Capítulo 8. Las fotografías
Ninguno de los presentes abandonó la sala oculta inmediatamente después de descubrir el expediente incompleto.
La sensación compartida era que, por primera vez desde su llegada a Blackthorn Hall, habían dejado de caminar completamente a ciegas, aunque la escasa luz que comenzaba a iluminar el camino resultaba todavía más inquietante que la oscuridad inicial.
Richard Collins volvió a guardar cuidadosamente los documentos dentro del archivador, consciente de que cualquier hoja, por insignificante que pareciera, podía adquirir un valor decisivo más adelante.
Mientras tanto, Eleanor seguía contemplando el gran plano extendido sobre la mesa de piedra.
Había comenzado a relacionar mentalmente los pasadizos con las diferentes estancias de la mansión, y algo llamaba poderosamente su atención.
Varias galerías ocultas no aparecían conectadas con los corredores principales, sino con habitaciones privadas pertenecientes exclusivamente a la familia Blackthorn.
Aquello sugería que los pasajes no habían sido construidos únicamente como rutas de servicio, sino como una red secreta destinada a observar, ocultar o escapar sin ser visto.
La arquitectura misma de la casa parecía diseñada para proteger secretos antes que personas.
Margaret Doyle recorría lentamente las estanterías restantes, pasando la mano sobre el polvo acumulado durante décadas.
Su intuición literaria, que tantas veces le había permitido construir tramas complejas a partir de pequeños detalles aparentemente inconexos, comenzaba a detectar una lógica que todavía escapaba al resto.
Si alguien había conservado allí el plano y el expediente policial, también habría guardado otros objetos relacionados con aquellos acontecimientos.
Ninguna persona dedica tanto esfuerzo a ocultar una documentación si después deja abandonado el resto de las pruebas.
El escondite no estaba concebido para almacenar papeles administrativos; era un archivo de memoria cuidadosamente seleccionado.
Mientras formulaba esa idea, su mano tropezó con una irregularidad en el fondo de una de las estanterías.
No era visible a simple vista porque una hilera de viejas cajas de madera la ocultaba casi por completo.
—Richard.
El antiguo inspector levantó la vista.
—Creo que aquí hay algo más.
Entre Victor, Daniel y Gabriel apartaron las pesadas cajas hasta dejar al descubierto un panel de madera mucho más reciente que el resto del revestimiento.
A diferencia de los demás, no estaba cubierto por polvo uniforme.
Alguien lo había manipulado relativamente hacía poco tiempo.
Richard examinó cuidadosamente el borde inferior y descubrió un pequeño tirador de latón oculto entre las molduras.
Tiró lentamente de él. El panel giró sobre un eje perfectamente engrasado, revelando un compartimento estrecho excavado en el muro.
No había documentos ni cajas fuertes. Únicamente varias estanterías donde descansaban decenas de álbumes fotográficos cuidadosamente alineados.
Durante unos instantes nadie habló. Resultaba difícil explicar por qué aquel descubrimiento producía una impresión todavía más perturbadora que el expediente policial.
Los documentos podían mentir, omitirse o manipularse.
Las fotografías, en cambio, conservaban siempre la incómoda capacidad de congelar un instante real, incluso cuando quien las contemplaba ya no recordaba haber estado allí.
Gabriel sintió un nudo en el estómago. Había vivido demasiados años detrás de una cámara para ignorar el poder de una imagen.
Richard tomó el primer álbum y lo abrió con enorme cuidado.
Las hojas de cartulina negra sostenían fotografías en blanco y negro fijadas mediante pequeñas esquinas de papel.
Las primeras imágenes mostraban la construcción de la ampliación victoriana de la mansión, antiguos jardineros trabajando junto a los invernaderos y varias celebraciones familiares celebradas a finales del siglo XIX.
Todo parecía normal hasta que comenzaron a avanzar hacia los álbumes más recientes.
Poco a poco las fotografías cambiaban de formato, de color y de calidad técnica.
Ya no retrataban únicamente la casa. Empezaban a mostrar personas.
Personas muy concretas. Olivia Bennett fue la primera en reconocer un rostro.
—Ese hombre...
Todos observaron la fotografía. En ella aparecía Arthur Pembroke mucho más joven, vestido con un traje claro, conversando animadamente con un anciano en los jardines de Blackthorn Hall. El juez permaneció inmóvil durante varios segundos.
—No recordaba que existiera esa fotografía.
Simon levantó la vista.
—Pero reconoce que es usted.
Arthur asintió lentamente.
—Sí.
—¿Qué hacía aquí?
El anciano respiró profundamente.
—Fui asesor jurídico de la familia durante algunos meses.
El grupo guardó silencio. Era la primera información completamente nueva que Arthur compartía desde su llegada.
Continuaron pasando páginas. En la siguiente fotografía aparecía Eleanor Hastings sentada sobre el césped con varios libros abiertos alrededor.
Sonreía mientras hablaba con una niña de unos diez años cuyo rostro quedaba parcialmente oculto porque miraba hacia otro lado.
Eleanor sintió cómo la sangre abandonaba lentamente su rostro.
—No...
Margaret la miró con preocupación.
—¿Qué ocurre?
—Yo... no recordaba esto.
