Capítulo 31 #3
—Y Orlando para recordarte a toda la gente que necesita que les encuentres la casa perfecta hoy. Lo que quiere decir que probablemente deba dejarte marchar, ¿verdad?
—Supongo que sí. —Ella le rodeó el cuello con los brazos todavía más fuerte, aunque él tenía razón en que ella tenía un puñado de visitas muy importantes previstas para ese día—.
Aunque ahora que he terminado con el desayuno, lo que necesito es una ducha.
Ya sabes, un poco de jabón… —Le provocó ella recordándole su ducha super-sexi en el bus de la gira en Oregón—. Un poco de champú.
Menos de un suspiro después, él la estaba apartando de la mesa y llevándola fuera de la cocina al grande y lujoso baño del dormitorio principal.
—Casi no puedo creerme que por fin vaya a ver esas burbujas rodando por tu piel desnuda.
—Esos gofres que has hecho para el desayuno eran tan buenos… —dijo ella, levantando la vista hacia él con una sonrisa que prometía estar pareja con su picardía al hacer el amor antes—, que puede que te permita ver incluso más que eso.
Su gruñido, y luego su beso, le dijo lo exactamente lo mucho que a él le gustaba ese plan.
Esa tarde, cuando Billy le hizo saber que Mia había llegado a la entrada trasera del estadio, Ford se sintió como si hubiese estado esperando una eternidad a que ella apareciera.
Estaba rodeado por su gente, por Natasha y sus cámaras, pero cuando Mia entró llevando ese vestidito plateado, todos dejaron de existir para él excepto ella.
—Mia.
Tuvo que besarla una vez, dos veces y luego de nuevo por tercera vez antes de poder empezar a recuperar la compostura.
Estaba tan orgulloso de por fin ser capaz de llamarla su novia al presentársela a todo el mundo…
Pero al mismo tiempo, casi le mataba tener que esperar para volver a estar a solas con ella después de las interminables horas que había tenido que soportar sin ella desde esa mañana.
La sonrisa de Natasha era la de una casamentera triunfal, y todos los tíos de la banda y del equipo le estaban lanzando miradas de «bien hecho, tío».
Pero en el segundo en que ella le estrechó la mano al último miembro de su equipo, él buscó la excusa más mierdosa del mundo para arrastrarla a su vestuario y le dio igual que todos supieran exactamente lo que los dos iban a hacer allí.
Era una estrella del rock, ¿verdad? Al menos por una vez en su vida podía vivir de acuerdo con las expectativas, y hacer alguna guarrada en su camerino… Especialmente cuando tenía a la mujer más bonita y sexi del mundo para hacerlo.
En cuanto pusieron un pie en aquel cuartito y Ford cerró la puerta con llave, Mia se dirigió directa hacia su guitarra. Le pasó la mano por encima, admirando sus curvas y huecos, y luego la cogió del pie, y se pasó la correa por la cabeza.
—Siempre me he preguntado que se sentía.
—Acarició la caoba oscura y brillante con reverencia antes de levantar la vista hacia él con una sonrisa traviesa—.
No es extraño que te guste tanto sostenerla.
Es una buena sensación. Y sexi también. Pasó una uña por una de las cuerdas y pareció sorprendida cuando un sonido brotó del gran amplificador que tenía a su lado.
Él tuvo una súbita visión de Mia en su cama, desnuda y con la guitarra rodeando sus maravillosas curvas.
Con la guitarra todavía colgada de uno de sus hombros, él la levantó, la sentó en el ampli y se metió entre sus piernas.
Sus bocas se encontraron, ávidas, después de sus horas separados.
Ella enredó las manos en su pelo y él le acercó más las caderas, y aunque su guitarra tendría que haber supuesto un obstáculo, él no sintió ninguna prisa por quitársela.
Por el contrario, tener a la mujer que amaba sosteniendo una de sus más preciadas posesiones era todo un subidón.
Sus manos automáticamente la recorrieron desde el trasero a la cintura y a los pechos. Quería bajarle la fina tira que le sostenía el vestido, pero mientras que la noche anterior, y esta mañana, había renunciado al control, ahora intentó recuperarlo para no agobiarla.
—Sé que es demasiado —dijo, enterrando la cara en sus cabellos que olían tan dulce mientras intentaba controlarse—. Aunque te he poseído media docena de veces desde ayer por la noche, todavía te necesito demasiado.
