Capítulo 16 #3
Eres todo aquello que buscaba.
Cuando nada más me habría hecho sentir completo,
Tú ahí estabas.
Lo único que me hace falta.
Cuando te abrazo fuerte contra mí,
Me pierdo cada vez en ti
Porque eres lo único que me hace falta
No dejes nunca
No dejes nunca
No dejes nunca de ser lo único que me hace falta.
Ella no escuchaba los suspiros de las mujeres a su alrededor…
Francamente, no era consciente de nada salvo de Ford cantando una canción que le hablaba directo al corazón.
Pero según cada nueva frase de la letra le iba dando más de lleno y le llegaba más profundo y aunque hubiese sido más inteligente por su parte bloquear al menos un aspecto de su actuación, ella no podía mantener los ojos cerrados.
Sencillamente tenía que mirar a Ford mientras él hacía que su corazón y su alma se reflejasen en su música.
Una música que casi parecía haber sido escrita solo para ella.
Y, Dios mío, no solo era hermoso mientras cantaba para Marcus y Nicola. No era solo tremendamente cautivador, un intérprete con un talento innato.
Este era quien era Ford en lo más hondo.
Ella lo había sabido todo el tiempo, por supuesto, pero ahora, mientras le observaba crear una magia con un talento que muy, muy poca otra gente poseía, tenía que preguntarse cómo podría un hogar en Seattle encajar en la vida de un hombre cuyo sitio estaba en el escenario.
¿Y cómo podía pensar siquiera en dejar de estar de gira?
Porque aunque ella sabía que millones de personas podían escuchar su música a través de sus cascos o en la radio, la verdad es que solo estar en la misma habitación con Ford mientras él te cantaba, ya fuese en un viñedo con trescientas personas o en un estadio con cien mil, era un acontecimiento de los que te cambiaba la vida.
Cuando sonó el acorde final, mientras todos aplaudían y Ford besaba a Nicola en la mejilla y estrechaba la mano de Marcus, Mia se disculpó, se levantó de la mesa y se alejó disimuladamente hacia los viñedos, hasta un lugar donde nadie de su familia ni del resto de los invitados a la boda pudiesen verla.
Necesitaba estar un ratito ahí fuera, bajo ese cielo de un azul brillante, alejada de todos, para recuperarse de lo que esa canción de Ford y sus besos de antes en el almacén le habían hecho.
Ya debería aceptar que todavía le deseaba, incluso que había un grado de desesperación e intensidad incluido en ese deseo. Pero no quería tener que reconocer nada más… Ciertamente, no todas las emociones, ni los sueños, que su canción le había hecho brotar por todas partes.
Y aun así, aunque se había dicho a sí misma que quería estar poco a solas, no se sorprendió ni se disgustó cuando escuchó unos pasos en la tierra a sus espaldas. Se volvió a mirarle, sabiendo que ni correr ni apartarle de un empujón eran ya opciones viables.
—Tu nueva canción es preciosa.
—Después de verte a ti este viernes, la canción se escribió sola. —Él le cogió las manos y se las acercó a los labios para darles un beso. Uno que la conmovió tanto como lo había hecho su música—. Necesito irme ahora mismo a Los Ángeles, pero estaré de vuelta en Seattle el lunes por la mañana.
Ella se dio cuenta de que lo echaría de menos mientras le observó echándose a andar para alejarse, y le dio una fuerte punzada en el vientre. Cinco años, llevaba viviendo sin él, y ahora, menos de veinticuatro horas con él, y ya volvía a estar enganchada.
Lo bastante enganchada pare extender la mano hacia él en el mismo momento en que él se volvía para tocarla también a ella.
—Maldita sea —dijo él—, no dejo de repetirme que no voy a presionarte, pero no puedo irme sin darte un beso de despedida.
—Y yo tampoco puedo dejarte ir sin besarte —admitió ella.
Igual que su canción había sido emocional y a la vez provocadora, así fue el beso de despedida que se dieron.
Las manos de él se cerraron sobre su pelo y las de ella le agarraron con fuerza por los hombros.
La lengua de él se sumergió profundamente en su boca y la de ella salió a su encuentro con la misma violencia.
Los labios de ella mordisquearon su labio inferior y él la apretó con más fuerza para poder darle más de todo eso que ella ansiaba con desesperación.
E incluso en medio de la tormenta que se fraguaba entre ellos en el viñedo, Mia supo que sus corazones no solo estaban atronando contra el pecho del otro a causa de la pasión… Sino del poder profundo e implacable de las emociones que les envolvían como un torbellino.
Cuando por fin se obligaron a apartarse el uno del otro, ninguno de los dos respiraba con normalidad.
—Diviértete con tu familia, Mia. Son geniales. No sabes lo mucho que te envidio por tenerlos. —Él volvió a apretarla contra su cuerpo para darle otro beso más, rápido y sin aliento, y entonces se fue.
Y mientras Mia se dejaba caer contra una pared de piedra para recobrar la respiración, sabía que desear a Ford, necesitar a Ford, ya no era algo que entrase en cuestión.
La única pregunta que le quedaba era esta: ¿qué es lo que iba a hacer ella al respecto?