Los Sullivan de Seattle (Libros 1-3) Capítulo 17
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Capítulo 17

CAPÍTULO DIECISIETE

M ia estaba girando la llave en la puerta principal de Sullivan Realty el lunes por la mañana cuando Ford se bajó de un coche negro aparcado junto a la acera.

Tenía la mandíbula algo oscurecida por la barba incipiente y parecía como si no hubiese dormido mucho más de lo que ella lo había hecho durante el fin de semana.

Y aun así, ella no podía recordar ningún otro momento en que él hubiese estado más atractivo.

Tampoco podía acordarse de la última vez en que las mariposas se habían puesto a revolotear en su estómago de esta forma, aunque era previsible que esta mañana se hubiese presentado allí solo para poder presentar una oferta por la casa del torreón.

—Buenos días.

Sus ojos oscuros mostraron su apreciación al pasearse por su cuerpo, desde la cabeza a los pies y luego hacia arriba de nuevo.

—Ahora sí lo son.

Ella estaba extremadamente encantada porque fuesen los dos primeros en llegar a la oficina esa mañana, para no tener que hacer las presentaciones y fingir que todo era perfectamente normal entre ella y su cliente.

No cuando nada sobre su relación con Ford le parecía normal ni en lo más remoto…

Y Tampoco cuando había tomado una decisión enorme, maldita sea, durante las treinta y seis horas que habían pasado desde que vio a Ford en la boda.

Él la siguió hasta su oficina y en cuanto la puerta se cerró tras sus espaldas con un suave clic ella dijo:

—Sé que tenemos negocios de los que ocuparnos esta mañana, pero antes de que lo hagamos, quería que supieras que he tomado una decisión sobre nosotros.

En plena noche, mientras le daba vueltas y más vueltas en su cabeza, todo había tenido muchísimo sentido.

No había duda de que habían llegado a una encrucijada durante la boda.

La única pregunta era qué camino tomar. La noche anterior, ella había estado segura de haber averiguado la mejor forma de lidiar con su actual atracción sin cometer el error de dejarse llevar y volver a meterse en el asunto hasta el fondo otra vez.

—Creo que deberíamos acostarnos.

—No he dormido demasiado desde el viernes —dijo Ford—, así que estoy bastante seguro de que he alucinado cuando he oído que decías que deberíamos acostarnos.

Aunque en mitad de la noche su decisión había tenido todo el sentido para ella, ahora que lo tenía a él delante, tenía que recordarse interiormente por qué estaba haciendo esto.

Luchar contra su atracción iba a resultarle imposible.

No solo eso, sino que para una mujer sensual como ella, era totalmente antinatural no querer el placer que sabía que Ford podría proporcionarle.

Lo único que tenía sentido es que tuviesen un lío solo en plan sexual.

—No veo razón alguna por la que no podamos pasar un buen rato y disfrutar del sexo sin ataduras cuando tú estés en la ciudad y yo esté libre una noche o dos.

—¿Cuántas razones quieres? —preguntó Ford—. Porque estoy bastante seguro de que podría llenar toda tu jornada laboral dándotelas.

Maldita sea, ¿por qué no podía comportarse él igual que cualquier otro tío y lanzarse de cabeza ante la perspectiva del sexo?

—Un minuto —dijo ella, dejando que su enfado se pusiera a la altura del de él—.

Tú has estado al acecho y montándote estrategias para que nos besásemos cada vez que hemos estado juntos, pero ahora que te estoy ofreciendo un puto montón más que un beso me dices que no, que no quieres acostarte conmigo.

—Por supuesto que quiero acostarme contigo, Mia.

Y si creyera que iba a poder llegarte al corazón de esa forma, créeme, estarías ahora mismo desnuda y corriéndote debajo de mí.

—Cada milímetro de su piel se calentó y humedeció ante esa locura de imagen tan sexi que él acababa de pintarle, aun mientras él gruñía—: ¿Cuántas veces tengo que decirte que quiero más de ti aparte de tu cuerpo?

—Entonces, a menos que esté dispuesta a declararte mi amor eterno, ¿no piensas volver a tocarme otra vez? —le gruñó ella como respuesta en vez de contestar a su pregunta—. ¿Es esto lo que estás tratando de decirme?

—No —dijo él, estirando el brazo para atraerla contra él—, eso ni siquiera se acerca a lo que estoy tratando de decirte.

Por solo una fracción de segundo, su boca le ganó en la carrera por alcanzar el beso por el que ella se había estado muriendo desde la ceremonia de la boda.

En el viñedo de Napa, sus besos habían sido dulces, casi reverentes al recorrer su piel.

Pero no había nada de dulce en la forma en que ahora se estaban devorando el uno al otro.

Ella le marcaba los dientes en el labio inferior y él hacía que sus lenguas se enredasen en un potente baile de pura lujuria.

Sus manos recorrían cada centímetro de ella que eran capaces de alcanzar, desde los pechos hasta las caderas, y las de ella se agarraban con fuerza de los oscuros mechones de su cabello para mantener su boca exactamente donde la quería.

