Capítulo 18
CAPÍTULO DIECIOCHO
— T odo el mundo está hablando siempre de lo lluvioso que es Seattle —dijo Ford mientras Mia extendía las cosas sobre la gruesa manta de picnic que habían sacado fuera de su nueva casa y él descorchaba el champán—, pero cada vez que estoy aquí solo veo un sol brillante y un cielo azul.
—Ahora que ya eres un residente oficial, supongo que te puedo contar nuestro secreto. —Se acercó más a él y le susurró—: nuestro clima es en realidad fabuloso casi todo el tiempo. No se lo digas a nadie, ¿vale?
Por supuesto, Ford se aprovechó de eso para acercarla más y darle otro beso antes de acceder.
—Vale.
Su beso fue breve esta vez, pero tan malditamente dulce que cuando él se echó para atrás para terminar de abrir la botella de champán, un pequeño suspiro de decepción se escapó de los labios de ella.
Sabía que todavía tenían que continuar la discusión que habían empezado en su despacho, pero ella quería sentirse más con los pies en la tierra antes de hacerlo, así que en vez de lanzarse a ello en profundidad de nuevo, le dijo:
—Esta ha sido siempre una de mis zonas favoritas de la ciudad. En realidad, fui al colegio no muy lejos de aquí. —Se echó a reír—. ¡Mis pobres maestros! Era una diablilla, con las coletas al viento, siempre hablando en clase.
—Algo me dice que te salías con la tuya.
—Me encantaba aprender —asintió ella—, pero también quería estar fuera corriendo y jugando.
Echando la vista atrás, mi madre fue asombrosa en conseguir que hiciera mis deberes, haciéndolo parecer todo tan interesante.
En cuanto terminaba mis fichas de mates o de ciencias, me empujaba en los columpios antes de que nos volviésemos a acomodar dentro con un libro.
Espero ser así de buena algún día con mis hijos.
—Hasta que no se detuvo para coger aire, no se dio cuenta de que volvía a hacer lo mismo: compartirlo todo con Ford mientras él solo se sentaba y le escuchaba.
—Te he visto jugando con tus sobrinos y sobrinas en la boda. Se iluminan cuando te tienen cerca. Vas a ser genial con tus hijos.
—Tuve unos profesores estupendos.
—Siento no haber tenido ocasión de conocer ni a tu madre ni a tu padre en la boda.
—Mis padres son alucinantes, aunque a veces desearía que fuesen un poco más despistados, como los padres de mis amigos.
Porque si les hubieses conocido, probablemente habrían adivinado que algo estaba pasando entre tú y yo…
Y me habrían hecho preguntas. —Decididamente, ella no había estado preparada para la clase de preguntas que le habrían hecho, especialmente porque odiaba del todo mentirle a su familia, y su omisión de cinco años ya le parecía peligrosamente parecida a una mentira bien gorda.
—Hablando de preguntas, ¿ha intentado mi hermano Ian ponerse en contacto contigo?
—Me llamó el sábado a medianoche.
Ella había tenido la esperanza de que Ian le hubiese hecho caso cuando le dijo que podía cuidar de sí misma. Estaba claro que necesitaba un recordatorio. Metió la mano en el bolso para coger su móvil y dijo:
—No me puedo creer que piense que puede meter las narices en mi…
Ford detuvo su mano para evitar que llamase a su hermano y le leyera su indignada cartilla.
—Él te quiere, así que entiendo por qué es tan protector. Yo jamás querría que nadie te hiciese daño, tampoco. Tal vez deberías darle un poco de cancha.
Ella suspiró y dejó caer el móvil de vuelta en el bolso a regañadientes.
—Al menos cuéntame qué te dijo.
—Digámoslo de esta manera… Incidió enormemente en que te tratase solo de la mejor manera posible.
—¿O qué? ¿O piensa subirse a un avión desde Londres solo para venir a darte un puñetazo?
—O llamará a tus otros hermanos para contarles lo que está pasando entre tú y yo, para que ellos se encarguen de lo del puñetazo.
Ella dejó escapar un bufido de irritación.
—Si quisiera que ellos supieran lo que pasa, yo misma se lo contaría.
—Espero que lo hagas, Mia. —Una de las comisuras de su hermosa boca se elevó al añadir—: A pesar de lo físicamente arriesgadas que pudieran resultar unas horas con tus hermanos para el tío que llevases a casa.
De repente, lo pudo ver con toda claridad: ella llevando a Ford a casa y presentándolo como su novio; aunque nunca había llevado antes a nadie a casa, ni una sola vez en veintiocho años.
Su padre se mostraría protector, pero justo, con Ford.
Su madre probablemente se enamoraría de él a la primera sonrisa y haría falta un montón de persuasión convencer a sus hermanos de que alguien podría ser jamás lo bastante bueno para su hermanita.
—En el internado, siempre envidié a los chicos que tenían hermanos o hermanas —dijo él, repitiendo lo que le había dicho tras la boda—.
Me enviaron al internado con cinco años.
