Capítulo 32 #2
—Yo tampoco querré dejarte ir jamás —le dijo, moviéndola ligeramente para que pudiese enroscar sus piernas totalmente a su alrededor y se hundiera en su erección con un suspiro de placer que los atravesó a los dos.
Era la primera vez que estaba dentro de ella a pelo, con nada entre ambos salvo su húmeda piel y su calor, y sabía que no había nada en este mundo que le proporcionase una sensación mejor. Solo hacer el amor con Mia.
—Sigues temblando —murmuró él contra la curva de su cuello. No estaba ya seguro de si era porque seguía estando helada por la lluvia. En caso de que ella tuviese aún alguna duda, él necesitaba atajarla—. ¿No sabes que haría cualquier cosa por ti? ¿No sabes que siempre te pondré por delante?
—Te quiero tanto —dijo ella con una voz quebrada que temblaba tanto como todavía lo hacía su cuerpo, aunque hacer el amor se calentaba más y más con cada movimiento de su cuerpo dentro de ella—. Más de lo que jamás había sabido que era posible amar a nadie.
Y cuando ambos se llevaron mutuamente sobre el precipicio del placer que era tan lujurioso como dulce, Ford supo que era por fin el momento de pedirle que fuese suya.
Para siempre.
Ford le estaba acariciando la espalda con las manos y Mia estaba intentando hacer que sus sinapsis empezasen a transmitir ideas lógicas de nuevo cuando él le dijo:
—La primera vez que te vi en el torreón, quise pedirte que te casaras conmigo.
Levantando la cabeza del hueco de su hombro donde había estado apoyándola, Mia vio a Ford estirar el brazo para sacar una pequeña cajita azul de debajo de un cojín que tenían al lado.
Ay, Dios . No es posible que haga esto justo ahora.
No podía pedirle que se casara con él cuando ella acababa de aceptar por fin cuánto le amaba…
Y que amarle significaba dejarle libre. Abrió la boca para intentar detenerle antes de que se le rompiera más el corazón de lo que lo había hecho ya, pero la pura fuerza de la emoción en sus ojos oscuros la dejó sin palabras.
—Cuando miro esta casa, cuando camino por la ciudad, tú estás en todas partes.
No solo has hecho que la música vuelva a importarme, has hecho que todo vuelva a importarme.
—Cuando abrió la mano, tenía un anillo en ella con un resplandeciente diamante amarillo en el centro—.
Cásate conmigo, Mia, y hazme el hombre más feliz del planeta.
Ella no había llorado a causa de él desde aquella noche en Miami, cuando ella creyó que nada de lo que habían sentido el uno por el otro era real. Ahora que sabía de verdad lo real que era su amor, sus lágrimas volvieron por fin a derramarse.
—No puedes quedarte en Seattle.
Él le lanzó una mirada como si era imposible que la hubiese oído correctamente. Pero la incredulidad dejó rápidamente paso a la confusión.
—Todo lo que quiero está aquí, Mia. Especialmente tú.
—Eso no es cierto. —Cuando ella vio que el dolor se agolpaba en sus ojos, se puso de rodillas delante de él y le cogió la cara entre las manos—.
Sé que me quieres y que deseas estar conmigo.
Pero también perteneces al escenario, Ford.
Y no para algún concierto benéfico ocasional, sino para tocar en estadios delante de miles y miles de personas.
—Tal vez lo necesitase antes, pero ya no soy ningún crío soñando con la gloria.
—No dejas de hablar de la gloria, pero cuando estás en el escenario es mucho más que eso.
Cuando le cantas a la gente, se produce la magia, Ford.
Les haces felices. Les inspiras. Les llegas al corazón y al alma con lo que haces y con quién eres.
Sé que mis hermanos no se comportaron exactamente como tus mayores fans en casa de mis padres la otra noche, pero deberías haber escuchado cómo hablan de tus actuaciones.
Y no solo porque tengas tanto talento como tienes ni porque tus canciones sean tan geniales.
Es porque tú eres tan feliz y estás tan inspirado allá arriba que es imposible que eso no se contagie a absolutamente todo el público.
Él le cogió las dos manos, cerrando los ojos y acercando su cara hasta que ella se encontró acariciando sus mejillas cubiertas de barba incipiente. Podía sentir el anillo entre ellas, el anillo que él deseaba tanto deslizarle en el dedo.
Pero nunca podría perdonárselo a sí misma sin le arrancara del lugar donde pertenecía de verdad.
—Me encanta estar sobre el escenario —dijo por fin cuando volvió a abrir los ojos para que ella pudiese ver todo lo que estaba sintiendo—.
Nunca te mentiría y te diría que no es así.
Pero quiero estar aquí para ti. Antes no tenía intención de dejar la carretera, ni siquiera me lo había planteado, aunque sí que esperé que tú dejaras toda tu vida por mí.
Pero necesito que sepas cuánto te quiero, Mia.
Lo suficiente como para dejarlo absolutamente todo por ti, sin remordimientos, sin mirar atrás siquiera.
— Oh, Ford. —Ella apoyó su frente contra la de él—.
Solía pensar que el amor iba de gestos grandiosos, ramos de rosas rojas y serenatas al atardecer.
