Capítulo 4
CAPÍTULO CUATRO
Seattle, Washington
Una semana después...
N oah Bryant lanzó la pelota hacia la canasta y cuando esta apenas tocó el aro, se volvió hacia su amigo y le dijo:
—El fin de semana pasado conocí a una mujer en el Lago Tahoe y no puedo quitármela de la cabeza.
Rafe Sullivan cogió la pelota en el aire.
—¿Esa es tu excusa para tu actuación de hoy?
No era propio de Noah permitir que una mujer que hubiese captado su interés se escapara sin conseguir su teléfono...
O, como mínimo, su apellido para poder buscarla.
Pero la hermosa mujer de exuberantes curvas de las pistas de esquí le había trastocado la mente.
Y no solo porque habían bajado rodando la colina juntos y luego habían pasado varias horas estupendas juntos mientras él le enseñaba a esquiar.
No, su cerebro había dejado de funcionar desde el preciso instante en el que había puesto sus manos sobre ella y había percibido su suave aroma floral.
Y, luego, cuando ella se apretó contra él, haciéndolo perder el equilibrio: un ex instructor de esquí incapaz de mantener los esquíes derechos ni aunque le fuese la vida en ello.
Pero caerse había valido la pena. Mucho más que eso.
Porque significó que él había podido abrazarla, hablar con ella, reír con ella y empaparse de su increíble belleza.
Por desgracia, unas horas después, ella le había dejado solo en la cima de la montaña.
Deseando besarla y reírse con ella, tanto dentro como fuera de la cama, y averiguarlo todo sobre ella, pero sabiendo que era posible que eso nunca se hiciese realidad.
Porque no tenía ni la más mínima idea de cómo encontrarla.
Ese día no había sido capaz de hacer nada en el trabajo, así que se le ocurrió jugar un partidito de baloncesto informal con su amigo Rafe. Resultó que tampoco era capaz de hacer mucho jugando al baloncesto.
Noah y Rafe habían ido juntos a la Universidad de Washington y durante los últimos años, Maverick International, la empresa en la que Noah trabajaba como Vicepresidente de temas jurídicos, había contratado a Rafe varias veces.
Rafe era el mejor detective privado de Seattle y había respondido con creces cada vez que ellos necesitaron de sus servicios.
¿Por qué no lo había pensado antes?
—Necesito que la encuentres.
Las cejas de Rafe se elevaron de golpe.
—¿No tienes el número de la chica?
—En realidad —admitió Noah—, ni siquiera sé su nombre completo.
No pudo culpar a su colega por reírse a costa suya al preguntar:
—¿Y cuánto duró exactamente ese encuentro que tuviste con ella?
Noah le explicó los intríngulis fundamentales de cómo él la sacó de la nieve y rodó media montaña abajo con ella entre sus brazos antes de enseñarla a esquiar.
—Lo único que sé es que se llama Colbie y que estuvo en la estación de esquí de Heavenly Ski Resort el fin de semana pasado.
Rafe le dedicó una extraña mirada.
—Espera un minuto... ¿Cómo acabas de decir que se llama?
—Colbie.
Su amigo pareció quedarse pensando en algo.
—Ayuda el que sea un nombre bastante raro. No puede haber muchas Colbies ahí fuera. Supongo que ya habrás llamado al hotel para ver si te podían dar alguna información sobre ella, ¿no?
—Así es. Me han dicho que no podían proporcionarme el apellido de una de sus huéspedes. Pero, por otra parte —añadió Noah—, probablemente yo no haya hecho las preguntas adecuadas a la gente adecuada. —Hizo una pausa—. Necesito que hagas esto por mí, Rafe. Necesito que la encuentres.
Sin embargo, en lugar de acceder rápidamente, Rafe le dijo:
—No puedo evitar pensar: “¿Y si fuese mi hermana a la que algún tío estuviese intentando encontrar? ¿Y si ella no quisiera que él la encontrase?”.
—Entonces, la dejaré en paz —prometió Noah—. Pero, maldición, hubo algo allí, y necesito al menos una ocasión más para probárselo a ella.
—Vale. —Rafe sacó su móvil de su bolsa del gimnasio para tomar unas notas—. Dime qué aspecto tiene y la fecha y la hora exactas en las que te topaste con ella y veré qué puedo hacer.
Mientras tanto, al otro lado de la ciudad...
Mia Sullivan abrió una de las últimas cajas que quedaban por abrir del stock inicial de Colbie.
Cuando sacó un precioso lote de bragas de encaje francés y seda, soltó un ruidito de placer puramente femenino, del que Colbie sabía que muchos hombres darían su brazo izquierdo por poder escuchar a su amiga hacer para ellos.
—Estas van a volar de los estantes —dijo Mía, acariciando amorosamente la seda súper suave—. Voy a tener que esconder unas para para poder quedármelas para mí.
—Llévatelas a casa contigo esta noche —dijo Colbie, desde lo alto de una escalera, terminando de colgar la cortina del probador—. Considéralo un pequeño gesto de agradecimiento por lo mucho que me has ayudado a hacer que la tienda esté lista.
