Los Trece Invitados Capítulo 1. La invitación
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Los Trece Invitados

Los Trece Invitados

Por Oliver Ashcroft

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Capítulo 1. La invitación

La primera carta llegó un lunes de finales de octubre, cuando el otoño había cubierto de cobre los parques y las avenidas del sur de Inglaterra y el aire comenzaba a oler a leña húmeda y hojas en descomposición.

No llevaba remite ni sello identificable, únicamente una elegante caligrafía realizada con tinta azul oscura que parecía pertenecer a otra época, una escritura pausada y segura, con trazos largos y armoniosos imposibles de reproducir mediante una impresora moderna.

El sobre, de un marfil ligeramente envejecido, era grueso y pesado, sellado con lacre negro en cuyo centro aparecía grabado un escudo heráldico presidido por un espino.

La mayoría de quienes lo recibieron permanecieron unos segundos observándolo antes de abrirlo, como si intuyeran que aquel pequeño objeto contenía algo más importante que una simple invitación.

Ninguno de ellos podía imaginar que, en realidad, aquella carta era el primer movimiento de una partida iniciada veinte años antes y que alguien había esperado con una paciencia casi inhumana el momento exacto para ponerla de nuevo en marcha.

El doctor Adrian Mercer encontró el sobre entre varias revistas médicas y una factura olvidada al regresar de una interminable jornada en el hospital Saint Bartholomew de Londres.

A sus cincuenta y ocho años conservaba la figura alta y delgada de quien había pasado la vida caminando por pasillos interminables sin prestar atención al cansancio.

Su cabello, antes completamente negro, había cedido terreno a un gris elegante que enmarcaba un rostro anguloso donde destacaban unos ojos claros incapaces de ocultar la permanente sensación de culpa con la que convivía desde hacía demasiado tiempo.

Vivía solo en una casa victoriana perfectamente ordenada, donde cada objeto ocupaba siempre el mismo lugar y donde el silencio era tan absoluto que el sonido del reloj del recibidor parecía marcar no los segundos, sino los años perdidos.

Rompió el lacre con un abrecartas de plata y desplegó lentamente la hoja.

«El consejo de administración de la Fundación Blackthorn tiene el placer de invitarle a un encuentro privado que se celebrará durante el próximo fin de semana en Blackthorn Hall.

Su experiencia profesional y su antigua relación con la propiedad resultan de gran interés para un proyecto histórico de carácter reservado.

Un automóvil le recogerá el viernes a las tres de la tarde. Rogamos absoluta discreción.»

No aparecía ninguna firma. Solo el mismo escudo del lacre al pie de la página.

Adrian permaneció inmóvil durante varios minutos.

Había jurado no volver jamás a leer aquel nombre.

Blackthorn. Ni siquiera pronunciaba la palabra desde hacía dos décadas.

Cuando finalmente levantó la vista, observó el reflejo de su rostro en el cristal de la ventana y tuvo la incómoda impresión de que alguien mucho más viejo lo contemplaba desde el otro lado.

—Eso es imposible... —murmuró para sí mismo.

Sin embargo, no rompió la carta.

A casi trescientos kilómetros de allí, Eleanor Hastings acababa de terminar una conferencia sobre patrimonio arquitectónico en la Universidad de Cambridge cuando una secretaria la alcanzó en el pasillo.

—Profesora Hastings.

—¿Sí?

—Ha llegado esto para usted. El mensajero insistió en entregarlo en mano.

Eleanor sonrió con educación mientras aceptaba el sobre.

Era una mujer de cincuenta y cinco años cuya serenidad parecía fruto de una disciplina cuidadosamente cultivada.

Llevaba el cabello castaño recogido en un moño sencillo donde comenzaban a aparecer discretas hebras plateadas.

Su rostro transmitía inteligencia antes incluso que belleza, y quienes la conocían sabían que era capaz de desmontar una teoría histórica con la misma delicadeza con la que servía una taza de té.