Pero ahora sé que el amor es desear que tú seas todo lo que estés destinado a ser y nunca desear que dejes a un lado una parte de ti, por ningún motivo.
Ni siquiera por mí. No necesito que entres en un edificio en llamas por mí ni que me escribas una canción de amor para saber que nuestro amor es real.
Lo único que necesito que me digas qué es lo que quieres de verdad .
—A ti, Mia. Acabo de decírtelo, tú eres lo que quiero de verdad. —¿Por qué no quieres creerme?
Esto tendría que haber sido exactamente lo que ella quería escuchar, pero igual que con Colbie y Brooke en el bar, ella sabía en su fuero interno cuando uno de sus mejores amigos estaba solo diciéndole lo que pensaba que ella quería escuchar en vez de la verdad.
Nunca había querido que sus amigas creyeran que tenían que esconder lo que tenían dentro, preocupadas por cómo reaccionaría ella…
Y tampoco permitiría que el hombre al que amaba hiciese eso.
—Por supuesto que me creo que me quieres, igual que yo te quiero a ti.
Pero puedo soportar escuchar el resto, Ford.
Escuchar qué es lo que tú realmente quieres.
Somos mejores amigos, ¿recuerdas? Y eso es lo que hacen los amigos: hablan con el otro y dicen cosas que quieren decir de verdad, aunque crean que pueda hacer daño a la otra persona escucharlas.
Él titubeó un largo momento antes de decir.
—No voy a volver a perderte.
Ella sabía de dónde salía ese miedo a perderla. Cuando sus padres habían intentado que fuese alguien que no era, y él no fue capaz, le volvieron la espalda para siempre. Obviamente, es lo que creía que ella iba a hacerle ahora.
Un relámpago surcó el cielo justo entonces, y Mia sintió como si la hubiese golpeado. Porque, ¿Y si amar a Ford no significaba dejarle libre?
¿Y si amar a Ford significaba no dejarle ir nunca?
Le rodeó con sus brazos y le abrazó con fuerza. La dulce presión de sus cuerpos todavía conectados era tan sensual como reconfortante.
—No importa lo que digas que quieres, no vas a perderme.
Te quiero tal como eres. No necesitas cambiar por mí, porque creas que no te querré si no sigues mis reglas sobre cómo se supone que debe de ser la vida.
—Le plantó un beso en los labios—. Ahora dime qué es lo que quieres de verdad, y da igual lo que sea, te prometo que no voy a largarme hecha una furia ni a dejar de darte mi amor.
—A ti —dijo él otra vez—. Te quiero a ti.
—Pero entonces por fin se liberó de sus brazos.
Cuando se levantó y empezó a caminar arriba y abajo, se le cayó la manta, así que estaba gloriosamente desnudo cuando por fin admitió—: quiero música.
Sonó como si esas palabras le hubiesen sido arrancadas directamente de las tripas.
Respiró profundamente una vez. —Quiero una familia.
—Por fin, se volvió a mirarla—. Todo. Lo quiero todo, Mia.
Pero aunque por fin le estaba diciendo la verdad, ella pudo ver el miedo en sus ojos al añadir:
—Pero jamás podría pedirte que dejases atrás tu trabajo o a tu familia por mí. No cuando sé cuánto daño te harían esas dos cosas. Tampoco quiero que tú cambies por mí.
Otro relámpago cruzó el cielo cuando ella se levantó para ponerse delante de él y cogerle las dos manos.
—Yo ya he cambiado, Ford.
Hacía una hora, no había sido siquiera consciente de esa realidad.
Había creído que solo había una forma para que ambos siguieran siendo ellos mismos: viviendo vidas separadas.
Pero ahora por fin entendió algo que había sido demasiado joven o había estado demasiado asustada, demasiado abrumada, para entender antes.
Aunque su madre hubiese intentado ayudarla a que lo viera el viernes en la cena.
—Ahora sé quién soy, Ford, de una forma en que no lo sabía antes.
Cuando tenía veintitrés años, estaba asustadísima de lo rápido que me había perdido a mí misma absorbida por ti y por tu vida.
Ese miedo de no saber cómo mantener mi propia identidad me hizo creer que estaría mejor sin ti.
Pero ahora he aprendido por fin que amarte, apoyarte, no va a hacer que yo sea menos de ningún modo.
No significa que me convierta en una mera extensión de ti o una nota al pie en tu documental a menos que tú te guardes todo el equipo de los conciertos en un trastero de Seattle para poder estar cada noche en casa y celebrar uno de mis tratos inmobiliarios.
—Entonces —dijo él lentamente, mientras sus pulgares dibujaban unos suaves círculos en el dorso de sus manos—, si tú no quieres que deje mis giras, y yo no quiero que dejes tu carrera en Seattle, pero ninguno de los dos quiere que estemos separados…
—Entonces supongo que tendremos que ir organizándonos paso a paso, aunque eso signifique que yo tenga que perderme unos cuantos buenos tratos por el camino…
—Y que yo tenga que dejar de tocar en algunos estadios…
—Y nos perderemos unas cuantas cenas familiares si hemos de hacerlo.