Los Trece Invitados Capítulo 10. Los que mienten mejor
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Capítulo 10. Los que mienten mejor

El hallazgo del cuerpo de Gabriel Foster transformó definitivamente la naturaleza de la investigación.

La muerte de Edmund Graves todavía había permitido albergar la esperanza de que el asesino actuara movido por un impulso concreto o por un ajuste de cuentas limitado a una sola víctima.

Sin embargo, la desaparición del fotógrafo demostraba que existía un plan mucho más complejo.

Gabriel no había sido asesinado por casualidad ni por encontrarse en el lugar equivocado.

Alguien lo había apartado deliberadamente del resto, había utilizado los pasadizos ocultos de la mansión con absoluta precisión y había ejecutado un crimen cuya aparente imposibilidad parecía concebida para sembrar la desconfianza entre los supervivientes.

Mientras Adrian Mercer cubría cuidadosamente el cadáver con una vieja lona encontrada en el almacén, Richard Collins recorría lentamente la estancia una y otra vez, intentando descubrir cualquier detalle que hubiera escapado a la primera inspección.

Cada piedra del suelo, cada junta del muro, cada clavo oxidado de las estanterías era examinado con una paciencia casi obsesiva.

Sin embargo, cuanto más buscaba, mayor era la sensación de que el asesino había previsto exactamente cómo reaccionaría un investigador experimentado y había eliminado con antelación cualquier indicio que pudiera conducir hasta él.

Regresaron a la biblioteca en un silencio mucho más pesado que cualquiera de los anteriores.

Nadie necesitaba expresar en voz alta el pensamiento que compartían todos.

Si el responsable era capaz de matar sin dejar rastro y desaparecer utilizando una red de corredores que únicamente él parecía dominar por completo, ninguno podía sentirse seguro en ningún lugar de la mansión.

Incluso las habitaciones cerradas con llave habían dejado de ofrecer la menor sensación de protección.

Las gruesas paredes de Blackthorn Hall, que durante siglos habían simbolizado la fortaleza de una antigua familia aristocrática, se habían convertido en el escenario perfecto para que un enemigo invisible apareciera y desapareciera a voluntad.

La casa ya no era simplemente el lugar donde estaban atrapados. Era el arma más poderosa del asesino.

Richard esperó a que todos ocuparan asiento alrededor de la gran mesa de la biblioteca antes de hablar.

Durante unos segundos observó uno por uno los rostros de los supervivientes.

Algunos reflejaban miedo. Otros agotamiento.

Otros una preocupación mucho más difícil de interpretar.

Helen Murray tenía los brazos cruzados con fuerza sobre el pecho, como si intentara contener una ansiedad creciente.

Eleanor parecía ausente, atrapada en recuerdos que regresaban sin orden alguno.

Arthur Pembroke mantenía la serenidad exterior de un hombre acostumbrado a soportar situaciones límite, aunque sus dedos golpeaban rítmicamente el brazo del sillón con una inquietud que no conseguía ocultar.

Victor Ashcombe permanecía inmóvil, elegante incluso después de dos días prácticamente sin dormir, pero Richard comenzaba a percibir pequeñas grietas en aquel dominio absoluto de sí mismo.

Daniel Whitmore no apartaba la vista de sus propias manos, todavía incapaz de borrar de su memoria el sonido del piano que los había conducido hasta el cadáver.

Agnes Wilcox continuaba de pie junto a la chimenea, silenciosa, como una figura perteneciente más a la propia mansión que al grupo de invitados.

—Hasta ahora todos hemos cometido el mismo error —dijo finalmente Richard con una voz mucho más serena de lo que ninguno esperaba—.

Hemos supuesto que el asesino es el único que oculta información importante.

Ya no creo que sea así. Estoy convencido de que prácticamente todos ustedes están escondiendo algo relacionado con lo ocurrido hace veinte años.

