Los Sullivan de Seattle (Libros 1-3) Capítulo 32
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Capítulo 32

CAPÍTULO TREINTA Y DOS

A Mia le encantó estar entre la audiencia de Ford con sus padres y sus hermanos.

Considerando lo mucho que Ford significaba para ella, era extraño caer en la cuenta de que solo le había visto tocar una vez en concierto: la noche en que se conocieron.

Él no tenía más fechas de la gira esa semana, se habían encerrado en el hotel, y después de romper, ella no podía soportar la idea de volver a verle tocar.

Por excitado que el público que llenaba por completo el lugar estuviese, claramente, porque fuese a subirse al escenario ahora que los teloneros habían acabado, Mia sabía que no había expectación ahí que pudiese compararse a la suya.

Sus padres habían llegado no mucho después de que ella emergiera del vestuario.

Su madre le dio un abrazo a Ford y su padre le estrechó la mano con un gesto cálido y totalmente cordial.

Dylan había llegado después, con aspecto de haberse bajado directamente de uno de sus barcos de nuevo.

Pero ¿dónde, se preguntó Mia, estaba Adam?

Leyéndole la mente, su madre le rodeó los hombros con un brazo para tranquilizarla.

—Estará aquí. No te preocupes.

Como si esas fuesen las palabras mágicas, Adam apareció de repente. Estaba intentando actuar como si sus asientos de palco especiales justo al lado del escenario no fuesen gran cosa, pero Mia sabía que era su sueño de fan del rock hecho realidad.

Tentada de darle un puñetazo otra vez por hacerla preocuparse por si seguía estando disgustado de que ella saliese con Ford, Mia se contuvo y le dio un granizado en vez de eso.

Si sus papeles se hubiesen invertido y su hermano se estuviese enamorando de una mujer de la que ella no estuviese segura que iba a estar con él a las duras y a las maduras, Mia sabía que ella tampoco habría sido capaz de mantener la boca cerrada.

Se querían demasiado para quedarse sin hacer nada mientras alguien les hacía daño.

Adam cogió la bebida que ella le había dado para hacer las paces y después de un largo sorbo que acabó con la mitad del vaso, las luces del escenario y de todo el estadio se apagaron por completo. Los gritos y abucheos estallaron por doquier, junto con voces que coreaban el nombre de Ford.

Y entonces ahí estaba él, su hermosa estrella del rock, de pie en medio de los focos, captando sin esfuerzo la atención de la enorme multitud.

Desde la primera nota que tocó en la misma guitarra eléctrica que ella había tenido sujeta en el vestuario mientras él le hacía el amor, Mia se encontró totalmente fascinada.

Sus canciones, sus habilidades como músico, su humor, su intensidad…

Cada uno de los aspectos del show de Ford era sencillamente alucinante.

Si añadimos el hecho de que la había localizado en medio de la gran multitud y le había dirigido a ella todas las canciones de amor, y era normal que Mia estuviese tan inmersa en la música que noventa minutos después se sorprendió cuando las luces se encendieron de pronto para el intermedio.

Después de que sus padres y Dylan le dijeran lo genial que pensaban que era Ford y luego se fueran a coger unas camisetas para todos antes de que él saliese a tocar su segunda parte, ella supo que Adam se había quedado atrás porque quería decirle algo.

—Tenías razón —admitió con reluctancia—. Ford es un buen tipo.

Sonrió, dándole gracias a Dios de que su hermano no tuviese ni la más mínima pista de lo que él le había hecho en su vestuario del backstage dos horas atrás.

—Lo sé. Y quiero que sepas que no deberías sentirte demasiado mal sobre cómo te comportaste durante la mayor parte de la cena, porque estoy planeando ser al menos igual de dura cuando por fin te enamores.

Claramente ignorando la amenaza fraterna, Adam hizo un gesto hacia la gran multitud que tenían detrás.

—No conozco a demasiada gente que pudiese dejar todo esto como Ford dice que piensa hacer. Te quiere de verdad, Mia.

Ella sabía que su hermano solo estaba por fin tratando de decir lo correcto y hacerle saber que aprobaba su relación, pero en vez de relajarla, el recordatorio de que Ford pretendía dejar conciertos como este por ella hizo que se le encogiera el pecho.

Adam estaba dejando su zona justo cuando Natasha entró en ella.

—Nunca había visto a Ford actuar de esta forma.

Honradamente, uno de los mejores conciertos de rock que he visto en toda mi vida.

Sabía que serías buena para él, Mia, pero no tenía ni idea de que el cambio iba a ser así de grande.

Él ya era asombroso antes, pero ahora… —La cineasta sonrió—.

Bueno, no necesito decírtelo. Estabas aquí. Lo has visto por ti misma.

Y lo había hecho. Había visto lo feliz que él hacía a la gente. Lo mucho que les inspiraba.

Ella se había dicho a sí misma que necesitaba ver si él estaba de verdad dejando las giras por ella o si estaba listo para retirarse de los espectáculos de todas formas. Ahora sabía la verdad.

