Capítulo 30
CAPÍTULO TREINTA
M ia yacía desparramada sobre el pecho de Ford en la cama que habían improvisado en la habitación del torreón, y su corazón latía fuerte y rápido en su oreja.
Sus piernas no habían vuelto a estar estables desde que habían hecho el amor contra la pared, y a ella le encantó recuperar sus fuerzas junto a él de este modo.
Ya no había más secretos entre ellos, ni ira, ni amargura. Solo amor… Y placeres sin límite que poder compartir.
La velada era fresca y despejada, y desde donde estaban tumbados podrían hacer visto fácilmente las luces parpadeantes y la luna sobre el agua por las grandes ventanas. Es decir, si alguno de los dos le interesara mirar algo que no fuese el otro.
—Tus padres son geniales —dijo Ford de repente, y ella se apoyó en su pecho y levantó la cabeza para poder verle mejor la cara—. Tus hermanos no están mal, tampoco. Especialmente después de que consiguieras que Adam me dejase de lanzar esas miradas asesinas.
A ella le encantó como solo unos minutos antes estaban disfrutando de un sexo frenético y ahora parecía igual de natural ponerse a hablar de la familia. Especialmente porque cinco años antes, ese no había sido el caso en absoluto.
Por fin, ella sabía seguro que su vida sexual sería tan caliente como su amistad dulce.
—No pudo evitar que le cayeras bien cuando te pusiste a hablar de los edificios históricos de todo el mundo que habías visto. Y ofrecerte a dejarles unas entradas en taquilla para que vinieran conmigo a tu concierto de mañana por la noche no fue un mal toque tampoco.
—¿Quién habría dicho que cenar con la familia de mi novia iba a resultar tan afrodisíaco? —dijo él con una sonrisa sexi arrastrándola hacia arriba sobre su cuerpo para poder besarla.
Sus besos la hicieron sentir débil. Sus manos recorriendo sus curvas la hicieron sentir ansia. Pero aunque Ford sabía ahora lo mucho que ella le amaba, había otras cosas que ella quería que él también supiera. Cosas importantes.
Cosas de para siempre.
—He estado pensando mucho esta semana sobre por qué se enamora la gente.
—Lo mismo que yo —dijo él apartándole suavemente el pelo de la frente—. La química decididamente tiene que ver. —Deslizó un dedo por el borde de sus costillas hasta su cintura, y la hizo estremecerse con la mejor de las clases de carne de gallina, para demostrar mejor su afirmación.
—Sí. Y el respeto —dijo ella, sabiendo que podía mirar esos ojos oscuros para siempre y no tener que mirar a ninguna otra cosa nunca más.
—Y la confianza. —Esa palabra de nueve letras caída de sus labios era emoción pura.
Ella le puso una mano abierta sobre el corazón y añadió:
—Y una auténtica y sólida amistad.
Una que ella rezaba por que se hiciese más fuerte durante los tiempos buenos y soportase los malos también… Especialmente porque apenas podía acallar la voz silenciosa de su cabeza que le decía que una amiga jamás impediría que su amigo hiciese lo que había nacido para hacer.
—Tengo una idea —murmuró Mia, estirándose para disfrutar el roce del pelo del pecho de Ford contra sus senos. Acababan de tener el sexo más increíble, pero en lugar de saciarla, era como si ni hubiese empezado a tener suficiente de él—. ¿Quieres oírla?
Su erección creció al instante un par de centímetros, y sus latidos se aceleraron por debajo de ella.
Ella era demasiado lista para permitir que el sexo lo dominara todo, pero no podía soportar arruinar su noche perfecta con sus preocupaciones de que Ford estuviese tomando la decisión incorrecta al dejar de salir de gira para instalarse en Seattle.
Además, mañana por la noche en su concierto, ella sería por fin capaz de ver si él iba a dejar los escenarios por ella, o si estaba en realidad preparado para retirarse de actuar de todos modos.
Hasta entonces, no iba a permitirse a sí misma sentirse culpable por sumergirse en el placer decadente y absorbente que solo Ford había sido capaz de darle.
—Sí, diablos —confirmó él—, quiero escuchar tu idea.
—Bueno… ¿Sabes esa lista de fantasías que te has inventado esta semana? —Él ya los estaba moviendo a los dos sobre las mantas para que ella estuviese de espaldas debajo de sus músculos deliciosamente duros para cuando dijo—: Quiero que elijas una para que la hagamos realidad esta noche.
Él le había enredado una mano en el pelo, y ahora esta se tensó de una forma muy sexi cuando él preguntó:
—¿Solo una?
