Capítulo 31
CAPÍTULO TREINTA Y UNO
E n medio de la noche, cuando el torreón se volvió demasiado frío para que la pila de mantas les mantuviese lo bastante calientes, Ford había bajado a una dormida Mia en brazos hasta el dormitorio principal.
—Mi príncipe —había murmurado ella contra su pecho—. Tal como siempre supe que eras.
Su corazón se había henchido tanto que casi había tenido que despertarla para decirle, otra vez, lo mucho que la amaba.
Pero ya la había mantenido despierta lo bastante tarde y considerando que su último concierto iba a tener lugar en menos de veinticuatro horas, sabía que era buena idea que él durmiese un poco también.
Ahora, mientras yacía junto a una cálida y suave Mia en su cama, estaba encantado de que hubiesen dormido, y no solo porque a ambos les venía bien ese descanso. Tenerla respirando suave y regularmente en sus brazos era casi tan bueno como la forma en que estaba planeando despertarla.
Mientras dejaba que los dedos de una mano juguetearan con su suave pelo sobre la almohada, le extendió lentamente los dedos de su otra mano sobre el vientre.
Incluso aunque no hubiese sentido cómo su respiración cambiaba inmediatamente de ritmo, habría sabido que ella estaba despierta por el pequeño movimiento cimbreante de su trasero contra su erección.
Hasta ahora le había encantado todo acerca de cómo habían hecho el amor en plan rápido y feroz, pero ahora lo quería adormilado y lento. Apoyó los labios contra la curva de su hombro y deslizó la mano que tenía en su estómago hacia arriba para cogerle un suave pecho por debajo.
El pequeño sonido de placer que ella hizo le atravesó por completo, haciéndole que se le pusiera todavía más dura de lo que la tenía.
—Buenos días —murmuró ella poniéndole una mano en la cadera, rascándole la piel ligeramente con las uñas.
Desde el primer momento en que ella le había tocado en el backstage de Seattle todos esos años atrás, a él le había sacudido la intensidad de su conexión.
Haber estado sin ella durante tanto tiempo…
Además, el que hubiesen vuelto a estar juntos durante una semana de interminables y eróticos preliminares había causado una sed imposible de saciar en Ford.
Hacer el amor con Mia por fin la noche anterior no le había inundado hasta calmar su locura, su obsesión…
No, cuanto más tenía de ella, más necesitaba de ella.
—Cada día, Mia —gruñó en medio de los besos con los que subió por un lado de su cuello. Sus dedos encontraron sus pezones ya endurecidos y esperando sus caricias—. Quiero despertarme así contigo cada día.
—Sí —dijo ella mientras él pellizcaba la firme punta de su pecho—. Dios, sí. De esta misma manera. Cada día.
Él nunca había sido madrugador, y sus años en ruta solo habían reafirmado sus hábitos nocturnos.
Pero con Mia desnuda y cálida contra él y bajo las gruesas mantas, podía de repente ver la belleza de las tempranas horas del amanecer.
Amaba la forma en que su piel se calentaba cada vez más con cada beso, con cada caricia sobre sus curvas.
Había tantas fantasías que quería llevar a cabo con ella…
Y estaba impaciente por experimentarlas, todas y cada una.
—Anoche, me enseñaste como jugabas contigo misma, como te corrías sola. Y me encantó. —Cambió la otra mano a su otro pecho y el dolorosamente duro pezón que estaba rogándole que lo tocara, y cuando ella se estremeció contra él, le preguntó—: ¿Pero sabes lo que quiero esta mañana, cariño?
Señor, qué bien respondía ella, con sus caderas moviéndose todavía más cerca de su erección y sus muslos abriéndose como para llamarle a que entrara incluso antes de que él le contase lo que estaba planeando hacer.
—Por favor —dijo ella con una voz todavía ronca por el sueño pero también rezumando deseo—, solo tómame, Ford.
Nunca antes se había sentido tan tentado por una mujer, pero después de la forma en que la había poseído la noche anterior, necesitaba saborear esto. Entretenerse. Adorarla.
Y, pensó con una lenta sonrisa, provocarla.
—Pronto —le prometió. Pero no hasta que no le hiciese probar otro poquito del futuro guarro y travieso que iban a compartir juntos.
—Dime lo que quieres —le instó ella, apartando la mano de su cadera para rodear con ella su erección—. Dímelo y te lo daré.
—Sé que lo harás —dijo él con una risita oscura y grave contra su pelo suave.
Igual que él siempre le daría a ella cualquier cosa que quisiera.
Le quitó la mano del pecho y ella soltó un suave sonido de protesta, uno que él pretendía rápidamente transformar en una exclamación de placer—. Túmbate de espaldas.
Moviéndose con una sensualidad innata, ella cambió lentamente su postura en la cama, para acabar tumbada sobre su espalda, con las manos agarrando a puñados las sábanas a los lados y los ojos muy abiertos y llenos de expectación, mientras esperaba que él le dijese lo que quería a continuación.
