Los Sullivan de Seattle (Libros 1-3) Capítulo 7
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Capítulo 7

CAPÍTULO SIETE

C uando Colbie elevó su boca hacia la de Noah y le besó, la leve presión dolorosa del deseo en su interior se hizo más intensa...

Y al mismo tiempo dejó paso al placer más grande que jamás había sentido.

La levantó en sus brazos, apenas capaz de creer que por fin iba conseguir quitarle la ropa, tocar su suave piel, aprenderse cada centímetro de su belleza.

Incluso mientras la estaba sosteniendo y besando sus labios se moría por las ganas.

Cuando por fin la soltó en su dormitorio, dejando que sus curvas resbalaran suavemente sobre sus músculos hasta que sus pies tocaron el suelo, le puso las manos a los lados de la cara y se la quedó mirando fijamente.

Se le encogió el pecho ante la enormidad de su belleza.

Solo mirarla, sin tocar aún nada más que su cara, le tenía con la respiración entrecortada en un aliento errático.

—Siento como si hubiese estado esperándote desde siempre —dijo justo antes de ceder al deseo de poseerla, al ansia que había estado devorándole desde el primer instante en que la abrazó sobre la nieve del Lago Tahoe.

Le cubrió de besos la boca, el arco de sus pómulos, y llegó hasta la gloriosa curva de su cuello.

Ella olía a lluvia, a vino tinto, a mujer y a él le daba vueltas la cabeza de tanto desearla.

Tal vez de haber sido un hombre mejor, podría haberse contenido más tiempo, podría haber sido más paciente, haberle dado a ella más motivos para confiar en él.

Pero en ese momento lo único que importaba era hacerla suya.

Desplazó las manos hacia sus hombros y los pasó por su blusa de seda hasta que encontró tres botoncitos justo en su nuca y los desabrochó.

Un instante después, ella estaba levantando los brazos hacia él, para que pudiese quitarle la blusa por arriba.

No pudo evitar ir cubriendo con su boca cada milímetro de piel que iba descubriendo.

Mientras le iba quitando la blusa lentamente y encontrando los puntos que le hacían soltar mudas exclamaciones de placer (la parte superior de sus pechos, la hendidura de su ombligo, la hondonada de su hombro), se entretuvo allí y allí y allí para el disfrute de ambos.

Cuando por fin dejó caer su blusa en el suelo y apartó la boca de su piel, el aliento volvió a quedársele atravesado en la garganta.

Llevaba un sujetador de seda y puntillas de color rosa tan fino que parecía casi translúcido.

Quería dejárselo puesto para poder memorizar su belleza...

Pero su deseo más primario le estaba empujando a arrancárselo también.

Acercó su boca hacia abajo y rozó una firme montañita con la lengua.

Cuando ella gimió y se arqueó hacia él, con las manos enredándose en su pelo para poder sostenerlo cerca, él tuvo que rodearle el pezón completo con los labios mientras exhalaba su propio gemido.

Ella se movió contra él, con pura sensualidad de mujer, y él absorbió el sonido de su respiración entrecortada, la forma en que ella temblaba de deseo.

Incapaz de resistirse, le bajó las copas del sujetador con unas manos menos delicadas de lo que habrían sido si él no estuviese tan desesperado por ella, si no se hubiese pasado esa última semana deseando este momento.

Solo mirarla de esta forma hizo que Noah se olvidase de todas las demás mujeres con las que había estado antes.

La piel de Colbie estaba ligeramente sonrosada, y sus pechos turgentes y rematados por unos pezones rosados le saludaban.

Los sostuvo en sus grandes manos, acariciando la suave carne con reverencia...

Hasta que su ansia y su hambre sin límites por ella volvieron a apoderarse de él.

Dándole un fuerte tirón al delicado tejido, le arrancó el sujetador por completo y lo dejó caer.

Volvió a bajar su boca hacia ella, solo que esta vez ya no había seda ni puntillas entre ellos mientras él jugueteaba con ella y consigo mismo, dándole largos lametazos con la lengua y deslizando suavemente los dientes sobre su piel sensible.

Noah la deseaba tanto, joder. Un deseo que iba más allá de cualquier otra medida de deseo y que solo podía significar una cosa.

Se estaba enamorando como un loco de ella, había empezado a enamorarse en el primer instante en que ella había levantado la cabeza de la nieve en el Lago Tahoe y le había mirado a los ojos. Una mirada fue lo único que él necesitó para ver no solo lo hermosa que era, sino también su dulzura.

Con las manos sostuvo sus exquisitos pechos y cuando ella se arqueó sobre él y su boca, no pudo contener un gruñido de placer.

Él apartó la boca para poder sentir cómo sus pezones se endurecían como guijarros contra la palma de su mano.