Tal vez crean que ese secreto no tiene importancia o que protege únicamente aspectos de su vida privada, pero cada omisión dificulta comprender el conjunto de los acontecimientos.

Gabriel ha muerto sin llegar a contarnos lo que recordaba.

Edmund Graves también. No pienso permitir que ocurra una tercera vez.

Nadie respondió inmediatamente. El silencio se prolongó varios segundos hasta que fue Margaret Doyle quien habló con una tranquilidad casi desconcertante.

—No conseguirá que nadie confiese obligándolo.

Richard la observó.

—¿Por qué está tan segura?

—Porque las personas no protegen un secreto durante veinte años para abandonarlo simplemente porque alguien se lo ordene.

—Entonces tendremos que encontrar otra forma.

Margaret asintió lentamente.

—Exactamente.

Helen intervino antes de que la conversación se estancara.

—Richard tiene razón en una cosa. Todos reaccionamos de forma distinta cuando aparecen determinados recuerdos.

Algunos intentan cambiar de tema. Otros aseguran no recordar nada.

Otros mezclan recuerdos auténticos con explicaciones inventadas.

Desde que llegamos a esta casa llevo observando esas reacciones.

Son muy diferentes entre sí, pero todas tienen un elemento común: ninguno está mintiendo completamente.

Todos dicen una parte de la verdad y esconden otra.

Victor sonrió con cierta ironía.

—Habla como si estuviera realizando un experimento.

—En cierto modo lo estoy.

—¿Y cuál es su conclusión?

Helen sostuvo su mirada.

—Que los mejores mentirosos no son quienes inventan historias nuevas, sino quienes eliminan cuidadosamente las partes incómodas de la historia verdadera.

Aquellas palabras produjeron un efecto inesperado. Arthur Pembroke dejó escapar un largo suspiro y se incorporó lentamente. Durante unos instantes pareció debatirse consigo mismo antes de tomar una decisión.

—Supongo que alguien tendrá que empezar.

Todas las miradas se dirigieron hacia él. El anciano juez permaneció unos segundos contemplando el fuego antes de hablar.

—Hace veinte años la familia Blackthorn me contrató como asesor jurídico porque existían problemas relacionados con la herencia de la propiedad.

No era un asunto especialmente extraño. Familias de ese nivel económico mantienen disputas constantes sobre testamentos, fideicomisos y sociedades patrimoniales.

Mi trabajo consistía únicamente en revisar determinada documentación.

Sin embargo, durante mi estancia aquí comenzaron a producirse acontecimientos muy extraños.

Empleados despedidos sin explicación. Reuniones privadas a las que nadie más tenía acceso.

Personas que aparecían en la casa durante unas horas y desaparecían antes del amanecer.

Yo sospeché que existía un conflicto familiar mucho más grave de lo que me habían contado, pero nunca imaginé que terminaría interviniendo la policía.

Hizo una pausa.

—El día de la desaparición firmé un documento.

Richard levantó inmediatamente la vista.

—¿Qué documento?

Arthur cerró los ojos.

—Una declaración de confidencialidad.

—¿Después de desaparecer la niña?

—Sí.

—¿Quién se la presentó?

El juez permaneció largo rato en silencio.

—No lo recuerdo.

Richard supo inmediatamente que aquello era mentira.

​ La siguiente en hablar fue Olivia Bennett.

Hasta ese momento apenas había participado en las conversaciones y muchos comenzaban a considerarla una simple restauradora de obras de arte que había sido arrastrada involuntariamente a aquella pesadilla.

Sin embargo, su confesión modificó por completo esa impresión.

—Yo no vine para restaurar cuadros.

Eleanor giró lentamente la cabeza.

—¿Entonces?

Olivia respiró hondo.

—Me contrataron para restaurar varios documentos antiguos pertenecientes a la familia.

Richard frunció el ceño.

—¿Qué clase de documentos?

—Cartas.

—¿Entre quiénes?

