Los Trece Invitados Capítulo 2. La isla
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Capítulo 2. La isla

El viernes amaneció cubierto por un cielo de un gris uniforme que parecía haber absorbido toda la luz del otoño.

Desde primeras horas de la mañana una niebla espesa avanzaba lentamente sobre los campos del norte de Inglaterra, envolviendo carreteras secundarias, bosques desnudos y pequeños pueblos de piedra donde apenas se distinguían las chimeneas encendidas.

Era uno de esos días en los que el paisaje parecía desdibujarse deliberadamente, como si quisiera ocultar aquello que aguardaba unos kilómetros más adelante.

Los trece invitados iniciaron sus respectivos viajes convencidos de que acudían a una reunión exclusiva organizada por una antigua fundación privada, aunque cada uno había construido una explicación distinta para justificar aquella convocatoria.

Algunos imaginaban un proyecto cultural, otros una operación empresarial o una reunión de antiguos colaboradores.

Ninguno sospechaba que el verdadero motivo no figuraba en ninguna carta porque llevaba veinte años enterrado bajo una montaña de silencios compartidos.

Poco antes del mediodía comenzaron a llegar al pequeño puerto de Greyhaven, una localidad costera tan discreta que apenas aparecía en los mapas turísticos.

El viento arrastraba el olor salado del mar mezclado con el de las algas secándose sobre las rocas y el graznido de las gaviotas rompía de vez en cuando el rumor constante de las olas golpeando el espigón.

Allí no había yates de lujo ni embarcaciones deportivas.

Solo un viejo muelle de madera oscurecida por décadas de temporales, un almacén portuario, una taberna de pescadores y una cafetería donde el tiempo parecía haberse detenido muchos años atrás.

En el extremo del embarcadero esperaba una lancha de gran tamaño pintada de negro mate, impecablemente mantenida, cuya presencia contrastaba con el aspecto envejecido del puerto.

Junto a ella permanecía un hombre vestido con uniforme oscuro que comprobaba discretamente una lista de nombres sin apenas levantar la vista.

El primero en llegar fue Adrian Mercer. Descendió del automóvil enviado por la fundación con una pequeña maleta de cuero perfectamente cuidada y un abrigo gris que el viento agitó inmediatamente.

Observó el puerto con atención profesional, como si estuviera inspeccionando una sala de operaciones antes de comenzar una intervención complicada.

Siempre había sido un hombre acostumbrado a controlar cada variable, y precisamente por eso aquella organización silenciosa le producía una incomodidad difícil de explicar.

El conductor descargó el equipaje sin pronunciar una sola palabra antes de regresar al coche y desaparecer por la carretera.

—Doctor Mercer —dijo el hombre del uniforme tras consultar la lista—. Bienvenido. La embarcación partirá cuando lleguen los demás invitados.

—¿Cuántos somos exactamente?

—Trece.

—¿Y el anfitrión?

El empleado levantó por primera vez la mirada. Su expresión era tan neutra que parecía ensayada.

—Sir Blackthorn les recibirá en la mansión.

No añadió nada más.

Adrian caminó lentamente por el muelle mientras el viento le azotaba el rostro.

Al fondo, más allá de la niebla, creyó distinguir durante un instante la silueta de una isla cubierta por una masa oscura de árboles.

Apenas fue un segundo antes de que la bruma volviera a ocultarla completamente.

Aquella visión fugaz bastó para que una sensación olvidada despertara en algún rincón de su memoria, una impresión tan antigua que ni siquiera podía asociarla a una imagen concreta, únicamente a un miedo irracional que creía haber superado hacía muchos años.

La siguiente en llegar fue Eleanor Hastings.

Bajó del vehículo con la serenidad elegante que la caracterizaba, aunque Adrian advirtió inmediatamente una ligera rigidez en sus movimientos, propia de quien intenta ocultar una inquietud creciente.

Durante unos segundos ambos permanecieron observándose.

Habían coincidido fugazmente hacía más de veinte años en circunstancias muy distintas, pero el tiempo había transformado tanto sus rostros que ninguno se atrevía a confiar plenamente en su memoria.

—¿Doctor Mercer? —preguntó finalmente Eleanor.

Adrian sonrió con cortesía.

—Profesora Hastings... Ha pasado demasiado tiempo.

—Muchísimo.

Hubo un breve silencio.

—No esperaba encontrar caras conocidas.

—Yo tampoco.

Eleanor contempló el mar antes de añadir con aparente naturalidad:

—¿Sabe exactamente qué pretende esta fundación?

—Si lo supiera, probablemente no estaría aquí.

Ella dejó escapar una sonrisa breve.

—Eso no responde a la pregunta.

—Lo sé.

Ambos comprendieron al mismo tiempo que ninguno estaba dispuesto a revelar todo lo que sabía.

Durante la siguiente hora fueron llegando los demás invitados.

Victor Ashcombe apareció impecablemente vestido con un abrigo azul marino y una bufanda de cachemira, saludando con una cordialidad tan estudiada que resultaba difícil distinguir dónde terminaba la educación y comenzaba el cálculo.

Observó discretamente a cada uno de los presentes con la misma atención con la que un inversor analiza a sus futuros socios.

No tardó en iniciar conversación con Margaret Doyle, quien, apoyada sobre un bastón de paseo más ornamental que necesario, parecía disfrutar contemplando el comportamiento de los desconocidos como si ya estuviera imaginando una novela protagonizada por todos ellos.

—Supongo que también viene por la fundación —comentó Victor.

—Supongo.

—¿Ha trabajado con ellos antes?

Margaret sonrió sin apartar la vista del mar.

—No exactamente.

—Entonces tendremos que averiguarlo juntos.

—Las personas que dicen eso suelen querer averiguar cosas sobre los demás antes que sobre sí mismas.

