Capítulo 6. Las habitaciones cerradas
La primera noche en Blackthorn Hall apenas concedió descanso a nadie.
Aunque Richard Collins insistió en que permanecieran reunidos hasta el amanecer, el agotamiento físico terminó imponiéndose a la tensión emocional.
Se acordó que nadie dormiría completamente aislado: las puertas de las habitaciones permanecerían cerradas, pero los dormitorios se distribuirían por parejas en las distintas alas de la planta principal para que siempre hubiera alguien cerca en caso de escuchar cualquier ruido extraño.
Richard y Adrian ocuparon habitaciones contiguas; Eleanor quedó junto a Margaret; Helen frente a Simon; Arthur cerca del padre Rowan; Olivia y Daniel compartieron el extremo occidental del corredor; Victor aceptó instalarse junto a Gabriel, aunque ninguno parecía especialmente satisfecho con aquella proximidad.
El único dormitorio que quedó vacío fue el que había pertenecido al mayordomo, situado en la planta inferior, porque Agnes Wilcox se negó rotundamente a volver a entrar en él y prefirió pasar la noche en la cocina, donde aseguró sentirse más útil preparando café que intentando dormir.
Sin embargo, nadie logró conciliar un sueño profundo.
La mansión parecía despertar precisamente cuando el resto del mundo dormía.
Las viejas vigas crujían con lentitud bajo la fuerza del viento; las tuberías emitían extraños silbidos al cambiar la presión del agua; alguna puerta golpeaba suavemente muy lejos, seguida de un silencio todavía más inquietante.
Cada ruido obligaba a levantar la cabeza y permanecer inmóvil durante unos segundos, intentando distinguir entre el comportamiento natural de una construcción centenaria y la posibilidad de que alguien estuviera recorriendo los interminables pasillos aprovechando la oscuridad.
A medida que avanzaban las horas, el edificio dejaba de parecer una simple residencia para adquirir la personalidad de un organismo gigantesco que respiraba lentamente alrededor de sus ocupantes.
Richard apenas había conseguido dormitar cuando un sonido metálico lo hizo incorporarse de inmediato.
Miró el reloj de bolsillo que descansaba sobre la mesilla: eran las cuatro y diecisiete de la madrugada.
Permaneció inmóvil unos instantes intentando localizar el origen del ruido.
Volvió a escucharlo. No era un golpe fuerte, sino el leve chirrido de un mecanismo antiguo accionándose muy despacio, como el de una cerradura o un cerrojo pesado.
Se levantó sin hacer ruido, tomó la linterna que había encontrado en un cajón del dormitorio y abrió la puerta con extrema cautela.
El corredor permanecía vacío. La única iluminación procedía de las velas colocadas sobre pequeñas mesas auxiliares cuya llama vacilaba bajo las corrientes de aire.
Mientras avanzaba lentamente, distinguió otra figura saliendo de una habitación cercana.
Era Helen Murray.
—¿Usted también lo ha oído? —susurró ella.
Richard asintió.
—No venía de mi habitación.
—Ni de la mía.
Ambos permanecieron escuchando. El sonido había desaparecido.
Pocos segundos después se abrió otra puerta.
Adrian Mercer apareció completamente vestido, como si tampoco hubiera llegado a acostarse realmente.
Su rostro reflejaba un cansancio mucho más profundo que el provocado por una mala noche.
Antes incluso de que pudiera preguntar qué ocurría, una voz alterada resonó desde el extremo opuesto del pasillo.
—¡Richard!
Era Gabriel Foster. Corría hacia ellos con la respiración entrecortada.
—Mi puerta...
Richard frunció el ceño.
—¿Qué ocurre con ella?
—No puedo abrirla desde dentro.
—Pero acaba de salir.
Gabriel negó con fuerza.
—He salido por la ventana del baño.
Los tres lo miraron sorprendidos.
—La puerta estaba bloqueada. He tenido que descolgarme por la cornisa hasta el balcón contiguo.
La noticia hizo que todos abandonaran definitivamente sus habitaciones.
En cuestión de pocos minutos el pasillo volvió a llenarse de invitados todavía somnolientos y envueltos en batas o abrigos.
Richard comenzó a comprobar personalmente cada dormitorio.
Lo que descubrió resultó tan desconcertante como inquietante.
Algunas puertas se abrían con absoluta normalidad.
Otras, en cambio, parecían haberse quedado completamente bloqueadas desde el exterior.
En el dormitorio de Gabriel, el mecanismo interior no respondía pese a encontrarse aparentemente intacto.
Algo impedía que el pestillo retrocediera.
En la habitación de Margaret ocurría exactamente lo contrario: la llave giraba, pero el cerrojo permanecía inmóvil.
Eleanor comprobó que la puerta de su propio dormitorio necesitaba aplicar una fuerza extraordinaria para abrirse, como si el marco hubiera sido desplazado durante la noche.
—Esto no puede ser casualidad —dijo Helen mientras examinaba una de las cerraduras.
Richard pasó los dedos por el borde del marco.
—No lo es.
—¿Qué ha encontrado?
—Arañazos recientes.
Helen se inclinó. En la madera aparecían diminutas marcas apenas visibles. Richard continuó observándolas.