No podía esperar a otras noches en las que se pasaría horas jugando con sus pechos, en las que los lamería y juguetearía con sus labios, su lengua y sus dientes, cuando podría dejar el ansia reposar lo suficiente para poder jugar.

Pero cuando ella susurró: “Me encanta cómo me tocas”, él supo que saborearla, juguetear y tentarla hasta que le suplicara que la llevase más allá tendría que esperar.

Sus voluptuosas curvas le habían vuelto loco incluso en las pistas de esquí, cuando los dos se cayeron y él la agarró y la sostuvo apretada contra él para mantenerla a salvo. Noah no era un hombre de culos. No era un hombre de pechos. No era un hombre de piernas.

Era un hombre de todo .

Con los labios y las manos acarició cada milímetro de su piel mientras la iba desnudando, bajándole la cremallera de la falda para que también pudiese reunirse con la blusa en el suelo de su dormitorio.

—Eres igual que un ángel —dijo cuando ella se quedó frente a él llevando solo la lencería más sexi que jamás hubiese visto—. Un ángel travieso.

—Llevaba puesto lo mismo debajo de mi ropa de esquí cuando estábamos haciendo ángeles de nieve —le dijo ella.

—Si yo lo hubiese sabido... —La llevó todo el camino hacia la cama y acostó encima, con el pelo extendido sobre la almohada, su cuerpo voluptuoso, su piel suave, todos sus sueños hechos realidad—. No te hubiera dejado marchar.

Colbie sabía que su cuerpo no era perfecto. Sus caderas eran un poco demasiado anchas. Sus piernas jamás serían tan largas y esbeltas como las de una modelo. Pero también sabía lo sensible que era al contacto físico.

Y sabía cuánto deseo había en los ojos de Noah cada vez que la miraba. La lujuria brotaba de él en ráfagas tan poderosas que el calor se extendía por toda la piel de ella.

Él la había estado mirando de esa manera desde ese primer instante en la montaña nevada. Ya fuese tapada con una chaqueta acolchada o desnuda salvo por sus bragas y sus zapatos de tacón, él la deseaba.

Y por primera vez en su vida, ella se sintió absolutamente perfecta. Tan hermosa como él, repetidamente, le decía que era.

No supo calcular cuánto tiempo se quedó simplemente mirándola antes de ponerle las manos encima.

Lo único que sabía es que fue demasiado largo.

Esperara lo que esperase de él, no era ese lento movimiento de sus manos sobre su cara, las puntas de sus dedos acariciando la curva de sus cejas, el arco de sus pómulos, el gesto determinado de su barbilla, y luego bajando por el cuello hasta las curvas de sus hombros, los suaves bordes de sus pechos y los huesos de su caja torácica, hasta alcanzar las suaves curvas de su vientre y sus caderas.

Ella intentó mantener los ojos abiertos, intentó mantener su pensamiento en el plano racional, pero ¡ay!

la sensación era tan buena que al final no tuvo más elección que sumergirse en el placer de sus caricias, batiendo los párpados hasta cerrar los ojos, mientras se embebía en la asombrosa dulzura de sus manos.

Lentamente, él le pasó las manos hacia abajo por las caderas, bordeando la piel extremadamente sensible detrás de sus rodillas, pellizcando tan perfectamente sus pantorrillas con los dedos que ella gimió con el placer de su contacto.

Él le quitó los tacones y, cuando sus pies estuvieron descalzos los acarició también con las yemas de los pulgares, como si quisiera darle placer en todas las partes del cuerpo, sin dejarse ninguna.

Y, entonces, por fin, le bajó las bragas por las piernas.

—Hermoso. —Esa única palabra brotando de los labios de Noah era más como una caricia que el contacto de cualquier otro hombre—. Tan hermoso.

Ella abrió los ojos justo a tiempo de verle lamerse los labios ante la imagen de su sexo, resbaladizo y húmedo y totalmente expuesto a su mirada... Y ella se dio cuenta por fin de que él todavía llevaba toda la ropa puesta. Inmediatamente, agarró su chaqueta y se la bajó por los anchos hombros.

Podía sentir el calor que irradiaba, la fuerza apenas contenida por debajo de la camisa de vestir bien planchada, mientras su mano se acercaba hacia los botones que bajaban por su pecho.

Le quería ver desnudo, quería ver todo ese poder sin nada que lo escondiera.

Él podría quitarse la ropa mucho más deprisa de lo que ella lo haría.

Pero había algo tan sensualmente satisfactorio en ser ella la que lo desnudase, en ser capaz de pasarle las puntas de los dedos por la piel, los huesos, los músculos, el vello oscuro de su pecho que se rizaba contra sus nudillos, mientras desabrochaba un botón y luego otro, y otro más...

Pero cuando finalmente tuvo su camisa abierta del todo y fuera de los pantalones, tuvo que detenerse... Y mirar fijamente.

Solo que mirar no era suficiente. Tocar tampoco lo era.

