Capítulo 2
CAPÍTULO DOS
L evantó la cabeza y la giró hacia un lado, intentando ponerle cara a la voz escandalosamente sexi, pero había demasiados cristales de hielo en sus pestañas como para que pudiese ver algo más que un rostro borroso y unos cabellos oscuros.
Entonces, él ya estaba diciendo:
—No te preocupes, te tengo. —Y sus manos grandes y fuertes le rodearon la cintura, levantándola de la nieve. Ella cometió el error de intentar ayudar a su rescatador, pero lo único que consiguió al final fue hacer que él también se cayese.
Rodaron juntos unos metros por la nieve, con los esquíes al viento, hasta que por fin se detuvieron.
Colbie estaba de espaldas contra la nieve y sentía el peso del desconocido encima de ella.
Pero, aunque fuese raro, se dio cuenta después de recuperar el aliento de que no era una sensación en ningún modo incómoda.
Su cabeza estaba apoyada en el pecho del desconocido y él la abrazaba tan fuerte que podía escuchar su corazón latiendo en el hueco de su chaqueta de esquí medio abierta.
Ella tenía los brazos alrededor de su cuello y las piernas enredadas en las de él.
“Mmm”, pensó, al tiempo que se le escapaba un gemido ronco de la garganta. Le encantaba esta sensación de estar tan cerca de un hombre, de sus duros músculos y del calor que irradiaba por todas partes hacia su cuerpo helado.
Colbie parecía práctica por fuera, pero en su fuero interno, era una auténtica amante de los placeres sensuales.
Le encantaba sentir las sedas y encajes más delicados contra su piel y se gastaba alegremente demasiado dinero en el perfume más perfecto y evocador que podía encontrar.
Su sueño siempre había sido abrir una tienda que vendiese productos de lujo para mujeres...
Pero, de la misma manera en la que raramente había sido capaz de justificar tales lujos para ella misma, tampoco había sido capaz de justificar abandonar un buen trabajo para perseguir un sueño.
No hasta el mes anterior, cuando después de la debacle con su ex, finalmente había decidido tomar las riendas de su vida y había firmado el contrato de alquiler del local de su nueva tienda: “Deleite”.
Mientras los cálidos brazos que la rodeaban hacían que el frío se desvaneciese rápidamente y ella se acurrucaba más contra él, a Colbie se le ocurrió que no había estado así de cerca de ningún hombre desde la última vez que Rob y ella habían hecho el...
Una aguda punzada de dolor por la traición de su ex la hizo tensarse debajo del hombre que la había sacado de la nieve.
¿No había jurado mantener las distancias con los hombres hasta que estuviera lo bastante fuerte como para distinguir a uno bueno de uno malo otra vez? No solo era totalmente inapropiado estar así tumbada en una postura tan íntima con un total desconocido, tampoco debería estrecharle más fuerte.
Uno: no sabía ni su nombre.
Dos: ni siquiera sabía que aspecto tenía.
Tres: ¡había jurado pasar de los hombres!
Necesitaba levantarse, darle las gracias, bajar de alguna forma esquiando por esa montaña increíblemente alta a la que había subido en el telesilla como una estúpida... Y luego ahogar su total y absoluto bochorno en una copa de vino, o en tres, a su vuelta al bar del complejo turístico.
Obligándose a soltar los brazos del cuello del hombre cuando él se removió sobre ella, se sentó lo más rápido que pudo, teniendo en cuenta el hoyo tan profundo que habían hecho en la nieve.
Servirse de sus guantes cubiertos de blanco para quitarse los copos que tenía por toda la cara fue una tarea complicada. Entonces, dijo:
—Muchísimas gracias. Espero no haberte hecho daño. —En ese momento, por fin consiguió echarle un buen vistazo a su salvador.
Oh. Dios. Mío.
Nunca antes había visto a un hombre tan guapo como este. Jamás. Tal vez en una peli o en alguna revista, pero nunca en vivo y en persona.
La vergüenza la invadió todavía más intensamente por haber quedado como una total y absoluta imbécil delante de él.