Poseía una memoria extraordinaria para fechas, documentos y detalles arquitectónicos, aunque evitaba hablar de cualquier episodio relacionado con los primeros años de su carrera.

Algunos colegas atribuían ese silencio a una investigación fracasada. Nadie insistía demasiado.

Abrió la carta mientras caminaba hacia su despacho y, conforme avanzaba la lectura, el ritmo de sus pasos fue disminuyendo hasta detenerse por completo.

—Blackthorn Hall... —susurró.

El nombre le provocó una punzada tan intensa que apoyó una mano sobre la pared del corredor. Recordó un enorme vestíbulo revestido de madera oscura, una escalera iluminada por vidrieras y un sonido lejano que jamás había logrado olvidar, aunque durante veinte años hubiera fingido lo contrario.

Una voz joven apareció detrás de ella.

—¿Se encuentra bien?

Era Martin Keegan, uno de sus doctorandos.

—La veo muy pálida.

Eleanor dobló lentamente la carta.

—Solo es un recuerdo inesperado.

—¿Malas noticias?

Ella tardó unos segundos en responder.

—No. Solo... una invitación que creía imposible recibir.

Mientras tanto, en Bristol, el antiguo inspector Richard Collins alimentaba a un viejo labrador negro en el pequeño jardín de su casa.

Había abandonado la policía seis años atrás después de una carrera brillante marcada por varios casos célebres y uno del que jamás aceptó hablar.

Su cuerpo aún conservaba la complexión robusta de los tiempos en que patrullaba las calles, aunque una leve cojera en la pierna izquierda le obligaba a caminar apoyándose ligeramente sobre un bastón de nogal.

Tenía el rostro curtido, las manos grandes y unos ojos azules extraordinariamente atentos que parecían analizar incluso aquello que nadie decía.

Su vecina, la señora Walters, se acercó a la verja.

—Richard.

—Buenos días.

—El cartero ha dejado esto por error en mi buzón.

Le tendió el sobre.

—Gracias.

—¿Alguna boda?

Richard soltó una breve carcajada.

—A mi edad sería una imprudencia.

Esperó a quedarse solo antes de abrirlo. Conforme avanzaba la lectura, la sonrisa desapareció lentamente.

La señora Walters seguía observándolo desde la acera.

—¿Todo bien?

Richard levantó la cabeza.

—Dígame una cosa, Margaret...

—¿Sí?

—¿Ha tenido alguna vez la sensación de que un asunto cerrado nunca llegó realmente a terminar?

La mujer frunció el ceño.

—No sé si la entiendo.

Él guardó la carta en el bolsillo.

—Yo tampoco. Hasta hoy.

No todos los destinatarios recibieron la invitación con inquietud.

Victor Ashcombe, un exitoso empresario inmobiliario instalado en Chelsea, interpretó el elegante sobre como una oportunidad de negocios.

Tenía cincuenta y dos años, vestía siempre trajes hechos a medida y había aprendido hacía mucho tiempo que una sonrisa perfectamente calculada podía abrir más puertas que cualquier fortuna.

Bajo aquella apariencia cordial habitaba un hombre incapaz de separar las relaciones personales de los beneficios económicos.

Cuando leyó que la antigua finca Blackthorn estaba vinculada a una fundación privada, comenzó inmediatamente a calcular cuánto podría valer semejante propiedad.

—Interesante... muy interesante.

Su secretaria levantó la vista del ordenador.

—¿Algún proyecto nuevo?

—Quizá uno extraordinario.

—¿Quiere que investigue esa fundación?

Victor sonrió mientras doblaba cuidadosamente la carta.

—No. Prefiero llegar sin saber demasiado. A veces la información vale más cuando otros creen que no la tienes.

En York, la novelista Margaret Doyle recibió el sobre mientras corregía las galeradas de su última obra.

Era una mujer de sesenta años cuya expresión transmitía una mezcla permanente de ironía y melancolía.

