Los Sullivan de Seattle (Libros 1-3) Capítulo 32 #3
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Capítulo 32 #3

—No, no me quiero perder demasiadas cenas familiares —le dijo él, con ojos llenos de calidez y de amor.

—Vale —dijo ella con una sonrisa, levantándole las manos para sostenerlas sobre su corazón—.

Decididamente no tendríamos que perdernos demasiadas de esas.

Y si nos parece que las cosas se salen un poco de sus raíles, trabajaremos juntos para arreglarlo.

Ya no soy tan joven y estúpida como para pensar que será fácil, pero…

—Tú vales la pena.

—Igual que tú, estrella del rock.

Al minuto siguiente, se encontró con que él la había llevado de vuelta a las mantas y la había puesto encima de él, con los pechos apretados contra su torno y sus muslos atrapados entre las piernas de él.

—Ahora que nos vamos a organizar y todo, ¿qué tal si me respondes a esa otra preguntita que te he hecho antes?

Por supuesto que él tenía que saber cuál iba a ser su respuesta, y ella ya tenía el sí en la punta de la lengua.

Pero igual que la expectación por hacer el amor otra vez durante la última semana había resultado ser más divertida de lo que ella habría imaginado jamás, tuvo que preguntarse lo divertido que sería añadir un poco de suspense a su propuesta de matrimonio.

—Me prometiste que esta vez, no habría ultimátums —le recordó ella con una voz coqueta, una que sabía que siempre le encendía tremendamente, en especial a juzgar por la sensación de su erección contra su muslo cuando él empezó a bajar por su cuerpo a besos.

La barba que justo empezaba a salirle la arañaba de la forma más deliciosamente pecaminosa la curva de los pechos cuando él dijo:

—Verdad. Pero nunca te prometí no obligarte a darme un sí seduciéndote.

—¿No quisiste hacerme el amor hasta que no estuviste seguro de que te quería, pero ahora que sabes que te quiero, estás planeando utilizar el sexo para conseguir lo que quieres de ahora en adelante?

Él levantó la cabeza de sus pechos para sonreírle.

—Por supuesto que sí.

—Pero…

¿Cómo iba ella a poder terminar esa frase cuando él le estaba lamiendo un pezón mientras jugaba con su otro pecho? Justo cuando ella estaba pensando en cómo recuperar el aliento, él cambió las manos y la boca al otro lado.

—¿Mmm?

La vibración de su garganta en su piel la hizo estremecerse.

Y cuando empezó a lamer y mordisquear el camino por debajo de ambos senos, habría sido realmente mucho más fácil si hubiese cedido a su seducción y se hubiese olvidado de lo que tenía que decir.

Pero de algún modo encontró la forma de pronunciar sus siguientes palabras.

—…Eso no es…

Soltó una exclamación sin palabras cuando él le metió los dedos entre las piernas, hasta el fondo.

Estaba claro que había sido una idea inteligente tener el sexo apartado de su relación hasta que hubiesen construido una base sólida antes, porque apenas podía mantener un solo pensamiento dentro de su cabeza cuando él la tocaba así.

Pero más que amaba cómo la tocaba, le amaba a él.

—Demonios, —dijo por fin—, adelante, atácame con tus peores armas.

—En ello, nena —murmuró el contra su estómago, antes de bajar besándola, abajo, y luego más abajo todavía—. Solo que vas a recibir mis más mejores armas.

Y no estaba bromeando, porque justo entonces su boca la cubrió y su lengua y sus manos empezaron a deslizarse y resbalar sobre ella y dentro de ella de la más maravillosa de las maneras.

Estaba tan cerca, tan malditamente cerca, y se iba a volver loca ahí, a punto…

Hasta que por fin él la empujó como un láser con sus labios, su lengua, sus dedos y le dio exactamente lo que necesitaba.

—¡Sí! ¡Sí! ¡Sí!

Su orgasmo seguía tocando rock and roll por su cuerpo cuando él le colocó el anillo en un dedo de la mano izquierda. Su sonrisa tenía un kilómetro de ancho cuando subió y se acercó a ella para que ella le pudiese rodear con los brazos y las piernas.

Mientras admiraba su nuevo anillo de compromiso por encima del hombro de él, por supuesto.

—Te crees muy astuto, ¿no? Haciendo todo lo que haga falta para que te diga que sí…

—Si crees que eso ha sido astuto —dijo él con voz áspera contra su boca mientras sus manos la recorrían con gesto posesivo—, deberías ver lo que voy a hacer después.

—Déjame adivinarlo… Está en esa lista tuya, ¿verdad?

—Lo está —confirmó él mientras la penetraba con un solo empentón poderoso, reclamando la posesión de su cuerpo igual que la tenía sobre su corazón.

—¿Te he mencionado —consiguió informarle ella con su propia sonrisa descarada, aunque era muy, muy difícil unir palabras de forma coherente cuando él se movía dentro de ella de esta forma—, que yo tengo mi propia lista?

Una que empieza por reservarme el día de mañana completo para llamar a todos y cada uno de los miembros de mi familia con la noticia de nuestro compromiso, como te juré que haría.

Y cuando él le dijo lo mucho que le gustaba ese plan comiéndole la boca y acercándose a su cuerpo todavía más a él, su último pensamiento racional antes de que el clímax neutralizase hasta su última neurona fue que la vida siempre sería una aventura con el hombre que no era solo su mejor amigo y su amante…

Sino también la otra mitad de su corazón y de su alma.