Su suerte sí era así de mala. No solo por haberse caído de bruces sobre la nieve, sino también por haber sido incapaz de controlarse y de frotarse contra él igual que una gata en celo.
Tal vez, y se dio cuenta de ello con una inmensa oleada de consternación mientras pestañeaba mirando su rostro perfecto, hasta hubiese gemido en voz alta por la deliciosa y pecaminosa sensación de su cuerpo apretando el de ella contra la nieve fría.
Sorprendentemente, él no la estaba mirado con cara de asco. En vez de eso, sus labios dibujaban una sonrisa y había un brillo divertido en sus ojos verdes.
—Rescatarte ha sido un placer para mí. Y no, decididamente no me has hecho nada de daño.
A pesar de lo hundida que estaba por su humillación, las comisuras de sus propios labios estaban a punto de elevarse a los lados.
—No soy muy buena esquiadora —admitió, antes de añadir—: Pero probablemente ya lo hayas adivinado.
—Creíste que esa niña estaba en apuros, ¿verdad?
Ella no pudo hacer otra cosa que reírse de sí misma.
—Probablemente lleve esquiando desde que fue capaz de andar, ¿no?
Él asintió.
—Estoy pensando que deberíamos buscarla en las Olimpiadas de Invierno dentro de otros diez años más o menos.
Algo como esto habría hecho que Rob se estuviese riendo de ella durante el resto del día. Pero este hombre estaba sencillamente riéndose con ella.
—Soy Noah.
—Yo Colbie.
—Colbie —repitió él con esa voz grave y áspera que le envió escalofríos por la piel cuando se estrecharon la mano...
O los gruesos guantes de esquí, al menos.
Unos escalofríos que no tenían nada que ver con la gélida montaña en la que estaban sentados y todo que ver con él .
Sus ojos verdes se oscurecieron ligeramente al decir—: Es un bonito nombre. Y único, también.
Ella nunca, jamás, había tenido que obligarse a controlarse para no lanzarse sobre un hombre y robarle un beso. Un beso que sabía con un cien por cien de certeza que la dejaría alucinada. Pero él no la había salvado para que ella pudiese devorarlo.
Él se quitó con la mano un poco de nieve de la frente y cuando ella se estremeció, le dijo:
—Tienes frío.
Ella no fue capaz de decirle que temblaba por tenerlo tan cerca y por sus propias ideas guarras de las cosas que quería hacerle. Sin mencionar todas las cosas que quería que él le hiciese a ella .
Si hubiese sido Mia la que estaba en su lugar, le estaría cautivando con algún comentario sexi y gracioso sobre cómo él podría hacer que ella entrase en calor.
Por supuesto, en ese preciso momento, Colbie se estaba sintiendo cualquier cosa excepto sexi y graciosa, y lo único que pudo pensar en decir fue:
—Probablemente tendríamos que encontrar nuestros esquíes antes de que hagan que alguien más se caiga.
Sin esperar a que él dijese que sí, empezó a subir por la montaña, pero estaban lo bastante cerca de la línea de los árboles como para que la nieve estuviese muy blanda y profunda, y solo pudo dar un par de pasos antes de volver a hundirse.
Noah le ofreció su mano.
—Agárrate a mí.
Agradecida y más excitada de lo que recordaba haber estado jamás con solo un brazo masculino rodeándole por la cintura, ella subió por la montaña con él hasta que encontraron sus cuatro esquís.
Ignorando los suyos, él recogió los de ella y dijo:
—Siéntate, te los pondré.
Como la chica más callada de la escuela, ella había aprendido a destacar de otras formas.
Todo el mundo le había dicho siempre lo capaz que era, y ella había hecho lo posible para estar a la altura.
¿Cuándo había sido la última vez que no tuvo que cuidar de todo el mundo?
Incluso anoche con sus amigas, las había metido a todas en sus camas, borrachas y soltando risitas, antes de limpiar la cocina y el salón de la cabaña y por fin meterse en su propia cama.
Por una vez, era un placer dejar que alguien se hiciese cargo de la situación durante unos minutos.