Su abundante cabello blanco contrastaba con unos ojos verdes extraordinariamente vivos que parecían registrar cada detalle del mundo para convertirlo más tarde en literatura.

Había escrito varios bestsellers inspirados en antiguas mansiones inglesas, desapariciones sin resolver y secretos familiares, aunque muy pocos sabían que algunas de aquellas historias contenían recuerdos disfrazados de ficción.

Leyó dos veces la carta antes de dejarla sobre el escritorio.

—No puede ser.

Su editor, que hablaba con ella por teléfono, preguntó desde el auricular:

—¿Margaret?

—Sí.

—¿Has dicho algo?

Ella permaneció varios segundos contemplando el sobre.

—Creo que alguien acaba de invitarme a visitar el único lugar sobre el que jamás fui capaz de escribir.

Así, en distintos puntos del país, otras ocho personas recibieron sobres idénticos.

Un juez jubilado convencido de que asistiría a una reunión benéfica; una restauradora de arte que creyó haber sido contratada para catalogar una colección privada; un antiguo periodista especializado en sucesos; una psicóloga forense; un sacerdote retirado; una empresaria del sector farmacéutico; un profesor de música y un discreto contable cuyo nombre apenas significaba nada para el resto.

Ninguno conocía el motivo real de la invitación.

Algunos ni siquiera sabían quiénes eran los demás destinatarios.

Todos, sin excepción, encontraron alguna razón lógica para aceptar.

La curiosidad, la nostalgia, la ambición, el deber profesional o la simple necesidad de romper una rutina demasiado silenciosa terminaron pesando más que la extraña incomodidad provocada por aquella carta sin firma.

Solo una persona reaccionó de manera diferente.

Cuando Gabriel Foster, un antiguo fotógrafo de prensa, leyó el nombre de Blackthorn Hall, dejó caer el sobre sobre la mesa como si quemara.

Sus manos comenzaron a temblar de forma visible.

Se dirigió inmediatamente al viejo armario del salón y extrajo una caja metálica cubierta de polvo.

Dentro conservaba negativos fotográficos, cuadernos de notas y varias imágenes que jamás había enseñado a nadie.

Buscó durante varios minutos hasta encontrar una fotografía ligeramente doblada por una esquina.

La imagen mostraba una enorme mansión envuelta en niebla.

En una de las ventanas superiores parecía distinguirse la silueta de una niña observando hacia el jardín. Gabriel cerró los ojos.

—No...

Volvió a mirar la fotografía. La ventana estaba vacía.

Permaneció inmóvil durante un largo rato, preguntándose si alguna vez aquella figura había existido realmente o si la memoria llevaba tantos años engañándolo que ya era incapaz de distinguir los recuerdos auténticos de las sombras que había construido para sobrevivir.

Finalmente abrió de nuevo la carta. En el reverso, donde hasta entonces había creído que no había nada escrito, descubrió una única línea trazada con la misma caligrafía elegante del anverso.

"Ha llegado el momento de recordar lo que todos decidieron olvidar."

El fotógrafo sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

Durante unos segundos estuvo decidido a arrojar la invitación al fuego de la chimenea.

Incluso acercó el papel a las llamas, observando cómo el calor comenzaba a curvar ligeramente una de las esquinas.

Sin embargo, antes de que el fuego pudiera alcanzarla, retiró la mano con un gesto brusco y apagó el hogar de un golpe de atizador.

Comprendió entonces algo que ninguno de los trece invitados había sido capaz todavía de formular con claridad: aquella reunión no era una oportunidad, ni una coincidencia, ni un homenaje al pasado.

Era una convocatoria cuidadosamente diseñada para reunir a personas que llevaban veinte años huyendo de un mismo recuerdo.

Y cuando alguien dedica tanto tiempo a preparar un encuentro semejante, rara vez permite que alguno de los invitados decida no asistir.