Capítulo 5. Primeras sospechas
La madrugada fue cayendo lentamente sobre Blackthorn Hall mientras la tormenta seguía golpeando la isla con una violencia casi hipnótica.
La lluvia resbalaba por los altos ventanales formando interminables hilos de agua que deformaban el paisaje exterior hasta convertir el bosque en una sucesión de sombras móviles.
El viento hacía vibrar las antiguas vidrieras del vestíbulo y recorría las chimeneas produciendo un lamento grave que parecía surgir de las entrañas mismas de la mansión.
A la luz vacilante de los candelabros, el gran salón había perdido por completo el refinamiento que exhibía apenas unas horas antes durante la cena.
Ahora era el improvisado refugio de trece personas que compartían un mismo espacio sin compartir ya la menor confianza.
Las conversaciones habían desaparecido casi por completo y cada uno parecía refugiado en un silencio diferente: algunos dominados por el miedo, otros por la incredulidad y unos pocos por una reflexión mucho más profunda que ninguno estaba dispuesto a verbalizar.
Richard Collins permanecía de pie junto a la chimenea observando alternativamente el fuego y los rostros de los presentes.
Durante más de treinta años había aprendido que un crimen comenzaba a resolverse mucho antes de encontrar pruebas materiales.
Antes incluso de inspeccionar una escena era necesario comprender a las personas que la rodeaban, porque las mentiras no aparecían cuando alguien decidía hablar, sino mucho antes, en la forma de permanecer callado.
El antiguo inspector no conocía todavía las historias personales de aquellos invitados, pero empezaba a detectar pequeños gestos que llamaban poderosamente su atención.
Victor Ashcombe hablaba demasiado poco para un hombre acostumbrado a controlar cualquier conversación.
Gabriel Foster evitaba mirar a los demás como si temiera reconocer a alguien.
Eleanor Hastings mantenía la espalda extraordinariamente rígida desde que habían llegado a la isla.
Adrian Mercer parecía haber envejecido diez años desde que examinó el cadáver de Edmund Graves.
Ninguno de aquellos comportamientos demostraba culpabilidad, pero todos revelaban que aquella reunión estaba removiendo recuerdos mucho más antiguos que el asesinato ocurrido esa misma noche.
Finalmente fue el juez Arthur Pembroke quien rompió el silencio con la autoridad tranquila de quien había pasado media vida presidiendo tribunales.
—No podemos continuar sentados esperando a que ocurra algo más. Si la policía tardará varios días en llegar, tendremos que organizarnos nosotros mismos. El señor Collins posee experiencia suficiente para dirigir la situación.
Richard negó lentamente.
—Ya no soy policía.
—Pero sabe investigar.
—Sí.
—Entonces empiece.
El antiguo inspector observó uno por uno a los presentes antes de responder. Sabía perfectamente que aquel momento marcaría el resto de la convivencia dentro de la mansión. A partir de entonces cada decisión generaría aliados y enemigos.
—Lo primero que necesito es saber exactamente quiénes son ustedes. No las profesiones que aparecen en las invitaciones, sino cualquier relación previa con esta casa o con la familia Blackthorn.
Nadie respondió. Richard suspiró.
—Lo imaginaba.
Victor cruzó lentamente las piernas antes de intervenir.
—¿De verdad considera razonable comenzar interrogándonos entre nosotros?
—No.
—Entonces...
—Lo considero imprescindible.
Victor sonrió con una cortesía apenas disimulada.
—No veo qué utilidad puede tener conocer mi biografía para descubrir quién asesinó al mayordomo.
Richard sostuvo la mirada.
—Depende de la parte de su biografía que decida ocultarme.
Aquellas palabras provocaron el primer verdadero enfrentamiento del grupo.
Victor dejó de sonreír inmediatamente. Helen Murray observó cómo los músculos de su mandíbula se tensaban apenas un instante antes de recuperar el control.
Aquella mínima reacción le confirmó algo que llevaba varios minutos sospechando: el empresario estaba acostumbrado a dominar cualquier situación mediante la palabra, pero reaccionaba mal cuando alguien intentaba analizarlo a él.