Pero en vez de hablar, él simplemente la cogió por las manos y las levantó por encima de su cuerpo para que ella pudiese alcanzar el cabecero de la cama. Él le dobló los dedos sobre las frías barras de hierro.
—No importa lo que te haga, quiero que sigas agarrándote.
Le encantó cómo sus ojos se dilataron todavía más y su pecho se elevó y bajó cada vez a un ritmo más y más rápido.
Su piel floreció con un tono todavía más rosado cuando él dejó que su mirada se deslizara lentamente sobre sus pechos perfectos hasta su cintura y luego de vuelta al glorioso resplandor de sus caderas.
Apartó las sábanas por completo para poder admirar la carne húmeda y ya excitada de entre sus muslos.
—¿Qué me vas a hacer?
Su pregunta sin aliento casi le hizo ceder al impulso de besar sus labios turgentes, brillantes y húmedos allí donde se los había lamido por la expectación. Pero él sabía que un beso le conduciría a… Mucho más deprisa de lo que él quería.
—Voy a hacer que te sientas bien.
—¿Cómo de bien? —Le encantó el desafío que vio en sus ojos, tanto como el saber que iba a disfrutar intentando superarlo.
—Mejor de lo que te hayas sentido jamás.
Ella se estremeció ante su promesa y sus dedos apretaron más fuerte las barras de hierro como para demostrarle lo bien que pensaba seguir sus instrucciones.
—Cierra los ojos, pequeña.
Esta vez ella no titubeó, no le cuestionó nada.
Simplemente confió en él… Y maldición, que ella hiciera eso lo significó todo para él.
Cada minuto de cada día que habían pasado juntos esta semana, su meta había sido ganarse su confianza.
Ahora que la tenía, juró que nunca la quebrantaría.
Daba igual que tuviese que demostrar ser digno de ella.
Cada milímetro de su cuerpo era tan hermoso que apenas era capaz de decidir por dónde empezar.
Como en respuesta a su pregunta silenciosa, ella movió un poco el torso, y contemplar sus pechos abundantes y naturales hizo que a él se le hiciese la boca agua.
Y aun así, mientras que él no deseaba nada más que sostener esas copas de carne, oh, tan suave, en las manos y lavarle los pezones con la lengua, sabía que sería incluso mejor para ella si se tomaba su tiempo para llegar allí.
Se inclinó hacia adelante y lamió lentamente entre sus dos costillas inferiores, primero a un lado del pecho y luego al otro.
—Qué bien sabes —le dijo antes de ascender por su caja torácica. Quería saborear cada milímetro de ella, pero era lo bastante realista para saber que esa mañana él no podría durar tanto. No cuando estar tan cerca de su cuerpo desnudo y precioso ya le tenía sobrevolando el abismo de la locura.
Al menos, pensó mientras le daba un beso en la dulce zona de piel directamente debajo de su pecho izquierdo, él no era el único al que le costaba mucho contener su deseo.
Porque con solo unos cuantos lametones húmedos de su lengua, Mia estaba ya agarrándose tan fuerte de los postes de hierro que se le estaban poniendo blancos los nudillos.
Especialmente, notó él un segundo después, cuando en vez de moverse hacia arriba, todo el camino hasta las tensas montañitas, y metérselas en la boca, el desvió su atención de sus costillas a los huesos de sus caderas.
Él se iba acercando más y más con cada lametazo de su lengua y caricia de sus labios, a las partes de ella que estaban suplicando su atención…
Pero deliberadamente, no llegaba nunca hasta ellas del todo.
Pero aunque ella continuaba agarrándose al cabecero de la cama, eso no la frenó de mover su torso y la parte de abajo del cuerpo para intentar que él llevase su boca donde ella la quería.
En otra ocasión, él llevaría el juego al siguiente nivel haciéndola quedarse quieta también, pero esa mañana sabía que no sería justo para ninguno de los dos.
No cuando ambos habían esperado tanto tiempo para volver a estar juntos así.
De hecho, Ford decidió de repente, ya iba siendo hora de que los dos consiguiesen su recompensa.
Sin advertencia alguna, deslizó las manos arriba y abajo por sus pechos en el mismo instante en que le puso la boca en el sexo.
Sus labios soltaron abruptamente su nombre con un grito de placer cuando él la abrió del todo con la lengua y la deslizo dentro de su vibrante calor.
Sentía la piel de ella húmeda debajo de sus manos, los pezones duros contra la punta de sus dedos, y su excitación dulce en su lengua.
No cabía duda, apartar las manos y la boca de ella un instante después fue una de las cosas más difíciles que él había hecho jamás. Más difícil de lo que había sido para él detenerse en los besos de buenas noches durante toda la semana.
—¿Ford? —Su nombre sonó más a jadeo que a palabra. —¿Por qué has parado?
—Shhh —susurró él, moviéndose hacia arriba para darle un suave beso en el cuello. Su boca seguía siendo zona prohibida si quería tener la mínima oportunidad de prolongar el placer de ambos—. Ya casi estamos.