Los Sullivan de Seattle (Libros 1-3) Capítulo 31 #2
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Capítulo 31 #2

Con los ojos todavía cerrados, ella no vio cómo le temblaban las manos cuando se incorporó para ponerse un condón. Ni que le costó hasta la última gota de su autocontrol colocarse entre sus piernas sin entrar en su carne maravillosamente resbaladiza y caliente.

—Ábrete para mí, nena. —Ella estaba tan excitada, tan lista para que él la amase, que casi se le para el corazón cuando hizo lo que él le pedía—. Más —le animó, con una voz apenas más alta que un susurro, necesitando más y sabiendo que jamás tendría suficiente de ella.

Cuando ella abrió las piernas todavía más, un pequeño gemido se escapó de sus labios y él tuvo que alcanzarlos con sus pulgares como para tranquilizarla.

Su lengua se deslizó hacia afuera para lamerle.

Ella se metió su pulgar del todo en la boca, arañándole con los dientes de una forma que le hizo palpitar dentro de su condón sin que su erección la hubiese tocado todavía siquiera.

Le quitó la mano de la boca y la puso sobre su cadera para mantenerla quieta. Al ver que sus ojos estaban a punto de abrirse, le dijo:

—Recuerda, las manos en las barras y los ojos cerrados.

Pudo verla luchando consigo misma unos minutos, pero entonces, ella obviamente decidió que era por el bien de los dos que continuara siguiendo sus sensuales órdenes.

Y maldita sea, él planeaba asegurarse del todo de que ella no iba a lamentarlo mientras le rodeaba las caderas con las manos y la levantaba ligeramente de la cama para que estuviese todavía más abierta para él.

Empleó la otra mano para apoyarse en la cama junto a ella, y entonces deslizó toda su erección contra su sexo, por fuera.

Su jadeo de placer y sorpresa le destrozó, haciéndole desear dejar ese juego sexi y metérsela del todo en el siguiente suspiro.

Solo que saber que podía hacer que Mia se sintiese así de bien y que confiaba en que él le llevase exactamente al sitio donde necesitaba ir, le dio la fuerza de atenerse a sus intenciones originales.

Hacerla sentirse mejor de lo que se había sentido jamás.

Una y otra vez, se deslizó hacia atrás, luego hacia adelante y ella se movió con él, levantando las caderas de la cama hasta que estuvieron lo más cerca que podían estar dos personas sin hacer de verdad el amor.

—Tengo que mirar —le rogó ella—. Por favor, déjame mirar.

Tenía razón, no era justo que solo él tuviese el placer de ver cómo sus cuerpos se deslizaban y resbalaban así el uno contra el otro.

—Abre los ojos.

Exhalando profundamente de alivio, ella levantó los párpados e inmediatamente clavó la vista en su erección, mientras él se deslizaba una vez más contra la húmeda y excitada uve de entre sus piernas.

—Oh Dios, Ford. Eres tan hermoso.

—Lo mismo que tú —le dijo—. Eres la cosa más hermosa que he visto jamás.

Él aguantó todo lo que pudo, jugando con ambos de esa forma hasta que los músculos abdominales de ella empezaron a tensarse y él vio que estaba al borde de correrse. Ford cogió las manos de Mia y juntos se agarraron de los barrotes cuando él por fin entró profundamente y con fuerza dentro de ella.

Con ambos navegando juntos hacia el éxtasis, justo cuando el cuerpo de ella comenzó a palpitar y estrujar el suyo, él bajó la boca hasta la suya para decirle lo mucho que la amaba de todas las formas posibles.

Un ratito después, Mia estaba sentada en una banqueta de la isla de la cocina de Ford, dándole sorbos al café que él había hecho y con una de sus camisas de manga larga puesta, sin nada debajo Él se había puesto un par de bóxer, que lucía caídos sobre las caderas.

Con casi hasta el último centímetro de piel y músculo y tatuaje a la vista, ella se sentía decididamente hambrienta.

Solo que no tan hambrienta como por el desayuno de aroma apetitoso qué él estaba haciéndole como si fuese para él .

—¡Guau! —dijo ella mientras él mezclaba rápidamente la masa, la vertía sobre la caliente gofrera y luego empezaba a batir los seis huevos que había sacado de la nevera—, no sabía que sabías cocinar.

—Si vives en un autobús durante tanto tiempo como yo, te vuelves bastante bueno en algunas cosas que puedes hacer sin tener que ir a otro restaurante grasiento o sin tener que comer directamente de otra caja para llevar.

Resulta que los gofres y los huevos sirven para desayunar, comer y cenar si hace falta.

Por un lado, ella podía ver que la vida en la carretera no había sido siempre glamurosa, a pesar de lo elegante que había sido su autobús o de cuánto dinero tenía para abrirse paso de ciudad en ciudad.

Pero por otra parte, aun cuando él hablaba de estar cansado de restaurantes de mala muerte y del exceso de comida para llevar, era obvio que no le habían importado demasiado los inconvenientes de su carrera en realidad.

Y después de todo, ¿no tenían todos los trabajos algunos aspectos difíciles?