—Empiece usted entonces —replicó Victor.
Richard aceptó sin dudarlo.
—Hace veinte años dirigí una investigación relacionada con esta propiedad.
Varias cabezas se levantaron casi al mismo tiempo.
—Nunca se resolvió completamente.
Gabriel cerró los ojos.
—Así que era eso...
Richard lo miró fijamente.
—¿Qué significa exactamente "era eso"?
El fotógrafo tardó varios segundos en responder.
—Que ya imaginaba que tarde o temprano alguien volvería a sacar aquel asunto.
La habitación quedó completamente inmóvil.
—¿Qué asunto? —preguntó Eleanor.
Gabriel negó lentamente.
—No puedo hablar de ello.
—¿Por qué?
—Porque prometí que nunca lo haría.
El silencio que siguió fue mucho más elocuente que cualquier explicación.
Richard comprendió inmediatamente que acababa de aparecer el primer hilo conductor entre varios de los invitados.
No todos reaccionaban igual al escuchar el nombre de Blackthorn Hall.
Algunos mostraban simple desconcierto. Otros, en cambio, parecían compartir un mismo recuerdo cuidadosamente enterrado.
Eleanor decidió intervenir antes de que la tensión aumentara todavía más.
—Yo sí conocí esta casa.
Las miradas se dirigieron hacia ella.
—Hace veinte años participé durante unas semanas en un inventario histórico de la biblioteca. Era muy joven. Apenas comenzaba mi carrera universitaria.
Richard permanecía inmóvil.
—¿Y ocurrió algo?
Eleanor dudó.
—No exactamente.
—Eso no ha sonado convincente.
La historiadora respiró profundamente.
—Porque no lo es.
Se levantó lentamente y caminó unos pasos hacia uno de los ventanales. Durante unos segundos permaneció observando la lluvia antes de continuar hablando con la vista fija en la oscuridad exterior.
—Recuerdo perfectamente el último día que estuve aquí.
La casa estaba llena de policías. Nadie explicaba nada.
Vi llorar a varios empleados. Escuché rumores contradictorios.
Algunos hablaban de una desaparición. Otros de un accidente.
Nadie quería responder preguntas. Cuando intenté regresar unos meses después para terminar el inventario me dijeron que el acceso a la propiedad estaba prohibido.
Desde entonces jamás volví a mencionar Blackthorn Hall.
Simon Clarke anotaba mentalmente cada palabra.
—¿Desaparición de quién?
Eleanor negó lentamente.
—Nunca llegué a saberlo.
Pero Helen percibió inmediatamente que aquella última frase no era completamente cierta.
Adrian Mercer permanecía sentado con ambas manos entrelazadas mientras escuchaba la conversación. Parecía debatirse entre guardar silencio o añadir algo más. Finalmente levantó la vista.
—Yo vine como médico.
Richard lo observó atentamente.
—¿Con qué motivo?
—Una emergencia.
—¿Qué clase de emergencia?
Adrian tragó saliva antes de responder.
—No puedo recordarlo exactamente.
Richard sostuvo la mirada unos segundos.
—Los médicos recuerdan todas las urgencias importantes.
Adrian desvió los ojos hacia el fuego.
—Normalmente sí.
Aquella respuesta bastó para que todos comprendieran que tampoco estaba diciendo toda la verdad.
Mientras tanto Margaret Doyle permanecía extraordinariamente callada. Había escuchado todas las confesiones parciales con la expresión concentrada de una novelista que comienza a reconocer la estructura oculta de una historia. Finalmente habló con una serenidad inesperada.
—Creo que todos estamos cometiendo el mismo error.
Arthur la miró.
—¿Cuál?
—Seguimos fingiendo que hemos venido aquí por casualidad.
Victor respondió inmediatamente.
—Yo sí he venido por casualidad.
Margaret sonrió.
—No.
—¿Perdón?
