Los Sullivan de Seattle (Libros 1-3) Capítulo 8
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Capítulo 8

CAPÍTULO OCHO

A la mañana siguiente...

C olbie llevaba un rato en duermevela mientras el poco habitual sol de Seattle intentaba atravesar las nubes de fuera de la ventana del apartamento de Noah, pero no había querido despertarse del todo y acabar así con las que habían sido las horas más increíbles de toda su vida.

Pero entonces, Noah se removió contra ella, y supo que había llegado el momento de la verdad.

Su noche única había terminado.

Una noche perfecta, en la que todos sus sueños se habían hecho realidad.

En esa noche, había sentido como si su lugar fuese estar en los brazos de Noah, más de lo que lo había sido estar en los brazos de nadie. Él le había dicho: “Somos el uno para el otro”, y se lo había vuelto a decir una y otra vez con cada beso, con cada caricia.

La verdad era que ella había tenido tanto miedo de creérselo como de no creérselo.

Pero ¡ay! cómo deseaba creer! Y fiarse de que había hecho bien al correr el riesgo más grande de su vida con él anoche. Porque en lo profundo de su corazón, Colbie sabía que lo de anoche había sido más que solo sexo increíble y alucinante.

Así que, cuando él la acercó todavía más a él y le preguntó: “¿Te lo he demostrado?”, con esa voz grave y profunda que hacía que cada uno de los nervios de su cuerpo ardiese de placer anticipado, la alegría estalló dentro de ella.

Empezó en su corazón e irradió hacia afuera para inundar cada célula, cada poro y hasta el último de los confines de su alma.

Colbie se dio la vuelta en su abrazo para que estuviesen cara a cara, y el vello del pecho de él le hizo cosquillas en los senos de la forma más maravillosa, mientras su corazón latía fuerte y rítmico contra ella.

Fingió pensar en su pregunta, esforzándose mucho por evitar que sus labios dibujaran una sonrisa, aunque su tono era claramente poco serio.

Más bien, provocativo. Y, fundamentalmente, seductor.

—¿Y si te dijera que me haría falta otra noche antes de poder decidir?

Él la miró con una gran sonrisa y el alivio se mezcló con el deseo en sus ojos.

—Entonces, trabajaré duro para demostrártelo esta noche, y mañana por la noche, y cada noche después de eso.

Ella soltó un alegre gritito cuando él la cogió en brazos, la sacó de la cama, la llevó hasta el baño y abrió el grifo de la ducha.

—Pero, por ahora, como sé que tienes que volver a esa tienda nueva tuya en vez de pasarte toda la mañana haciendo el gandul en la cama conmigo, me conformaré con asegurarme de que estés perfectamente limpita. —Sonrió y añadió—: Por todas partes .

Ella se echó a reír cuando él la metió bajo el cálido chorro. Solo que esta vez, en lugar de ser la seducida, ella quería ser la seductora.

—Me has dado un día perfecto y una noche perfecta. —Le rodeó el cuello con los brazos y le acercó la boca casi hasta tocar la suya—. Ahora es mi turno de darte la mañana perfecta.

Ella tomó posesión de su boca con unos suaves besos que la provocaban tanto como le prometían lo que estaba por llegar.

Con el filo de los dientes le mordisqueó el labio inferior y luego suavizó el ligero dolor con la lengua.

Él le enredó las manos en el pelo mojado y las movió para dejarla atrapada entre la pared de baldosas y su firme cuerpo, pero, aunque la presión de sus músculos contra ella la hizo sentir un placer súbito y asombroso, estaba empeñada en amarle de la misma forma en que él la había amado a ella.

Tenía la piel lo bastante resbaladiza como para poder retorcerse y bajar por su cuerpo, cubriendo cada músculo desde su cuello, sus hombros y su pecho con los mismos besos que le había dado en los labios.

Cuando empezó a bajar más y a darle besos en el vientre, deslizando las manos y la boca por el cuerpo de él, por todo su cuerpo, él gimió su nombre por entre el vapor que brotaba tanto del agua como de sus cuerpos.

Poco después, sin embargo, él la volvía a tener apretada contra la pared de la ducha, con las manos metidas en su pelo mojado y comiéndole la boca.

Tenía la protección a mano justo cuando la necesitaron, solo que esta vez las manos de ella no estaban lo bastante firmes como para ayudarle con ello.

En un rápido movimiento lo llevaba puesto y luego ella le rodeaba con fuerza con las piernas y los brazos y él estaba lamiendo, chupando, mordiendo la curva de su cuello.

Luego, más abajo, hasta el principio de la turgencia de sus pechos, mientras él palpaba cómo ella estaba húmeda y caliente y más que preparada para tomarle.

Ella no sentía las duras baldosas a sus espaldas cuando él se movía adentro y afuera, apenas oía sus propios jadeos de placer por encima de sus propios latidos batiendo en sus orejas.

Lo único que sabía es que Noah la tenía a ella...

Y que ella le tenía a él. Con una oleada de placer tan dulce, tan tórrido, tan repentino, que le volvió a dejar anonadada, Colbie se corrió en sus brazos, con Noah imitándola apenas un instante después.

Diez horas más tarde...

Acababa de cerrar la puerta de entrada de “Deleite” tras un fantástico segundo día de ventas, cuando Noah la rodeó con los brazos y le besó en la coronilla.

—Has creado algo genial aquí, Colbie.

Ella se dio la vuelta en sus brazos para que él pudiera besarla en la boca también.

Por supuesto, cuando un beso se convirtió en dos y luego en diez y luego en cien, ella le dejó arrastrarla hasta la trastienda para otro asalto de la pelea sensual destinada a ganarse su corazón...

Esta vez en su escritorio, con sus piernas enroscadas en la cintura de él.

—Ahora sí que se entiende el significado de "deleite" —murmuró un rato después, mientras intentaba recuperar el aliento.

—Da igual dónde estemos, da igual los años que pasen, nunca dejaré de demostrarte mi amor —le dijo él, con los ojos todavía oscuros y lascivos, aun en el momento después de su pasión—. Cada día. Cada noche,

—¿Aunque ya me haya decidido?

—Especialmente entonces.

Aunque ella sabía que podía ver la verdad de sus propios sentimientos reflejados en sus ojos, y que él tenía que sentirlo por la forma en que respondía a sus besos, a sus caricias, quería darle más.

Quería darle todo lo que él le había dado, multiplicado. Su fe, su confianza. Su corazón.

—De niña solía creer en el amor a primera vista.

—Le dio un beso en el corazón, que latía fuerte y rápido mientras ella se le declaraba—.

Creo que todas las niñas lo hacen. Pero, entonces, al principio lentamente y luego cada vez más y más deprisa según iba creciendo y tomando malas decisiones, perdí esa fe.

—Ella le cogió el rostro entre las manos, aunque todavía le tenía dentro de su cuerpo—.

Tú me la devolviste en una cima nevada en un día perfecto.

Y, luego, otra vez en una noche perfecta.

Y, más tarde, esa misma noche, cuando él la llevó todavía más lejos de lo que nunca había estado y ambos volaron juntos de orgasmo en orgasmo, ella se olvidó de sentir miedo... Porque ya no iba a necesitar sentirlo nunca más