Capítulo 3
CAPÍTULO TRES
T odo el cuerpo de Noah reaccionó a la sensualidad no intencionada de las palabras de Colbie.
Quería tirar de ella, atraerla hacia él de nuevo y averiguar si su boca sabía tan bien como parecía.
Pero podía notar lo recelosa que estaba solo con la idea de pasar unas horas con él, así que fue lo bastante sensato para no presionarla demasiado.
Más tarde, cuando ella se sintiera más cómoda con él, ya le robaría un beso.
—Deja los bastones clavados en la nieve por el momento —le dijo—. Quiero que en lugar de eso te agarres de mis manos.
Ella titubeó un segundo.
—¿Así es como les enseñabas a todos tus estudiantes?
Él le sonrió.
—Solo a las estudiantes guapas.
Ella se sonrojó y colocó sus manos en las de él.
—Vale, ¿y ahora qué?
—Cierra los ojos —Su ceño instantáneo fue tan mono que él no pudo evitar soltar una carcajada—. No te preocupes, los tendrás abiertos cuando bajemos por la ladera.
Ella miró hacia el pie de la montaña e hizo una mueca.
—Ojalá nos pudiésemos quedar aquí arriba para siempre.
—Colbie. —Él esperó hasta que ella le devolvió la mirada—. No voy a obligarte a hacer nada para lo que no estés preparada. Confía en mí.
Pudo ver en sus ojos que ella entendía que no estaba solo hablando de esquiar. Estaba hablando de ellos. Después de un largo momento, ella asintió por fin y luego cerró los ojos como él le había pedido.
—Ajusta tu peso de forma que estés apoyada en los dos esquís por igual.
—Cuando ella se tambaleó un poco y se puso tensa, le dijo—: No te preocupes, te tengo y no voy a dejarte caer.
—De nuevo, dejo que esa promesa calara antes de proseguir—.
Quiero que estés cómoda, que te sientas de pie de la forma más normal posible, aunque lleves botas y esquís puestos.
Por eso te he pedido que cerrases los ojos, para que no dependas de nada salvo de tus propias sensaciones.
Mientras ella ajustaba su peso de un pie al otro con los ojos cerrados, él aprovechó la ocasión para observarla detenidamente.
Tenía las pestañas largas y oscuras y sus rasgos estaban bellamente definidos, con unos pómulos altos y una boca exuberante y besable.
Había visto que sus ojos eran tan azules como el lago, y su pelo largo y oscuro le caía en ondas por los hombros y no conseguía ocultar la turgencia de sus pechos.
Si ella era tan hermosa con esta ropa de esquí, no era capaz de imaginarse lo maravillosa que sería no llevando nada puesto, con ese pelo suave como la seda sobre su piel de crema y con sus grandes ojos azules nublados por el deseo, al levantar la vista y mirarle desde su cama.
Cuando ella dejó de apretarle tan fuerte las manos, él preguntó:
—¿Te sientes más segura ahora mismo?
Él pudo ver la sorpresa en su rostro cuando asintió y dijo:
—La verdad que sí.
—Bien. —Después de soltarle el discurso sobre lo que él llamaba “la técnica de levantar e inclinar” y de que ella lo entendiera sin problemas, él se acercó más y le susurró al oído—: Ya estás preparada.
Ella se estremeció al contacto de su cálido aliento contra el lóbulo de su oreja, antes de respirar hondo y enderezar los hombros. Cuando volvió a abrir los ojos, él pensó que ya podía ver en ellos ese mismo deseo sobre el que había estado fantaseando.
—Vale, dame esos bastones —dijo ella con una súbita sonrisa—, y hagámoslo.
Una pícara sonrisita fue lo único que Noah necesitó para quedarse totalmente clavado en el sitio. Dios mío, jamás había visto nada tan bello en toda su vida.
Sencillamente, ella iluminaba la montaña entera.
Cuando él no le pasó sus bastones, ella bajó la vista hacia ellos y luego volvió a mirarle a él, confusa.
—¿Va todo bien?
—Todo va genial —dijo él por fin. Y era cierto.
Porque él estaba con la chica más hermosa del mundo.