Victor soltó una carcajada sincera.

—Tiene usted buen ojo.

—Es deformación profesional.

—¿A qué se dedica?

—A observar.

Victor esperó unos segundos.

—Eso no es una profesión.

—Depende de lo bien que se haga.

Mientras tanto Richard Collins descendía de otro automóvil acompañado únicamente por su bastón.

Sus ojos recorrieron automáticamente el puerto buscando cámaras, accesos, rutas de escape y cualquier detalle fuera de lugar.

Aquella costumbre nunca lo había abandonado.

Saludó con un leve movimiento de cabeza al resto del grupo antes de detenerse unos segundos junto al encargado de la embarcación.

—¿Hay vigilancia permanente en la isla?

—Sí, señor.

—¿Cuántas personas viven allí?

—Lo descubrirá al llegar.

—No parece usted muy hablador.

—No me pagan para conversar.

Richard sonrió apenas.

—Eso suele decirlo la gente que sabe demasiado.

El marinero no respondió. Poco a poco el grupo fue completándose.

Gabriel Foster llegó con una vieja cámara fotográfica colgada al cuello pese a que hacía años que apenas tomaba imágenes.

Su aspecto transmitía un cansancio profundo, casi existencial, acentuado por unas ojeras permanentes y una barba entrecana descuidada.

La psicóloga forense Helen Murray, una mujer de porte atlético y mirada extraordinariamente penetrante, observaba a todos con la discreción de quien ha dedicado media vida a interpretar gestos involuntarios.

El juez retirado Arthur Pembroke, de espalda aún recta pese a sus setenta años, parecía conservar la solemnidad de los tribunales incluso cuando pedía un café.

También llegaron el sacerdote padre Michael Rowan, cuya voz tranquila inspiraba confianza inmediata; el periodista Simon Clarke, incapaz de ocultar su curiosidad por cualquier conversación ajena; la restauradora Olivia Bennett, de manos finas acostumbradas a reconstruir obras dañadas por los siglos; el profesor de música Daniel Whitmore, siempre distraído tarareando melodías clásicas casi sin darse cuenta, y el discreto contable Edgar Mills, un hombre de apariencia insignificante que parecía pedir disculpas incluso antes de hablar.

Las presentaciones fueron desarrollándose con una cortesía distante propia de desconocidos obligados a compartir un mismo viaje.

Nadie hacía preguntas demasiado personales.

Todos ofrecían únicamente la información imprescindible.

Sin embargo, bajo aquella superficie educada comenzaban a formarse las primeras impresiones.

Victor consideró inmediatamente que Richard representaba un posible problema; Helen percibió que Adrian evitaba mirar directamente a Gabriel; Margaret detectó que Eleanor fingía una tranquilidad mucho mayor de la que realmente sentía; Simon comenzó a tomar discretas notas mentales sobre todos ellos; y el padre Rowan tuvo la extraña sensación de que aquel grupo entero compartía un tipo de silencio que solo había observado en personas que arrastraban culpas antiguas.

La embarcación soltó amarras poco después de las dos de la tarde.

Conforme abandonaban el puerto, la costa fue desapareciendo lentamente tras un muro de niebla cada vez más espeso.

Durante varios minutos el único sonido fue el del motor cortando el agua y el golpe rítmico de las olas contra el casco.

Algunos pasajeros permanecían en cubierta contemplando el horizonte invisible; otros preferían resguardarse en el pequeño salón interior donde una chimenea eléctrica intentaba combatir el frío húmedo que se colaba por todas partes.

—Curioso lugar para organizar una reunión privada —comentó Simon Clarke mientras observaba la bruma desde una ventanilla.

Richard respondió sin apartar la vista del mar.

—Los lugares aislados ofrecen privacidad.

Margaret añadió con una sonrisa casi imperceptible:

—Y también dificultan que alguien se marche antes de tiempo.

Nadie respondió.

Transcurrieron casi cuarenta minutos antes de que la isla emergiera lentamente entre la niebla.

Primero apareció la silueta de unos acantilados de roca negra que se elevaban abruptamente sobre el mar embravecido.

Después comenzaron a distinguirse enormes robles centenarios cuyos troncos retorcidos parecían formar una muralla vegetal alrededor del interior de la isla.

Finalmente, dominando todo el paisaje, apareció Blackthorn Hall.

La mansión era mucho mayor de lo que cualquiera había imaginado.

Construida con piedra oscura casi negra, se alzaba sobre una pequeña colina dominando el bosque y el mar al mismo tiempo.

Sus innumerables ventanales reflejaban la luz gris del cielo como si fueran espejos apagados, mientras varias torres de diferentes alturas rompían una silueta irregular que recordaba más a una fortaleza que a una residencia señorial.

La hiedra cubría parte de las fachadas, pero lejos de transmitir abandono confería al edificio una presencia aún más solemne, como si la propia naturaleza hubiera decidido proteger aquel lugar del paso del tiempo.

A ambos lados de la escalinata principal se levantaban antiguas estatuas de piedra parcialmente erosionadas cuyos rostros habían desaparecido hacía mucho tiempo bajo el desgaste del viento y la lluvia.

Mientras la embarcación atracaba lentamente, ninguno de los trece invitados pronunció una palabra.

Todos contemplaban la mansión con una mezcla de fascinación e inquietud difícil de definir.

Algunos creían reconocer vagamente aquel paisaje sin comprender por qué.

Otros experimentaban la incómoda impresión de haber regresado a un lugar donde nunca habían querido volver.

Y aunque ninguno podía explicarlo todavía, todos compartían la misma sensación persistente de que Blackthorn Hall no parecía esperar simplemente su llegada, sino que llevaba demasiado tiempo aguardándolos.