Ford no debería estar ni mínimamente cerca de retirarse.

En cuanto por fin había admitido frente a sí misma y frente a Ford que le amaba hasta lo más profundo de su corazón, Mia tuvo que enfrentarse a la dolorosa verdad: Él no tenía nada que hacer atrapado en una casa de la bahía de Seattle con ella, intentando mantenerse ocupado con sus proyectos, mientras ella llevaba su negocio inmobiliario.

Él formaba parte de esto .

Natasha apretó un dedo contra su pinganillo y escuchó atentamente un momento antes de asentir y decir:

—Claro, ahora mismo se lo digo —Miró a Mia—. A Ford le gustaría que te pasases por el backstage antes de volver a salir. —Natasha se echó a reír y puso los ojos en blanco—. Típico de una estrella del rock, ¿verdad?

Mia se obligó a reírse con la otra mujer, aunque ya no pudiese ignorar más el nudo de su estómago.

Y los pequeños retazos de conversaciones que había escuchado de los fans de Ford mientras caminaba a su lado para llegar al lateral del escenario solo reforzaban lo que ahora sabía que tenía que hacer.

—Llevo cinco años sobrio, desde que vi a Ford tocar en directo y me dije a mí mismo que lo único que tenía que hacer era aguantar de un concierto al siguiente.

—Jamás habría cogido una guitarra si no hubiese querido tocar sus canciones, y ahora doy clases de música en colegios.

—Hoy estaba teniendo un día asqueroso hasta que he llegado aquí, y ahora es uno de mis días favoritos de todos los tiempos.

Natasha desapareció para unirse a su equipo de filmación en cuanto encontraron a Ford. Él estaba hablando con su batería, pero cuando vio a Mia, se acercó rápidamente a ella y la levantó para darle unas vueltas en el aire a su alrededor.

—Me encanta que estés aquí esta noche.

Ella sintió su garganta atenazarse al decir:

—Tu espectáculo es alucinante, Ford. No me había olvidado de lo bueno que eras, pero verte en escena de nuevo me ha dejado boquiabierta.

Él la besó, entonces, y ella dejó que todo su amor por él se concentrase en ese beso.

—Yo también te quiero —le susurró él en los labios—.

Quédate aquí detrás durante el resto del concierto.

Justo donde pueda verte, donde pueda venir y besarte siempre que lo necesite.

Como ahora. —Él recorrió sus labios con su lengua—.

Y ahora. El suave mordisqueo de sus dientes en su labio inferior hizo que tuviese las rodillas más débiles todavía de lo que lo estaban antes.

Su mano ya se había lanzado a tocar los primeros compases de la primera canción de su segunda parte cuando ella susurró:

—Haría cualquier cosa por ti.

Unos minutos después, mientras escuchaba a Ford agradecerle a su público todos esos años estupendos que le habían dado en la carretera, sabiendo que ese era su modo de decirles adiós aunque los miembros del público no lo entendiesen aún, Mia supo que de verdad haría cualquier cosa por el hombre al que amaba.

Incluso aunque significara dejarle ir… En vez de permitirle que lo dejase todo por ella.

La lluvia caía con fuerza para cuando volvieron a su casa y corrieron hasta el torreón. No había ducha allí pero la lluvia torrencial se había encargado de bañarle a él del todo.

En sus manos entrelazadas, Ford pudo sentir como Mia temblaba cuando llegaron a lo alto de las escaleras del torreón.

La otra noche la había mojado a propósito al tirarla a la piscina, pero esta noche, aunque su vestido plateado se pegaba a cada una de sus curvas como una sexi segunda piel, él solo quería secarla y calentarla entre sus brazos.

Tal vez hubiese sido más lógico pararse en el dormitorio principal y bañarse antes para calentarse y secarse, pero sin necesitar discutirlo siquiera, había quedado claro que se saltarían la casa para ir a su habitación especial, arriba sobre el cielo de Seattle.

Unos segundos después de cerrar la puerta del torreón tras ellos, y encender las luces, él hizo que ella se desvistiese y la estaba envolviendo en una gruesa manta. Una y otra vez, la frotó con las manos hasta que ella dejó de temblar tanto.

—Te prometo que te voy a calentar del todo en un minuto.

Se desnudó tan deprisa como la había desnudado a ella, cogió otra manta para envolver su propio cuerpo húmedo y luego la sentó en su regazo. Esta noche, sabiendo que iban a empezar su nueva vida juntos, había escondido una pequeña cajita azul debajo de uno de los cojines.

—Te necesito más cerca —susurró ella, moviéndose en su regazo para acurrucarse dentro de la manta de él para que estuviesen los dos piel con piel, con su pecho contra el suyo, sus brazos alrededor de su espalda, las piernas rodeándole las caderas. —Nunca voy a querer dejarte ir, Ford.

Por una vez, él no llevaba protección encima pero sabía lo mucho que a ella le gustaba tener familia y no podía esperar a empezar a crear una con ella lo antes posible. Niñitos y niñitas que llenarían su casa de risas y amor.