Su progreso por la ladera de la montaña no fue rápido, pero sí seguro. Noah esquiaba de espaldas para poder vigilarla y ella le miró, meneando la cabeza.
—Presumido.
Cuando él sonrió y contestó “soy un hombre con muchas habilidades”, ella se azoró tanto que volvió a caerse al suelo.
Por supuesto, a él no le importó ni pizca tener que cogerla en sus brazos para poderla sacar de la nieve.
Esta vez, ella fue mucho más rápida en volver a ponerse en marcha, y él se dio cuenta de que lo único malo de enseñarle a esquiar mejor es que al final acabaría pasando más tiempo a su lado sobre los esquís y menos tiempo sosteniéndola entre sus brazos sobre la nieve.
Pero valía la pena por ver su expresión triunfal al llegar al final de la pista.
—¡Lo he hecho!
Él la habría besado entonces de no haber pensado que eso desharía todo el progreso que acababa de hacer en conseguir que ella confiase en él.
—Buen trabajo. ¿Preparada para repetirlo?
Ella le echó un vistazo al telesilla y se detuvo un largo momento antes de decir:
—Vale.
No fue la respuesta más entusiasta del mundo, pero él se conformaría con lo que pudiese conseguir en este punto. Mientras hacían cola, ella le dijo:
—Nunca había visto a nadie esquiar de espaldas. ¿Cuándo aprendiste a esquiar?
—Probablemente tendría la misma edad que la niña a la que intentaste salvar antes.
Mi familia solía alquilar la misma cabaña cada invierno.
—Se subieron a su asiento cuando la silla que les tocaba se acercó a su lado y él miró a su alrededor, a las montañas, los árboles, al brillante lago azul—.
Siempre me ha encantado este sitio. ¿Y a ti?
—Como ya habrás podido suponer, a mi familia no le iba demasiado lo de esquiar.
Se me dan mucho mejor las guerras de bolas de nieve —dijo ella con otra de esas sonrisas tan monas que hacían que su mundo se tambalease—.
Una vez al año, mis amigas y yo nos reunimos para pasar unas vacaciones juntas, y este año las pistas prevalecieron sobre el sol y la playa.
—Ella se encogió de hombros—. He esquiado unas cuantas veces de adulta, pero resulta que tengo un problemita con las alturas también, así que estos telesillas no son precisamente lo más divertido para mí.
Él miró al suelo a unos treinta metros por debajo y luego volvió a mirarla a ella.
—Pero lo estás haciendo genial aquí arriba.
—Supongo —dijo ella lentamente, como si estuviese tan sorprendida como él. Creo que me he olvidado de tener miedo.
Esta vez, él no se paró a pensarlo, solo le cogió la mano.
—Me alegro.
Para cuando Colbie se cayó por veinteava vez, ni siquiera tenía ya fuerzas para reírse de sí misma. Noah se desplomó sobre la nieve y se tendió de espaldas a su lado. Cuando se volvió y le sonrió, a ella le hizo volteretas el estómago.
—Hagamos ángeles de nieve.
Había visto a la gente haciéndolo en las películas, pero nunca lo había hecho ella misma.
Noah empezó, moviendo los brazos y las piernas hacia arriba y hacia abajo, adelante y atrás, hasta que ella no pudo resistirse a hacer lo mismo.
Un avión privado volaba por encima y cuando el piloto vio lo que estaban haciendo, les saludó con una inclinación de las alas.
Noah se puso de pie y luego tiró de ella para levantarla y que así pudiesen admirar sus ángeles de nieve.
—Son preciosos —susurró ella.
Había sido un día inesperadamente perfecto. Mejor que ninguno que hubiese pasado en muchísimo tiempo. Y tenía que agradecérselo a Noah.
—Hoy lo has hecho genial, Colbie.
Nunca sería una profesional, pero él había sido paciente y motivador...
Y ella se había divertido. Yendo con él, hasta se había olvidado de tener miedo de las alturas en el telesilla.
Era divertido, encantador y dulce. Le encantaba esquiar, no para presumir de sus habilidades o de su nuevo equipo de esquí, sino porque las montañas nevadas eran hermosas y sentir el viento en su cara mientras los árboles pasaban rápidamente por su lado era increíblemente vivificante.