Estaba sorprendida de lo rápido que todo estaba quedando listo.
Por otra parte, Colbie había estado soñando con abrir “Deleite” durante tanto tiempo, así que sabía exactamente lo que quería vender y el aspecto que debía tener el interior.
Estaba a punto de abrir las puertas al día siguiente, que resultaba ser el Día de San Valentín.
Esperaba llegar justo a tiempo para que todos los hombres de Seattle pudiesen comprar sus regalos de último minuto para las mujeres de sus vidas.
Pero también le agradaba el significado del día por otra razón. Esta tienda era su regalo para sí misma... Y era la prueba total de que no necesitaba que hubiese ningún hombre en su vida para hacerla feliz. Podía hacerse feliz ella sola, maldita sea.
Aun así, había tenido más sueños súper sexis durante la última semana de los que había tenido en toda su vida. Y Noah del Lago Tahoe había sido el protagonista estelar en todos y cada uno de ellos.
Esperaba que sus horas interminables trabajando para que la tienda estuviese lista para abrir la ayudaran a olvidarle.
Pero no había sido así. Por el contrario, se había encontrado con él apareciendo en sus pensamientos todo el rato.
Como la forma en que estando con él, ella se había olvidado de tener miedo en el telesilla, y ahora se negaba a tener miedo de subir hasta la punta de la Space Needle.
Cuando abrió una caja de libros de regalo sobre ángeles, se le había encogido el corazón un instante al recordar los ángeles de nieve que habían hecho juntos.
Y cuando vio a una pareja paseando por la acera por delante de la tienda, cogidos de la mano, había pensado en la forma en la que él le había cogido de la mano ese ratito...
Y lo bien que se había sentido, con guantes y todo.
Cuando suspiró, Mia le lanzó una mirada y dijo:
—Todavía estás pensando en el tío de las pistas, ¿verdad?
No servía de nada fingir que no era así, no cuando su amiga tenía visión de rayos X para ese tipo de cosas.
Después de todo, ¿no había sido Mia la que cuestionó los atributos de la escoria de Rob mucho antes de que Colbie le hubiese pillado engañándola?
Puede que Rafe, su hermano, fuese el detective privado, pero no había duda sobre las habilidades de Mia de calar a la gente.
Eso es lo que la convertía en una agente inmobiliaria tan buena: tenía un don para emparejar a sus clientes con las propiedades perfectas, aun cuando ellos jurasen y perjurasen estar buscando algo totalmente diferente.
—Creí que rechazarle era lo correcto —dijo Colbie—. Y tal vez lo fuese. Pero les he dicho que no a bastantes tíos y nunca le había dado tantas vueltas, hasta ahora.
Sí, era cierto que él le había causado una impresión en aquella montaña nevada, pero, ¿cómo podría haber sabido entonces lo importante que había sido conocerle en realidad?
Especialmente cuando seguía estando tan herida por lo que le había hecho Rob.
Porque, ¿no le había parecido genial su ex en la primera cita, solo para acabar no teniendo nada de genial?
Pero según se fue despertando una y otra vez en medio de la noche por otro sueño húmedo más sobre Noah, notando la piel sensible y caliente contra las sábanas, se encontró preguntándose a sí misma por qué se le había ocurrido comparar a Rob y a Noah en primer lugar.
Estaba claro que no había conocido a Noah de verdad, más allá de la calidez de sus brazos rodeándola.
Y su fuerza y su habilidad para sostenerla aun cuando ella los había enviado a los dos rodando montaña abajo.
Y su preocupación por una total desconocida cuando Colbie mordió el polvo intentando esquivar a una niña en la nieve.
Y su paciencia y su aliento al enseñarla a esquiar.
Pero, ¿no había sabido ella durante más tiempo del que había querido admitir para sí misma que Rob no iba a ser suyo para siempre?
¿Y no se había quedado con él solo por miedo a estar sola?
Sí, le había hecho daño pillarle engañándola, pero ¿cuánto de ese dolor había sido por lo que había afectado a su corazón y cuánto por su orgullo herido por su desconsiderado comportamiento?
De repente, deseó poder rebobinar hasta aquel día en las pistas. Deseó haber sido lo bastante valiente para aceptar más que una oferta de aprender a esquiar por parte de un hombre guapísimo, cuyos latidos fuertes y constantes todavía podía sentir contra su mejilla en sus sueños.
—¿Por qué no le pedí su número, al menos?
Mia metió cuidadosamente la lencería francesa envuelta en papel de seda en el bolso.
—Tendrías que llamar a Rafe. Apuesto a que podría ayudarte a encontrar a ese tío.
Colbie empezó a reírse y luego se detuvo, al darse cuenta de que su amiga estaba hablando en serio.
—¿De verdad piensas que tendría que contratar a un detective privado para encontrar a un tío con el que pasé unas horas en el Lago Tahoe?
—Mira —dijo Mia, con su aire más serio—, he escuchado todo eso que me has ido diciendo sobre no querer que un tío te distraiga justo ahora, pero tú y yo sabemos que tu tienda va ir realmente bien, estés o no saliendo con alguien.
