Los Trece Invitados Capítulo 3. El anfitrión ausente
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Capítulo 3. El anfitrión ausente

El embarcadero privado de Blackthorn Hall estaba construido con enormes bloques de granito ennegrecidos por la sal y los inviernos, unidos a una plataforma de madera que crujía bajo el peso de los visitantes con un sonido grave y antiguo.

Dos faroles de hierro forjado permanecían encendidos pese a que todavía era media tarde, proyectando una luz amarillenta que apenas conseguía atravesar la humedad suspendida en el aire.

Más allá comenzaba un camino de grava blanca que ascendía lentamente entre robles centenarios, tejos y espinos salvajes cuyas ramas desnudas se entrelazaban formando una bóveda natural sobre el sendero.

El viento agitaba las copas de los árboles con un murmullo constante semejante a un largo suspiro, mientras alguna hoja rezagada descendía lentamente hasta desaparecer bajo las pisadas de los recién llegados.

Nadie habló durante los primeros minutos de caminata.

La propia isla imponía un silencio que no parecía exigir respeto, sino obediencia.

La mansión reveló toda su magnitud únicamente cuando el camino desembocó en la explanada principal.

Vista de cerca, Blackthorn Hall resultaba mucho más impresionante que desde el mar.

El edificio había sido ampliado durante siglos siguiendo estilos arquitectónicos diferentes que, contra toda lógica, formaban un conjunto de extraordinaria armonía.

El cuerpo central conservaba la sobriedad georgiana original, mientras que las alas laterales incorporaban elementos victorianos y neogóticos levantados por generaciones posteriores.

Grandes ventanales rematados por arcos apuntados alternaban con balcones de piedra y altas chimeneas decoradas con esculturas casi erosionadas por el tiempo.

La fachada principal estaba presidida por una escalinata de treinta peldaños de granito que conducía a una puerta de roble macizo reforzada con herrajes de hierro ennegrecido.

Sobre ella, tallado en la piedra, aparecía el mismo escudo que todos habían visto sellando sus invitaciones: un espino cuyas ramas envolvían una corona.

Las puertas se abrieron antes de que nadie pudiera llamar.

Un anciano de elevada estatura esperaba inmóvil en el umbral vestido con un impecable frac negro.

Su cabello completamente blanco estaba peinado hacia atrás con un esmero casi militar y su rostro, estrecho y profundamente surcado por arrugas, conservaba una dignidad difícil de describir.

Sus movimientos eran pausados, precisos y silenciosos, como si hubiera aprendido hacía décadas que un mayordomo perfecto debía hacerse casi invisible.

Sin embargo, había algo en sus ojos grises que llamaba inmediatamente la atención: no transmitían frialdad, sino un cansancio inmenso, el cansancio de quien lleva demasiado tiempo conviviendo con recuerdos que preferiría olvidar.

—Bienvenidos a Blackthorn Hall. Mi nombre es Edmund Graves.

Soy el mayordomo de la familia Blackthorn desde hace cuarenta y tres años.

El señor de la casa lamenta profundamente no haber podido recibirles personalmente a su llegada, pero les ruega que acepten su hospitalidad durante este fin de semana.

Su voz era grave y perfectamente modulada, sin el menor titubeo.

Mientras hablaba observaba a cada uno de los invitados con una atención tan discreta que cualquiera habría pensado que simplemente estaba siendo cortés.

Richard Collins, sin embargo, percibió inmediatamente que el anciano no solo los estaba saludando: estaba comprobando que todos hubieran llegado.

—¿Sir Blackthorn se encuentra en la casa? —preguntó Eleanor.

El mayordomo inclinó apenas la cabeza.

—Sí, profesora Hastings.

—Entonces tendremos ocasión de saludarlo durante la cena.

Una pausa casi imperceptible precedió a la respuesta.

—Eso espera él también.

La frase resultó extraña, aunque ninguno supo explicar exactamente por qué.

Al atravesar el vestíbulo principal, los invitados quedaron momentáneamente sobrecogidos por las dimensiones del edificio.

