Capítulo 9. El segundo cadáver
El eco de aquella voz infantil permaneció resonando en la memoria de Eleanor mucho después de que el grupo abandonara la estancia oculta.
Nadie insistió en preguntarle qué había recordado exactamente.
Bastaba observar su expresión para comprender que la propia historiadora estaba intentando ordenar imágenes que regresaban desordenadas, incompletas y, en ocasiones, contradictorias.
Richard decidió que los álbumes, el expediente y el plano no debían permanecer en aquel escondite.
Si el asesino conocía la existencia de la sala secreta, tarde o temprano volvería para destruir lo que aún quedaba.
Entre todos trasladaron cuidadosamente el material hasta la antigua biblioteca principal de la mansión, una estancia amplia revestida de madera de roble donde el grueso de los muros y una única puerta de acceso facilitaban su vigilancia.
Richard improvisó allí un pequeño centro de operaciones.
Extendió el plano sobre una gran mesa de lectura, colocó el expediente junto a él y distribuyó los álbumes fotográficos en orden cronológico.
Por primera vez desde su llegada a Blackthorn Hall tenían la sensación de estar reuniendo las piezas de un rompecabezas gigantesco, aunque cada nueva pieza parecía multiplicar las preguntas en lugar de reducirlas.
La lluvia continuaba golpeando los ventanales cuando Agnes Wilcox apareció empujando un carrito con café, pan recién horneado y algunas conservas que había encontrado en la despensa.
La cocinera llevaba más de veinticuatro horas sin descansar, pero seguía moviéndose con la eficacia de quien ha convertido el trabajo en una forma de mantener alejado el miedo.
Su rostro, sin embargo, había cambiado. Las profundas arrugas que hasta entonces transmitían serenidad parecían ahora dibujar una preocupación permanente.
Mientras distribuía las tazas evitaba mirar directamente las fotografías extendidas sobre la mesa.
Bastó ese detalle para que Helen Murray comprendiera que Agnes no solo conocía a las personas retratadas, sino también las circunstancias en que aquellas imágenes habían sido tomadas.
—Señora Wilcox —preguntó Helen con delicadeza—, ¿quién hacía todas estas fotografías?
La mujer permaneció inmóvil unos segundos.
—Había varios fotógrafos.
—Pero alguien organizaba los retratos.
Agnes dejó lentamente una taza frente a Margaret.
—En esta casa siempre hubo costumbre de fotografiarlo todo.
—¿Por orden de quién?
La cocinera levantó finalmente la vista.
—Eso ya no importa.
Richard intervino inmediatamente.
—Importa mucho.
Agnes guardó silencio. El antiguo inspector insistió.
—Cada vez que intentamos acercarnos a la verdad, usted responde con frases incompletas. Si sabe algo, este es el momento de hablar.
La mujer apoyó ambas manos sobre el carrito. Parecía debatirse entre dos lealtades incompatibles.
—Hay promesas que uno mantiene incluso cuando las personas que las exigieron ya no están vivas.
—¿Por miedo?
Agnes negó con tristeza.
—Por vergüenza.
Aquella respuesta dejó una impresión profunda en todos.
No era el miedo lo que unía el pasado de Blackthorn Hall, sino un sentimiento mucho más difícil de combatir.
La vergüenza explicaba mejor que cualquier amenaza dos décadas de silencios, versiones incompletas y recuerdos cuidadosamente deformados.
Eleanor volvió a mirar la fotografía donde aparecía junto a la niña desconocida.
Cada vez estaba más convencida de haber pronunciado su nombre cientos de veces y, sin embargo, seguía siendo incapaz de recuperarlo.
Fue entonces cuando un sonido inesperado interrumpió la conversación. Un piano muy lejano. Una melodía lenta. Tres notas. Después otras cuatro. Daniel Whitmore levantó la cabeza inmediatamente.
—Eso...
Su rostro perdió todo el color.
—Ese es el piano del salón azul.
Richard frunció el ceño.
—¿Está seguro?
—Completamente. Lo afiné ayer por la tarde cuando llegamos. Tiene una tecla ligeramente desafinada en el registro grave. Acabo de escucharla.
Simon miró a su alrededor.
—¿Quién puede estar tocando?
Nadie respondió, porque todos estaban reunidos en la biblioteca.
Richard tomó una de las linternas y salió inmediatamente al corredor acompañado por Adrian, Helen, Daniel y Victor.
Los demás permanecieron unos metros detrás.
La melodía continuaba llegando desde algún lugar del ala oriental de la mansión.
No era una interpretación completa, sino apenas unas pocas notas repetidas con una lentitud inquietante, como si quien estuviera sentado frente al instrumento buscara deliberadamente llamar la atención sin revelar su identidad.
A medida que avanzaban, el sonido se hacía más nítido. Daniel caminaba cada vez más deprisa.
—Es aquí.
Se detuvo frente a una doble puerta de nogal. La música cesó. El silencio resultó todavía más inquietante. Richard abrió lentamente la puerta.
El salón azul permanecía completamente vacío.
Las cortinas ondeaban ligeramente por una corriente de aire procedente de una ventana mal cerrada.