—Alguien ha manipulado las puertas.
La conclusión provocó un nuevo murmullo entre el grupo. Arthur Pembroke tomó la palabra con evidente irritación.
—¿Está diciendo que alguien ha recorrido los dormitorios mientras nosotros dormíamos?
—Eso parece.
—¿Y nadie ha oído nada?
Margaret respondió antes que Richard.
—Cuando uno duerme en una casa desconocida escucha ruidos constantemente. El problema es distinguir cuáles importan.
Victor Ashcombe permanecía apoyado contra la pared observando el corredor con expresión pensativa. A diferencia del miedo que comenzaba a reflejarse en algunos rostros, él parecía más interesado en comprender la lógica de aquellos acontecimientos.
—Hay algo que no entiendo.
Richard levantó la vista.
—¿Qué?
—Si alguien quería encerrarnos, ¿por qué bloquear solo algunas puertas?
La pregunta quedó flotando unos segundos. Helen respondió lentamente.
—Tal vez no pretendía encerrarnos.
—¿Entonces?
—Tal vez solo quería comprobar quién reaccionaba de determinada manera.
Richard dirigió una mirada de aprobación hacia la psicóloga.
—Eso mismo estaba pensando.
Aquella posibilidad resultaba todavía más perturbadora. Significaba que alguien no actuaba impulsivamente. Cada movimiento parecía formar parte de un plan cuidadosamente calculado.
Cuando comenzó a amanecer, Richard propuso inspeccionar sistemáticamente toda la planta superior antes de que la luz natural desapareciera nuevamente tras las nubes.
La tormenta había perdido intensidad, aunque seguía lloviendo con fuerza suficiente para impedir cualquier intento de abandonar la isla.
Recorrieron uno por uno los interminables corredores, salones, bibliotecas, galerías y antiguos dormitorios de invitados que permanecían cerrados desde hacía años.
Blackthorn Hall resultó ser todavía más inmensa de lo que habían imaginado la víspera.
Existían alas enteras donde nadie parecía haber entrado desde hacía décadas.
El polvo cubría los muebles protegidos por sábanas blancas, mientras antiguos relojes detenidos marcaban horas distintas como si cada habitación hubiera decidido conservar un momento diferente del pasado.
Fue Daniel Whitmore quien realizó el descubrimiento inesperado. Mientras examinaba una pequeña sala de música advirtió que uno de los paneles de madera junto a la chimenea emitía un sonido hueco al golpearlo con los nudillos. Llamó inmediatamente a Richard.
—Escuche esto.
Richard repitió el golpe. El sonido era claramente diferente al del resto del revestimiento. Adrian se acercó.
—Detrás hay un espacio.
Victor comenzó a inspeccionar cuidadosamente el panel.
—Aquí.
Señaló una diminuta moldura metálica casi invisible entre la talla de la madera.
—Esto no pertenece al diseño original.
Entre los cuatro consiguieron desplazar el panel varios centímetros hasta revelar una estrecha cavidad oculta en el muro.
Un fuerte olor a humedad y papel envejecido escapó inmediatamente del interior.
Helen iluminó el hueco con la linterna. Descendía una angosta escalera de piedra cuyos peldaños desaparecían bajo la oscuridad.
—Una habitación secreta —murmuró Simon.
Margaret sonrió con una mezcla de fascinación y desasosiego.
—En realidad diría que es un pasadizo.
Descendieron con extrema precaución. La escalera conducía a una pequeña estancia subterránea excavada parcialmente en la roca sobre la que se levantaba la mansión.
No parecía un refugio ni una bodega. Era más bien una antigua sala de archivo.
Varias estanterías recorrían las paredes sosteniendo cajas de madera, carpetas cubiertas de polvo y planos enrollados sujetos con cintas de cuero ya reseco.
En el centro descansaba una gran mesa donde alguien había trabajado muchos años atrás. Simon comenzó a abrir algunas cajas.
—Hay documentos.
Olivia examinaba cuidadosamente los papeles.
—Muy antiguos.
Eleanor desplegó uno de los grandes planos. Permaneció inmóvil.
—Richard...
El antiguo inspector se acercó.
—¿Qué ocurre?
Ella extendió completamente el pergamino sobre la mesa.
—Mire esto.
Era el plano completo de Blackthorn Hall realizado a finales del siglo XIX.
Además de las estancias conocidas aparecían dibujados numerosos corredores ocultos, escaleras de servicio, galerías interiores y pasadizos que comunicaban discretamente distintas alas de la mansión sin necesidad de utilizar los corredores principales.
Algunos atravesaban incluso el interior de los muros aprovechando su extraordinario grosor.
Existían accesos ocultos detrás de bibliotecas, armarios empotrados, chimeneas e incluso bajo determinados tramos de la gran escalera principal.
Richard pasó lentamente la mano sobre el dibujo. Comprendió inmediatamente las implicaciones.
—Ya sabemos cómo pudo moverse el asesino sin que nadie lo viera.
Nadie respondió, porque todos acababan de entender algo mucho peor. Blackthorn Hall no era una casa donde alguien se escondía. Era una casa construida precisamente para que alguien pudiera desaparecer dentro de ella.