Mis padres probablemente me habrían mandado antes, pero ninguna de las escuelas privadas de élite aceptaba a ningún niño hasta que no estaba en edad de ir a preescolar.
Aunque estaba encantada de que Ford estuviese compartiendo abiertamente otra parte de su pasado con ella, la triste mirada de su rostro la hacía desear tirarlo ahí mismo sobre la manta y besarlo hasta que se olvidase de todo aquello.
—Eso debió de ser duro para ti, tener que marcharte de casa siendo tan joven.
—Era mejor que quedarme en casa con las niñeras. En la escuela tenía amigos con los que jugar. La peor parte era volver a casa en vacaciones. Mi madre y mi padre eran dos extraños para mí.
A Mia le encantaban las vacaciones con su familia. Docenas de celebraciones de Acción de Gracias, Navidad y Pascua a lo largo de los años habían estado llenas de risas y diversión.
Obviamente, todo lo que sentía se reflejaba en su cara, porque él dijo:
—No sientas pena por mí. Puede ser que a mis padres no les importase yo una mierda, pero nunca me hicieron daño, ni físico ni verbal. Tampoco nadie me dijo que no a nada. No con todo el dinero y la influencia de mi apellido. Ni yo ni mi resentimiento pasamos hambre ni recibimos golpes jamás.
Mia lo sabía todo sobre el orgullo, y sobre los límites a los que llegaba mucha gente para protegerlo.
Después de todo, cuando ella había necesitado terriblemente el apoyo de los amigos y la familia después de que lo suyo con Ford combustionase cinco años atrás, les había mantenido a todos en la inopia.
Que Dios la librase de hacer que ninguno de ellos supiera que ella había fracasado o tomado una mala decisión.
—Cuando rompimos —sintió la súbita necesidad de decirle a Ford—, yo me decía todas esas mismas cosas.
Que no tenía el estómago vacío. Que no tenía ningún morado.
Que tenía un gran apartamento y una gran carrera.
Y no podía soportar la idea de que ninguno de mis familiares o amigos sintieran pena por mí.
O peor, que pensasen que estaba haciendo una montaña de un grano de arena.
Así que me lo guarde todo dentro. —Ella observó como una solitaria hormiga volvía hacia una larga hilera de otras hormigas de la que se había separado temporalmente—.
Pero la verdad era que sí los necesitaba.
Y cuando por fin tuve que revelárselo todo a mis mejores amigas después de verte el viernes, en vez de sentirme como una idiota, me sentí querida.
Pero aun sabiendo que mis amigos y mi familia me querrán siempre, sin importar lo que pase, todavía me llevé puesto esa chapita de mi orgullo a la boda de mi prima y me preocupé de que la gente pudiese enterarse de lo nuestro.
Él metió la mano en su bolso y le pasó el móvil.
—Toma —dijo con una sonrisa—, puedes llamarles a todos ahora mismo y ponerles al día.
Ella se lo cogió, riendo.
—Si tiene algún sentido más adelante que les dé a mis primos alguna noticia sobre nosotros, prometo reservarme una tarde entera para ir llamándolos uno por uno.
Tal vez hubiese sido una locura decir eso, pero de repente, la posibilidad de un futuro con Ford no le parecía completamente impensable. Después de todo, se acababa de comprar esta casa en Seattle y le estaba contando cosas importantes de su vida.
Sabía que era más fácil para él centrarse en ella que en sí mismo.
Pero a pesar de toda la rabia que había estado alimentando a lo largo de los años, ahora que había pasado los últimos días con él, no podía negar que él volvía a importarle.
La otra vez, cuando ella le hacía preguntas sobre su pasado, a él siempre le había resultado más fácil arrastrarla de nuevo a la cama y hacerle el amor hasta que se había olvidado del todo de ello.
Y había una gran diferencia entre estar rogándole a Ford que compartiese su vida con ella y la forma en que él se lo estaba ofreciendo sin pedirlo, ¿verdad?
¿O volvía a ser su orgullo el que hablaba? Porque si estaba sopesando que una relación con Ford pudiese salir adelante, entonces, ¿debería seguir encerrando su corazón en una jaula de este modo?
Dejó caer el teléfono de vuelta en su bolso y le miró a sus ojos oscuros.
—No creo que hayamos terminado de hablar de ti y de tu familia, ¿no?
Ford se quedó en silencio unos largos momentos antes de decir por fin:
—Esa semana contigo en Seattle fue lo más cerca que estuve nunca de permitirme acercarme a nadie.
Había estado muy acostumbrado a estar por mi cuenta, labrándome mi propio camino, y que le dieran al resto.
Y entonces, ahí estabas tú. No solo arrebatadoramente hermosa, no solo la cosa más sexi que jamás hubiese visto o tocado, sino que sencillamente me abriste los brazos y el corazón y me dejaste entrar. Me asustó de cojones, Mia.
Ella podía entender todo lo que he había dicho hasta que admitió haber estado asustado.
—¿Por qué el que yo sintiese algo por ti tendría que asustarte?