El techo se elevaba más de doce metros sobre un suelo de mármol blanco y negro dispuesto formando intrincados motivos geométricos.

Dos escalinatas curvas ascendían hacia las galerías superiores iluminadas por una inmensa vidriera donde aparecían representadas escenas mitológicas dominadas siempre por la figura del espino.

A ambos lados del salón principal se alineaban retratos de generaciones enteras de la familia Blackthorn.

Hombres y mujeres de distintas épocas contemplaban a los recién llegados con expresiones solemnes, algunos vestidos con uniformes militares, otros con togas judiciales, hábitos religiosos o elegantes trajes de gala.

Resultaba imposible recorrer aquella galería sin experimentar la incómoda sensación de estar siendo observado.

Margaret Doyle avanzó lentamente examinando los cuadros con el interés casi reverencial de quien entra por primera vez en un museo desconocido. Se detuvo frente al retrato de una joven de extraordinaria belleza pintado a finales del siglo XIX.

—Qué curioso... —murmuró.

Gabriel Foster se acercó.

—¿Qué ocurre?

—Mire sus ojos.

Gabriel observó el cuadro.

—¿Qué tienen?

—No siguen al espectador.

—¿Y eso es extraño?

Margaret sonrió.

—Muchísimo. Los grandes retratistas solían hacerlo deliberadamente. Aquí parece lo contrario. Es como si estuviera mirando a alguien que permanece detrás de nosotros.

Gabriel giró instintivamente la cabeza. No había nadie.

El mayordomo condujo al grupo hasta un amplio salón revestido de madera de nogal donde ardía una chimenea monumental. Allí los esperaba una mujer de unos sesenta años, baja, corpulenta y de rostro amable, vestida con un sencillo uniforme gris.

—La señora Agnes Wilcox, cocinera de la casa.

La mujer saludó con una sonrisa cálida que contrastaba con la rigidez casi ceremonial del mayordomo.

—Espero que hayan tenido buen viaje. Dentro de una hora se servirá la cena. Mientras tanto pueden descansar en sus habitaciones.

Victor Ashcombe sonrió.

—Después del trayecto creo que todos lo agradeceremos.

Agnes asintió.

—Las habitaciones están preparadas desde hace varios días.

Aquella respuesta llamó la atención de Helen Murray.

—¿Sabían exactamente cuándo llegaríamos?

La cocinera pareció sorprenderse por la pregunta.

—Claro. Todo estaba organizado.

Edmund intervino antes de que la conversación continuara.

—Si me acompañan, les mostraré sus habitaciones.

La distribución de los dormitorios ocupó buena parte de la planta noble.

Ninguno era igual a otro. Algunos estaban decorados con mobiliario victoriano, otros conservaban un aire eduardiano y varios parecían auténticos apartamentos privados.

Desde las ventanas se contemplaban diferentes zonas de la isla: el bosque, los acantilados, los jardines, el viejo invernadero cubierto de hiedra o el mar golpeando incansablemente las rocas.

Adrian descubrió que su habitación tenía vistas directas hacia un pequeño cementerio familiar parcialmente oculto entre los árboles.

Eleanor encontró sobre el escritorio un ejemplar antiguo de un tratado de arquitectura que casualmente había citado aquella misma semana en una conferencia.

Margaret observó que la biblioteca de su dormitorio contenía primeras ediciones de varios de sus novelistas favoritos.

Victor comprobó complacido que incluso había una pequeña bodega privada.

Nadie comentó aquellas coincidencias, pero todos las registraron.

La cena fue anunciada exactamente a las ocho mediante el sonido profundo de una campana que resonó por toda la mansión.

Cuando los invitados descendieron nuevamente al comedor principal encontraron una estancia deslumbrante.

Una mesa de roble de casi diez metros ocupaba el centro de la sala bajo una lámpara de cristal cuyos centenares de brazos multiplicaban el reflejo de las velas.

La vajilla era de porcelana inglesa decorada con delicados motivos dorados y cada cubierto parecía pertenecer a una colección de museo.