Gemidos, exclamaciones contenidas, placer, dolor…

Mia disfrutó enormemente de cada segundo de sentir de nuevo.

Aunque, mientras ambos continuaban arrastrándose mutuamente a una hoguera abrasadora de deseo desesperado, algo en lo profundo de su cerebro, una banderita, estaba ondeando, intentando decirle que esto era una mala idea.

Oh, sí, sabía que lo que estaban haciendo era una idea terrible, sabía que no tendría que estar dándole tanto a Ford de esta forma, que no debería darle ninguna parte de sí misma cuando él ya le había hecho tanto daño antes.

Pero en ese momento, la opción de ser lista estaba muy a la cola frente al placer pecaminoso de arquearse en sus grandes manos mientras él le sostenía los pechos a través de su camisa de seda.

El agudo timbrazo del teléfono de su ayudante, a solo una pared de distancia, la golpeó como un cubo de agua helada.

No solo era mala idea estar besando a Ford porque él tuviese el poder de herirla de una forma en que nadie más sería capaz… Sino también porque estaban en su despacho y sus empleados iban a empezar a entrar por la puerta principal en cualquier momento.

¿Estaba intentando que la pillaran con él?

Su corazón intentaba salírsele del pecho cuando le soltó y se quedó ahí de pie, sobre unas piernas que amenazaban con temblarle igual que sendos boles de gelatina.

—Hemos convertido lo de acostarnos de nuevo en algo demasiado grande, demasiado importante. En lo que a mí respecta, lo mejor que podemos hacer es quitárnoslo de encima para poder volver los dos a nuestras vidas.

—Una vez te tenga de nuevo, Mia jamás volveré a quitárteme de encima. Y no te dejaré. No para que acabes con otro tío al que conozcas haciendo footing o en un avión y que no te merezca.

Luchando desesperadamente contra esa parte de ella que quería pertenecer a Ford y creer que era posible estar con él para siempre, ella dijo:

—Dices que quieres algo más que mi cuerpo, pero luego me hablas como si yo fuese un juguete sobre el que pudieses mostrarte celoso y posesivo.

—Maldita sea, tienes razón. —Ella le observó pasándose una mano áspera por el cabello oscuro, mientras empezaba a caminar arriba y abajo por su oficina igual que un león enjaulado—. Lo estoy diciendo todo mal. Haciendo otra vez cada maldita cosa mal.

¿Era una locura que una parte de ella quisiera acercarse a él y consolarle?

Sí, esta locura que le generaba Ford era precisamente la razón de que ella sugiriese una relación informal, solo para el sexo.

Porque de esa manera podrían centrarse en sus cuerpos, en el placer…

Y las cosas como el consuelo, el apoyo, y las emociones que podrían dejarte en carne viva y totalmente destruida, no estarían sobre la mesa en absoluto.

—Hace cinco años, aunque yo fuese un punk inmaduro que no sabía distinguir arriba de abajo, fui lo bastante listo para quererte.

¿Cómo podría no haberlo hecho? —Ford hizo una pausa para asegurarse de que no volvía a expresarse mal otra vez—.

Pero después de que cortásemos, me pasé demasiado tiempo fingiendo que podía ser un hombre en una isla desierta de nuevo.

Que no pensaba en ti cada segundo que pasábamos separados.

—Ford…

—Déjame intentar hacer al menos una sola cosa bien.

—Volvió a atravesar la oficina y cogió sus manos—.

Después de ver cómo Nicola y Marcus son cuando están juntos, creo que por fin he averiguado una cosa.

Algo muy grande que nos saltamos en nuestra semana juntos.

Algo entre el sexo y el amor que lo mantiene todo en su sitio.

—Bajó la vista hacia donde sus dedos se habían entrelazado de forma natural, y luego la volvió a levantar hasta sus bonitos ojos—.

Cada segundo desde que he vuelto a verte, lo he pasado consumido por el deseo.

Pero el sexo no basta, Mia. No fue suficiente la primera vez y no lo será esta vez tampoco.

—¿Pero qué…?

—Amigos. —Él podía sentir que eso era verdad en los huesos y podía ver en la expresión de su cara que a ella también le estaba calando—. Esta vez, necesito ser tu amigo. Y espero que al final tú seas capaz de confiar en mí lo suficiente para ser también mi amiga.

Había escrito más de una docena de canciones de amor, pero nunca había entendido de verdad lo complicado que era eso hasta que se había enamorado de Mia.

O lo increíble que era que de algún modo, si dos personas con sus propios sueños y heridas, esperanzas y miedos, trabajaban muy duro y tenían muchísima suerte, podía hacer que funcionase de verdad.

Al mismo tiempo, una y otra vez durante las últimas treinta y seis horas, se había recordado a sí mismo que complicado no tenía por qué querer decir imposible .

Solo había que ver a Ryan Sullivan y a su prometida, Vicki, que habían hecho que las cosas funcionasen después de quince años separados.

Y por supuesto, estaban también Marcus y Nicola, que no habían dejado que ni las bodegas de él ni la carrera musical de ella se interpusieran entre ambos.