—Ninguno de nosotros está aquí por azar. Alguien ha dedicado meses, quizá años, a localizar exactamente a trece personas concretas. Eso significa que existe una relación entre nosotros aunque todavía no sepamos cuál es.
Simon asintió.
—Tiene sentido.
—Y hay algo más.
Todos la observaron.
—Cada vez que uno de nosotros habla del pasado, elige cuidadosamente qué parte contar y cuál omitir. No estamos ocultando el mismo secreto. Estamos ocultando secretos diferentes relacionados con un mismo acontecimiento.
Aquella reflexión cayó sobre el grupo con la fuerza de una evidencia incómoda.
Richard comenzó a reconstruir mentalmente las piezas.
Un antiguo investigador. Un médico. Una historiadora.
Un fotógrafo. Todos vinculados de algún modo a Blackthorn Hall hacía veinte años.
Resultaba imposible que aquello fuera una coincidencia.
—Quiero hacer una pregunta muy sencilla —dijo finalmente.
Nadie habló.
—Levanten la mano quienes ya habían estado en esta mansión antes de hoy.
Durante unos segundos nadie se movió. Después, muy lentamente, Adrian levantó la mano. Eleanor hizo lo mismo. Gabriel también. Tras un breve titubeo, Margaret. Y finalmente...Richard. Cinco manos. Cinco personas. Cinco antiguos visitantes.
Los demás permanecieron inmóviles. Victor parecía sinceramente sorprendido.
Helen observaba alternativamente a unos y otros intentando interpretar las reacciones.
El padre Rowan mantenía las manos entrelazadas sobre las rodillas con expresión pensativa.
Daniel Whitmore parecía desconcertado. Olivia Bennett miraba fijamente a Eleanor como si acabara de descubrir una faceta completamente desconocida de ella.
Victor rompió el silencio.
—Así que cinco de ustedes ya se conocían.
Gabriel respondió inmediatamente.
—No.
—Pero estuvieron aquí.
—Sí.
—Entonces...
—Eso no significa que nos conociéramos.
Richard confirmó aquellas palabras.
—Blackthorn Hall era una propiedad enorme. Muchas personas entraban y salían durante aquellos días. Es perfectamente posible que algunos jamás coincidieran.
Aunque mientras pronunciaba esa explicación comprendió que tampoco era completamente cierta.
La conversación quedó interrumpida por Agnes Wilcox, que apareció discretamente desde el pasillo con una bandeja de café y té.
Su rostro reflejaba un agotamiento evidente, pero continuaba cumpliendo sus tareas con la misma profesionalidad que durante la cena.
Mientras repartía las tazas, Margaret la observó atentamente.
—Señora Wilcox.
La cocinera levantó la vista.
—¿Sí?
—¿También trabajaba aquí hace veinte años?
Agnes permaneció inmóvil apenas un segundo. Fue un instante brevísimo, pero suficiente para que Richard lo advirtiera.
—Sí.
—Entonces usted también sabe qué ocurrió.
La mujer dejó lentamente la bandeja sobre una mesa auxiliar.
—Sé muchas cosas.
—¿Y por qué no las cuenta?
Agnes levantó unos ojos donde el cansancio parecía mezclarse con un miedo antiguo.
—Porque los muertos no necesitan que uno hable de ellos. Después salió del salón sin añadir una sola palabra.
Nadie comentó aquella respuesta, pero todos comprendieron que la cocinera acababa de confirmar algo esencial.
Blackthorn Hall no ocultaba un único secreto, sino varios, y prácticamente todos los que llevaban muchos años viviendo o trabajando en la mansión seguían protegiéndolos con una lealtad que resultaba difícil de comprender.
Mientras el fuego continuaba crepitando en la chimenea y la tormenta aislaba aún más la isla del resto del mundo, una sospecha comenzó a extenderse silenciosamente entre los invitados: el asesinato de Edmund Graves quizá no era el verdadero comienzo de aquella historia, sino únicamente el primer síntoma visible de una tragedia mucho más antigua cuyos protagonistas llevaban dos décadas intentando convencerse de que había quedado definitivamente enterrada.