Capítulo 29
CAPÍTULO VEINTINUEVE
N ormalmente Mia no tenía tanta prisa por marcharse de casa de sus padres tras una cena de viernes, pero esta noche, en cuanto rascaron el último pedazo de última manzana del molde de tarta, se levantó de un salto, y tiró de Ford para que se levantase con ella.
—Gracias por la cena. Estaba todo riquísimo. ¡Prometo hacer los platos la a la próxima!
Soltó a Ford solo el tiempo suficiente para darles un beso de despedida a sus padres y abrazar a sus hermanos. Apenas le dio tiempo a Ford de expresar sus propios agradecimientos antes de arrastrarle del comedor y por todo el salón hasta el vestíbulo.
—Os quiero, chicos, y os veré a todos mañana por la noche en el concierto.
Ates de que nadie de su familia pudiese hacer o decir nada para retrasar su partida, abrió la puerta y empujó a Ford fuera, cerrando con un portazo tras ellos.
—¡Deprisa! —Instó a Ford, moviéndose más rápido que nunca sobre sus tacones hasta dejarse caer en el asiento del pasajero de su coche.
Él apenas se había sentado al volante cuando ella le agarró por la camisa y le plantó un beso sexi y salvaje.
Sabía a manzanas, a cerveza y a Ford —. Aunque sé que toda mi familia está en la ventana delantera mirándonos ahora mismo, si no arrancas en los siguientes dos segundos, me voy a lanzar sobre ti de todos modos.
Su sonrisa al poner en marcha el motor era a la vez luminosamente feliz y oscuramente sensual. Para cuando hubo salido a la carretera, ella ya le había desabrochado la mitad de los botones de la camisa.
Él detuvo su mano y la sostuvo con firmeza contra su pecho.
—Dime donde hay un sitio oscuro donde aparcar. Y hazlo pronto o nos van a arrestar a los dos por escándalo público.
Cada centímetro de ella se excitó ante la sensual amenaza de su voz y el latido duro como la roca de su corazón contra sus manos.
—Gira aquí mismo. A la izquierda allá. Ahora otra vez a la derecha. —Había cada vez menos casas y farolas con cada giro, hasta que alcanzaron el final del barrio y los árboles se hicieron más espesos cuando entraron en un bosque—. Ahora ve todo recto hasta que llegues al final del camino.
Cuando Ford apagó el motor, estaban totalmente envueltos por la oscuridad. Ella saltó por encima de la palanca de marchas y sobre su regazo, y aunque el espacio entre su asiento y el volante era muy ajustado, ella se deleitó en cómo sus músculos firmes le apretaban las curvas.
Le encantó lo duro que estaba entre sus muslos, la avidez que mostraban sus manos al recorrer desde sus pechos a sus caderas y luego vuelta a empezar en un brusco e inquieto patrón de lujuria.
Aunque en el coche ya estaba todo negro como la boca del lobo, ella cerró los ojos, meneando la pelvis contra él para centrar hasta el último átomo de su concentración en el placer que la estaba golpeando en oleadas.
Ella le había agarrado el pelo con las manos y tenía la mejilla apretada contra la suya, mientras la falda se hacía un montón arrugado bajo sus manos… Cuando él se detuvo en seco y la sujetó por las caderas para mantenerla quieta.
—¿Mia?
Más que feliz de que él acabase de descubrir su piel desnuda, le informó:
—Me quité las bragas justo antes del postre.
—Tú —dijo él mientras movía lentamente las manos por debajo de su falda para acariciarle las caderas desnudas—, eres una chica muy mala.
La sensación pecaminosa de sus dedos arañando la sensible piel del interior de sus muslos hizo que su risa se tornase ronca al pedirle:
—Sé malo conmigo, Ford.
—He llegado al punto —replicó él con una voz descarnada de emoción y lujuria—, en el que se me ocurre una nueva fantasía contigo cada maldito minuto del día. Cómo te voy a arrancar la ropa. Cómo me vas a suplicar que te bese, que te toque. Pero…
—Has estado calentándome toda la semana —gruñó ella contra su boca antes de mordisquearle fuerte el labio inferior—. Estoy harta, Ford.
—¿Harta de qué?
No había bastante luz de la luna para que ella pudiese verle los ojos, pero pudo escuchar la tensión, y la esperanza, en su voz.
—Harta de dudar de ti. —Le cogió la cara en las manos y la giró ligeramente para poder darle un beso en una mejilla—. Estoy harta de estar asustada de lo que siento por ti. —Le besó la otra mejilla—. Y estoy harta de enamorarme de mi mejor amigo.
—Qué es lo que estás diciendo. —Sus palabras eran duras, en vez de suaves—. Dime exactamente qué es lo que estás diciendo.
—Sé que no podemos borrar el pasado, pero hubo suficientes cosas buenas en aquella primera semana que pasamos juntos antes de que todo implosionara que no creo que quisiera borrarlo aunque pudiésemos.
Esta pasada semana me ha mostrado como podría ser un futuro contigo.
—Dios, sí, estaba desesperada por tener más de él, todo de él, pero quería tener las pequeñas cosas, también—.
Quedarme dormida en tus brazos, sintiéndome segura y querida.