Ella levantó la cabeza para susurrar contra sus labios:
—Al menos una.
Él le aplastó los labios con un beso y ella jugó con su lengua devolviéndole movimiento por movimiento, con sus dientes mordisco a mordisco, con su garganta gruñido por gruñido. Por fin, él dijo:
—Desde que me dijiste que te habías tocado esta semana y te habías corrido, apenas he sido capaz de pensar en nada más. Enséñame cómo te has estado tocando. Necesito verlo. Necesito mirarte.
Ella le habría dado lo que él quisiera, pero había esperado tanto para tener sus manos sobre ella de nuevo que aun al mismo tiempo en que asentía, le decía también:
—Ayúdame a mostrártelo, Ford. Ayúdame a correrme de nuevo para ti.
Él la besó de nuevo, fuerte y rápido.
—¿Dónde quieres que me ponga?
—Detrás de mí, con mi espalda contra tu pecho y tus piernas a ambos lados.
Moviéndose rápido, él se apoyó en los cojines y luego tiró de ella hacia él. Sentía su erección grande, latiendo contra su zona lumbar, cuando se relajó apoyándose en él.
—¿Qué más? Esas dos palabas suyas no fueron apenas más que un susurro ansioso.
—Ahora ponme las manos en los muslos y ábremelos.
Él tragó saliva ruidosamente, mientras bajaba lentamente sus dedos de su cintura a sus muslos.
A ella le encantó lo grandes que sus manos se veían sobre su cuerpo, y el calor y la humedad se convirtieron en un charco entre sus piernas cuando él cogió suavemente la suave piel del interior de sus muslos para separarle las piernas.
—Mmm —le animó—, eso es perfecto.
—Tan perfecto, maldita sea —asintió él con su voz profunda y resonante que la había atrapado desde el primer momento en que le había visto sobre el escenario—. Dime qué necesitas ahora, Mia.
—A ti —dijo ella, antes de volver la cara hacia él para besarle—. Y que tú sepas, veas, sientas , lo mucho que te deseo. Lo mucho que te necesito, Ford.
Le puso ambas manos sobre las suyas y las condujo deslizándolas suavemente por su piel, de los muslos a las caderas, de las caderas al vientre, hasta que ambos sostuvieron sus pechos juntos.
—Dios, me encanta que seas guitarrista —le dijo con voz temblorosas mientras sus dedos encallecidos le rascaban y le arañaban los dos pezones a la vez.
Se arqueó por las caricias combinadas, dejándole saber con sus propias manos que quería más, que deseaba todo lo que él necesitaba darle.
Allí donde sus labios habían susurrado antes palabras cariñosas, lo único que el necesitaba decirle ahora era:
—Te quiero, cariño. Te quiero tanto, maldita sea. Y necesito que me demuestres cómo quieres que te haga correrte. Ahora.
Sus caderas ya se habían levantado en busca de sus caricias para cuando ella le movió la mano derecha de sus pechos hacia abajo, hacia la carne ávida y húmeda de entre sus piernas.
Y cuando él la tocó exactamente donde ella necesitaba que la tocase, con sus dedos encallecidos deslizándose de la manera más guarra y deliciosa por encima y luego dentro de ella, Mia se corrió al instante.
Sus dedos tocaron un ritmo perfecto de placer sobre la carne mojada hasta que ella dejó de temblar.
Y aunque la potencia de su clímax debería haberle vaciado de hasta la última gota de energía, ella jamás se había sentido más poderosa cuando se movió rápidamente sobre las mantas para cabalgar sobre sus caderas.
No tenía ni idea de dónde había sacado él este segundo condón pero estaba más que agradecida de que él ya llevase uno puesto cuando descendió sobre él, un glorioso milímetro tras otro, lentamente.
—¿Cómo sabías que esta iba a ser la siguiente fantasía de mi lista?
A ella le encantó cómo bromeaba él con ella mientras se amaban apasionadamente el uno al otro.
Cinco años atrás, no había habido nada de risa durante el sexo.
Sí, habían sido increíblemente apasionados, pero en aquel entonces eran unas llamaradas que ardían rápidamente, en vez de un fuego lento y sereno que podías confiar que no se apagaría.
—Algo me dice que prácticamente todo está en tu lista de fantasías —le devolvió ella el jugueteo.
—Solo hay una forma de averiguarlo —dijo él, girándolos para que él quedase encima de ella—. Tendremos que hacer realidad cada una de mis fantasías al menos una vez.
—Bueno —dijo ella, levantando las caderas para llevarle todavía más adentro —si insistes en que es vital .