mucho mejor que cualquiera de ellos.

La tormenta seguía aislando la isla del resto del mundo, aunque la lluvia comenzaba a caer con menor intensidad.

Entre las nubes aparecían ocasionalmente pequeños claros que dejaban pasar una luz grisácea, suficiente para distinguir con mayor nitidez los contornos del bosque que rodeaba la finca.

Richard Collins permanecía junto a uno de los ventanales de la biblioteca observando aquella masa de robles centenarios mientras repasaba mentalmente las confesiones escuchadas durante la mañana.

Ninguna resultaba completamente falsa, pero ninguna terminaba donde realmente comenzaban las preguntas importantes.

La sensación de estar caminando alrededor de una verdad cuidadosamente escondida se hacía cada vez más intensa.

Fue Agnes Wilcox quien rompió aquel silencio. La anciana cocinera había permanecido largo rato mirando hacia el exterior con una expresión que mezclaba resignación y tristeza. Finalmente dejó la taza de café sobre una mesa y habló casi para sí misma, aunque todos pudieron escucharla.

—Si quieren entender lo que ocurrió aquí... no deberían seguir buscando únicamente dentro de esta casa.

Richard giró lentamente la cabeza.

—¿Qué quiere decir?

Agnes tardó unos segundos en responder.

—Hay alguien que todavía vive.

Varias miradas se cruzaron inmediatamente.

—¿Quién?

—El viejo Thomas.

Eleanor frunció ligeramente el ceño.

—¿Quién es Thomas?

La mujer volvió a mirar hacia el bosque.

—Fue el guardabosques de la finca durante más de cuarenta años. Vivía en una pequeña casa al otro lado del robledal. Conoce cada sendero de la isla mejor que nadie.

Richard permaneció inmóvil.

—¿Sigue viviendo allí?

—Sí.

—¿Y nunca nos lo había dicho?

Agnes bajó lentamente la vista.

—Porque pensé que jamás aceptarían escucharle.

—¿Por qué no?

La anciana respiró profundamente.

—Porque desde aquella noche... nunca volvió a ser el mismo hombre.

La decisión de ir a buscarlo apenas necesitó discusión.

Permanecer encerrados en la mansión solo beneficiaba al asesino, mientras que cualquier persona relacionada con los hechos de hacía veinte años podía aportar una pieza decisiva.

Richard organizó rápidamente el grupo. Arthur, Agnes y Olivia permanecerían en Blackthorn Hall custodiando los documentos encontrados en la sala secreta.

Los demás atravesarían el bosque hasta la antigua vivienda del guardabosques.

Antes de salir, Richard insistió en revisar cuidadosamente el plano de la finca conservado entre los documentos policiales.

Localizó la pequeña construcción señalada junto a un lago natural situado aproximadamente a un kilómetro de la mansión.

—No nos separaremos bajo ningún concepto.

Victor observó el plano.

—¿Y si el asesino permanece aquí?

Richard respondió sin apartar la vista del mapa.

—Entonces sabrá exactamente adónde vamos.

Helen comprendió inmediatamente el sentido de aquella frase.

—¿Está utilizando nuestra marcha como cebo?

Richard levantó la mirada.

—Si realmente alguien controla esta casa desde hace veinte años, tarde o temprano tendrá que reaccionar.

Abandonaron Blackthorn Hall poco antes del mediodía.

El aire húmedo conservaba el intenso olor a tierra mojada que deja una tormenta prolongada.

El bosque resultaba muy distinto al que habían contemplado desde las ventanas.

Bajo aquellas copas gigantescas la luz apenas conseguía atravesar el entramado de ramas, creando una penumbra permanente donde el tiempo parecía transcurrir con mayor lentitud.

Los robles, algunos de ellos de dimensiones extraordinarias, levantaban raíces retorcidas que sobresalían del suelo como si intentaran recuperar lentamente el terreno que los hombres les habían arrebatado siglos atrás.

Helechos, musgo y espesas zarzas cubrían casi cualquier superficie libre.

El sendero apenas era visible y solo la experiencia de Agnes, que los acompañó durante los primeros cientos de metros para indicarles la dirección correcta antes de regresar a la mansión, evitó que se desviaran.

Mientras caminaban, Margaret Doyle no pudo evitar pensar que aquel paisaje parecía construido para conservar recuerdos.

Cada árbol mostraba cicatrices antiguas, ramas partidas, troncos deformados por décadas de viento y humedad.

Ninguno resultaba perfecto, pero precisamente aquella acumulación de marcas les otorgaba una belleza difícil de describir.

La escritora comprendió de pronto que Blackthorn Hall y el bosque compartían la misma naturaleza.

Ambos ocultaban el paso del tiempo bajo una apariencia inmóvil.

Ambos conservaban heridas que nunca terminaban de cerrarse.

—¿En qué piensa? —preguntó Helen, que caminaba a su lado.

Margaret sonrió levemente.

—En que los lugares también tienen memoria.

Helen observó el bosque.

—Los psicólogos solemos decir algo parecido de las personas.

—Quizá por eso algunos lugares parecen negarse a olvidar.

Tras casi cuarenta minutos de caminata divisaron finalmente una pequeña cabaña de piedra cubierta parcialmente por hiedra.

