Capítulo 7. El expediente Blackthorn
El descubrimiento del plano alteró profundamente el estado de ánimo del grupo.
Hasta ese momento habían imaginado que el asesino se desplazaba aprovechando la oscuridad, la confusión o la amplitud de la mansión.
Ahora comprendían que jugaba con una ventaja mucho mayor: conocía un entramado de corredores invisibles que convertían Blackthorn Hall en un auténtico laberinto.
Richard Collins permaneció varios minutos inclinado sobre el plano, recorriendo con el dedo las líneas cuidadosamente trazadas más de un siglo atrás.
Algunas galerías comunicaban estancias aparentemente inconexas; otras descendían hasta sótanos cuya existencia ninguno había sospechado; varias terminaban en pequeños compartimentos sin explicación aparente, mientras que ciertos pasajes aparecían tachados con tinta roja y acompañados por anotaciones manuscritas prácticamente ilegibles.
Aquello no era únicamente un plano arquitectónico.
Era el registro de décadas de modificaciones realizadas por sucesivas generaciones de la familia Blackthorn, como si cada propietario hubiera añadido un nuevo secreto a los ya existentes.
Eleanor Hastings, cuya formación como historiadora la llevaba casi instintivamente a interpretar documentos antiguos, extendió con delicadeza el pergamino sobre la mesa y comenzó a examinar cada detalle.
El papel conservaba la marca de agua de un taller londinense del siglo XIX y las anotaciones marginales correspondían, al menos, a tres caligrafías distintas.
Algunas utilizaban una tinta ya completamente desvaída; otras parecían mucho más recientes.
En el margen inferior derecho descubrió un sello oficial apenas visible bajo el polvo.
—Este plano fue requisado por la policía.
Richard levantó inmediatamente la cabeza.
—¿Está segura?
Ella señaló el sello.
—Completamente. Mire la fecha.
El antiguo inspector acercó la linterna. Veintiséis de octubre. Veinte años atrás.
Durante unos instantes nadie habló. Aquella simple fecha bastó para devolver a la habitación el peso invisible de un pasado que empezaba a hacerse cada vez más presente.
Richard intentó recordar con precisión aquellos días.
Conservaba imágenes fragmentadas, conversaciones, informes y declaraciones, pero el paso del tiempo había difuminado muchos detalles.
Sin embargo, había algo que le resultaba extraordinariamente extraño.
Él jamás había visto aquel plano durante la investigación.
—Esto no debería estar aquí.
Helen lo observó.
—¿Por qué?
—Porque si la policía lo confiscó, tendría que encontrarse archivado como prueba.
Margaret intervino.
—Salvo que alguien lo recuperara después.
Richard negó lentamente.
—No era tan sencillo.
—¿Está seguro?
Él permaneció unos segundos pensativo.
—Ahora ya no estoy seguro de casi nada.
Mientras continuaban revisando las estanterías de la sala oculta, Olivia Bennett encontró una caja metálica cerrada con una pequeña cerradura oxidada. El metal aparecía cubierto por una fina capa de polvo, pero no presentaba el grado de deterioro que cabría esperar tras tantos años de abandono.
—Esto parece mucho más reciente.
Victor tomó la caja entre las manos.
—No pesa demasiado.
Gabriel se aproximó.
—¿Podemos abrirla?
Richard examinó la cerradura.
—Con cuidado.
Daniel Whitmore encontró entre unas herramientas antiguas un pequeño formón que permitió forzar el cierre tras varios minutos de paciente trabajo.
Cuando la tapa cedió, un olor intenso a papel viejo y cuero húmedo escapó del interior.
La caja contenía un único archivador negro sujeto por una cinta descolorida.
En el lomo todavía podía leerse, escrito con letras mecanografiadas:
EXPEDIENTE BLACKTHORN
Richard sintió un estremecimiento involuntario. Reconocía aquel formato. Era exactamente el mismo utilizado por la policía del condado dos décadas atrás.
El antiguo inspector abrió lentamente la carpeta.
En las primeras páginas aparecían fotografías del exterior de la mansión, croquis realizados durante la inspección inicial, declaraciones mecanografiadas y diversos informes técnicos.
Durante unos instantes el grupo experimentó una inesperada sensación de alivio.
Por fin disponían de documentación objetiva que quizá les permitiera comprender qué había ocurrido veinte años antes.
Sin embargo, aquella esperanza duró muy poco.
Las páginas comenzaban a desaparecer. Primero faltaban dos.
Después cuatro seguidas. Más adelante habían sido arrancados capítulos enteros.
En algunos apartados solo permanecían las cubiertas de cartón sujetando los restos desgarrados del papel.
Simon Clarke fue pasando cuidadosamente los documentos mientras fruncía el ceño.
—Esto no es un deterioro natural.
Richard asintió.
—No.
—Las arrancaron deliberadamente.
—Y hace relativamente poco.
Helen observó los bordes del papel.
—Los cortes son limpios. Utilizaron una cuchilla.
Eleanor continuó examinando el contenido conservado.
—Han eliminado exactamente las partes importantes.
Aun así, los fragmentos supervivientes ofrecían información suficiente para despertar nuevas preguntas.
Aparecían registradas declaraciones de varios empleados de la finca, inventarios parciales de habitaciones, horarios de servicio y anotaciones sobre movimientos de vehículos durante los días previos a la desaparición.