En el centro de la estancia descansaba un magnífico piano de cola Steinway cuya tapa permanecía levantada.
Ninguna silla aparecía desplazada. Ninguna vela estaba encendida.
Daniel se acercó al teclado con expresión desconcertada.
—Lo he oído.
Apoyó suavemente los dedos sobre las teclas. Una de ellas emitió exactamente el mismo sonido desafinado.
—Era este piano.
Richard comenzó a inspeccionar la habitación. No encontró a nadie. Victor caminó lentamente alrededor del instrumento observando el suelo de parqué.
—Aquí hay algo.
Todos se acercaron. Sobre la madera aparecían diminutas gotas de agua formando una línea irregular que atravesaba la estancia. Helen se agachó.
—Alguien ha entrado mojado.
Richard siguió el rastro. Las gotas conducían hasta una puerta lateral. La abrió. Detrás aparecía un estrecho corredor de servicio. El suelo seguía húmedo. Las huellas continuaban. Después desaparecían. Justo frente a un muro completamente liso.
Richard apoyó la mano sobre la piedra. Recordó inmediatamente el plano.
Buscó con paciencia. Finalmente encontró un pequeño resalte oculto bajo una moldura.
El muro giró lentamente hacia el interior.
Tras él aparecía otro de los pasadizos secretos.
El aire olía a humedad y piedra antigua.
Las huellas continuaban descendiendo por una escalera.
El grupo avanzó con extrema cautela. El corredor desembocaba en una galería estrecha iluminada únicamente por pequeñas troneras abiertas hacia el exterior.
El sonido de la lluvia llegaba amortiguado desde muy lejos.
Richard caminaba el primero. Adrian lo seguía muy de cerca.
Las huellas de agua se mantenían perfectamente visibles sobre la piedra.
De repente terminaban.
Justo delante de una puerta de hierro.
Richard empujó lentamente. La puerta se abrió con un chirrido metálico. El olor que escapó del interior bastó para que Adrian comprendiera inmediatamente lo que iban a encontrar. sangre.
La habitación era pequeña, casi cuadrada, sin ventanas, utilizada antiguamente como almacén.
Estanterías vacías recorrían las paredes y varias cajas de madera se amontonaban en un rincón cubiertas por gruesas telas.
En el centro del suelo, iluminado por el haz de las linternas, yacía el cuerpo de Gabriel Foster.
El fotógrafo estaba tumbado boca arriba. Los ojos permanecían completamente abiertos. Una expresión de absoluto asombro había quedado congelada en su rostro. No presentaba heridas visibles. Ni un solo corte. Ni un impacto. Nada.
Adrian se arrodilló inmediatamente. Buscó el pulso. Examinó cuidadosamente cuello, pecho y manos. Su desconcierto aumentaba por segundos. Helen observó.
—¿Qué ocurre?
El médico tardó varios instantes en responder.
—Está muerto.
Richard miró el cuerpo.
—¿Cómo?
Adrian negó lentamente.
—No lo sé.
El antiguo inspector comenzó a inspeccionar toda la habitación.
La puerta de hierro era el único acceso visible.
No existían ventanas. Las paredes eran completamente macizas.
El polvo acumulado durante años permanecía intacto salvo por las huellas recientes del propio grupo y las del fotógrafo.
Ningún otro rastro indicaba que alguien hubiera entrado o salido.
Tampoco había arma alguna ni signos de lucha.
Victor habló por primera vez desde que encontraron el cadáver.
—Eso es imposible.
Richard no respondió. Seguía recorriendo lentamente la estancia. Helen levantó la vista hacia Adrian.
—¿Puede haber sufrido un infarto?
El médico continuó examinándolo. Después observó algo. Con enorme cuidado levantó ligeramente el cuello de la camisa. Todos guardaron silencio.
En la base del cuello aparecía una diminuta marca rojiza. Tan pequeña que habría pasado inadvertida para cualquiera. Adrian respiró hondo.
—No ha muerto de forma natural.
Richard se acercó.
—¿Qué es eso?
—Una punción.
—¿Una inyección?
Adrian asintió lentamente.
—Alguien le administró algo.
El silencio que siguió fue mucho más aterrador que el provocado por la muerte de Edmund Graves.
El mayordomo había sido asesinado violentamente.
Aquello era distinto. Mucho más calculado.
Mucho más limpio. Gabriel había muerto dentro de una habitación aparentemente inaccesible, sin señales de lucha, sin arma, sin testigos y cuando prácticamente todos los presentes podían demostrar dónde se encontraban.
Richard levantó lentamente la mirada hacia el resto del grupo.
Por primera vez desde que comenzó aquella pesadilla comprendió que ya no se enfrentaban únicamente a un asesino inteligente.
Se enfrentaban a alguien capaz de planificar un crimen imposible delante de todos ellos.
Y esa certeza hizo que incluso el antiguo inspector, que había dedicado media vida a perseguir homicidas, sintiera por primera vez que Blackthorn Hall estaba convirtiéndose en un lugar donde la lógica comenzaba a dejar de ser una herramienta útil para descubrir la verdad.