Capítulo 4. Nadie puede salir
Richard Collins fue el primero en alcanzar el segundo piso.
Pese a la cojera que arrastraba desde hacía años, la antigua disciplina policial seguía gobernando sus movimientos cuando la adrenalina comenzaba a imponerse al dolor.
Adrian Mercer lo seguía apenas unos metros por detrás, mientras Edmund Graves avanzaba con una rapidez sorprendente para un hombre de su edad.
Los demás invitados llegaron escalonadamente, ocupando el ancho corredor principal de la planta noble, iluminado únicamente por una sucesión de apliques de pared cuya tenue luz amarillenta acentuaba las sombras proyectadas por los enormes retratos familiares.
El aire parecía haberse vuelto repentinamente más frío y el silencio posterior al estruendo resultaba aún más inquietante que el propio ruido.
Nadie sabía exactamente qué esperaba encontrar al final del pasillo, pero todos caminaban con esa mezcla de cautela y urgencia que únicamente aparece cuando la razón todavía intenta convencerse de que cualquier explicación será preferible a la que empieza a imaginar la intuición.
El origen del golpe resultó evidente al llegar frente a una de las puertas situadas en el extremo oriental de la galería.
Permanecía entreabierta. Una lámpara de sobremesa había caído al suelo y yacía hecha añicos sobre la alfombra persa, mientras uno de los pesados cortinajes era agitado violentamente por el viento que entraba a través de un gran ventanal abierto de par en par.
Las ráfagas hacían oscilar las llamas de varias velas repartidas por la estancia, provocando que las sombras parecieran moverse sobre las paredes revestidas de madera oscura.
Richard levantó una mano indicando al resto que permaneciera atrás antes de empujar lentamente la puerta.
La habitación era un elegante despacho revestido por estanterías repletas de volúmenes encuadernados en cuero, mapas antiguos y vitrinas donde se exhibían relojes, brújulas y pequeños instrumentos científicos de otras épocas.
Una enorme mesa de nogal ocupaba el centro de la estancia, perfectamente ordenada, salvo por una silla volcada junto a ella.
A escasos metros, tendido sobre el suelo de mármol, yacía el cuerpo de Edmund Graves.
El anciano mayordomo había caído de espaldas con una expresión de absoluta incredulidad congelada en el rostro.
Una profunda herida en el pecho teñía lentamente de rojo el impecable frac negro que llevaba apenas unos minutos antes durante la cena.
El contraste entre la elegancia de su uniforme y la violencia de aquella muerte producía una impresión casi irreal, como si alguien hubiera introducido una escena de otro género literario en medio de una refinada reunión aristocrática.
Durante varios segundos nadie fue capaz de pronunciar una sola palabra.
Adrian se arrodilló inmediatamente junto al cadáver con los movimientos automáticos de quien ha repetido miles de veces el mismo procedimiento a lo largo de su carrera.
Buscó el pulso en el cuello, observó la pupila, examinó rápidamente la herida y finalmente retiró lentamente la mano mientras bajaba la cabeza.
—Ha muerto.
La voz apenas le salió.
Helen Murray se aproximó unos pasos.
—¿Cuánto tiempo?
—Muy poco. Tal vez uno o dos minutos antes de que llegáramos.
Richard inspeccionaba ya el despacho.
—¿Arma?
Adrian negó con la cabeza.
—No está aquí.
El antiguo inspector recorrió lentamente la habitación sin tocar absolutamente nada.
Se agachó junto a la ventana abierta y observó el jardín inferior.
La lluvia comenzaba a caer con violencia sobre la gravilla del patio, mientras los árboles se inclinaban bajo un viento cada vez más intenso.
No había huellas visibles sobre la piedra mojada ni indicios evidentes de que alguien hubiera escapado por allí.
Aun así, aquella ventana abierta no dejaba de resultarle demasiado conveniente.
—Nadie salta desde aquí sin romperse las piernas —murmuró.
Simon Clarke se acercó.
—¿Está seguro?
Richard señaló el desnivel.
—Son casi ocho metros de caída sobre roca. Si alguien hubiera huido por la ventana estaría ahí abajo o dejaría un rastro evidente.
Mientras tanto Helen examinaba el despacho con una atención muy distinta.
No buscaba huellas físicas sino comportamientos.
Observaba a los presentes casi tanto como la propia escena del crimen.
Victor Ashcombe mantenía una compostura excesivamente controlada, como si se esforzara deliberadamente por parecer sereno.
Margaret Doyle permanecía inmóvil frente al cadáver, aunque no lo miraba directamente, sino al escritorio.
Gabriel Foster respiraba con dificultad y evitaba entrar completamente en la habitación.
Eleanor Hastings tenía los brazos cruzados con tanta fuerza que los nudillos comenzaban a blanquear.
Daniel Whitmore no apartaba la vista del cuerpo, incapaz todavía de aceptar que el hombre que les había recibido una hora antes yaciera ahora muerto sobre el mármol.
Helen habló con suavidad.
—Nadie salga del despacho.
Richard asintió.
—Estoy de acuerdo.
Victor frunció el ceño.
—¿Está insinuando que uno de nosotros...?
Richard no dejó que terminara.
—No estoy insinuando nada. Estoy diciendo que el asesino podría seguir aquí.
La frase cayó sobre el grupo con un peso insoportable. Hasta ese momento todos habían reaccionado como espectadores de una tragedia inesperada. Aquellas palabras los convertían de golpe en posibles sospechosos.
