Los Sullivan de Seattle (Libros 1-3) Capítulo 29 #2
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Capítulo 29 #2

Porque ella no se estaba corriendo para él, estaba estallando, completa y totalmente, contra y más allá de él. Claudicaba, y no solo su cuerpo… Sino también todas sus dudas y temores.

A pesar de tenerla más dura que nunca en su vida, él la abrazó y solo la sostuvo con fuerza hasta que su aliento se calmó.

De alguna forma, consiguió soltarla lo suficiente para levantarla, dejarla sobre su asiento y abrocharle el cinturón.

Luego le echó el lazo a su propia atención para poder conducir y sacarlos con seguridad del barrio y hasta la autopista que les conduciría a su casa.

La había oído correrse, la había sentido correrse pero, maldita sea, necesitaba verla correrse.

Y eso no ocurriría ni en este coche ni en una carretera oscura y desierta.

Necesitaba llevarlos a los dos su casa de una pieza para poder meterla dentro, encender cada maldita luz y arrancarle la ropa para poder disfrutar de hasta el último centímetro de ella.

Bajo el tenue resplandor de las farolas, Mia era tan hermosa que él apenas podía confiar en mirarla sin causar un accidente.

Pero aunque se asegurase de conducir con prudencia, sencillamente no le quedaba autocontrol para evitar echarle un vistazo siempre que era seguro apartar los ojos de la carretera un instante.

Se le habían caído los tacones cuando estaban enredados los dos en su asiento, y ahora tenía las piernas dobladas debajo del cuerpo y la cara vuelta hacia él, con la cabeza apoyada en el reposacabezas.

Tenía los ojos cerrados y él podría haber pensado que ella dormía por el efecto de su poderoso orgasmo, de no ser por la forma en le arrastraba una mano lenta y segura por el muslo.

—¿Ya casi hemos llegado? —murmuró ella con voz ronca, sin molestarse en abrir los ojos.

—Sigue haciendo eso con la mano y, demonios, seguro que yo sí que llego —le advirtió él.

Por supuesto, en vez de apartar la mano, sus bellos labios dibujaron una sonrisa y ella cambió de postura para poder tocarle todavía mejor.

Por todos los santos, si sus dedos se acercaban un milímetro más a su erección, estaban en peligro de acabar con el coche empotrado contra un poste de la luz. Por suerte, él giró en su calle y cruzó la verja de seguridad antes de hacer que tuvieran un accidente.

Unos segundos después, la estaba levantando en sus brazos y saliendo a toda prisa hacia el torreón. Ella le rodeó el cuello con los brazos y le acarició con la nariz, dulce y confiada, preparada para lo que fuese que él había planeado para ambos ahora que ya estaban en casa.

En casa. Al pie de las escaleras del torreón, él titubeó y ella por fin abrió los ojos para mirarle.

—¿Ford?

Su belleza, y su verdad, le hicieron sentirse humilde.

—Te quiero.

—Yo también te quiero.

Aunque le había dicho como se sentía acerca de él en el coche, era la primera vez que ella había pronunciado esas palabras, simples y puras, en cinco años.

Sus manos se tensaron sobre ella.

—Dilo otra vez.

—Te quiero.

Sabiendo que ella podía seguir repitiendo esas palabras en un bucle infinito y que él jamás se cansaría de volver a escucharlas, pidió:

—Una vez más.

— Oh, Ford. —Ella deslizó las manos desde su cuello para rodearle el rostro—. Te quiero tanto. Más de lo que jamás seré capaz de decirte. Más de lo que jamás seré capaz de demostrarte.

El beso que le dio era tan dulce que él noto un dolor real por la sensación de su corazón expandiéndose dentro de sus costillas.

—Ya lo has hecho —le juró, y por un instante no supo si sencillamente la dejaría en el suelo y la poseería ahí mismo. Pero entonces él consiguió, por los pelos, muy por los pelos, capturar el último gramo de su autocontrol y obligarse a subir escaleras arriba con ella en los brazos.

Desde el primer momento en que había visto la casa, había querido hacerle el amor a Mia en el torreón. Al mudarse el lunes por la noche, había descubierto un armario oculto en las paredes de piedra, lleno de suaves mantas y cojines.

Apenas podía soportar la idea de soltarla el tiempo suficiente como para preparar un lecho, pero en cuando ella abrió la puerta del armario, soltó un alegre sonido. Sacó un edredón multicolor y lo extendió sobre el suelo embaldosado antes de poner las mantas y los cojines encima.

Descalza, Mia se quedó de pie en medio de la improvisada cama y le tendió las manos.

—Ven aquí, estrella del rock, y déjame que te ame.

Él se acercó a ella y ella entrelazó sus dedos con los de él antes de levantar su boca para besarle. Podría haber transcurrido minutos, e incluso horas así, besándose de pie, bajo la brillante luz de la luna que les inundaba cayendo por las ventanas del torreón.

—Te necesito desnudo —dijo ella con voz entrecortada, cuando sus labios por fin se separaron.

—Por ti, lo que haga falta —le dijo él, cogiendo un condón del bolsillo trasero y echándolo sobre las mantas.

Luego se ocupó de la hebilla del cinturón y de la cremallera de los vaqueros mientras ella le bajaba la camisa por los hombros.

Para cuando él se bajó los pantalones, ella estaba ya de rodillas desatando los cordones de sus botas.

Cuando terminó de quitárselas, miró hacia arriba con un brillo muy travieso en sus bonitos ojos. Antes de que pudiera pararla, ya tenía una mano alrededor de su verga y su boca encima.

Ford estaba demasiado cerca del límite para permitirla que le amase de esta forma durante mucho más tiempo, pero, Señor, la forma en que le chupaba y le lamía como si jamás hubiese probado nada tan dulce…

Apenas se apartó a tiempo, y cuando vio como había crecido el rubor de placer de sus mejillas y lo oscuro y dilatado de sus pupilas cuando se la estaba chupando, casi no supuso diferencia alguna el que ya no le estuviese tocando. Así de excitado estaba.

Gruñó y se libró de los vaqueros y los bóxeres con unas patadas. Se agachó y cogió un puñado de tela de su vestido para volver a levantarla antes de quitárselo. Pero ella siempre había sabido cómo subir las apuestas, y le quitó el condón de la otra mano y se lo puso, segundos después.

—Ahora, Ford —le exigió. —No puedo esperar por ti otro segundo más.

Habían preparado una cama de mantas y cojines, pero cuando ella saltó a sus brazos y le rodeó con los brazos y las piernas igual que había hecho en el estadio de Oregón el martes pasado, no les hizo falta ni esa cama.

Gracias a Dios, esa vez no había ropa interponiéndose en el camino cuando Ford la movió instintivamente contra la pared.

Sus lenguas se deslizaron y resbalaron juntas cuando él entró en ella y su carne húmeda se estiró y luego se tensó a su alrededor. Incapaz de recordar ningún placer más intenso, Ford tuvo que ceder al impulso de metérsela hasta el fondo.

Y todo el tiempo, Te quiero era el estribillo no solo de la canción más hermosa que Ford había escuchado jamás…

Sino también de la más inspirada que jamás había tenido la fortuna de poder tocar.

Una y otra vez, la melodía tocaba en bucle junto a sus cuerpos, con gemidos de placer, con manos que no dejaban de explorar y finalmente, con una exquisita liberación que se movió en espiral, fuerte y desesperada, dentro de ambos.