Ser agente inmobiliaria, por ejemplo, significaba que normalmente sus fines de semana estaban ocupados por visitas, mientras que la mayoría de la gente utilizaba los sábados y domingos para relajarse con su familia y sus amigos.

Pero ella disfrutaba lo suficiente de lo que hacía para que cogerse libres los lunes en vez de los sábados nunca le hubiese molestado.

Después de cubrir generosamente los gofres con mantequilla y sirope, él llevó un gran plato de comida hasta la mesa.

—¿Tienes pensado compartir algo de eso?

Él se sentó y dio unas palmaditas en su regazo.

—Ven aquí y averiguarás exactamente lo que tengo planeado.

A pesar del hecho de que él acabase de volverle loca de media docena de maneras diferentes en la cama, su cuerpo se preparó al instante para otra ronda.

La camisa de algodón le rascaba los senos sensibles de la forma más sexi del mundo mientras ella se acercaba lentamente hacia él y luego levantaba una pierna sobre las de él para sentarse cabalgándole en la silla.

Sus bocas conectaron en se mismo instante, y su erección creció más grande y caliente contra la uve de sus piernas mientras ella se balanceaba para estar más cerca de él.

—Jesús, Mia —dijo él cuando por fin se apartó—, te juro que lo que planeaba era darte el desayuno en la boca.

Por desgracia, justo cuando ella estaba a punto de decirle que el desayuno podía esperar un poquito más, su estómago soltó un rugido de hambre. Claramente decidido ahora a meterle algo de comida en el cuerpo, él cortó un gran pedazo de gofre con el tenedor y se lo metió en la boca.

—Mmm. —Cerró los ojos para apreciar sus habilidades culinarias…. Y la sensación de su cuerpo deliciosamente duro debajo de ella—. Qué bueno.

Él empujó otro pedazo contra sus labios y ella los abrió para que entrase dentro y luego, unos segundos después, el siguiente pedazo que él le ofreció.

Pronto se acomodaron para el desayuno más sexi de la historia, con ambos comiendo del mismo tenedor, la mitad de cada pedazo de gofre yendo a la boca de ella y la mitad a la boca de él.

Y aun así, más allá del deseo inacabable que ella sentía por él, había algo todavía más dulce que el sirope que él había echado en los gofres tan generosamente.

Sintió su amor, no solo en la forma en que la tocaba, en la manera en que deseaba tantísimo darle placer, sino también en cómo él quería asegurarse de que estaba bien alimentada y contenta.

Ella quería las mismas cosas para él… quería más que nada saber que él era feliz.

—No puedo esperar a ver tu concierto de esta noche.

Él le metió otro trocito de gofre en la boca.

—La última vez que tú estuviste entre el público, yo di el mejor concierto de mi vida.

—Él sonrió mientras se inclinaba hacia adelante para lamerle una gota de sirope de la barbilla.

—Nunca sabrás lo feliz que estoy de que vayas a estar ahí para mi último gran concierto.

Esta noche, estoy planeando hacer que revienten las puertas por ti.

Anoche, esta mañana, había sido tan perfecto como un cuento de hadas.

No solo el alucinante sexo, sino también saber que Ford la amaba tanto como ella le amaba a él.

Pero ahora, mientras hablaba de dejar de hacer giras por ella, todas las preocupaciones que se había dicho a sí misma que estaba bien dejar de lado un poquito más resurgieron dentro de ella.

—Ford…

Pero antes de que pudiese expresarle sus preocupaciones, él ya estaba diciendo:

—He deseado mil veces que tú estuvieses entre el público, Mia. Diablos, durante meses después de que cortásemos, estuve creyendo verte entre la gente. Pero sabía que no, que nunca estarías ahí fuera.

—De hecho —dijo ella, decidiendo que ya era más que hora de ser totalmente sincera con él—, aunque tienes razón en que no estaba entre el público en ninguno de tus espectáculos en directo, puede que haya visto un par de los que se emitieron por streaming en internet.

Todavía podía recordar cuánto le había dolido volver a verle, lo imposible que había sido para ella dejar de mirar la pantalla de su ordenador. Y, a pesar del daño que él le había hecho, ella se había quedado hechizada sin remedio por su actuación.

Al ver su rostro de sorpresa, añadió:

—Eres asombroso en el escenario. Nunca he visto a nadie cantar una canción igual que lo haces tú, poniendo tu corazón y tu alma en cada nota, en cada verso.

Incluso cuando me decía a mí misma que no podía soportar verte, no podía apartar los ojos de ti…

Y no podía evitar enamorarme todavía más de ti.

Él la besó una vez, dos veces, y luego una y otra vez hasta que todas las demás cosas que ella había estado planeando decirle sobre no sentirse bien porque él estuviese abandonando su pasión por ella se fueron volando de su cabeza.

Solo los sonidos de sus móviles sonando a la vez podían haberles detenido para coger aire.

—Hablando de espectáculos —jadeó ella, intentando recuperar el aliento—, apuesto a que esa es Carol preguntándose dónde estás.