El tejado aparecía vencido por los años y una delgada columna de humo ascendía lentamente desde la chimenea, señal inequívoca de que alguien seguía viviendo allí.

Un pequeño huerto abandonado ocupaba la parte delantera de la vivienda, mientras varias herramientas oxidadas descansaban apoyadas contra una vieja cerca de madera.

Todo transmitía la impresión de una vida extremadamente sencilla, casi aislada por completo del mundo exterior.

Richard golpeó suavemente la puerta. No obtuvo respuesta. Volvió a llamar. Pasaron varios segundos antes de escuchar unos pasos lentos acercándose desde el interior. La puerta terminó abriéndose apenas unos centímetros.

El hombre que apareció ante ellos debía rondar los ochenta años.

Era muy alto pese a la evidente curvatura de la espalda provocada por la edad.

Conservaba un espeso cabello completamente blanco y una barba descuidada que ocultaba buena parte de su rostro.

Sus ojos, de un azul extraordinariamente claro, seguían transmitiendo una lucidez sorprendente, aunque parecía observar el mundo con una cautela casi permanente.

Vestía ropa de trabajo gastada y sostenía un bastón de avellano más como costumbre que por verdadera necesidad.

Durante unos segundos ninguno habló. Fue él quien rompió el silencio.

—Han tardado mucho en venir.

Richard frunció el ceño.

—¿Nos esperaba?

El anciano sonrió apenas.

—Llevo veinte años esperándolos.

Aquella respuesta bastó para que Richard comprendiera que Agnes no se había equivocado.

Thomas conocía perfectamente el motivo de su visita.

El anciano los invitó a entrar sin formular una sola pregunta más.

El interior de la cabaña resultaba sorprendentemente ordenado.

Una gran estufa de hierro calentaba la única estancia principal, donde convivían estanterías repletas de libros sobre botánica, herramientas cuidadosamente colocadas y decenas de pequeños animales tallados en madera.

Daniel observó aquellas figuras con curiosidad.

—Las hace usted.

Thomas asintió.

—Las manos necesitan seguir ocupadas cuando la cabeza recuerda demasiado.

Tras servirles una infusión caliente preparada con hierbas recogidas en el propio bosque, el anciano permaneció varios minutos contemplando el fuego antes de hablar de nuevo.

—Han empezado a recordar.

No era una pregunta. Richard respondió igualmente.

—Algunas cosas.

—No las importantes.

—Precisamente por eso estamos aquí.

Thomas levantó lentamente la vista.

—No encontrarán la verdad dentro de esa casa.

—¿Por qué?

—Porque la casa siempre protegió a quienes vivían en ella.

Eleanor dio un paso adelante.

—¿Usted conoció a la niña?

El anciano cerró los ojos. Durante varios segundos pareció escuchar una voz que solo existía en su memoria. Finalmente respondió.

—Sí.

—¿Cómo se llamaba?

Thomas abrió lentamente los ojos. Su voz se volvió apenas un susurro.

—Emily.

La palabra cayó sobre la habitación con una fuerza inesperada. Eleanor sintió un violento estremecimiento. Las imágenes comenzaron a regresar. Una niña corriendo por el jardín. Una risa. Un vestido azul. Una mano sujetando la suya. Y aquella misma voz diciendo:

"¿Vendrás mañana a jugar conmigo?"

Eleanor tuvo que apoyarse en una silla para no caer.

—Emily...

Repitió el nombre casi sin darse cuenta.

—Sí.

Ahora lo recordaba. Thomas continuó hablando con una tristeza serena que parecía haber acompañado cada uno de sus días desde entonces.

—Emily tenía diez años. Era demasiado curiosa para vivir en una casa donde todo el mundo escondía algo.

Hacía preguntas constantemente. Entraba donde no debía entrar.

Escuchaba conversaciones que nadie imaginaba que pudiera comprender.

Algunos pensaban que solo era una niña. No entendían que observaba mucho más de lo que aparentaba.

Richard permanecía completamente inmóvil.

—¿Y qué ocurrió aquella noche?

Thomas guardó silencio. Durante unos instantes pareció debatirse entre seguir hablando o levantarse y dar por terminada la conversación. Finalmente negó lentamente con la cabeza.

—Eso todavía no.

Richard sintió la frustración crecer.

—Han muerto ya dos personas.

—Lo sé.

—Entonces díganos la verdad.

Thomas levantó los ojos.

—Porque antes deben conocer al otro niño.

Todos intercambiaron una mirada de desconcierto. Helen habló muy despacio.

—¿Qué otro niño?

El anciano volvió la vista hacia el bosque visible a través de la pequeña ventana. Su expresión cambió por completo. Ya no reflejaba únicamente tristeza. También miedo.

—El niño que dejó de hablar.

Y mientras pronunciaba aquellas palabras, ninguno de los presentes podía imaginar que la historia de Emily solo representaba la mitad de la tragedia ocurrida veinte años atrás.

La otra mitad permanecía enterrada entre los árboles que rodeaban Blackthorn Hall, custodiada por el único testigo que había visto todo lo sucedido y que, desde aquella noche, no había vuelto a pronunciar una sola palabra.