Creo que la auténtica razón por la que te cargaste algo con lo que sonaba como un tío súper sexi y súper genial fue que tu ex te hizo perder la fe en todos los hombres, en lugar de solamente en él.
—El gesto de Mia se volvió feroz—. Rob no te merecía mientras estuvisteis saliendo, y mucho menos se merece que también arruines tu siguiente relación.
Mia sacó el móvil de su bolso, se desplazó con el dedo por los números guardados en sus contactos y se lo acercó al oído. Antes de que Colbie pudiese lanzarse sobre su amiga y hacer que soltase el teléfono, ella ya estaba diciendo:
—Hola, Rafe, Colbie necesita hablar contigo sobre un tema realmente importante.
No le quedó otra que coger el teléfono que Mia le puso con energía en la mano.
—Hola, Rafe.
—Colbie, ha pasado demasiado tiempo. —Ella sabía que él estaba sonriendo, solo por cómo sonaba su voz—. ¿Qué tal va todo?
Todos y cada uno de los hermanos de Mia eran guapos y encantadores, pero ella siempre se había sentido más cómoda con Rafe. Eso era algo bueno, considerando el favor tan bochornoso que quería pedirle.
—Mia me está ayudando a dejar lista mi nueva tienda para abrir mañana por la mañana.
Vale, se dijo a sí misma mientras respondía a sus preguntas sobre la tienda, incluso aunque Rafe encontrase a Noah, eso no significaba que ella tuviera que casarse con él.
Podía simplemente pedirle una cita y entonces, dependiendo de cómo fuera, ambos podrían ver si tenía sentido tener una segunda cita.
En realidad, no hacía falta ponerse tan nerviosa por volver a verle.
No es como si él fuese a declararle su amor eterno ni nada.
Además, aparte de que Mia jamás dejaría de recordárselo si no tragaba con el marrón, sabía que su amiga solo intentaba mirar por ella, aunque sus métodos fuesen un pelín poco ortodoxos, así que Colbie cogió aire y se lanzó a la piscina.
—La cosa es, Rafe, que me preguntaba si podrías ayudarme a encontrar a alguien.
Una hora más tarde...
Mia se había sorprendió al encontrarse a su hermano esperando en su oficina de la inmobiliaria al regresar de ayudar a Colbie un rato antes.
Por supuesto, no es que a nadie de la plantilla de Sullivan Realty le importase en absoluto mantener a Rafe entretenido en su ausencia.
Por suerte, su hermano sabía que ella lo mataría si se le ocurriera siquiera mirar a alguna de sus empleadas de forma inadecuada.
Por lo que a ella respectaba, cualquier mujer de Seattle era territorio de caza aceptable, excepto por las seis mujeres que trabajaban para ella.
—Me alegro de que estés aquí —le dijo cuando él por fin logró despegarse de sus empleadas y cerró la puerta de su despacho al entrar. Ella le entregó una copia en color que había estado guardando para él—. He encontrado la cabaña veraniega perfecta para ti.
—No necesito ninguna cabaña de verano —le dijo él, pero cuando se puso a mirar la foto y empezó a leer, ella sonrió y se reclinó en su silla para poder observarle.
De niños, sus padres solían alquilar una cabaña en un lago de la cordillera de las Cascadas cada verano.
Todos se lo pasaban bien allí, nadando, pescando y haciendo senderismo, pero a Rafe le gustaba más que a ninguno de los otros.
Sí, pensó Mia, era posible que Rafe no necesitase una cabaña para el verano, pero eso no significaba que tener una no fuese a mejorar su vida. Él se metió el papel doblado en el bolsillo antes de sentarse en su sofá de piel.
—Tengo una historia divertida que contarte —dijo—. ¿Recuerdas a ese tío con el que fui a la universidad? ¿Ese con el que tú babeabas cuando ibas al instituto y viniste a visitarnos un fin de semana?Ahora trabaja con el Grupo Maverick.
Mia se paró a pensarlo un segundo antes de chasquear los dedos.
—¿Cómo es posible que me hubiese olvidado de Noah? —Soltó un suspiro recordándolo con aprecio—. Alto. Moreno. Guapísimo. —Meneó la cabeza—. Siempre he pensado que era una lástima que no le fuesen las quinceañeras.
—Yo le habría matado —gruñó Rafe, antes de decirle—: Me ha contratado para encontrar a una chica a la que conoció hace una semana en el Lago Tahoe.
Los ojos de Mia se agrandaron.
—No puede ser. ¿ Él es el tipo al que Colbie dejó tirado en la cima de la montaña?
Rafe sonrió.
—Y ahora ella me ha contratado para encontrarle a él, también. Ya era hora de que tuviese un par de casos tan fáciles como estos.
Mia le devolvió la sonrisa, con idéntica chispa traviesa en la mirada que su hermano.
—Mañana es San Valentín, ¿sabes?
Él arqueó una ceja.
—¿Y?
—¿Qué tal si en vez de llamarles con la información y nada más, nos divertimos un poquito con esto? Porque creo que tengo el plan perfecto...