Despertarme a tu lado por la mañana, sabiendo que por fin he encontrado a mi otra mitad.
Pasar nuestro tiempo libre durante el día riendo, y amarte más a cada segundo, aunque siempre me estés buscando las cosquillas para hacerme rabiar—Entrelazando los dedos con los suyos, dijo—: Y deberías saber que tienes también el sello de aprobación de mi madre.
Mia no se había dado cuenta de lo mucho que necesitaba ese apoyo y aprobación hasta que su madre la había instado suavemente a tener fe en lo que estaba sintiendo por Ford…. Y saber que era natural cuestionar un amor así de poderoso, incluso para una mujer tan asombrosa como su madre.
—Tú eres la persona con la que quiero reír.
Tú eres la persona con la que quiero llorar.
Tú eres la persona a la que quiero contar todos mis secretos.
Eres el primero al que quiero llamar cuando cierre un gran trato y con el que quiero inventar nuevas palabrotas cuando uno vaya mal.
Eres mi mejor amigo, Ford, y sé que siempre lo serás.
Te estoy diciendo que quiero ser tuya en exactamente todas las formas posibles.
Toda la semana, cuando las cosas se habían calentado y se habían puesto desesperadas entre ellos, Ford había sido siempre el que evitaba que llegasen demasiado lejos.
Pero esta noche, después de que ella le había dicho que era su nuevo mejor amigo, él inmediatamente bajó la palanca que echaba el asiento para atrás y rodó para dejarla a ella tumbada debajo de él.
—¿Recuerdas nuestra primera noche juntos? —preguntó.
El recuerdo hizo que la emoción le llenara la piel de carne de gallina, aunque estuviese ardiendo por dentro por su cercanía.
—Dios, sí.
Cuando dejaron el local del concierto, apenas se había cerrado la puerta de la limusina y la pantalla de separación ni había ascendido del todo hasta el techo cuando se atacaron el uno al otro.
Podía recordarlo todo sobre hacer el amor con Ford por primera vez en la parte de atrás de su limusina, excepto la ropa de quién había desaparecido primero.
Habían estado tan desesperados por el otro…
—Me fastidiaste las limusinas para siempre —le dijo.
En la oscuridad, lo único que ella sabía era lo delicioso del peso de Ford apretándola contra el asiento y su aroma limpio y masculino apoderándose de sus sentidos una temblorosa respiración tras otra.
—La próxima vez que nos subamos a una, —le susurró al oído—, te prometo que te lo compensaré. —Sus dientes se cerraron sobre su lóbulo al tiempo que le abría la camisa del todo de un tirón—. ¿Quieres un anticipo esta noche?
—Lo quiero todo esta noche —dijo él un instante antes de conquistar su boca con un beso que era sorprendentemente posesivo, emocionantemente dominante… Y totalmente cariñoso.
Mia estaba muerta de ganas y de deseo, y maldita sea, tan preparada por todas partes donde él la tocaba…
Pero aunque él le llenaba de besos ansiosos toda la cara, los hombros, el principio de sus pechos y luego hacia arriba, por sus muslos hasta sus caderas, él sabía que nunca sería capaz de tener suficiente de ella en ese estrecho asiento.
Quería ver como su piel se sonrojaba, necesitaba ver como sus ojos echaban chispas, y luego se nublaban, cuando él la llevase más y más cerca del placer y luego la mandase aún más allá.
—A casa. —Pero aun al mismo tiempo en que tomaba la imposible decisión de esperar unos minutos más antes de poseerla, tuvo que poner la boca en el punto de su cuello donde le galopaba el pulso y oía como a flores de invernadero—.
Voy a llevarte a casa y entonces voy a hacerte el amor hasta que ninguno de los dos pueda moverse.
—No. —Sus brazos se tensaron en su espalda y ella volvió la cara para que sus labios se rozaran—. No puedo llegar tan lejos estando así.
Ella se movió, flexible e insistente, contra él, y cuando su mano, que estaba debajo de su falda, se deslizó contra su cálida humedad, él accedió en silencio a que no podía dejarla sufrir durante el breve trayecto de vuelta a su casa.
No le dio ni una palabra de advertencia antes de meterle dos dedos dentro, brusca y profundamente. Ella le recompensó con un grave gemido de placer que resonó hasta lo más hondo de su alma. Moviéndose en el asiento lo suficiente para que ella pudiera mover las caderas contra su mano, él la animó.
—Demuéstrame lo mala chica que eres corriéndote para mí, Mia. Así, en este coche, con mis dedos dentro de ti.
Oh, sí, pensó él mientras su clímax se acercaba como un tren desbocado, a ella le seguían gustando las palabras guarras.
Llevaba cinco años recordando cada travieso momento con ella de esa semana que habían pasado juntos.
Necesitaría al menos cincuenta años amándola para poder cumplir la nueva lista de fantasía sexuales que se le habían ocurrido esta semana.
Cogiendo su pecho izquierdo con su mano libre, jugueteó con su pezón erecto sin piedad mientras aumentaba el ritmo y la fuerza de los dedos que tenía dentro. Y aunque tendría que haber estado preparado para su clímax, ni siquiera estaba cerca de estar listo.