La joven bajó la mirada.

—No llegué a leerlas completas.

Richard esperó.

—Pero sí algunas partes.

Ella asintió.

—Hablaban de una niña.

La habitación quedó completamente inmóvil.

—¿Qué decían?

Olivia tardó varios segundos en responder.

—Que nunca debía conocer la verdad sobre su origen.

El silencio posterior resultó tan intenso que incluso el sonido de la lluvia pareció desaparecer durante unos instantes.

Eleanor sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

Aquella frase despertaba algo en su memoria, una conversación escuchada tras una puerta entreabierta, dos voces discutiendo en un pasillo y alguien pronunciando exactamente las mismas palabras con un tono desesperado.

Seguía sin recordar quién hablaba, pero comenzaba a distinguir el miedo que impregnaba aquella escena.

Entonces fue Adrian Mercer quien decidió intervenir. El médico llevaba horas sumido en un silencio casi absoluto, evitando mirar a los demás. Su voz sonó cansada, como la de un hombre que llevaba demasiado tiempo sosteniendo un peso invisible.

—Cuando vine a Blackthorn Hall no me llamaron para atender a ningún enfermo.

Richard permaneció inmóvil.

—¿Entonces?

—Me llamaron porque alguien había resultado herido.

Helen lo observó con intensidad.

—¿Quién?

Adrian negó lentamente.

—Eso es precisamente lo que llevo veinte años intentando recordar.

Sé que era una mujer. Recuerdo mucha sangre.

Recuerdo haber intentado estabilizarla mientras otra persona repetía una y otra vez que nadie debía enterarse de lo ocurrido.

También recuerdo haber firmado un informe médico...

y recuerdo perfectamente que ese informe desapareció al día siguiente.

—¿Quién lo hizo desaparecer? —preguntó Simon.

Adrian levantó lentamente la vista.

—No lo sé.

Y, por primera vez desde que comenzó aquella reunión, Richard creyó que estaba diciendo exactamente la verdad.

Las confesiones continuaron durante horas.

Ninguna resolvía el misterio, pero todas añadían nuevas piezas a una historia que comenzaba a adquirir una forma inquietante.

Daniel admitió haber afinado el piano de la mansión durante varias semanas mucho antes de lo que recordaba inicialmente.

Margaret confesó que había sido invitada a Blackthorn Hall para entrevistar a un anciano miembro de la familia cuya identidad ya no conseguía precisar.

Helen reveló que, siendo una joven psicóloga, realizó varias entrevistas clínicas en la finca, aunque los nombres de los pacientes parecían haberse borrado inexplicablemente de su memoria.

Incluso Victor reconoció haber mantenido reuniones de carácter financiero con representantes de los Blackthorn, aunque evitó cuidadosamente explicar cuál era exactamente su papel.

Cuando terminó la larga ronda de confesiones, Richard permaneció varios minutos sin pronunciar palabra.

Había escuchado decenas de recuerdos fragmentarios, todos ellos incompletos, todos aparentemente sinceros y, al mismo tiempo, insuficientes.

Finalmente comprendió cuál era el verdadero problema.

Ninguno de aquellos hombres y mujeres estaba ocultando el mismo secreto.

Cada uno protegía una parte distinta de una historia común, convencido de que únicamente su fragmento carecía de importancia.

Sin embargo, precisamente esa suma de pequeñas omisiones había construido durante veinte años una mentira mucho más sólida que cualquier falsedad deliberada.

Mientras observaba los álbumes fotográficos extendidos sobre la mesa, Richard sintió que el verdadero adversario no era solo el asesino que caminaba oculto por los pasadizos de Blackthorn Hall.

El enemigo era la memoria misma, una memoria mutilada por el miedo, la culpa y el paso del tiempo, que obligaba a todos ellos a caminar entre recuerdos auténticos e invenciones involuntarias sin saber ya dónde terminaba una y comenzaba la otra.