Tomó la fotografía con manos temblorosas.
—Conozco ese vestido.
Su voz se quebró.
—Lo llevaba el verano en que terminé la universidad.
Simon señaló a la niña.
—¿Quién es?
Eleanor negó lentamente.
—No lo sé.
Pero mientras pronunciaba aquellas palabras comprendió que no eran ciertas. En algún lugar de su memoria empezaba a surgir un nombre que todavía no conseguía alcanzar.
El tercer álbum produjo un efecto todavía más desconcertante.
Allí aparecía Gabriel Foster ajustando el objetivo de una cámara profesional junto al embarcadero de la isla.
Después otra fotografía lo mostraba hablando con Edmund Graves.
En una tercera aparecía caminando por el bosque acompañado por Richard Collins, ambos mucho más jóvenes.
Gabriel observaba aquellas imágenes con una mezcla de incredulidad y angustia.
—Esto no tiene sentido.
Richard se acercó.
—Yo tampoco recordaba haber hablado con usted.
Gabriel levantó la vista.
—Sin embargo ahí estamos.
Los dos hombres permanecieron contemplando la fotografía. Ninguno era capaz de reconstruir la conversación inmortalizada en aquel instante.
A medida que abrían nuevos álbumes la sorpresa se transformó en inquietud.
Todos aparecían retratados en distintos momentos de hacía veinte años.
Adrian conversando con Agnes Wilcox en la cocina.
Margaret escribiendo en un banco del jardín.
Helen inspeccionando una pequeña enfermería improvisada.
Victor estrechando la mano de un hombre cuyo rostro había sido cuidadosamente recortado con una cuchilla.
Daniel tocando el piano del salón principal.
Olivia restaurando un antiguo cuadro. Incluso Simon Clarke, mucho más joven, aparecía revisando unos documentos junto a una ventana.
Simon retrocedió un paso.
—Eso es imposible.
Richard frunció el ceño.
—¿Nunca había estado aquí?
—Jamás.
—Entonces explique esa fotografía.
El periodista permaneció inmóvil. La imagen no admitía discusión. Era él.
Helen comenzó a revisar sistemáticamente las fechas escritas al dorso de varias fotografías.
Casi todas pertenecían a un intervalo muy concreto de apenas dos semanas.
Las mismas dos semanas que coincidían con la investigación policial descrita en el expediente.
Sin embargo, un detalle empezó a inquietarla profundamente.
—Richard.
El antiguo inspector se acercó. Ella le mostró varias imágenes.
—Mire las fechas.
Richard las leyó.
Veintidós de octubre. Veintitrés. Veinticuatro. Veinticinco. Después observó otra. Veintisiete.
Frunció el ceño.
—Falta un día.
Helen asintió.
—El veintiséis.
Ambos intercambiaron una mirada. Era exactamente la fecha de la desaparición. No existía una sola fotografía correspondiente a aquel día, como si alguien hubiera decidido arrancarlas todas.
Margaret continuaba revisando el último de los álbumes cuando descubrió algo todavía más extraño.
En varias fotografías aparecían los propios invitados mirando directamente hacia el objetivo con expresiones completamente distintas a las anteriores.
Ya no sonreían. No conversaban. No realizaban ninguna actividad concreta.
Simplemente permanecían inmóviles, alineados unos junto a otros, como si alguien hubiera organizado deliberadamente aquellos retratos.
Contó los rostros.
Uno. Dos. Tres. Hasta trece. Los trece. Todos.
—Richard...
Su voz sonó mucho más baja que de costumbre. El antiguo inspector se acercó. Margaret le entregó el álbum abierto.
—¿Puede explicarme esto?
Richard observó la fotografía. En ella aparecían exactamente las trece personas presentes ahora mismo en Blackthorn Hall. Veinte años más jóvenes. Algunas apenas habían cambiado. Otras resultaban casi irreconocibles, pero no existía duda alguna sobre sus identidades.
Todos estaban allí. Formando una única fila.
Mirando fijamente a la cámara. Lo más inquietante no era la fotografía en sí.
Era el espacio vacío que aparecía entre Eleanor y Gabriel.
Había alguien más. Podía apreciarse perfectamente por la separación entre ambos cuerpos y por la posición de sus miradas.
Sin embargo, la figura situada en medio había sido eliminada con una precisión extraordinaria.
No recortada de forma burda, sino retirada mediante un trabajo minucioso que había respetado incluso parte del fondo.
Solo permanecía una silueta irregular imposible de identificar.
—Había una decimocuarta persona —murmuró Adrian.
Nadie respondió, porque todos acababan de comprender que aquella ausencia cuidadosamente borrada resultaba mucho más reveladora que cualquiera de los rostros que todavía permanecían visibles.
Y mientras seguían contemplando la fotografía, Eleanor sintió que un recuerdo regresaba con una violencia inesperada. No era una imagen completa, sino una voz infantil pronunciando una frase muy sencilla, una frase que llevaba veinte años sepultada en algún rincón de su memoria.
—¿Vendrás mañana a jugar conmigo?
Eleanor cerró los ojos con fuerza. Ya no recordaba el rostro de la niña, pero por primera vez comenzaba a recordar su voz.