—Eso es absurdo —protestó Arthur Pembroke—. Todos estábamos cenando.
—No exactamente —respondió Simon.
Varias miradas se dirigieron hacia él.
—Durante unos segundos todos nos levantamos al escuchar el golpe. Hubo bastante confusión.
Victor negó con firmeza.
—No me diga que alguien pudo subir, matar al mayordomo y regresar antes que nosotros.
Richard respondió sin alterar el tono.
—No lo sé todavía. Lo único que sé es que alguien acaba de cometer un asesinato en una casa aislada donde únicamente estamos nosotros.
En ese preciso instante un relámpago iluminó toda la estancia con una intensidad casi cegadora.
El trueno posterior hizo vibrar los cristales de las ventanas y, apenas unos segundos después, toda la iluminación eléctrica de la mansión se apagó de forma brusca.
El corredor quedó completamente sumido en la oscuridad.
Solo las llamas de algunas velas y los destellos ocasionales de la tormenta permitían distinguir las siluetas inmóviles de los presentes.
Alguien dejó escapar un grito ahogado. Olivia Bennett buscó instintivamente el brazo de Margaret.
—¿Qué ha pasado?
Desde algún lugar de la planta baja llegó la voz de Agnes Wilcox.
—¡Se ha ido la luz!
Durante los siguientes minutos la mansión adquirió una atmósfera completamente distinta.
Las velas fueron encendiéndose una tras otra mientras Agnes recorría las habitaciones con sorprendente eficacia repartiendo candelabros de plata.
Sin electricidad, Blackthorn Hall parecía regresar un siglo atrás.
Los enormes pasillos quedaban interrumpidos por islas de luz vacilante entre las que se extendían largos corredores de penumbra.
Cada retrato parecía cobrar vida bajo el movimiento irregular de las llamas y cada crujido de la madera adquiría una intensidad desproporcionada.
La tormenta descargaba ya con toda su violencia sobre la isla.
El viento silbaba alrededor de las torres y la lluvia golpeaba los ventanales con tal fuerza que daba la impresión de que alguien quisiera entrar desde el exterior.
Richard decidió comprobar inmediatamente la posibilidad de abandonar la isla.
Descendió acompañado por Adrian, Helen y Simon hasta el embarcadero mientras varios de los demás permanecían junto al cadáver.
Al abrir la puerta principal, una ráfaga helada casi les obligó a retroceder.
El sendero de grava se había convertido en un torrente de agua y barro.
Apenas conseguían mantenerse en pie mientras descendían hacia la costa.
Cuando finalmente alcanzaron el muelle comprendieron que cualquier esperanza de marcharse acababa de desaparecer.
El embarcadero había quedado prácticamente destruido. Parte de la estructura de madera se había desprendido y flotaba ya entre las olas embravecidas. La lancha que los había transportado hasta allí había desaparecido. Solo quedaban amarras rotas golpeando violentamente contra los postes de madera.
Simon contempló incrédulo el desastre.
—Dios mío...
Richard observó el mar.
—La corriente se la habrá llevado.
Adrian negó lentamente.
—¿Romper unas amarras tan gruesas?
Helen se agachó junto a uno de los cabos.
—No se han roto.
Todos la miraron.
Ella levantó el extremo de la cuerda.
—Han sido cortadas.
Ninguno habló durante varios segundos. El viento arrastraba la lluvia horizontalmente mientras las olas rompían contra los restos del embarcadero con una violencia creciente. Aquello ya no parecía un accidente provocado por la tormenta.
Richard observó el corte limpio de la cuerda.
—Esto se hizo con una herramienta afilada.
—¿Antes o después de que llegáramos? —preguntó Adrian.
—Eso precisamente es lo que tendremos que averiguar.
El regreso a la mansión fue todavía más silencioso que la bajada.
Cuando comunicaron al resto lo sucedido, el ambiente cambió definitivamente.
La muerte del mayordomo había sido un crimen.
La desaparición de la embarcación significaba algo mucho peor.
Alguien no solo había matado. Alguien había previsto que nadie pudiera abandonar la isla.
Victor fue el primero en expresar en voz alta el pensamiento que todos compartían.
—Entonces estamos atrapados.
Richard respondió con absoluta serenidad.
—Sí.
—¿Cuándo podrá llegar la policía?
Simon miró por la ventana hacia el mar embravecido.
—Con este temporal...
Richard terminó la frase.
—No antes de varios días.
Un silencio pesado descendió sobre el gran salón mientras las llamas de la chimenea proyectaban sombras cambiantes sobre los rostros de los trece invitados.
Afuera la tormenta aislaba completamente la isla del resto del mundo.
Dentro de la mansión, el cadáver de Edmund Graves permanecía aún en el despacho del segundo piso esperando a una policía que tardaría demasiado en llegar.
Poco a poco todos comenzaron a comprender la verdadera dimensión de su situación.
Ya no eran un grupo de invitados reunidos por un misterioso anfitrión, sino un reducido número de personas encerradas en una mansión aislada donde acababa de cometerse un asesinato y donde el responsable, con toda probabilidad, continuaba sentado entre ellos, escuchando las mismas explicaciones, compartiendo el mismo miedo y observando con idéntica calma cómo la desconfianza empezaba a abrirse paso, lenta e inexorable, entre quienes apenas unas horas antes se habían estrechado la mano con cortesía.