Mientras observaba a Noah colocando uno de sus esquís en su sitio deslizándolo en los enganches de la bota, le dijo:
—Parece que lo hayas hecho antes. ¿Tienes hijos? —Su pregunta no formulada: “ ¿O mujer?” se quedó suspendida en el aire que los separaba.
—Sin mujer. Sin hijos —le puso el otro esquí—. Pero solía trabajar como instructor de esquí cuando iba a la universidad.
Ella hizo una mueca.
—Estoy bastante segura de que el último instructor que me dio una clase lo dejó después.
Él volvió a dirigirle esa sonrisa que cortaba la respiración.
—Siempre me he crecido delante de un reto.
¿Qué estaba diciendo? ¿Se estaba ofreciendo a pasar el día con ella?
La fantasía de pasarse todo el día con Noah, sintiendo como sus ojos la acariciaban y sus manos la tocaban al levantarla cuando se cayera, revoloteó por su cerebro. Si pudiese lograr redimirse por su anterior actuación, ¿le premiaría por sus progresos con un beso? ¿O algo más?
Observándola con atención, él dijo:
—Lo único que necesitas hacer es escuchar a tu cuerpo. En la montaña, la cosa no va de esquís, de bastones ni de tus pies. Solo va de ti. Y de cómo te sientes. —Sus seductoras palabras la envolvieron—. Yo podría enseñarte a hacerlo, Colbie.
—Haces que suene tan fácil… —le dijo ella con una voz menos firme de lo que le habría gustado.
—No necesariamente fácil — replicó él—, pero valdrá la pena.
Ella se sintió tentada, muy tentada de aceptar su oferta.
¿Pero cómo podría olvidar lo que le pasó en Navidades con Rob?
Él había querido pasar el fin de semana en una elegante estación de esquí de Colorado y le había prometido que no le costaría nada enseñarle a esquiar bien.
Por supuesto, después de solo una hora en la montaña, él ya había empezado a maldecir cuando ella se cruzó accidentalmente por delante de él y se tuvo que tirar de cabeza a la nieve para evitar atropellarla.
Casi convencida de que cualquier lección improvisada con Noah estaba destinada a terminar de la misma manera, y para nada de humor de acabar pareciendo más estúpida de lo que ya lo había hecho, se obligó a sí misma a declinar su oferta.
—Has venido a pasar un buen rato hoy. No a luchar contra los elementos intentando enseñarme a esquiar a mí. Además —añadió, agarrándose a cualquier razón que pudo encontrar—, he venido a pasar el fin de semana con unas amigas.
Él se puso a mirar a su alrededor con gesto exageradamente teatral.
—¿Tus amigas te han dejado venir a esquiar sola?
—No exactamente —admitió ella—. No quería ser un lastre para ellas, así que les dije que se fueran a las pistas más difíciles sin mí.
—Pues a mí me suena a que tienes todo el día libre, Colbie. —La forma en que pronunció su nombre fue como un cálido susurro flotando sobre su piel—. Déjame demostrarte que estoy a la altura del desafío.
Si hubiese dicho cualquier otra cosa, ella podría haberle dado las gracias por ayudarla con sus esquíes, haberse dado impulso con sus bastones, y estar al pie de la colina en cuestión de minutos, dejándolo atrás.
Pero la palabra desafío pudo con ella. Después de todo, esa fue la razón por la cual se había subido al telesilla en primer lugar.
También era la razón por la que había dejado su trabajo y firmado un alquiler de doce meses para “Deleite” solo unas semanas atrás.
Durante toda su vida se había entregado a agradar a otras personas, pero la forma en que Rob la había tratado fue la gota que colmó el vaso. Finalmente, decidió empezar a darse gustos a sí misma.
De repente, no podía pensar en ninguna otra cosa que pudiese resultarle más placentera que pasar un día con un hombre guapísimo en una montaña nevada del Lago Tahoe.
Levantó la vista hacia Noah y sonrió.
—Si estás empeñado de verdad en hacer de profe hoy, intentaré ser la mejor alumna que hayas tenido jamás.