Sobre la pared norte presidía la estancia un inmenso retrato de un hombre de expresión severa vestido con uniforme militar.

Richard observó la pintura.

—Supongo que ese era algún Blackthorn.

Edmund respondió mientras acomodaba las sillas.

—Lord Alistair Blackthorn. Fundador de la actual residencia en 1849.

Victor miró discretamente la cabecera de la mesa.

—¿Y dónde se sentará nuestro anfitrión?

El mayordomo mantuvo unos segundos de silencio.

—En su lugar habitual.

Todos dirigieron la vista hacia la cabecera, permanecía vacía.

La cena comenzó con una crema de castañas y setas silvestres seguida de faisán asado acompañado por verduras de temporada.

Agnes Wilcox supervisaba personalmente cada plato mientras Edmund servía el vino con una precisión casi coreográfica.

Poco a poco la conversación fue relajándose.

Simon Clarke comenzó a hacer preguntas sobre la historia de la mansión; Eleanor respondió con entusiasmo describiendo algunas peculiaridades arquitectónicas; Margaret recordó antiguas leyendas locales relacionadas con familias aristocráticas inglesas; Victor monopolizó durante unos minutos la conversación hablando de restauraciones inmobiliarias; Daniel Whitmore terminó explicando la influencia de la música sacra en determinadas construcciones medievales.

Incluso Richard Collins sonrió en varias ocasiones.

Durante casi una hora todo pareció extraordinariamente normal. Demasiado normal. Fue Adrian quien terminó rompiendo aquella aparente tranquilidad.

—Disculpe, señor Graves.

—¿Sí, doctor?

—Creo que todos sentimos curiosidad por conocer a nuestro anfitrión.

Edmund dejó lentamente la botella de vino sobre el aparador.

—Lo comprendo.

—Entonces...

El anciano respiró con calma.

—Sir Blackthorn les ruega que continúen cenando.

Victor frunció el ceño.

—¿No piensa acompañarnos?

—No esta noche.

Richard intervino inmediatamente.

—¿Se encuentra enfermo?

Otra breve pausa.

—Podría decirse que sí.

Aquella respuesta dejó un silencio incómodo flotando sobre la mesa.

​ Cuando terminó el postre y Agnes abandonó el comedor, Edmund regresó llevando una bandeja de plata.

Sobre ella descansaba un único sobre de color marfil sellado con el mismo lacre negro que todos conocían ya demasiado bien.

Sin pronunciar palabra lo depositó exactamente en el centro de la mesa y dio un paso atrás.

—El señor Blackthorn les ha pedido que lean esto una vez hayan llegado todos.

Nadie extendió la mano inmediatamente. Finalmente fue Eleanor quien rompió el sello. Sacó una única hoja. La leyó en silencio. Su expresión cambió. Richard alargó la mano.

—¿Profesora?

Ella levantó lentamente la vista hacia el resto.

—Creo que será mejor que lo escuchen todos.

Respiró hondo y comenzó a leer.

—«Bienvenidos a Blackthorn Hall. La reunión comenzará cuando todos comprendan por qué están aquí.»

Las palabras apenas habían terminado de resonar en el comedor cuando un estruendo seco atravesó la mansión.

No fue el sonido de una puerta cerrándose ni el de un objeto cayendo al suelo, sino un golpe sordo y pesado procedente del piso superior que hizo vibrar ligeramente la lámpara de cristal.

Durante un segundo nadie reaccionó. Después todos se levantaron casi al mismo tiempo, mientras Edmund Graves, por primera vez desde que los habían recibido en la isla, perdía por completo la serenidad de su rostro.

Sin pedir permiso echó a correr hacia la escalera principal, seguido inmediatamente por Richard Collins y Adrian Mercer, sin que ninguno de los presentes pudiera imaginar que, cuando alcanzaran el corredor del segundo piso, el fin de semana acababa de transformarse en una pesadilla de la que ya ninguno saldría siendo la misma persona.