— No es demasiado. —Nunca podría ser demasiado. —Allí donde sus manos se habían detenido en el cuerpo de su vestido, ella desplazó las suyas para ayudarle a bajar la tela—. Yo te deseo igual, Ford.
Ella remarcó sus palabras meneándose un poquito allí donde estaba sentada en el ampli.
Cuando sus pechos se salieron del vestido y cayeron suaves y perfectos sobre el borde superior de su guitarra, Ford no pudo hacer otra cosa sino quedarse mirando fijamente.
Especialmente cuando Mia comenzó lentamente a deslizar su cuerpo y su guitarra en direcciones opuestas, para que la fría madera jugase con sus pezones de la misma forma en que las manos de él lo habían hecho unas horas atrás.
—¿Quieres tocarme como a tu guitarra, estrella del rock?
—Si, demonios. Pero antes tendrías que estar desnuda.
Sus ojos se agrandaron una fracción de segundo antes de oscurecerse con las sed insaciable que él sabía que tenía que reflejarse en sus propios ojos.
—Llevo horas y horas esperando a volver a estar desnuda contigo.
De haberse tratado de otro vestido, él se lo habría arrancado. Pero este representaba demasiado en su historia: pasado, presente y esperaba, futuro, como para destrozarlo en el calor del momento.
Le temblaban las manos del deseo por ella, así que ella tuvo que ayudarle a bajárselo por las caderas.
Con solo unas braguitas rojas de encaje, sentada encima de su amplificador con su guitarra en el regazo, ella no solo era la fantasía de cualquier chaval adolescente, sino de cualquier hombre del planeta, hecha realidad.
Él se arrodilló delante de ella, metió la mano detrás de la guitarra en busca del encaje y le dio unos suaves besos en las pantorrillas, las rodillas, los muslos.
—Vuelve a levantar las caderas, nena —le instó y rápidamente le había bajado las bragas y las tenía hechas una bola en su mano.
Se metió el encaje en el bolsillo y luego dio un paso atrás para babear mirándola un poco más.
Ella ya era más de lo que podía soportar: la belleza de su piel sonrosada, la forma en que confiaba en él para que le quitase la ropa con docenas de miembros de su equipo pululando justo al otro lado de la puerta de su vestuario…
Y entonces, ella levantó una pierna sobre el amplificador.
Con la guitarra apenas cubriéndola, Ford sabía que ni de coña podría durar mucho más.
Dios, a este paso, iba a estallar antes de bajarse incluso la cremallera de los vaqueros o de tocarla.
Ella se humedeció los labios con la lengua y dijo:
—Ya estoy lista para que me toques.
Con un rugido, él se puso rápidamente detrás de ella. Agarró un condón de su bolsillo trasero antes de bajarse los pantalones hasta las caderas. Se puso rápidamente el condón antes de levantarla por la cintura para acabar estando sentado en el amplificador… Con ella sentada encima.
Cuando la hizo descender sobre su erección centímetro a sofocante centímetro, ella se apoyó contra él y cerró los ojos.
—Míranos, nena —la animó él —. Mira lo bonita que eres.
Pudo decir el esfuerzo que le costó a ella abrir los ojos, pero en el momento en que los vio a los dos en los espejos le dijo a él que había hecho bien en pedírselo.
— Oh Dios, Ford. Esto es tan sexi. —Sus palabras salieron roncas de su garganta. Me encanta. —Le sostuvo la mirada en el espejo—. Te quiero.
—Agárrate fuerte a la guitarra —le dijo él con voz grave, y en cuanto ella obedeció esas tórridas instrucciones, él empezó a subir y bajar sus caderas contra ella, yendo profundo, luego más profundo, todavía con sus manos en la cintura de ella para guiar su cuerpo casi hasta fuera y luego hasta el fondo, arriba y abajo de su erección, una y otra vez.
Los dedos de ella se resbalaron, deslizándose sobre las cuerdas, y la música accidental que hizo mientras él los llevaba a los dos más y más cerca del precipicio se unió a sus gemidos y jadeos de placer.
—Sí. Por favor. Más duro. —Sus ojos se habían vuelto a cerrar, pero él sabía que ella no necesitaba mirar más, porque los dos tendrían este perfecto y sexi momento en el backstage grabado a fuego en su memoria para siempre—. ¡Ahora!
Él enterró la cara en el hueco de su cuello, empujó dentro de ella por última vez y luego la sostuvo con fuerza contra él mientras llegaba al clímax…mientras que el sorprendentemente perfecto acorde que ella tocó resonó como la banda sonora de sus relaciones.