Sin embargo, los nombres de algunos testigos habían sido tachados con tinta negra y varias páginas aparecían cubiertas por gruesas líneas que impedían leer casi todo el texto.
Arthur Pembroke tomó una de ellas.
—Esto parece censurado.
Richard negó.
—No oficialmente.
—¿Cómo lo sabe?
—Porque la policía no trabaja así. Cuando un documento se clasifica, no se tacha con un rotulador cualquiera.
Gabriel Foster permanecía inmóvil observando una fotografía en blanco y negro donde aparecía el jardín trasero de la mansión acordonado con cinta policial.
La imagen despertó algo en su memoria. No era un recuerdo completo, sino una sensación física: el olor de la tierra mojada, el murmullo de varias personas hablando a la vez, el sonido lejano de una ambulancia.
—Yo estuve allí...
Todos giraron la cabeza.
Gabriel seguía contemplando la fotografía.
—Ese día llevaba una cámara.
Richard se acercó lentamente.
—¿Trabajaba para la prensa?
Gabriel tardó unos segundos en responder.
—No.
—Entonces...
—Me contrataron para hacer unas fotografías privadas.
—¿Quién?
Gabriel cerró los ojos.
—No lo recuerdo.
Helen percibió inmediatamente la tensión que recorría todo su cuerpo. No estaba mintiendo. Estaba luchando contra un recuerdo que parecía resistirse a salir.
Mientras tanto Margaret continuaba revisando los documentos dispersos sobre la mesa. De repente extrajo una hoja doblada varias veces que había quedado atrapada entre dos informes.
—Aquí hay algo.
Era un listado mecanografiado. En la parte superior podía leerse:
PERSONAS PRESENTES EN BLACKTHORN HALL EL DÍA DE LOS HECHOS
Debajo comenzaba una relación de nombres. El primero aparecía completo. El segundo también, pero a partir del tercero el papel había sido rasgado verticalmente. La mitad derecha había desaparecido, solo permanecían fragmentos.
"...leanor..."
"...abriel..."
"...chard..."
"...rian..."
Los presentes intercambiaron miradas. No hacía falta reconstruir demasiado. Eran ellos. Victor Ashcombe dio un paso hacia atrás.
—Eso es imposible.
Nadie respondió. Eleanor mantenía la vista fija en aquellos restos de papel.
—No.
Su voz apenas fue un susurro.
—No lo es.
Richard la observó.
—¿Qué acaba de recordar?
Ella permaneció largo rato en silencio antes de responder.
—Creo que no vine aquí para catalogar una biblioteca.
La confesión cayó sobre la habitación con una fuerza inesperada.
—Entonces ¿por qué vino? —preguntó Simon.
Eleanor negó lentamente.
—No lo sé.
—Hace un momento estaba convencida.
—Eso creía.
Se llevó una mano a la frente.
—Pero cada documento que encuentro contradice un recuerdo distinto. Empiezo a preguntarme si realmente recuerdo mi estancia en esta casa... o si durante veinte años me he repetido una versión inventada para poder seguir viviendo.
Nadie intentó consolarla porque todos comenzaban a experimentar una sensación parecida.
Los fragmentos del expediente parecían actuar como detonantes de memorias incompletas.
No devolvían recuerdos claros, sino imágenes aisladas, voces, olores, emociones sin contexto y escenas que aparecían durante un instante para desaparecer inmediatamente después.
Era como si alguien hubiera roto deliberadamente la historia en cientos de pedazos y hubiese repartido esos fragmentos entre distintas personas, impidiendo que ninguna pudiera reconstruirla por sí sola.
Richard continuó examinando el archivador hasta llegar a la última sección conservada.
Allí encontró un sobre amarillento que no figuraba en el índice inicial del expediente.
Estaba cerrado, aunque el adhesivo había perdido fuerza con el paso de los años.
En la parte frontal aparecía escrita una única anotación a mano.
NO INCORPORAR AL SUMARIO
El antiguo inspector abrió lentamente el sobre. Dentro solo había una hoja. La desplegó. Era un breve informe firmado por un agente cuyo nombre había sido tachado.
Richard comenzó a leer en silencio. Su expresión cambió de inmediato. Helen fue la primera en advertirlo.
—¿Qué ocurre?
Richard levantó lentamente la vista.
—Aquí dice que la investigación se suspendió antes de completarse.
Arthur frunció el ceño.
—¿Por falta de pruebas?
Richard negó.
—No.
Su voz sonó más grave que nunca.
—Porque alguien ordenó cerrarla.
El silencio posterior resultó insoportable.
Durante veinte años todos habían supuesto que la verdad se había perdido entre errores, casualidades o limitaciones de una investigación antigua.
Aquel documento sugería algo completamente distinto.
La verdad no se había extraviado. Había sido detenida deliberadamente.
Alguien con autoridad suficiente había decidido que ciertas preguntas nunca debían formularse y que determinadas respuestas jamás debían quedar escritas.
Mientras el viento seguía golpeando las paredes de Blackthorn Hall y la lluvia oscurecía los ventanales de la vieja mansión, los trece invitados comenzaron a comprender que el enemigo al que se enfrentaban quizá no fuera únicamente el asesino que caminaba oculto entre ellos, sino una voluntad mucho más antigua y poderosa que llevaba dos décadas asegurándose de que el expediente Blackthorn permaneciera incompleto para siempre.