—¿Que dirías de ver si encontramos un fuego encendido y una olla gigante de chocolate caliente? —sugirió él.
Ella podía verse fácilmente acurrucada con él delante del fuego y bajo una gruesa manta, con sus manos en las de él y la cabeza apoyada en su hombro, mirando cómo bailaban las llamas. Un día perfecto, seguido por lo que probablemente sería una noche perfecta.
Colbie vaciló, a punto de decir que sí. Pero aun con esa palabra justo ahí, en la punta de su lengua y a pesar del hecho de que ella había pasado un día fantástico con él, sabía que nada había cambiado con respecto a su situación.
Un día perfecto con Noah no significaba que estuviese preparada para una nueva relación. Y, ciertamente, no estaba preparada para un rollo de una noche. Especialmente no con un hombre más alto, más moreno y más guapo que cualquier otro hombre que hubiese conocido hasta entonces.
Era seguro que el sexo con Noah probablemente sería genial. Explosivo, incluso. Y si ella se acurrucase a su lado junto al fuego, estaba segura al ciento diez por ciento de que no sería capaz de resistirse a acercarse todavía más para un beso que, estaba claro, les llevaría a algo más.
Pero, como bien sabía por su dolorosa experiencia, una vez que se desvanecían los orgasmos, lo único que iba a perdurar era un corazón roto. Durante demasiado tiempo.
Ella había sido lo bastante valiente como para responder al desafío de pasar un día con Noah y dejarle intentar enseñarla a esquiar. Y estaba encantada de haberlo hecho. Pero había una diferencia entre el valor y la estupidez.
No podía arriesgarse a que le hiciesen daño tan pronto. No cuando todavía sentía los ecos del dolor causado por los errores que había cometido en su última relación.
Cogió los esquís y volvió a engancharlos deslizándolos en las botas. Cuando fue a coger sus bastones, Noah la detuvo, agarrándola por las manos. Incluso tocarle a través de sus gruesos guantes hacía que la atravesara una sacudida al sentirlo.
—Colbie, ¿qué sucede?
Tal vez si le hubiese conocido unas semanas más tarde, cuando no se hubiese sentido tan herida, tan vulnerable, se hubiera arriesgado. Pero, dado el punto en el que se encontraba ahora mismo su corazón, un día con los esquís era todo lo que podía tolerar.
Ella no quería hacerle daño, no quería hacer nada que arruinase el regalo de este día que él le había hecho, así que dijo rápidamente:
—Probablemente mis amigas se estén preguntando dónde estoy.
—Llámalas. —Sacó su móvil—. Diles que estás conmigo. Dales mi nombre y mi número para que puedan localizarnos a los dos si les hace falta.
De nuevo, se sintió tentada… Muy tentada. Pero, más allá de eso, le daba miedo lo que estaba sintiendo por Noah, solo unas horas después de haberle conocido.
Era demasiado y demasiado rápido. Mucho más que demasiado, en realidad.
—Gracias de nuevo, Noah. Hoy me lo he pasado realmente bien contigo. Mejor de lo que puedas imaginarte. —Se arriesgó a lanzar una mirada más a sus ojos oscuros—. Pero ahora tengo que marcharme.
Clavó los bastones en la nieve blanda, se apartó de él y se fue volando colina abajo más deprisa de lo que lo había hecho nunca. Y aunque nadie lo hubiera dicho, ocurrió el más milagroso de todos los milagros: llegó hasta el final de la pista de una pieza.
“¿Lo ves? Esta es la prueba” , se dijo para sus adentros. “Hiciste lo correcto rechazando pasar una noche con el tío más sexi del planeta”.
Aunque, una vez que estuvo por fin sana y salva en su cabaña, con la puerta cerrada con llave, la ropa de esquí hecha una pila en el suelo, recién salida de una ducha con agua ardiendo y con sus planes para su nueva tienda esparcidos a su alrededor, mientras esperaba a que sus amigas volviesen de su día en las pistas, todavía no estaba segura de creérselo.