Además, necesitaba saborearle.

Se inclinó hacia él y posó la boca en su clavícula. Era algo natural, tan perfectamente instintivo, deslizar su lengua en el hueco justo detrás del hueso...

—Mmmm. —Sabía a limpio, pero también a algo un poco aromático.

Necesitaba saborearlo de nuevo, memorizar no solo su aroma sino también su sabor, así que bajó la boca todavía más, hacia uno de sus músculos pectorales.

Encontró su pezón con la punta de la lengua y mientras le enredaba las manos en el pelo, utilizó sus dientes con él, y el ligero arañazo contra su piel endurecida le hizo gruñir de placer.

O tal vez fuese su propio gruñido lo que estaba escuchando, porque Colbie jamás había hecho algo que le proporcionase tanto placer como saborear y juguetear con Noah.

Le quitó la camisa y los dos juntos se pusieron a quitarle el resto de la ropa hasta que estuvo maravillosamente, hermosamente desnudo...

Y ella no pudo esperar a que sus manos, su boca, recorrieran cada nuevo milímetro duro y bronceado de piel que iba descubriendo.

Sus músculos se estremecían al acariciarlos con los dedos, y el latigazo de su lengua al explorarle con ansia rivalizaba con el suyo en ella.

Ni siquiera estaba cerca de haber acabado con él cuando, con un gruñido, él la atrajo contra su cuerpo y volvió a adueñarse de su boca.

Ella no sabía cuándo había sacado el condón, pero cuando sus dedos rozaron el paquetito, ella lo cogió inmediatamente, lo abrió y le cogió a él.

Ella notó cómo él se tensaba y se sorprendió al darse cuenta de que él estaba conteniendo el aliento mientras ella lo desenrollaba por su gruesa erección.

Sabía que nunca podría dejar de agradecerles a sus amigas lo de ese viaje de esquí.

Quería enviarle un camión cargado de galletas con trocitos de chocolate a la niña que se había cruzado con ella en sus esquíes de un palmo y había enviado a Colbie de bruces contra la nieve...

Justo a tiempo para que apareciese Noah con sus fuertes manos, sus cálidos brazos y su bella sonrisa.

Jamás se había sentido tan sexi, tan adorada en toda su vida como lo hizo cuando sus ojos la recorrieron de arriba abajo, con el placer encendiendo sus bellos rasgos mientras él se colocaba directamente entre sus piernas y miraba hacia abajo con los ojos llenos de asombro.

—Nadie me ha mirado nunca como lo haces tú —susurró ella.

—Nunca había creído en el amor a primera vista. —Él acercó la mano hacia su mejilla para acariciársela—. No hasta que te vi a ti.

—Noah.

Todavía tenía su nombre en los labios cuando lo sintió dentro de ella.

E incluso mientras él le entregaba su corazón con sus palabras, mientras ella le daba el suyo a cambio sin necesitar palabra alguna, la pasión les poseyó a ambos.

Lo que había empezado con paciencia, con suavidad, ahora trascendía cualquier tipo de control que ninguno de los dos había sido capaz de ejercer.

Oh, pero a ella le encantaba, le encantaba la yuxtaposición de lo guarro y lo dulce, lo rudo con lo suave, lo rápido y lo enloquecedoramente lento.

Es lo que estaba haciendo con su tienda, después de todo, teniendo en stock las sedas y encajes más finos, los perfumes más sutiles, todo destinado a cautivar sin ambages en medio del calor de la noche.

Todo con la intención de hacer trizas cualquier control...

De seducir con un placer irresistible. Mientras sus lenguas danzaban, sus cuerpos seguían una coreografía propia, resbalando y empujando y deslizando y ansiando.

Amando.

Se lo estaba haciendo con dureza, con besos desesperados y hambrientos, pero ella estaba haciendo lo mismo también.

Ya no había ninguna regla, ninguna cautela, nada, salvo pasión y ansia, hombre y mujer.

Resbaladizo de sudor, sin aliento por el deseo, Noah deslizó una mano entre ellos y la llevó más alto de lo que jamás había estado, antes de lanzarla sobre el precipicio en un vuelo en espiral, gritando su nombre.

Ella jamás podría haberse imaginado tanto, ni mucho menos llegar a más.

Pero, oh, hubo tantísimo más mientras tenía su nombre en los labios igual que él tenía el de ella en los suyos, cuando sus bocas volvieron a colisionar.

Podía sentir cada uno de los latidos de su corazón contra su pecho, el rápido golpeteo igual a su propio ritmo descontrolado y frenético.

Tuvo una fugaz visión de sus ojos, oscuros, bellos e increíblemente llenos de emoción, y luego él le agarraba por las caderas y ella estaba rodeándole todavía más fuerte con las piernas y arqueando los pechos hacia su boca expectante…

Hasta que ambos llegaron juntos esta vez.